lunes, 29 de julio de 2024

La noche de arena - Trifón Abad

 


La oscuridad de la Murcia rural


Por culpa de las novelas y, especialmente, de las películas norteamericanas solemos ubicar los sitios más turbios de nuestro imaginario en las grandes llanuras estadounidenses, en los pantanos del sur de este país o en sus calles más problemáticas. Sin embargo, como la realidad nos recuerda con demasiada frecuencia, se cometen delitos de toda índole en casi todos los rincones (habitados) del mundo, incluso los más cercanos. Trifón Abad no ha querido irse muy lejos para situar la trama de ‘La noche de arena’ y ha escogido zonas cercanas a su Archena natal para construir esta vibrante novela negra que atrapa al lector desde el principio y no lo suelta hasta su sorprendente final.


A pesar de que Abad, que debuta en la novela con solvencia, sigue muchas de las pautas del género al que pertenece el libro, un detective solitario y torturado, un par de casos difíciles de resolver y un submundo de delincuencia y violencia, son varios los elementos que se salen del molde habitual ofreciendo un soplo de aire fresco al lector acostumbrado a esta clase de obras literarias. En primer lugar, la ya citada ubicación en la Vega Media del Segura es un punto que distingue a ‘La noche de arena’ del resto de novelas negras que apuestan por entornos urbanos o por espacios arquetípicos de Norteamérica. Como ya hiciera Miguel Ángel Hernández en su exitosa novela ‘El dolor de los demás’, donde convertía la Huerta de Murcia en un espacio de ficción, Trifón Abad hace recorrer a sus personajes las calles de Archena, los polvorientos caminos que la rodean, los inquietantes polígonos industriales semiabandonados, los resecos bancales de limoneros, el desolador desierto de Mahoya o las cuarteadas motas del río.


Por supuesto, y como el autor deja claro en la nota final, la geografía real convive con personajes de ficción, la mayoría de ellos vinculados de una manera u otra a la delincuencia. Así, en la investigación que el detective protagonista lleva a cabo aparecen mafiosos ucranianos que regentan un burdel, un empresario sin escrúpulos dueño de un desguace que se sitúa en el centro de la trama y toda una pléyade de delincuentes de poca monta que tratan de sobrevivir en un entorno duro con trapicheos de distinta índole y con diferentes estatus dentro de esta sociedad paralela de criminales. 


Otro de los aciertos del libro es que Robles, el detective privado protagonista de la novela, no investiga uno sino dos casos que se van entrelazando. Por un lado, trata de averiguar si la muerte de un chaval que trabajaba en un desguace, a la vez que se ganaba un sobresueldo trapicheando, fue realmente un accidente o un asesinato urdido por un compañero envidioso o por su siniestro jefe. Azuzado por el padre del chico muerto, un empresario que le promete una gran recompensa si averigua la verdad, Robles vuelve a ejercer la profesión de detective tras años retirado. Conforme avanza en las pesquisas, el investigador descubre que la muerte del chaval puede estar relacionada con la desaparición de Berta, su hija, de la que ocho años atrás se perdió la pista tras participar en un rave en el desierto de Mahoya. Aquel caso, nunca resuelto, destrozó la vida de Robles y ahora se encuentra con una oportunidad para por fin cerrar aquella herida que provocó su separación de su mujer y su caída en el alcoholismo y en la depresión hasta llevarlo a su situación actual: situado al margen de la sociedad y con la única compañía de su perro Wolfe. 


Además del hilo principal de la acción, en el que acompañamos al duro y determinado detective que es Juan Carlos Robles en la búsqueda de pistas sobre ambos casos y en los interrogatorios a sospechosos y testigos, el libro se enriquece mucho con los capítulos en los que seguimos a Berta en la semana previa a su desaparición. En aquella época su padre aún era un prestigioso detective que colaboraba estrechamente con la policía y cuyo éxito profesional le hacía desatender a su familia. Aquel vacío era llenado por la chica con unas compañías poco recomendables como lo eran su novio Charlie, su amiga Susana y Jonás, el peligroso novio de esta última. El autor acierta de pleno al ofrecernos esta perspectiva ya que no solo conocemos mejor a Berta y los problemas que la adolescente tenía (poco interés por los estudios, relaciones tóxicas, fiestas desenfrenadas y, sobre todo, un incipiente embarazo), sino también su entorno y los sospechosos de su desaparición al final de la semana y los motivos que tenían para ello.


Aunque como ocurre con toda buena novela negra la resolución de los dos casos, el de Berta y el del chico del desguace, son los ejes principales del libro, encontramos en él otros temas que otorgan una mayor profundidad a una obra que no es una simple novela de detectives. Entre estos asuntos que se tratan podemos citar el bullying, la escasez de oportunidades de la juventud en las zonas rurales, el uso de drogas como medio de escapar de una vida que odias o las relaciones que se establecen con las mascotas, y que en el caso del protagonista con Wolfe es más sana y duradera que con la mayoría de personas. Además, el libro cuenta con una serie de personajes secundarios que completan la historia y entre los que destacan, por su importancia en la trama, Chamorro, el enorme y acomplejado compañero de instituto de Berta que ahora es guardia de seguridad, Frías, un guardia civil retirado que ayuda a Robles, o Charo, una espontánea mujer que aportará algo de luz a la oscura existencia del detective.

Todo ello y un estilo que sabe bascular entre lo directo y lo poético, en breves pero efectivas descripciones cargadas de metáforas, convierten a ‘La noche de arena’ en un libro excelente.     

Reseña publicada en La Verdad


domingo, 16 de junio de 2024

Ulises: instrucciones de uso

 Supongo que serán conscientes de que existen en nuestra sociedad personas que de manera voluntaria realizan carreras en las que recorren a pie decenas de kilómetros. Algunos, incluso, las combinan con largas distancias a nado y a bicicleta, en esos monumentos al masoquismo que se denominan “triatlones”. Para mí, que apenas logro trotar diez mil metros y ya me parece una hazaña, es difícil entender qué puede llevar a una persona a someterse a un entrenamiento tan duro para lograr tal reto. Sin embargo, respeto y admiro su dedicación a este sufrimiento físico porque, en cierta manera, como lector me acabo de entregar a una actividad también muy exigente y que no pocas personas considerarán una locura cuando no una estupidez: leer el ‘Ulises’ de James Joyce. A pesar de las evidentes diferencias, existen, creo, paralelismos entre el reto físico del triatlón y el intelectual de leer este clásico de la literatura; ambos requieren entrenamiento previo y altas dosis de resistencia para afrontar sus dificultades y su extensión. 

Leer el ‘Ulises’ tiene, no voy a negarlo, algo de esnobismo: haberlo terminado proporcionará aparentemente prestigio entre el resto de lectores y una supuesta aura de iniciado en el mundo de la gran literatura. Por supuesto, recomiendo a todo aquel que tenga como único objetivo adquirir este pretendido prestigio que abandone su empeño ya que no merece la pena afrontar una lectura tan exigente con esa única finalidad. Además, seamos sinceros, a estas alturas la literatura es cada vez menos prestigiosa y a muy pocas personas les importan los libros que se lee el prójimo. Por eso, recomiendo otras formas menos complicadas y más efectivas de adquirir prestigio social como, por ejemplo, preparar un triatlón. 

Pero, ¿por qué es tan complicado el ‘Ulises’ de Joyce? La primera razón salta a la vista: su extensión. El lector se enfrenta a un libro que, aunque depende de la edición, suele ocupar en torno a las novecientas páginas de letra pequeña y apretada. En una época marcada por la inmediatez, el “scroll” continuo y los cantos de sirenas de las pantallas, dedicar las horas necesarias a leer un mamotreto de este tamaño parece una misión imposible. También es cierto que aún siguen triunfando “bestsellers” que superan el medio millar de páginas y que son consumidos con avidez por lectores que los devoran sin problemas, especialmente en periodos vacacionales. Por ello, creo que aun siendo una dificultad, la extensión no es el mayor óbice para enfrentarse al ‘Ulises’. 

Mayor enjundia presenta el problema del argumento. La nuestra es una sociedad basado en los relatos, ya sean en forma de serie, película, libro o mitin político; nos encanta que nos cuenten historias. Pero agradecemos que sus tramas tengan un arco narrativo claro, como el que suelen poseer las novelas más vendidas en la actualidad. Joyce optó por otorgar un lugar secundario al argumento en su obra, que si bien cuenta una historia, esta no está, ni mucho menos, entre sus principales virtudes. De hecho, la trama del ‘Ulises’ se puede resumir en unas líneas: Leopold Bloom, dublinés de origen judío, deambula durante todo un día por su ciudad y se acaba ocupando del joven Stephen Dedalus, el hijo de un amigo, al que cuida como si fuera su propio vástago. ¿Novecientas páginas sobre esto? Por supuesto existen tramas secundarias, como el adulterio de Molly, la mujer de Bloom, o las veleidades literarias de Dedalus, pero, este es el eje principal de la trama. 

Mucha mayor relevancia para entender la dimensión de clásico que ha adquirido el libro poseen las técnicas narrativas que usa Joyce. El libro es un verdadero catálogo de las posibilidades que posee un autor a la hora de contar una historia y que no se reducen al sempiterno narrador omnisciente. Por eso se trata de un libro especialmente atrayente para escritores o especialistas en literatura, porque a lo largo de sus dieciocho capítulos se van alternando el monólogo interior, la narración objetiva, los diálogos, el uso de titulares a imitación de los periódicos, el empleo de preguntas y respuestas a modo de catecismo, la imitación de estilos de distintas épocas de la literatura inglesa, la fórmula dramática con acotaciones y un largo etcétera. De entre todas ellas destaca el llamado flujo de conciencia, con el que se pretende imitar la manera en la que actúa el pensamiento humano, lo cual se traduce en frases inconexas sin puntuación y que no se atienen a las normas sintácticas. 

La complejidad de la prosa de Joyce, repleta de juegos de palabras, referencias culturales, históricas y de chistes privados, dificulta enormemente una lectura tradicional. Recomiendo, si se quiere seguir medianamente el hilo del argumento que a veces se convierte en mera divagación, dos consejos: leer los resúmenes de los argumentos que acompañan los capítulos en muchas ediciones (en mi caso, los del traductor José María Valverde) y, sobre todo, dejarse llevar. El ‘Ulises’ es una bomba en el corazón de la narratividad y pretender leerlo como un relato al uso nos aboca al fracaso; mucho más recomendable es abandonarse al fluir de su prosa cargada de lirismo, surrealismo o, directamente, carente de lógica. 

Por último, y aunque no es totalmente necesario, recomiendo conocer un poco el contexto de publicación del libro y la vida de James Joyce ya que en la obra encontramos numerosas referencias autobiográficas y a los temas que le interesaban, como el nacionalismo irlandés, el cristianismo, el pueblo judío, Shakespeare o el sexo. Además, el ‘Ulises’ es un poema de amor de un dublinés autoexiliado a su ciudad, verdadera protagonista del libro. Hoy, 16 de junio, se celebra en la capital irlandesa el Bloomsday, en el que los lectores del libro recorren los mismos espacios por los que deambularon durante esta misma jornada de 1904 Stephen Dedalus y Leopold Bloom. Brindemos por ello con una pinta de Guinnes y un riñón casi quemado y leamos, en definitiva de eso se trata, este libro tan exigente y desmesurado como genial que es el ‘Ulises’.

Texto publicado en La Verdad.



domingo, 19 de mayo de 2024

Un lugar solitario para gente sombría - Mariana Enríquez

 



El muestrario de relatos fantásticos de Mariana Enríquez


Poseen los géneros muy estandarizados como la novela histórica, la policiaca o el fantástico un rasgo que es, a la vez, problema, reto y bendición para los autores que se animan a cultivarlos. En los tres los lectores encuentran (y buscan) una serie de tópicos que han sido manejados desde siempre por los escritores y que han definido la naturaleza de cada uno de estos géneros. Se trata de situaciones, personajes o giros argumentales sobre los que se han dado tantas vueltas que es difícil ofrecer nuevas ideas (ahí está el reto) y, sin embargo, sencillísimo caer en la repetición de fórmulas anteriores (ese es el problema). A pesar de ello, existen autores que por su originalidad, conocimiento del género y maestría ofrecen a los lectores pequeñas variantes que les sorprenden y convierten a sus libros en obras atractivas para los exigentes seguidores de la tendencia cultivada (es entonces cuando aparece la bendición). 

Que la argentina Mariana Enríquez es una maestra contemporánea de la literatura fantástica es algo consensuado en el mundo de la literatura en español. Aquel hito que fue la publicación de Nuestra parte de la noche (2019), un monumento literario de un magnetismo difícil de igualar, la situaron en el podio de la narrativa en castellano actual y en, seguramente, el principal referente actual de lo fantástico en nuestro idioma. Por ello, no sorprende la calidad de esta colección de relatos pertenecientes a este género que es Un lugar soleado para gente sombría, su último libro. Tras leerlo me he quedado asombrado (y admirado, por supuesto) de la capacidad de Enríquez de ofrecer un catálogo variado de posibilidades de lo fantástico a partir de un mismo armazón que se repite, con mínimas variaciones, a lo largo de cada uno de los cuentos. Y es que si algo llama la atención del libro no es la originalidad en la estructura o en las técnicas narrativas que la autora argentina emplea: casi todos los relatos poseen una trama que avanza de manera cronológica (apenas hay saltos en el tiempo) y se guían por el habitual planteamiento (en el que se nos presenta a los protagonistas y una situación cotidiana y “normal”), un nudo (donde entra en juego el elemento sobrenatural) y un desenlace sorpresivo. 

¿Dónde está, pues, la maestría de Mariana Enríquez? Precisamente en que sin ofrecer nada demasiado novedoso en la estructura o el lenguaje de los relatos, consigue inquietar al lector con doce variantes muy diferentes entre sí y originales con respecto a sus referentes de literatura fantástica. Son relatos en los que, a pesar de su similitud, nunca se repite un tópico de este género y siempre se encuentra una variante distinta para sorprender al lector con situaciones escalofriantes que entran en la realidad de los protagonistas a través de diferentes resquicios. Es en esa capacidad para mostrarnos que nuestro mundo, ese en el que nos movemos tanto nosotros como los personajes del libro, posee espacios en sombra que no somos (no son) capaces de comprender en su totalidad donde reside la principal virtud de la buena literatura fantástica en general y de este libro en particular.  

Entre ese catálogo de variaciones de lo sobrenatural que caracteriza a Un lugar soleado para gente sombría encontramos recursos muy diferentes de lo fantástico. Por ejemplo, está el clásico tópico del fantasma, es decir, la visión de una persona que ha muerto; lo tenemos en “Mis muertos tristes”, donde una médica es la única que puede dialogar con los muchos espectros que pueblan su barrio, o en “Los pájaros de la noche”, donde la fallecida es la narradora, una niña cuyo cuerpo parece pudrirse. El monstruo, en diferentes variaciones, también aparece en el libro, como el violador sin rostro de “La desgracia en la cara” o los extraños niños sin mirada de “Ojos negros”. En otros dos relatos lo inquietante parece provocado no tanto por situaciones sobrenaturales sino por una enfermedad, como la esquizofrenia que sufre la protagonista de “Julie” o el mioma que le extirpan a la narradora de “Metamorfosis”.   

Es bastante frecuente en el libro que sea un espacio el asociado al fenómeno paranormal; así, hallamos lugares encantados como el famoso hotel Cecil de Los Ángeles en “Un lugar soleado para gente sombría”, el pueblo al que acude una pareja de urbanitas de “Un artista local”, el apartamento de “La mujer que sufre” o el edificio en ruinas de “Los himnos de las hienas”. Otros cuentos presentan lo fantástico relacionado con objetos, como los frigoríficos de “Cementerio de heladeras” o los vestidos de “Diferentes colores hechos de lágrimas”.     

Si esta originalidad y variedad en los tópicos fantásticos que Enríquez emplea son las principales virtudes del libro como representante del género, desde el punto de vista realista, es el retrato que hace de la Argentina actual lo más interesante. Salvo el relato homónimo, que se ubica en ese lugar “soleado para gente sombría” que es California, todos los cuentos se desarrollan en el país natal de la autora. Los pueblos que aparecen y sobre todo los barrios de Buenos Aires aparecen marcados por la inseguridad, la crisis económica y el deterioro urbano. En “Ojos negros” se resume bastante bien este ambiente desesperanzado que vive el país en un relato centrado en tres trabajadores de una ONG que ayuda a sin techo de la capital porteña y en la que se señala que “todo estaba en tambaleo al borde del derrumbe” (pág. 215), en una frase que vale no solo para su situación sino para todo el país.  

Desde esta perspectiva contemporánea y centrada en su país, Mariana Enríquez vuelve a demostrar su maestría en la narrativa fantástica con una colección de relatos de factura similar (quizás demasiado) pero desarrollos dispares.


Reseña publicada en La Verdad





domingo, 14 de abril de 2024

Cúbit - Vicente Luis Mora




Los futuros posibles de Vicente Luis Mora

 

            Seguramente sean el cambio climático y la inteligencia artificial (IA) los dos asuntos que más interesen actualmente al ser humano cuando se le interroga por el futuro de nuestra civilización. Mientras que el primero se presenta como una nube negra cada vez más cercana y difícil de disipar por culpa de nuestra propia contaminación, los límites éticos de la IA aparecen como un tema que antes o después deberemos debatir. Las respuestas a los peligros del primero y las herramientas para evitar el colapso ambiental deben venir de los científicos, aunque sea toda la ciudadanía la responsable directa de ponerle freno. En cuanto a las cuestiones morales que atañen a la IA, quizás sea la filosofía el campo que mejores respuestas ofrezca. Sin embargo, a día de hoy es la literatura la que puede plantear los posibles escenarios que el planeta puede vivir en un futuro y lo hace mediante el género que con mayor acierto se ha adelantado al porvenir: la novela.

            Vicente Luis Mora continúa la senda de narradores que como George Orwell (desde la distopía) o Julio Verne (desde la ciencia ficción) se han convertido en verdaderos oráculos del devenir científico o social de nuestra civilización. Serán estos dos géneros por los que transite Cúbit, una novela de una gran complejidad estructural y con una sólida base teórica detrás que nos presenta un futuro (plausible) del planeta Tierra. En este escenario, ubicado en una década próxima que no se concreta, el ser humano ha provocado que los dos fenómenos antes citados, el cambio climático y la inteligencia artificial, alcancen un desarrollo mucho mayor que el actual. La contaminación es enorme en casi todo el planeta y el nivel de oxígeno va a ir decayendo de manera alarmante; paralelamente, la inteligencia artificial ha adquirido conciencia propia convirtiéndose en lo que novela se llama IAR (añadiéndole el adjetivo “real” al sintagma actual).

            Ante esta encrucijada en la que se encuentra la humanidad, Mora opta por darle el protagonismo a dos seres no humanos, que, aparentemente, poseen el objetivo contrario de eliminar y de salvar a nuestra estúpida especie. La encargada de ayudar a ese torpe y soberbio animal que ha llevado al clima del planeta hasta casi un punto de no retorno es Cúbit, un extraño ser con la apariencia de una niña que pertenece a una especie anterior al Homo Sapiens llamada los itrios. Estos humanoides, según se cuenta en la novela, sufrieron una regresión por el ataque de los seres humanos y por su infertilidad, hasta quedar reducidos a Cúbit. A pesar de su aspecto infantil, se trata de un ser telúrico (hecho de piedra) que posee el enorme conocimiento que acumuló su pueblo, mucho mayor que el de los seres humanos, y que tras aparecer en un glaciar chileno guiará a Alcio, el científico al que le encargan reconocer a este extraño ser, para acabar con Ibris. Este personaje, también con aspecto infantil, será el antagonista de Cúbit y con la colaboración del resto de Inteligencias Artificiales Reales, tratarán de acabar con la raza humana por haber contaminado el planeta.

            En esta lucha entre Ibris y Cúbit (entre los itrios y las IAR; entre lo prehumano y lo posthumano), los hombres aparecen como personajes ridículos, poseedores de una inteligencia menor y responsables del deterioro de planeta Tierra. Incluso Alcio, un prestigioso aunque también polémico científico, es un simple aprendiz que se deja aconsejar por la “niña” itria. Esta sátira a los comportamientos humanos alcanza su mayor grado en la novela cuando los dos protagonistas llegan a Madrid y se entrevistan con el gobierno español. Alcio y Cúbit descubren a unos mandatarios que les han dado la espalda a los problemas reales del país y se preocupan más por mantener la idea de diversidad que por la decadencia de un estado retratado como un país subdesarrollado.

            Esta trama principal va mezclándose, como es necesario en toda novela ambientada en el futuro, con el relato de lo que ha ocurrido desde nuestra época hasta el presente de la novela, para que el lector comprenda los cambios tecnológicos y sociales vividos en el planeta. Si a ello le sumamos que también se nos va contando quiénes son los itrios, Cúbit lo hace con Alcio, y que no existe un único narrador, en cada fragmento escuchamos la voz de uno de los personajes que se van identificando con un código binario de unos y ceros, podemos entender la densidad de una novela que no alcanza las doscientas páginas pero que exige un lector atento.

            Además de esta temática distópica central en la historia, existen otros dos temas que adquieren gran importancia y que se entienden por el carácter de crítico literario del autor: el lenguaje y la metaliteratura. Mora emplea un idiolecto muy peculiar para Cúbit, que habla con un español simplificado, en el que todos los verbos se conjugan como si fueran regulares. Por su parte, la inteligencia artificial, por su carácter no humano y por lo tanto no binario, usa el lenguaje inclusivo. En relación al carácter metaliterario del libro, uno de los personajes, un crítico llamado Bende Mann, ofrece en uno de los capítulos finales varias hipótesis sobre cuál de los protagonistas es el autor de la novela. A ello debemos sumar que uno de los personajes principales, Nadia, la hija de Alcio, es novelista.

            Cúbit se presenta como una novela de gran complejidad pero atractiva para el lector interesado en las reflexiones sobre el futuro más inmediato de la humanidad. Una novela que nos habla de cómo esos datos que otorgamos de manera gratuita y despreocupada a las empresas de IA, poseen un valor del que no somos conscientes.


Reseña publicada en La Verdad.




martes, 26 de marzo de 2024

El ángel de piedra - Margaret Laurence

 


El ángel de piedra, Margaret Laurence, Libros del Asteoride, 2024, 336 págs.

 

            Por su intrínseco dinamismo y por la perspectiva de futuro que lleva aparejada la juventud es la protagonista de una parte importante de las novelas  escritas en nuestra cultura. Las primeras décadas de la vida del ser humano están caracterizadas por los cambios, internos y externos, y por un aprendizaje continuo que ha sido relatado en el género conocido como bildungsroman. Sin embargo, son mucho menos frecuentes los libros que se ocupen de la última parte de la vida de sus protagonistas, de su vejez. No sé si por la perspectiva amenazante de la muerte o por ser menos pródiga en viajes (tanto psicológicos como espaciales) la narrativa no se ha centrado tanto en ella salvo en excelentes excepciones como, por citar dos de las más conocidas, La lluvia amarilla de Julio Llamazares o El amor en los tiempos del cólera de Gabriel García Márquez. Para completar esta exigua lista Libros del Asteroide acaba de publicar, con traducción de Miguel Temprano, la estupenda El ángel de piedra de Margaret Laurence, un agudo y profundo retrato de la mente del ser humano en su última etapa.

            Publicada originalmente en 1964 por una escritora canadiense afincada en Inglaterra, el libro está narrado por Hagar Shipley, una anciana que ha superado los noventa años y que es la absoluta protagonista del libro. La narradora vive en una ciudad de Canadá junto a su hijo Marvin y su nuera Doris, que la cuidan y aguantan sus cambios de humor. Con el uso de una narración en presente, vamos conociendo el día a día de la nonagenaria y, sobre todo, su manera de ver el mundo a una edad tan avanzada. Hagar se lamenta una y otra vez de la condescendencia con la que es tratada y de cómo todo el mundo la infantiliza por los pequeños problemas de memoria y de movilidad que va teniendo. Pero, y aunque le cueste expresar sus sentimientos ante Marvin y Doris, en su fuero interno la anciana reconoce sus veleidades, y se suele arrepentir inmediatamente de las malas respuestas que dedica con frecuencia a sus familiares más cercanos o al sacerdote que intenta ayudarla.

            A pesar de que Margaret Laurence no había cumplido aún los cuarenta años cuando publicó el libro, deslumbra su conocimiento de la psicología de una persona de avanzada edad. Gracias al monólogo interior de Hagar, somos testigos de una personalidad que bascula siempre entre el victimismo (cuando cree que la tratan mal o que quieren aprovecharse de su falta de reflejos) y la culpabilidad (al reconocer sus propios errores). Se enfrenta la protagonista a una situación incómoda, debe ser cuidada debido a su edad y a sus problemas de salud y de memoria, que no termina nunca de aceptar por algo que suele ocurrir con los ancianos: no son conscientes del deterioro de su cuerpo y mente. Esa incomodidad hacia el trato de Marvin y Doris se convierte en algo cercano al odio cuando estos le plantean la posibilidad de que abandone la casa (que ella misma compró) para trasladarse a una residencia en la que serían unos profesionales los que se ocuparían de sus necesidades.  

            Los párrafos en los que se describen los esfuerzos ímprobos que debe hacer Hagar para bajar una escalera o para recordar una conversación que acaba de tener alcanzan una intensidad y una veracidad digna de elogio. Al igual que es deslumbrante el retrato que la propia narradora hace de un cuerpo marcado por el paso del tiempo y que no termina de reconocer. En la página 91 la protagonista se mira en el espejo y observa que “la piel tiene ese color blanco plateado que atribuimos a los animales que imaginamos que viven bajo la superficie del mar, donde no llega el sol” o que su pelo ha perdido su lustroso color negro para ser “como el damasco guardado demasiado tiempo en un sótano húmedo”.

            Además de estos temas tan asociados a la vejez como son el desvalimiento, la degradación física y mental y la falta de independencia, Margaret Laurence otorga gran importancia en el libro a otro elemento habitual en la última etapa de la vida: el recuerdo de la juventud. Sin apenas nostalgia y con una exactitud que contrasta con las dificultades para relatar hechos del presente, Hagar va repasando la primera parte de su vida, en la que vivió en Manawaka, un pueblo de las praderas canadienses fundado, entre otras, por su familia. Allí, bajo la mirada del ángel de piedra que su padre hizo erigir en el cementerio para recordar a su mujer, muerta en el parto de su hija, y que da título al libro, la protagonista va creciendo en episodios que va intercalando entre sus vivencias del presente.

            Destacan en esta parte de la vida de Hagar dos rasgos de su carácter que aún están presentes en su vejez determinando su respuesta a la decrepitud: la independencia y la tozudez. Si en el presente no acepta los cuidados de su hijo y de su nuera, en su juventud tampoco se amoldó a lo que esperaban de ella primero su padre, de quien se aleja por casarse con un hombre mayor y más pobre que su familia, y después su propio marido, del que se separa tras un matrimonio sin amor y sin apenas dinero en el que solo el sexo satisface a Hagar, como ella reconocerá más tarde. Completará el trío de hombres que ha marcado su vida su hijo menor, John, que, a pesar de tener un comportamiento mucho más errático que el del bueno de Marvin, será el preferido de la protagonista.

            Con esa lucidez que la vejez otorga al análisis de situaciones de la juventud, Hagar sentencia, al hablar de su marido, que “nada cambia nunca de golpe” (pág. 102). Es esta una de las muchas agudas reflexiones sobre el paso del tiempo y sobre la vida desde la senectud que nos ofrece esta soberbia novela que es El ángel de piedra.




jueves, 22 de febrero de 2024

Perro negro - Miguel Ángel Oeste


 
Perro negro, Miguel Ángel Oeste, Tusquets, 288 págs.

     De entre todos los miembros del siniestro “club de los 27” (los músicos famosos que fallecieron a esa edad) es Nick Drake uno de los que menos encaja con algunos de los estereotipos asociados a él. En primer lugar, aunque esto es anecdótico, ni siquiera llegó a cumplir esa edad ya que se suicidó con veintiséis años.  Además, al contrario que los Cobain, Hendrix o Joplin, Drake no fue un músico de éxito en vida y solo tras su trágica y prematura muerte se ha convertido en un autor de culto para un número amplio de amantes de su música delicada y poética. Sin embargo, y tal y como Miguel Ángel Oeste nos muestra en Perro negro, sí encontramos en su biografía algunos de los hitos más recurrentes de estos artistas.

    En primer lugar, y lo que es más importante, Drake fue el autor de tres discos excelentes que han tenido un amplio eco en autores de generaciones posteriores. Además, poseyó una personalidad atormentada, con estancias en centros psiquiátricos y con tratamientos que no siempre le ayudaron a superar los miedos que le atenazaban en el escenario, donde apenas fue capaz de dar un puñado de conciertos por su miedo escénico, y su frustración por no hallar más que el éxito, el cariño del público. El fracaso comercial de sus tres discos fue, según se defiende en la novela, un elemento fundamental en el descenso a los infiernos de un joven que en su adolescencia y antes de dedicarse a la música aparece con una alegría y unas ganas de vivir que no se asocian al chico melancólico que las letras de sus canciones y su pose en las fotografías de su época de cantautor han dejado en la memoria colectiva.

    Con estos mimbres, un joven de una gran sensibilidad y enorme atractivo, con un padre autoritario que le exige estudiar o trabajar, y una relación de amor y odio con la música, Oeste podría haber optado por una biografía canónica o, en un ámbito más cercano a lo que es Perro negro, por una novelización de la vida de Drake que siguiera su naufragio vital. Sin embargo, y de manera inteligente desde mi punto de vista, el autor malagueño opta por dejar fuera de plano al músico y crear una historia protagonizada no directamente por él sino por varios personajes que se mueven a su alrededor, atraídos por su magnética y esquiva personalidad. Entre ellos aparecen los padres y Gabrielle, la hermana de Nick, Sophia, una enigmática joven que tuvo una relación ambigua con el músico que se sintió obsesionado por ella, diversos amigos y colaboradores de Nick que van aportando su perspectiva de alguien al que los años han convertido en leyenda. Pero son dos de estas personas las verdaderas protagonistas de la novela: Richard y Janet.

    El primero es un exitoso actor, inspirado en el trágicamente fallecido Heath Ledger como el autor reconoce en el epílogo, que desea realizar una película sobre Drake y comienza a documentarse sobre su vida. Entre los amigos de Nick con los que se entrevista se encuentra Janet, que conoció en el vibrante Londres de finales de los sesenta al músico y que compartió algunos momentos con él estableciendo una relación que basculó entre el interés (se la llega a definir como “groupie”) y una especie de amor platónico que jamás se hizo físico. La obsesión de Richard por la figura del cantautor inglés va pareja al deterioro de su propia salud mental; el actor, a la par que va conociendo más sobre Drake, entra en una espiral de drogas y de soledad cada vez mayor que lo alejan de Erika, su pareja. Por su parte, Janet también arrastra serios problemas mentales arraigados en su difícil infancia (en la que perdió a toda su familia) y en el desinterés que su idolatrado Nick mostró por ella y que provocaron que viva encerrada durante más de treinta años en un apartamento neoyorquino.

    Perro negro es una novela interesante, mucho mejor en la segunda parte (cuando se alternan las voces de Richard y Janet) que en la primera (algo errática), en la que hallamos mucho más que la historia del músico Nick Drake. Oeste crea una obra en la que los tres protagonistas (Janet, Richard y el propio cantautor) se ven arrastrados hacia las simas más oscuras de sus interiores. 

domingo, 4 de febrero de 2024

La mala costumbre - Alana S. Portero

 


El vía crucis de la disforia de género. Sobre La mala costumbre  de Alana S. Portero.

 

Actualmente la disforia de género afecta a muchos niños, niñas, adolescentes y jóvenes, y, aunque se trata de una situación que suele ser complicada, existe cada vez mayor concienciación en la sociedad española. Por supuesto, hay un camino largo aún por recorrer como colectividad, pero las personas que la sufren y sus familiares poseen bastantes referentes de personas que han cambiado de género. Sin embargo, en los años ochenta y noventa, que ya no están tan cerca como muchos de nosotros aún nos creemos, la transexualidad se veía con numerosos prejuicios y era muy poco aceptada en nuestro país. ¿Cómo era crecer en aquel país para una persona trans? Alana S. Portero responde a ello en este libro tan difícil como necesario y tan brutal como bonito.

La protagonista, que tiene mucho de la autora aunque ella ha aclarado que esta novela no es una autobiografía, es una niña que ha nacido en el cuerpo de un niño y que habita en los años ochenta en el madrileño barrio de San Blas, una zona obrera muy alejada (más cultural que geográficamente) del centro de la capital. Como apunta la narradora “todas las niñas trans crecemos solas” (78) y, en este caso, lo debe hacer arrastrando la negación de su propia identidad y los prejuicios de los demás. Se establece a lo largo de toda la infancia de la narradora una lucha entre lo que los demás esperan de ella, su madre quiere “un machote”, y lo que en su interior anida aunque no sea fácil ponerle nombre y los espejos se conviertan en el peor enemigo posible ya que devuelven una imagen que no es la que siente como la real. Por ello, durante todo el libro, que se centra en los primeros años de la protagonista pero que también llega hasta la juventud pasando por la adolescencia, la narradora debe luchar contra la disforia a lo largo de un camino que está lleno de lágrimas, incomprensión, violencia, rechazo y enfermedades mentales.

Sin embargo, durante todos estos años de vía crucis, la narradora encuentra una serie personas que la ayudan, conformando una especie de panteón laico al que va dedicando varios capítulos del libro. Quizás las más importantes, por su carácter de referente, son las mujeres transexuales que va conociendo en su infancia y juventud. Destacan entre ellas La Peluca, una vecina de San Blas al que todo el mundo teme, Eugenia, una prostituta del centro de Madrid, y, sobre todo, Margarita. Esta mujer, que vive durante la infancia de la narradora en un piso cercano junto a su anciana madre, representa el lugar que durante tantos años hubieron de ocupar las transexuales en nuestra sociedad; tras ejercer la prostitución durante años, en su madurez debe adoptar un perfil bajo, sin provocar escándalos y ayudando a los demás, para ser aceptada, aunque nunca con un trato igualitario, en el barrio. El ejemplo de dignidad de Margarita y la ternura en la relación que establece años después con ella la protagonista cuando ya es una adulta se encuentran entre lo mejor del libro.

También mitigarán la terrible amargura de la protagonista, enfrentada durante toda su vida a la disforia, algunos hombres homosexuales, como Jay, su primero amor, o Antonio, el dueño de un bar de Chueca donde encuentra, por primera vez, un lugar seguro. La familia también aparece como un espacio de amparo, con unos padres y un hermano mayor protectores, aunque no de total libertad, ya que ni ellos ni la protagonista parecen nunca preparados para afrontar la conversación sobre su verdadera identidad. Además, la llegada de este momento se va dilatando por algunos episodios de violencia que sufre cuando intenta integrarse en espacios típicamente masculinos como un gimnasio donde aprende kárate o la grada de un estadio de fútbol. En ambos sufrirá ataques, verbales en el primer caso y físicos en el segundo, que provocarán que la narradora acabe retrayéndose aún más.  

Además de la lucha contra la disforia de género de la protagonista, en La mala costumbre destaca también el retrato que Alana S. Portero realiza de la vida en un barrio obrero de Madrid durante los años ochenta. La descripción de San Blas está despojado de casi cualquier rastro de nostalgia, salvo el elogio de la solidaridad existente en la época que hoy ha desaparecido, y se nos muestra con crudeza la difícil vida de familias como la suya. Con una acusada conciencia de clase, la narradora critica las trabas que se les ponían a los habitantes de su barrio como la precariedad de las viviendas, las duras condiciones laborales o la lacra de la heroína, que acabó con una generación entera de jóvenes. Aunque el libro se centra en las dificultades que debían soportar mujeres trans como Margarita, también se critica la tolerancia que existía en aquella sociedad con la violencia machista, ejemplificada en Aurelio, el brutal vecino que maltrata sin piedad a su mujer y sus hijos.

Los capítulos dedicados a su juventud no son alcanzan el nivel que, desde mi punto de vista, posee el excepcional relato de la infancia de la narradora en este duro contexto. Creo que una de las razones de que esta parte central no sea del todo redonda es el abuso de la alegoría (emplea términos como “ninfa” y “hombres-dragones”) en la narración de episodios sórdidos como los encuentros en cuartos oscuros. Sin embargo, el libro vuelve a remontar en su fase final, donde la narradora, en la treintena, debe regresar a la casa familiar por la precariedad de su contrato laboral. Es allí cuando se produce el ya relatado reencuentro con Margarita que será fundamental para que la protagonista, acabe, por fin, enfrentando sus miedos.

Alana S. Portero ha escrito un libro sobresaliente, crudo y violento pero también tierno y esperanzado. Una obra sobre las dificultades que tiene que enfrentar la protagonista para aceptarse a sí misma y ser la mujer que es.


Reseña publicada en La Verdad. 



lunes, 22 de enero de 2024

Kilómetro 101, Maxim Ósipov

 


Kilómetro 101, Maxim Ósipov, Libros del Asteroide, 2024, 232 págs.

 

Aunque aparezca a diario en nuestros medios de comunicación, desde España es poco lo que se sabe del día a día de Rusia. Se trata de un país alejado geográficamente y al que ahora mismo es difícil acceder con nuestro pasaporte. Frente a las cuestiones políticas y bélicas que todos conocemos, la vida cotidiana de los rusos y su forma de ser no suelen ocupar un lugar preponderante en nuestro imaginario. Por suerte, tenemos la literatura y, en el caso ruso, una enorme tradición que sí que ha permeado mediante sus traducciones en nuestro país. Para conocer mejor la idiosincrasia del pueblo ruso ahora se publica en España, con traducción de Ricardo de San Vicente, este punzante y esclarecedor libro de Maxim Ósipov.

Y es que el principal valor de la primera y principal sección del libro, titulada como la obra y cuyo subtítulo es definitorio (“Crónica de la vida de provincias”), nos narra el día a día de un cardiólogo en la pequeña localidad de N. Es evidente el trasfondo autobiográfico de estas páginas ya que Ósipov se dedica a la misma especialidad médica y se asentó en Tarusa, la pequeña ciudad que comparta muchos rasgos con N. Las razones para trasladarse allí son dos: por un lado pretende alejarse de Moscú y por otro volver a la población en la que vivió de niño y a la que su bisabuelo, también médico, se asentó en una especie de exilio interior que compartieron muchos intelectuales y que les obligaba a elegir ciudades como esta situadas a más de 100 kilómetros de la capital (de ahí el título del libro).

A lo largo de esta primera mitad del libro el autor va encadenando anécdotas en el hospital de N. con reflexiones sobre las peculiaridades rusas. Así, vamos conociendo la corrupción, cierto fatalismo, un humor más bien negro, los estragos del alcoholismo, la nostalgia de la época soviética y también las precarias condiciones que tienen que enfrentar los trabajadores del hospital. El estilo de Ósipov destaca por su humor irónico y por su inteligencia, pero también por cierta falta de cohesión, se salta de un episodio a otro sin apenas transición, que al principio puede dificultar la lectura. También destacan las frecuentes referencias o citas de libros de autores rusos o de la Biblia, que muestran la importancia de la cultura en una ciudad a la que se vincularon numerosos artistas como la poeta  Marina Tsvetáyeva.

La segunda parte del libro está formada por textos que, si bien ahondan en los mismos temas y están protagonizados por médicos en los que encontramos de nuevo ecos del autor, sí poseen estructuras más cercanas al relato. Así, se narran el largo viaje en tren del protagonista para asistir a un congreso, en el que coincidirá con dos peculiares personajes del hampa local, la aventura que supone conseguir la vacuna del coronavirus y una rápida y delirante visita a Estados Unidos para acompañar a una paciente. Mención aparte merece el último texto, en el que se cambia totalmente de tono por uno mucho más serio para narrar cómo el autor logró escapar de Rusia y del régimen de Putin al inicio de la guerra de Ucrania para establecerse en Alemania. Las reflexiones aquí son de un calado mayor por la terrible circunstancia en la que se ven envueltos tanto el narrador como el país.  

Kilómetro 101 se nos presenta, por lo tanto, como un libro estupendo para conocer mejor la compleja realidad rusa contemporánea.

domingo, 7 de enero de 2024

Maldeniña - Lorena Salazar Masso

 


La infancia borrada. Sobre Maldeniña de Lorena Salazar Masso

 

Planteaba la colombiana Lorena Salazar Masso (Medellín, 1991) en su anterior novela, Esta herida llena de peces, una historia sobre las dificultades de la maternidad y sobre cómo esta acaba vinculándose a la situación económica y social en la que vive la persona que la ejerce. Dos años después de aquel excelente debut en el género, la editorial Tránsito publica esta novela que viene a confirmar a Salazar Masso como una autor a seguir y que, en cierta manera, funciona como el envés de su primera obra.

 

Si, como ya he señalado, la maternidad era el tema principal en aquella, en Maldeniña es su ausencia la que determinará toda la trama. Isa, la niña protagonista, no conoció a su madre y vive con un padre que apenas la cuida y que parece, en algunas ocasiones, haberla incluso olvidado. Muy significativo es el episodio en el que Isa se cruza con su padre a las afueras del pueblo en el que viven y él parece no reconocerla, como si no tuviera una hija. Este desamparo producido por su casi orfandad determina el carácter del personaje principal, que en algunos aspectos parece mucho mayor que los niños de su edad, como si su situación familiar la hubiera empujado hacia una precoz madurez que acaba mostrándose como insuficiente al tener que enfrentarse a situaciones que por su edad no comprende o sabe gestionar. La autora acierta plenamente en la creación de Isa, ya que la dota de un carácter resolutivo (se niega a ir al colegio o a jugar con otros niños) y de una independencia provocada por el escaso cuidado que recibe de su padre que conviven con la inocencia de su mirada; al fin y al cabo es una niña inteligente y fantasiosa pero que desconoce las dobleces del complicado mundo de los adultos.

 

El otro elemento que contrapone a ambas novelas es el movimiento; frente al carácter de road movie acuática de Esta herida llena de peces, cuya historia está vinculada a un viaje a través del colombiano río Atrato, en esta segunda obra los personajes principales permanecen anclados en el pueblo que habitan. Además, el carácter de sitio de paso de este, al lado de una carretera a cuyos viajeros ofrecen servicios, determina también la falta de infraestructuras (no hay ni un centro médico) y las estrecheces que sus habitantes deben sufrir a menudo, por ejemplo, cuando los camioneros inician una huelga. Isa no tiene más horizonte que la estrecha franja en la que la localidad se encuentra entre la montaña y la peligrosa carretera. Para la niña, cruzarla o caminar junto a ella suponen actos casi temerarios que tiene prohibidos.

 

La localización geográfica de la villa determinan a su vez el carácter de los dos espacios en los que la niña pasa la mayor parte del tiempo: el hotel y la cantina. Ambos son sitios desvencijados, de una pobreza enorme y cuya viabilidad está vinculada a que los viajeros sigan parando en el pueblo. El hotel está regentado por el padre de Isa, aunque sus continuas ausencias deja su gobierno en manos de empleados como Bere o Gil, que se ocupan también de las necesidades básicas de la niña, aunque no de cuidarla. A pesar de que padre e hija comparten habitación, el progenitor apenas le presta atención a ella, lo que unido al hecho de que el hotel sea por definición un sitio de paso, dejan a Isa sin un verdadero hogar. Este sea quizás el motivo de que la niña acuda tan a menudo a la cantina vecina, donde el dueño, Vargas, la cuida y la alimenta mejor que su padre, pero no puede evitar la amenaza de algunos de los borrachos que pueblan el local. Isa se va criando allí en un ambiente que no es el más idóneo para una niña, entre boleros y aguardiente, pero al que termina volviendo por la familiaridad que allí encuentra.

 

Esta búsqueda de una familia espuria que viene determinada por naturaleza de su familia real (la ausencia de la madre, el olvido del padre y la mala relación con su tía José) determina las relaciones de Isa con el resto de habitantes del pueblo. A lo largo de la novela entabla amistad, además de con el cantinero Vargas, con otras mujeres con las que busca esa complicidad que no halla en el entorno familiar ni en el colegio, con los niños de su edad. Así, la protagonista se acerca primero a Dora, con quien cocina ají, y después a Virginia, que la aloja en su casa cuando Isa decide hacer una huelga para atraer la atención de su padre. Con ambas y con el dueño de la cantina buscará también, a pesar de su corta edad, un trabajo que pueda paliar las dificultades económicas a las que las ausencias del padre, la poca afluencia al hotel y la progresiva ausencia de enseres en este parecen abocar a la familia. Existe también en este afán por trabajar un deseo de reafirmar su independencia (frente a José, que parece querer adoptarla y de su padre, para el que no quiere ser una carga) y su madurez. Entre estos personajes secundarios con los que la protagonista se relaciona destaca también Hija Cristina, la loca del pueblo, que somete a Isa a un conjuro para librarla del dolor de barriga que sufre y que ella nombra como “maldeniña”.

 

Lorena Salazar Masso nos ofrece una novela dura, en la que el abandono o incluso el abuso son relatados desde la inocente perspectiva de la niña, pero cargada de un lirismo que también estaba en su primera novela. El libro nos ofrece la historia de Isa mediante una prosa en la que se incluyen frecuentes metáforas y que a veces se acerca a territorios del realismo mágico, como en ese episodio en el que la niña hunde sus manos en la tierra como remedio para el picor.


Reseña publicada en La Verdad. 




lunes, 25 de diciembre de 2023

Polvo en los zapatos - Manuel Moyano


 

Polvo en los zapatos, Manuel Moyano. 


Seguramente sea Manuel Moyano uno de los escritores más versátiles del panorama nacional. Ha cultivado, y siempre de manera notable, el microrrelato, el cuento, el ensayo, el libro de viaje y distintos subgéneros de la novela. Con Polvo en los zapatos suma el diario a su amplia trayectoria consiguiendo algo tan complicado como es destilar literatura de la cotidianidad sin emplear el recurso de la ficción. En las páginas de este libro, que recorren los años 2018, 2019 y el comienzo de 2020, hallamos viajes, encuentros con otros autores, muchas lecturas y reflexiones de distinto tipo. Pero son las entradas más íntimas, aquellas dedicadas al fallecimiento de su padre y en las que cambia el narrador en primera por la segunda persona, donde el libro alcanza una cota más alta. También es interesante el carácter metaliterario que a menudo adquiere la obra, algo normal al retratar la vida de un autor. Algunas de las entradas de este diario reflexionan sobre el propio texto, sobre sus dificultades y también sobre las razones de iniciarlo, auspiciado por el periodista Ángel Montiel, y para cerrarlo. Además, se relatan en estas páginas el viaje que realiza a Sierra Morena y cuyo resultado será otro libro, el magnífico La frontera interior, en una especie de estructura en abismo donde la tramoya de la preparación una obra se cuenta en otra. Un diario de gran interés para descubrir que a menudo importa más la mirada del autor que los sucesos que se relatan.