lunes, 20 de enero de 2020

Jugar con fuego - Sandra Bruce


Jugar con fuego, Sandra Bruce, Boria, 2019, 295 págs., 16€.

A los temas relacionados con la mujer que desde hace un tiempo se están reivindicando en la literatura española, Sandra Bruce añade en Jugar con fuego el de la liberación del ama de casa. Este rol que muchas mujeres desempeñan en sus familias no protagoniza de manera muy frecuente las obras literarias, enfocadas en aspectos diferentes que parecen poseer más interés para los autores. Por ello se agradece que Bruce opte por poner el foco en los sentimientos que sufre una mujer que ha abandonado su trabajo para cuidar de su hija recién nacida y ocuparse de su casa.

El libro se presenta como una historia de empoderamiento protagonizada por una mujer que se niega a resignarse a una vida enclaustrada en casa y a un marido que parece ignorarla cuando no despreciarla. Stella es una joven inglesa que vive en Valencia junto a su pequeña Ana y a su esposo Paco, un abogado centrado más en su trabajo y en lo que piensan su madre y su hermana que en su hija y su mujer. Esta ponzoñosa influencia que la familia política del marido tiene sobre el matrimonio es uno de los temas fundamentales de Jugar con fuego. Stella, personaje central y a quien el narrador acompaña durante todo el libro, tiene que enfrentarse a un matriarcado que la excluye de todas las decisiones importantes de la familia pero que acuden a ella cuando necesitan que cuide a uno de sus miembros enfermo.

Bruce da voz a todas esas mujeres que son convertidas por sus maridos en meras subalternas cuya jerarquía en la familia es secundaria tan sólo por trabajar dentro de casa y no fuera. Stella comienza la novela en un punto cercano al colapso por sentirse incapaz de cuidar adecuadamente de su hija y de su casa y por no tener más incentivos en su vida que las comidas mensuales con un excéntrico grupo de mujeres extranjeras como ella. Y es que el origen inglés de Stella es un elemento fundamental en la trama, ya que provoca que sienta a sus padres demasiado lejos para apoyarla y que no termine de comprender la idiosincrasia de la familia de su marido. Este rasgo de Sara, el ser extranjera en España, que comparte con la autora, permite que tengamos una perspectiva original de los comportamientos propios de las familias españolas.

Esa situación tan negativa de la que parte Stella va poco a poco cambiando gracias a una serie de cambios en su vida que desencadena Judith, una doctora que le ofrece un trabajo como traductora al inglés de los artículos científicos de un grupo de médicos de un hospital de la ciudad. Stella se decide a ocultarle a Paco su nueva ocupación, por miedo a que él la rechace, y entra en una espiral de mentiras y ocultaciones que, sin embargo, provocan una emoción que reactiva la aletargada existencia de la protagonista. Comienza entonces a “jugar con fuego”, tal y como alude el título de la novela, en una doble vida que llevará su matrimonio a una encrucijada en la que ella tomará por primera vez las riendas.

Sandra Bruce nos ofrece una novela con un ritmo muy ágil y cuya lectura absorbe el interés del lector, que acompaña a Stella en su proceso de emancipación.

Reseña publicada en El Noroeste:

  

miércoles, 8 de enero de 2020

El lugar de la espera - Sònia Hernández


El lugar de la espera, Sònia Hernández, Acantilado, 2019, 173 págs., 16€.

La generación nacida en España entre mediados de los años setenta y principios de los ochenta ha recibido apelativos tan (aparentemente) contradictorios como “la mejor preparada de la Historia” y “la primera que vivirá peor que sus padres”. El primer y laudatorio calificativo hace referencia al alto porcentaje de sus miembros que poseen una carrera universitario o un máster, sinónimo para los españoles nacidos durante el Franquismo de un buen puesto de trabajo. Sin embargo, la precariedad acabó durante la primera crisis económica del siglo XXI con este espejismo y mostró que gran parte de los integrantes de esta generación no iban a conseguir el estatus económico (una casa en propiedad y, quizás, otra en la playa) que sus padres adquirieron con menor formación académica.
Sònia Hernández pertenece a este grupo de españoles (nació en 1976) y retrata en su novela El lugar de la espera la frustración que esta realidad ha provocado en ellos. En uno de los pasajes del libro, la narradora explicita esta idea con las siguientes palabras: “Nosotros teníamos que superarlo todo. Nacimos justo cuando se acababa la dictadura. Podemos hacer lo que queramos. La libertad.” (pág. 116).  Parece que las posibilidades que se le ofrecieron a la primera generación de españoles nacidos en democracia generaron unas expectativas demasiado altas que la realidad se ha encargado de borrar. Con ese “nosotros” la narradora se refiere a los nacidos en aquella época de cambio, pero, también y de manera más concreta, al grupo de amigos que protagonizan esta novela coral.
Se trata de un grupo heterogéneo pero que comparten edad, origen (un barrio obrero) y esa frustración tras la llegada a una vida adulta que no era tal y como les habían prometido. Vasili, por ejemplo, es el artista del grupo, pero no ha desarrollado una carrera exitosa. Noe es un transexual que ha sufrido la incomprensión de la sociedad en su transformación de mujer a hombre. Sergio y Olga forman una pareja marcada por las infidelidades y por los grandes proyectos que él no logra llevar a cabo. Pero son Malva y Javier los miembros del grupo que más perdidos se encuentran; ella fue una exitosa actriz adolescente que ahora está en horas bajas, mientras que Javier, que teme perder la custodia de sus hijas, quiere denunciar a sus padres y al Estado por su fracaso vital. El grupo de amigos trata de ayudar a ambos mediante el arte: creando una obra de teatro en la que Malva pueda actuar y una performance para visibilizar la queja de Javier.
Este peculiar punto de partida se desarrolla en una novela llena de reflexiones sobre el pasado del grupo, aseguran que hicieron todo lo que les pidieron para alcanzar el éxito, y sobre su desesperanzador presente. Esta historia coral es narrada por una de ellas, la hermana de Javier, que, a pesar de ser la voz a través de la cual conocemos las discusiones y acuerdos de todos, es la más desconocida y actúa tan sólo como portavoz. Más importancia tiene en la vertiente metaliteraria de la novela: la narradora dialoga cada cierto tiempo con una segunda persona que le cuestiona la manera de relatar la historia.
El lugar de la espera es una novela compleja y de una gran profundidad en la que la autora se cuestiona sobre temas como la solidaridad o el poder del arte para cambiar la sociedad.

Reseña publicada en El Noroeste:


domingo, 15 de diciembre de 2019

La isla de los conejos - Elvira Navarro



La isla de los conejos, Elvira Navarro, Random House, 2019, 160 págs., 18€.

Los once relatos que componen este interesante y heterodoxo libro que es La isla de los conejos, alejados casi siempre de las estructuras narrativas clásicas, están protagonizados por personajes que podemos definir como liminares. Los protagonistas de los once relatos parecen estar siempre a punto de romper con algo, como si cargaran con un peso que se ha convertido en insoportable y que les ha llevado a ese límite al que en el momento de la narración han llegado.

Son varios los casos en los que los personajes principales parecen abocados a precipitarse a una locura a la que van incorporándose con la tranquilidad y la inconsciencia con la que entramos al mar en una noche oscura. Este sería el caso de la  protagonista de “Memorial”, que recibe una invitación en Facebook de un perfil que parece ser el de su madre recién muerta, del inventor de “La isla de los conejos”, que realiza un macabro experimento zoológico en una isla del Guadalquivir, o de la cocinera de “La habitación de arriba”, que comienza a tener los sueños de otras personas. En todos estos casos la demencia aparece de manera gradual y no queda nunca clara; incluso cuando lo hace de manera directa, el hermano mayor del narrador de “Notas para una arquitectura del infierno” ingresado en un manicomio, las dudas sobre su locura acaban también saliendo a la luz.

Otro tipo de ruptura a la que se enfrentan varios de los personajes de La isla de los conejos es la sentimental. Los protagonistas de relatos como “Las cartas de Gerardo”, “Encía” o “París Périphérie” se encuentran abocados al límite de una relación que, precisamente, se desarrolla también en un borde diferente: el geográfico. Estos tres relatos se desarrollan en espacios que podemos definir como periféricos: un albergue a las afueras de Talavera, la isla de Lanzarote (alejada de Madrid, donde viven los protagonistas) y una carretera que bordea París, respectivamente. No son los únicos lugares “excéntricos” que hallamos en el libro, en el que también son muy importantes el peligroso barrio de “Regresión”, el descampado donde finaliza “La habitación de arriba” o la fluvial “La isla de los conejos”. Este gusto de Navarro por los lujares alejado del centro que se observa en el libro se puede relacionar con las entradas de su blog “Madrid es periferia”.

Este sentimiento de incomodidad, tanto por lo desquiciado de muchos de sus personajes como por la ausencia de cierres, que el libro provoca en el lector se acrecienta con cierta tendencia a lo abyecto. En el breve “Estricnina” a la protagonista le crece algo parecido a una extremidad en la oreja; en “Encías” la piel que hay junto al diente adquiere la apariencia del caparazón de un insecto; en “Myotragus” asistimos a violaciones de muchachas por parte de un decadente noble y su criado.

Tras la celebrada novela La trabajadora (2014) y la peculiar (“cercana al falso documental con tintes de autoficción” en palabras de Laura Ferrero) Los últimos días de Adelaida García Morales (2016), Elvira Navarro se establece con La isla de los conejos como una de las narradoras más interesantes de la actualidad. El volumen se puede relacionar con Mala letra (2015) de Sara Mesa, autora con la que Navarro comparte tanto generación como origen andaluz así como un estilo sobrio y directo. 

Reseña publicada en El Noroeste:


martes, 26 de noviembre de 2019

Caballo sea la noche - Alejandro Morellón


Caballo sea la noche, Alejandro Morellón, Candaya, 2019, 13€, 90 págs.

Podemos establecer varios puntos de conexión entre Caballo sea la noche, el nuevo libro de Alejandro Morellón, y Nefando (2016), la penúltima novela de la ecuatoriana Mónica Ojeda. A argumentos extratextuales aunque, opino, que no extraliterarios como su publicación en la misma editorial (la siempre interesante Candaya) y la relación personal que une a ambos, Ojeda encabeza los agradecimientos del libro, se une el tema tratado. Al igual que sucediera en Nefando, Morellón nos presenta en su novela una historia densa, dura por lo sucedido entre sus protagonistas, aunque optando siempre por un relato elíptico, quizás demasiado en algunos fragmentos, para evitar caer en lo morboso.


Si difícil es el tema que desarrolla el libro, que no explicaremos para no estropear su lectura, no lo es menos su forma. Caballo sea la noche se estructura en cinco largos monólogos interiores de dos de los protagonistas del libro que ocupan de manera íntegra cada uno de los cinco capítulos. Las palabras de los personajes, las de Alan en tres ocasiones y las de Rosa, su madre, en las otras dos, se reproducen sin puntos, más allá del final con el que termina cada capítulo, por lo que estamos ante flujos de pensamientos de los protagonistas que ocupan varias páginas seguidas. A la dificultad de este tipo de texto se le une, en el caso de los monólogos de Alan, una prosa con un fuerte componente lírico y la presencia del mundo onírico, en el que se desarrolla parte del primer capítulo.

Estos rasgos del libro pueden disuadir a algún lector, que quizás sienta en las primeras páginas que avanza a ciegas en una historia de la que sólo se le dan unas pocas pinceladas que parecen provenir de un sueño. Sin embargo, el relato comienza poco a poco a adquirir claridad y, especialmente en los dos monólogos de Rosa, acabamos por conocer esa triste historia familiar que el libro nos propone. El lector, entonces, acompaña a Alan en su proceso de asimilar lo ocurrido, “sentir la herida y luego ponerle nombre a esa herida” (62) en palabras de Rosa, algo para lo que se valdrá de una carta de Marcelo, el padre. Alan, encerrado en su habitación y aislado casi de su madre que permanece todo el día en el sofá del salón, va recordando lo que ocurrió con su progenitor y con Óscar, su hermano. Se produce así un descenso a los infiernos familiares por parte del protagonista que reconoce esa necesidad de enfrentar los hechos cuando señala “al tomar conciencia del fracaso había descubierto el terror” (62).

Todo el libro se desarrolla en la casa que comparten Alan y Rosa, convertida en un espacio opresivo para los dos miembros supervivientes de la familia. Allí, madre e hijo viven acuciados por lo acontecido en el pasado y soportando una tensión que acabará con uno de los dos abandonando la casa. Ante tal situación Alan se refugia en el sueño, durmiendo durante horas en su habitación, mientras que Rosa se aferra a un viejo álbum de fotos. En sus páginas halla un recuerdo palpable de los momentos felices vividos por la familia, la época en la que la unión de los cuatro nombres (Marcelo, Óscar, Rosa, Alan) simbolizaba la de padres e hijos antes de que esa armonía saltara por los aires.



domingo, 3 de noviembre de 2019

El boxeador polaco - Eduardo Halfon



El boxeador polaco, Eduardo Halfon, Libros del 
Asteroide, 2019, 194 pags., 18€.

El judaísmo es el tema que recorre la mayoría de los libros de Eduardo Halfon. Su relación con su familia, sus visitas a Israel o lo sufrido por sus antepasados durante el Holocausto han ocupado muchas de las páginas publicadas por el escritor guatemalteco en los últimos años. Por ello puede sorprender al lector el hecho de que gran parte de El boxeador polaco, su libro de 2008 reeditado ahora en un volumen que incluye también La pirueta (2010), esté protagonizado por la etnia gitana.
Sin embargo, esta sorpresa inicial ante el hecho de que Halfon abandone las habituales reflexiones sobre el pueblo hebreo, se esfuman pronto al encontrar bastantes similitudes entre este y el gitano. Ambas culturas se han caracterizado desde hace siglos por mantener sus costumbres, tradiciones e incluso su propia lengua en el corazón de Europa. También coinciden en el rechazo que han sufrido en muchos países, llegando a ser perseguidos en épocas como la Segunda Guerra Mundial, en la cual gitanos y judíos compartieron destino en los campos de concentración nazi. Así pues, podemos leer las historias de gitanos que se reproducen a lo largo de El boxeador polaco como una forma de reconocer a su propio pueblo en la experiencia de otro, del que le separan muchas cosas, el carecer de una religión propia es la más evidente, pero en la que se reconocen en no pocos avatares.
El detonante de este interés es el encuentro en un festival musical celebrado en Antigua Guatemala de un misterioso pianista llamado Milan Rakic, de origen serbio por parte de madre y gitano por su padre. La conexión entre el narrador y el músico es instantánea y, a pesar de que apenas comparten un par de ratos antes y después del concierto del pianista, su historia y su pasión por la música fascinan a Halfon. Esta atracción hacia Rakic se acrecienta con las postales que, desde diferentes partes del mundo, va recibiendo y en las cuales el pianista le va relatando pequeñas historias sobre el pueblo gitano. Cuando la correspondencia cesa, el narrador decide viajar hasta Belgrado para tratar de reencontrarse con el músico. Allí, sufre toda serie de peripecias provocadas por lo esquivo del personaje, por los pocos datos que Halfon tiene para realizar su búsqueda y por su desconocimiento de los usos y costumbres de los gitanos a los que acude en busca de ayuda para hallar a Rakic.
Además de esta historia, la principal del libro por su peso en el conjunto, el libro incluye otros textos de diferente temática. En “Lejano” Halfon relata su experiencia como profesor de Literatura y su relación con Juan Kalel, un estudiante que destaca en la apatía de la clase. “Twaineando” narra un encuentro de especialistas sobre Mark Twain en Estados Unidos en el que el narrador se siente siempre fuera de lugar. El judaísmo vuelve a cobrar importancia en “Fumata blanca”, sobre su encuentro con una chica israelí en un bar guatemalteco, y, especialmente, en “El boxeador polaco”, donde relata el momento en el que su abuelo le cuenta cómo sobrevivió en Auschwitz.
En El boxeador polaco tenemos el inicio del proyecto narrativo que el escritor guatemalteco ha desarrollado durante la última década y que está protagonizado por “ese otro Edurado Halfon”, tal y como el autor define en el prólogo de esta edición al álter ego que protagoniza sus relatos. Encontramos ya esas obsesiones sobre la identidad, la literatura, el pasado y ese estilo plagado de asombrosas metáforas (“sus manos me parecieron […] dos tarántulas hinchadas y tristes”) que convierten a este narrador en uno de los más interesantes de la literatura en español actual.  
Reseña publicada en El Noroeste.


viernes, 11 de octubre de 2019

Una vida retirada - Antonio Fernández Jiménez



Una vida retirada. Inazares, de camino hacia el cielo, Antonio Fernández Jiménez, Círculo Rojo, 2019, 220 págs., 14€.

         Existe un tema que, en los últimos años, ha ocupado numerosas páginas en diarios y revistas españolas: la despoblación de grandes zonas rurales de nuestro país. La llamada España vacía (o vaciada) se ha erigido, además, en la protagonista de varios libros que se han ocupado de las causas y las consecuencias de que algunas comarcas de provincias españolas como Soria, Cuenca o Teruel hayan visto descender su número de habitantes drásticamente en las últimas décadas. A volúmenes de la trascendencia de La España vacía (2016) de Sergio del Molino, se suma ahora este Una vida retirada del periodista bullense Antonio Fernández Jiménez.
         Este libro parte de una paradoja: una de las provincias con una población más joven y con una tasa de natalidad más alta del país como es Murcia posee algunas zonas en las que cada vez habita menos gente. En concreto, Fernández Jiménez elige como protagonista al pueblo de Inazares, una pequeña localidad perteneciente al municipio de Moratalla que cumple todos los requisitos para pertenecer a esa España que se ha ido vaciando en las últimas décadas. Este pueblo murciano, ubicado a más de mil metros de altura, ha visto su población decrecer desde varios centenares a las pocas decenas, ancianos y adultos todos ellos, que hoy pueblan sus escasas calles.
         Fernández Jiménez, en la mejor estirpe del periodismo literario, describe con precisión los paisajes que rodean este paraje del Noroeste murciano, empleando una riqueza léxica en los colores, en los aperos de labranza o en la fauna y en la flora del lugar que imprime a su prosa una gran plasticidad. El autor visita Inazares en varias ocasiones durante todo un año, mostrando en cada uno de sus capítulos cómo el paso del tiempo influye tanto en el pueblo y sus alrededores (de la nieve invernal a las largas tardes de verano) como en sus habitantes (de la soledad del frío al bullicio de los turistas del estío).
         Al contrario que otros escritores que cultivan este tipo de crónica sobre la España vacía, Fernández Jiménez cede el protagonismo a los verdaderos actores de esa historia: los vecinos de Inazares. Especial peso en el libro tienen dos de los últimos habitantes que quedan en la población: el anciano y sabio Paco y el peculiar Julián. Además, y casi como si de una novela policiaca se tratara, al principio se adelanta la muerte de uno de los personajes cuyo nombre sólo sabremos casi al final de la obra. El autor observa y describe, pero, sobre todo, escucha y transmite las palabras de los locales y de personas vinculadas al pueblo (antiguos maestros, especialistas en geografía, periodistas) sobre la historia del lugar y las causas de su despoblamiento, otorgándole al libro una equilibrada mezcla entre erudición y sabiduría popular.
         Una vida retirada es una obra tranquila, reposada, de un autor que sabe palpar el ritmo de vida de los habitantes del pueblo, que comparte con ellos tardes en el bar y recuerdos de romerías y fiestas que ya no volverán. Al contrario de lo que pudiera parecer, el libro, preñado de nostalgia en muchas de sus páginas, deja un poso de optimismo, representado en el complejo rural que en los últimos años ha revitalizado el pueblo y que vuelve a llenar de niños y jóvenes, cada puente y cada verano, las vetustas calles de Inazares.

martes, 8 de octubre de 2019

Trabajos forzados - David Cano


Trabajos forzados, David Cano, Tres Fronteras, 2019, 190 págs., 14€.

La segunda parte de la veintena suele ser la época en la que muchos elegimos el camino que seguiremos en nuestras vidas durante las siguientes décadas. Los que han realizado estudios universitarios y los han estirado con algún máster o con una experiencia en el extranjero, encuentran, si tienen suerte, durante estos años el trabajo que supondrá el inicio de su vida profesional en el sector en el que continuarán, si tienen suerte, hasta su jubilación. Además, suele ser una edad en la que las parejas surgidas de la efervescencia juvenil se consolidan yéndose a vivir juntos o se separan por la presión de las obligaciones de la madurez. Quizás este esquema sea demasiado reduccionista, pero es el que muchos de nosotros vivimos y el que también sigue Marcos, el protagonista de la primera novela del murciano David Cano.
Y es que a sus veintiocho años, Marcos se debate entre continuar en su anodino empleo en una oficina, los “trabajos forzados” a los que alude con sarcasmo el título, o mandarlo todo a la mierda y dedicarse en cuerpo y alma a su verdadera vocación, escribir, antes de verse atrapado para siempre en ese sistema laboral que odia. Una noticia y una propuesta le obligan a encarar por fin la escritura de esa novela que le obsesiona mientras rellena informes de manera maquinal en el ordenador de su oficina.
La noticia es que su hermano mayor Ernesto tiene un complicado cáncer de páncreas; la propuesta viene, precisamente de él, que decide dedicar el tiempo que le quede a ayudar a Marcos a escribir esa novela. De esta forma, Ernesto, que tuvo una exitosa carrera como autor de libros de ciencia ficción antes de caer en el olvido de crítica y público, dedica las pocas fuerzas que la enfermedad va dejándole en aconsejar a su hermano y, lo que es más importante, a animarle a escribir.
`Trabajos forzados´ se convierte así para su protagonista en una carrera contra el reloj para lograr que su novela esté acabada mientras Ernesto pueda acompañarle en el proceso de su creación. Simultáneamente, Marcos se irá enfrentando a numerosos problemas laborales (siente que no puede dejar la empresa por la inseguridad de encontrarse sin trabajo cuando aún no tiene ni editor), amorosos (duda entre una nueva relación y volver con su ex) y familiares (con un padre desaparecido y una madre desequilibrada) que lo llevarán al límite.
Crea Cano un protagonista de gran hondura, con múltiples aristas y por el que el lector siente a veces ternura y otras veces rabia, pero que no deja indiferente. Marcos ejerce una fuerza centrífuga sobre el resto de personajes, que en ocasiones se desdibujan en comparación con el principal y que parecen estar al servicio de la configuración del protagonista. Este es un personaje redondo, que pasa por numerosos etapas a lo largo de la historia que van desde imprevisibles ataques de ira a hondas depresiones.
Nos ofrece David Cano una vibrante ópera prima, que pone en juego temas como la creación artística, los temores que produce la llegada a la vida adulta o las relaciones familiares en un libro con un gran nervio narrativo. 
Reseña publicada en Eldiario.es 

viernes, 4 de octubre de 2019

Ramona - Rosario Villajos


Ramona, Rosario Villajos, Mrs. Danvers, 2018, 220 págs., 18€.

         En una de las escenas más delirantes de Ramona, el libro en el que Rosario Villajos repasa la infancia de una niña en los ochenta y su juventud en los noventa, un joven gitano acuchilla a un hombre de su misma etnia porque este se ha metido con Camarón de la Isla, acusando al artista de San Fernando de ser una vergüenza para el flamenco. Una situación como esta, con el uso de drogas por parte del muchacho y la muerte del señor, podría ser tratado por algunos escritores desde la seriedad o la denuncia, pero Villajos opta por un tono cáustico que la lleva a concluir la escena describiendo cómo su padre, presente en la taberna donde se ha producido en el apuñalamiento, rompe la radio familiar al llegar a casa y les prohíbe a sus hijos escuchar flamenco.
         Esta mezcla entre hechos graves, abusos sexuales, maltrato, y un tono irónico, a veces rayano en lo sarcástico, está presente en varios de los textos que componen un libro en el que arroja una mirada nada complaciente, aunque con cierta nostalgia por la inocencia perdida, a la España de los ochenta. Ramona, la narradora, fue una niña despierta y con inclinaciones artísticas, que sobrevivió en un barrio obrero por el que pululan yonquis perdidos, vecinas cotillas, adolescentes lúbricos y pequeños sádicos que no dudan en tirarle una pinza de la ropa a un bebé desde la azotea del edificio. Es un microcosmos en el que todo el mundo conoce los problemas del vecino de escalera, el marido alcohólico, el que está en la cárcel, y las miserias que traspasan las paredes finas como papel de fumar.
         Villajos relata, con esa frescura que hace de Ramona un libro divertidísimo, algunos de los ritos iniciáticos que los niños de la época tenían que vivir: el primer día de clase tras vivir los primeros años pegados a las faldas de sus madres, la primera comunión, a cuyo convite Ramona no puede asistir porque su vestido avergüenza a su padre, o las primeras carrera en la bicicleta. El descacharrante retrato de su familia, que recuerda siempre entre la ternura y el desconsuelo, y de sus vecinos se completa con el de las compañeras de colegio, especialmente de su amada Alicia, y de las monjas que rigen la escuela con una crueldad rayana a veces en el sadismo.
         Aunque mezclados con los fragmentos de la infancia, los capítulos dedicados a la adolescencia y la juventud son bastante diferentes. En los primeros la narradora capta perfectamente la indefensión que se siente en esta época a la que Ramona trata de hacer frente con una actitud que la hace parecer borde a sus compañeros de clase. Así, los divertidos y a veces escatológicos episodios de la infancia dejan paso a situaciones más duras como las discusiones con las amigas o las primeras y nada placenteras relaciones con los chicos.
         Aunque la ironía se mantiene, los fragmentos dedicados a la juventud tienen en general un componente más amargo. Ramona se emancipa muy joven y vive episodios de una gran dureza como la relación con un chico mentiroso compulsivo o una depresión que la lleva a pensar en el suicidio. Sin embargo, la narradora acaba siempre aportando ese tono desenfadado que, junto a los dibujos que acompañan las páginas y cuya autora es la misma Villajos, son la marca del libro.    


sábado, 7 de septiembre de 2019

Vivir abajo - Gustavo Faverón Patriau




Vivir abajo, Gustavo Faverón Patriau, Candaya, 2019, 670 págs., 20€.

         Desde España a menudo cometemos el error de analizar otros continentes como América o África como un todo, como si, a pesar de su enorme tamaño y la multitud de estados que los componen nos pudiéramos acercar a ellos como si de un solo país se tratara. Esta perspectiva se emplea incluso para un territorio tan cercano cultural e históricamente al nuestro como es Latinoamérica. Tratamos de agrupar países tan distintos y distantes como Cuba o Chile para facilitar nuestros juicios apresurados. Sin embargo, y a pesar de sus obvias disimilitudes, existen entre estos países muchos elementos que los unen como son la lengua común o una Historia similar. Esta manera de entender los países americanos, en este caso sudamericanos, como una especie de constelación con estrechos vínculos, está en la base de Vivir abajo, la soberbia novela de Gustavo Faverón Patriau cuyos protagonistas se mueven por Argentina, Chile, Perú, Bolivia o Paraguay.
         En una novela tan extensa y ambiciosa como esta, en la que diversas tramas secundarias aparecen, desaparecen y reaparecen a lo largo de sus más de seiscientas páginas, es complicado hablar de una historia principal. A pesar de ello, podemos establecer que el relato central o vehicular, ya que los demás surgen a partir de él, nos cuenta la investigación que lleva a cabo el narrador de la primera y de la última parte, un fotógrafo y reportero peruano que acabará siendo profesor en Estados Unidos, de la vida de un extraño personaje, George Bennet, que conoció en su juventud en Lima. Como si de un “detective salvaje” se tratara, los ecos de la obra de Bolaño son patentes a lo largo de todo el libro, George deja su esquiva huella en varios países sudamericanos que recorre con dos objetivos: descubrir detalles de la vida de su padre, un agente de la CIA especializado en la tortura, y vengar a dos mujeres que sufrieron violaciones.
         Ambos deseos, la relación con el padre y la venganza, se convierten en sendos leit motivs de un libro en el que se recorren los escenarios del terror que recorrió gran parte de Sudamérica de los años setenta a los noventa. Así, George u otros personajes del libro son víctimas o testigos de las “desapariciones” de la dictadura Argentina, de las torturas de la chilena, de las cárceles secretas del régimen de Stroessner en Paraguay o de los atentados de Sendero Luminoso. También aparece un criminal de guerra nazi y la Yugoslavia de la Segunda Guerra Mundial, sin olvidar una violencia incluso más terrible que la política o la bélica: la doméstica.
         Pero en esta ambiciosa y envolvente novela, con un ritmo ágil conseguido gracias al uso de frases largas, repeticiones y juegos de palabras, no sólo aparece el tema de la violencia. Son múltiples las referencias literarias, citas de Shakespere, presencia de escritores reales o coincidencias entre el nombre de algunos personajes y el de literatos famosos, y las cinematográficas, tanto a películas conocidas, Fitzcarraldo, por ejemplo, como a las grabadas por el protagonista: George se dedica a grabar documentales que ayudarán al narrador a reconstruir su historia.
         Es difícil condensar en estas pocas líneas la alambicada y proteica estructura de Vivir abajo, una obra que se puede considerar como una heredera directa de Los detectives salvajes y que se erige como una de las mejores novelas escritas en español en la última década. Imprescindible.  



viernes, 2 de agosto de 2019

Los hombres de Rusia - Reinaldo Laddaga


Los hombres de Rusia, Reinaldo Laddaga, Jekyll & Jill, 2019, 270 págs., 18€.


         Es Florida uno de los territorios más peculiares de Estados Unidos. A su peculiar orografía, llena de lagos, manglares y cayos, se le une una mezcla poco común incluso para un país tan heterogéneo como en el que se encuentra. A los “rednecks” autóctonos, no olvidemos que estamos en el Sur, se les suma una poderosa población latina, muchos antillanos y  una gran cantidad de jubilados que se han mudado desde el norte para disfrutar de su benigno clima. Su protagonismo en el contexto nacional crece tanto en la época en la que los estudiantes invaden sus playas, durante el populoso Spring Break, como cuando se convierte en uno de los jueces de las elecciones presidenciales, por ser el estado péndulo por excelencia. En este lugar tan peculiar y a la vez tan paradigmático de las contradicciones norteamericanas es donde ubica Reinaldo Laddaga su no menos singular novela Los hombres de Rusia.

         Este autor argentino afincado en Nueva York relata, en la sección que podemos llamar “nuclear” del libro, la presencia en un zoológico abandonado del centro de Florida de un extraño grupo de hombres cuya definición oscilaría entre la de secta y la de banda de narcotraficantes. El hijo adolescente del guardián del hotel, también cerrado, que hay junto al zoo donde se han instalado “los hombres de Rusia” se erige como el narrador que nos cuenta el extraño comportamiento del grupo que trafica y consume drogas, encierra a mujeres en las jaulas que antes ocupaban los animales, y realiza misteriosas ceremonias que los emparenta con antiguos cultos como los de los koreshanos, secta que se estableció en el mismo territorio a finales del siglo XIX y de la que el Líder defiende ser el legítimo heredero.

         Esta historia central, el presente de la narración, no acaba de desarrollar, desde mi punto de vista, todo el potencial que podría haber tenido y Laddaga opta por dedicar gran parte del libro a narrar una doble genealogía. Por un lado, el propio narrador, cuyo pseudónimo es Aulus Gellius, cuenta la historia de sus antepasados por vía materna; su bisabuelo Giuseppe Antonio Borgese procedía de Italia, donde se relacionó en su juventud con el escritor y revolucionario protofascista Gabriele D’Annunzio, y que tras llegar a Estados Unidos se casó con Elisabeth, una de las hijas de Thomas Mann, la bisabuela del narrador. Por otro lado, tenemos la genealogía del Líder de Los Hombres de Rusia, figura espectral cuyos antepasados se identifican con los creadores del koreshanismo. Es esta sección la más interesante del libro y se suceden en ella las biografías de personajes de gran interés histórico, especialmente relacionados con la ultraderecha, como el citado D’Annunzio, en lo que se puede interpretar como un intento de comprender el resurgimiento actual de esta ideología.

         Otro acierto de Laddaga es mezclar realidad y ficción, utilizando la Historia (que no es otra cosa que un género narrativo más) con ductilidad para integrarla en su relato. Además del empleo del pasado como material para su novela, el autor argentino fomenta esa fantasía de verosimilitud con formas propias del ensayo como notas al pie de página, fotografías, referencias a otros escritores (son habituales las citas a libros de Michael Crichton) y el viejo tópico del manuscrito encontrado, actualizado aquí al formato digital.

Reseña publicada en El Noroeste: