sábado, 24 de enero de 2026

La sangre está cayendo al patio - Elvira Navarro



 Los espacios de lo siniestro. Sobre ‘La sangre está cayendo al patio’ de Elvira Navarro


Aunque no es lo más frecuente, son varias las grandes obras de la historia de la literatura cuyo protagonismo reside en sus espacios. Desde el Macondo de García Márquez y la Comala de Juan Rulfo hasta ejemplos más cercanos y también notables como la cárcel de ‘Los días de la peste’ (2017) de Edmundo Paz Soldán, son muchos los libros en los que los lugares en los que se desarrolla la trama adquieren casi o más protagonismo que los personajes principales. La propia Elvira Navarro ya había tomado una decisión parecida en su anterior obra, ‘Las voces de Adriana’ (2023), cuya parte central está dedicada a describir la casa de la familia de la protagonista de manera exhaustiva y portentosa. En el caso del libro que nos ocupa, los espacios adquieren también un papel relevante en casi todos los cuentos que componen ‘La sangre está cayendo al patio’ y se vinculan al género al que se adscribe la mayoría de ellos: lo fantástico. 

Y es que el libro se puede entender como un catálogo de lugares vinculados a lo siniestro, como una serie de historias en las que las viviendas de los protagonistas u otros rincones por los que transitan están en la base de los miedos que los atenazan. Esta vinculación entre las casas propias y el temor que ellas provocan en los personajes es la base de tres de los cuentos del conjunto. El primero de ellos, y también del libro al que una frase suya da título, es “La lavadora”, un inquietante relato fantástico en el que un hecho inverosímil, sale sangre del electrodoméstico en el que la protagonista lava la ropa, le sirve a Elvira Navarro para tratar un tema aún más inquietante: las relaciones de vecinos. El mismo espacio, un edificio de viviendas, aparece también en “El vigilante”, pero si en “La lavadora” la tensión venía desde las personas que compartían comunidad con los dueños del electrodoméstico maldito, aquí estas aún no han llegado. Se trata de un bloque sin habitar y ni siquiera sin terminar en el que el protagonista entra a vivir para vigilar la obra por las noches. Es este espacio tan proclive a provocar el miedo como es una urbanización vacía en una zona aún por desarrollarse el que irá poco a poco inoculando en el protagonista un temor cuyo origen es difícil de hallar. 

Esta terna que vincula lo fantástico y las viviendas, formada por los que considero los tres mejores relatos del conjunto, se completa con “El proyecto”. En este caso nos encontramos con una familia encerrada por la pandemia en un chalé a medio construir. La parte de arriba, la que aún no está terminada, se convierte en el refugio de la madre cuando no puede controlar al hijo pequeño, desquiciado por la falta de límites y el confinamiento. En estos tres cuentos Navarro demuestra una vez más la maestría que ya exhibía en las narraciones de ‘La isla de los conejos’ (2019) para ofrecer al lector relatos desasosegantes sobre personajes al límite. El cuento que quizás más recuerde a los de su anterior libro de relatos quizás sea “El recogedor de animales”, sobre un trabajador que debe limpiar las carreteras de la provincia de Guadalajara por las noches y que se obsesiona con intentar salvar a todos los animales que encuentra malheridos y moribundos en las cunetas.

Otra trilogía, esta aún más cohesionada que la anterior, la forman tres relatos ubicados, al contrario que el resto de textos que se desarrollan en España, en la ciudad de París. Además, el último de ellos, “La ciudad del miedo", tiene un carácter metaliterario, ya que cita la creación de los otros dos. Tanto “La ciudad del miedo” como “El miedo a la ciudad” forman una especie de díptico, como los dos títulos simétricos apuntan, con tramas bastante similares. En ambos relatos una estudiante española, Almudena, se adentra no se sabe muy bien por qué en una peligrosa ‘banlieu’ parisina. Se trata de textos basados en el deambular de la protagonista, que recuerdan a esas narraciones de Sergio Chejfec en el que la trama se vincula al paseo ciudadano del protagonista, y en el que el peligro reside en la propia degradación urbana del barrio y en la violencia latente que allí se respira. En ambos lo fantástico aparece casi al final y de manera diferente; en los dos desenlaces se descubrirá lo que parecía amenazar desde el principio a la chica en su paseo por el barrio. Esta trilogía parisina se completa con “Tela de araña”, quizás el texto menos brillante del conjunto, en el que Almudena debe aguantar en la residencia estudiantil en la que habita el acoso de un estudiante que se ha encaprichado con ella.

El temor que provoca la vivienda propia, que veíamos en la primera trilogía de relatos que hemos agrupado, vuelve a aparecer en “El ramito de violetas”. Sin embargo, aquí la inquietud en la protagonista no viene provocada en su casa por ningún elemento fantástico, sino por algo tan prosaico como es la pobreza. Mari debe reducir sus gastos a lo mínimo tras una mala racha económica y familiar y sobrevivir en su piso sin agua ni luz eléctrica. En este cuento el elemento fantástico aparece no allí, sino en un espacio también propicio para ello: el cementerio. A pesar de ello, el lector empatiza más con Mari por lo que ha sufrido a nivel familiar (la muerte del padre, la enfermedad mental de la madre, el distanciamiento con el hermano) que por los hechos sobrenaturales que parecen acaecer en el camposanto. El libro se completa con un relato bastante diferente al resto por varios motivos; “Los amores idiotas” es más largo, no hay elementos fantásticos y los espacios no tienen tanta importancia. El cuento nos relata la extraña relación que la narradora establece con Pep, un obeso vendedor de productos eróticos, y con el resto de pintorescos personajes con los que se encuentra cada noche en el ÑÑ, un cabaret que ofrece espectáculos de drag queens. 

Elvira Navarro nos muestra en ‘La sangre está cayendo al patio’ que nuestros temores pueden esconderse en cualquier lugar y que, a menudo, estos no tienen un origen real. 


Reseña publicada en La Verdad:




lunes, 12 de enero de 2026

Madelaine antes del alba - Sandrine Collette



 Entre la brutalidad y la ternura. Sobre ‘Madelaine antes del alba’ de Sandrine Collette. 


Ejerce la Edad Media una atracción un tanto inexplicable en nuestra época. Porque si bien se la asocia a una época oscurantista y de retroceso cultural, marcada por guerras interminables, hambrunas y pandemias y con una distribución social tremendamente desigual, sin embargo, son muchas las novelas y películas que se ubican en estos siglos. Un acercamiento menos prejuicioso al habitual puede matizar ese tópico según el cual Europa vivió entre tinieblas culturales en los siglos que van desde la caída de Roma hasta el Renacimiento. Ya obras de enorme éxito popular como ‘Los pilares de la tierra’ o ‘El nombre de la rosa’ mostraron lo atractivo que puede ser este mundo para los lectores de hoy en día, centrándose en ambos casos en ámbitos religiosos (la construcción de una catedral y la vida monacal respectivamente). Algo similar ocurre con ‘Madelaine antes del alba’ libro en el que la escritora francesa Sandrine Collette vuelve a poner el foco en la Edad Media aunque desde una perspectiva totalmente diferente a la de Ken Follet o Umberto Eco. 

En primer lugar, la autora francesa no ubica su libro ni en una fecha ni en una geografía concreta, aunque tanto por los nombres como por las costumbres podemos situar la trama en un punto indeterminado de la Francia medieval. Se trata de una zona, el pequeño pueblo de La Foye, marcado, como tantos otros en aquella época, por la pobreza que provocaba una economía de subsistencia, vinculada a las veleidades del tiempo, y por el despotismo de los señores feudales, dueños absolutos de toda la tierra que cultivan los campesinos y de sus destinos. Es una sociedad en la que la brutalidad de los señores, los Ambroisie (padre e hijo) son los dueños de la comarca en la que se ubica La Foye, solo es comparable a la de las inclementes heladas, a las enfermedades sin curas y al hambre secular. 

En este contexto, en medio de un pequeño caserío a las afueras del pueblo en el que viven dos familias y una anciana curandera, aparece una niña salvaje que despertará la ternura de las dos mujeres jóvenes del grupo de viviendas, las gemelas Ambre y Aelis, que por fin tendrán una niña que les haga compañía en las casas que comparten con sus hijos y maridos. Pero Madeleine guardará siempre ese carácter indomable que la hizo sobrevivir sola en el bosque y si bien se integrará perfectamente en la familia y compartirá vivencias con los tres hijos de Ambre, que se convierten en sus primos y vecinos, se negará a postrarse ante los señores como lo hacen sus padres adoptivos (Aelis y el borracho de León) y el resto de habitantes de La Foye. 

Sandrine Collette opta, además, por una perspectiva femenina poco habitual en los relatos medievales, en los que la mujer solía tener un lugar secundario cuando no directamente se les acusaba de todos los males de una sociedad predominantemente misógina. El colectivo femenino que forman Madeleine, Ambre, Aelis y la anciana Rose, se cimentará en la transmisión a la niña de los conocimientos sobre hierbas de la curandera, en los cuidados mutuos entre las cuatro y en el afloramiento de un cariño ante el cual los hombres se sienten incómodos. La niña, sin embargo, y por su carácter expansivo, también participará del mundo de sus primos, primero mediante juegos físicos que a veces estallan en pequeños conatos de pelea y después, cuando se hacen mayores, en un trabajo cada vez más serio que a pesar de su corta edad los hará hacerse responsables de unas pocas hectáreas de terreno cedidas por los Ambroisie a cambio de una parte de la impredecible (siempre marcada por la amenaza de las heladas) cosecha. También se ganará Madelaine el respeto de su tío Eugène, leñador y marido de Ambre, que pronto se dará cuenta de que la recién llegada al caserío no es una niña como las otras y que es capaz de afrontar sin pestañear los trabajos más duros. Además, lo religioso, que tanta relevancia tiene también en tantas novelas históricas sobre esta época, ocupa aquí un lugar secundario y más que consuelo solo sirve para hacer sentir a los personajes que sus males son culpa de sus pecados. 

Para desarrollar esta historia sobre la rebelión de Madelaine ante un mundo adverso y cruel, amparada siempre por su nueva familia (salvo por su padre adoptivo, el único personaje negativo de entre los habitantes del caserío), opta Collette por tomar varias decisiones sobre la estructuración del relato que me han llamado la atención. En primer lugar, la autora separa de manera bastante clara en varias secciones cada tramo de la historia; así, por ejemplo, la presentación de los personajes (justo hasta la llegada de la niña) ocupa la primera parte y el desenlace, la última. Además, añade un prólogo que, a modo de prolepsis, adelanta, aunque sin anunciar qué ha ocurrido, el clímax de la trama. Más extraño es el cambio de narrador a mitad del libro; mientras que en las primeras partes es Bran, uno de los habitantes del caserío, la voz en primera persona que relata la historia, esta desaparece (de manera justificada aunque sorprendente) y se pasa a un narrador en tercera persona para el resto de la obra. 

‘Madelaine antes del alba’ es una estupenda novela, en la que con el fondo de una sociedad tan desigual y feroz como la medieval, se nos cuenta la pequeña epopeya de uno de esos personajes que siempre quedaron en los márgenes de los grandes cantares de gesta: una niña valiente e indómita como es Madelaine.


Reseña publicada en La Verdad:



martes, 30 de diciembre de 2025

Hasta que empiece a brillar - Andrés Neuman


 

Hasta que empiece a brillar, Andrés Neuman. 


Las biografías encarnan un género bastante encorsetado en el que la fluidez narrativa se supedita (o así debería ser) a la narración veraz de la vida del protagonista. Si bien son numerosos los ejemplos sublimes de este tipo de libros, creo que suele ser más atractivo para el lector cuando el biógrafo se quita los grilletes del dato, el hecho y la fecha y opta por una narración (digamos) más elusiva o, incluso, ficcional. Seguramente, en estos casos, estemos ya ante novelas propiamente dichas aunque, opino, que la ficción al tratar hechos reales de personas ajenas al autor (la autoficción es otro cantar) debe limitarse a lo accesorio y ser escrupuloso en relación a las ideas o a elementos claves en la vida del personaje en cuestión. Creo que Andrés Neuman ha conseguido esto último con su libro sobre María Moliner, no he leído polémicas sobre falsas atribuciones como suelen aflorar en el caso en el que el biógrafo se sobrelimita, y nos ofrece una de las novelas biográficas más excelsas de los últimos años. 

A la excelencia de ‘Hasta que empiece a brillar’ ha contribuido decisivamente y tal como es lógico la pericia del autor, más adelante abundaré en ello, pero la propia vida de la biografiada ya merecía de por sí el clásico calificativo “de novela”. Y es que desde su propia educación en la Institución Libre de Enseñanza en Madrid, su juventud en Zaragoza, en cuya universidad se convertirá en una de las pocas licenciadas de la época, hasta su importante papel en las Misiones Pedagógicas, organizando la creación de bibliotecas públicas desde Valencia, Moliner destacó en campos en los que una mujer tenía difícil acceder y casi imposible brillar. Este lugar relevante en la sociedad española a través de la cultura y el conocimiento tocó cima con la creación, de manera casi artesanal y casera, de su famoso diccionario. Es significativo que lo logre cuando las condiciones eran más adversas, tanto ella como su marido habían sufrido la represión del Franquismo por sus ideas, y bastante simbólico que consiga convertirse en una estrella mediática desde el único espacio que el Régimen le dejaba: su casa. 

Esta vida fascinante es el valioso material biográfico del que se vale Andrés Neuman para crear la novela que es ‘Hasta que empiece a brillar’. Pero el autor hispanoargentino no se conforma con la narración de los hechos de la vida de Moliner y aporta una enorme viveza al retrato íntimo de la filóloga y de su familia. Además, en la parte en la que la intelectual aragonesa está creando su diccionario, jalona la narración con algunas de las entradas más significativas (siguiendo el orden alfabético como hacen este tipo de libros) que mezcla con las reflexiones sobre sus significados y sus diferencias con el diccionario de la Academia de la protagonista (que no debemos confundir aquí con la persona). Muy meritorias son también otras decisiones como el uso del lenguaje en los últimos capítulos (en los que Moliner va perdiendo la memoria) y la elección de una conversación clave con Dámaso Alonso como eje estructurador del libro.


sábado, 6 de diciembre de 2025

Geografía escrita - Álex Chico y Barrio Moscardó - Sergio Galarza


 Las cartografías íntimas de Álex Chico y Sergio Galarza

Las editoriales dejan traslucir con sus colecciones una suerte de poética que se construye poco a poco con la colaboración de editores, autores y lectores. Candaya lleva más de dos décadas ofreciendo uno de los catálogos más interesantes de los que ofrecen los sellos independientes españoles; Paco Robles (fallecido en 2023) y Olga Martínez han creado una serie de colecciones en las que les han dado voz a autores muy interesantes de España y de varios países de Hispanoamérica, un segundo hogar para los editores. En la colección Candaya Abierta, una cuarta vía dedicada a obras híbridas que no encajan en la poesía, el ensayo o la narrativa, acaban de ser publicados dos libros que por sus concomitancias, más allá de compartir colección, creo que pueden ser recomendados de manera conjunta en esta página. 

Tanto ‘Geografía escrita’ del español Álex Chico como ‘Barrio Moscardó’ del peruano afincado en nuestro país Sergio Galarza, parten, a pesar de sus singularidades y diferencias en las que más tarde me detendré, de un lugar común. Se sitúan ambas obras en ese tipo de literatura que desmarcándose de los géneros tradicionales, aunque partiendo de la autobiografía y la crónica, optan por ofrecer una renovación del ensayo desde perspectivas personales. Además, en los dos libros se produce un diálogo entre España y Latinoamérica, que, especialmente en el caso de la obra de Galarza, van turnándose en el protagonismo del libro. Por último, los dos títulos nos advierten de la importancia de los espacios, esencialmente urbanos, en las obras literarias: los autores se convierten en topógrafos que recorren las ciudades para crear sendas cartografías íntimas de las mismas. 

El libro de Chico es una recopilación de crónicas escritas por el autor en la última década y que recogen diversas visitas a ciudades de medio mundo a las que acude como turista o en las que habita durante un tiempo. Todos estos textos se alejan de la mera reseña de monumentos y mezclan experiencias de todo tipo con numerosas referencias a autores que vivieron allí y que escribieron sobre estas urbes. El conocimiento del narrador extremeño de obras, escritores y citas relacionadas de manera directa con la ciudad relatada es enciclopédico. ‘Geografía escrita’ sirve, en primer lugar, como manual para todos los viajeros que preparamos la visita de un lugar mediante la literatura que previamente lo describió, como “una avanzadilla que se adelantara con el fin de guiarnos una vez que estemos en él” (101) como el propio Chico señala. 

A lo largo de los capítulos visitamos rincones de España vinculados con el autor (La Vera, Salamanca, Blanes, Plasencia, Granada), espacios europeos muy diferentes (Praga, Berlín, Lisboa, Ítaca, Malta…) y una Latinoamérica donde se suele encontrar con escritores locales (Ecuador, Buenos Aires, Chile, Asunción, La Habana). Estos distintos viajes se completan con otros más exóticos (Tánger e Iowa) y con la antítesis de tanto desplazamiento con el que cierra el libro: la habitación. Si bien tanto las experiencias del autor, desde la surrealista noche en Praga hasta las largas veladas con autores ecuatorianos, como las múltiples referencias literarias aludidas son interesantes, destaca la obra por algunas reflexiones sobre la relación entre literatura y geografía urbana, que le hacen llegar a la conclusión de que “una ciudad, cualquier ciudad, es una suma de fragmentos” (108). Chico se imagina viviendo en cada localidad que visita, fabulando también con una vida diferente, y acaba confesando que el objetivo de estas crónicas es “hercúleo” ya que “el lugar siempre irá un paso por delante y siempre se reservará alguna cita clave” (66). 

Si el autor extremeño visita a través de sus páginas decenas de espacios diferentes, Sergio Galarza nos ofrece, por el contrario, la descripción de los dos lugares en los que ha vivido: Lima y Madrid. De hecho, podemos concretar mucho más en esta topografía vital que realiza el autor peruano ya que la mayor parte del libro está dedicada a dos barrios: el limeño de Los Sauces y el madrileño de Moscardó. Las calles en las que se crio en Perú y la casa en la que habitó hasta emigrar a Madrid a comienzos del siglo XXI son las protagonistas de la mayor parte de ‘Barrio Moscardó’; en estos capítulos se suceden historias y personajes de Los Sauces, una zona de Lima que parece haber basculado siempre entre la clase media, a la que pertenecen los Galarza, y la proletaria e incluso marginal en la que se integran algunos de los vecinos. El autor parte de sucesos anecdóticos sin mucho más interés que retratar una zona (el distrito de Sauquillo) y una época (las últimas décadas del siglo XX) para ofrecernos reflexiones mucho más enjundiosas; en ellas Galarza ahonda en conceptos como el desclasamiento, la emigración, “hundirte con los tuyos o escapar hacia un futuro incierto”, (51) o el recuerdo de la infancia “para buscar eso que enterré” (34).

Aunque ocupa menos capítulos, considero igual o más interesante la última parte del libro, aquella en la que el autor narra su vida de padre separado y trabajador precario en el Madrid contemporáneo. Se enfrenta a la amenaza real de acabar viviendo en la calle y de perder la custodia de sus hijos; para evitar ese desclasamiento hacia abajo (que contrasta con el inverso con el que su madre soñó toda su vida) se aferra a una oposición para conseguir un trabajo público y con él la posibilidad de comprar un piso. En la descripción del nuevo barrio madrileño reaparece la defensa de la vida en comunidad y su solidaridad que ya vimos en la narración de su infancia y construyen una reivindicación que acaba uniendo Los Sauces con Moscardó, Madrid con Lima y la infancia del autor con la de sus hijos. 

Los lectores que deseen alejarse de la narrativa de ficción sin salir de la literatura ni de las historias humanas hallarán en ‘Geografía escrita’ de Álex Chico y en ‘Barrio Moscardó’ de Sergio Galarza dos libros cuyas lecturas no les defraudarán. 


Reseña publicada en La Verdad:



lunes, 10 de noviembre de 2025

Auge y caída del conejo Bam - Andrés Barba




Una fábula sobre nosotros 


Podría sorprender la longevidad y la pervivencia de un género tan extraño como es, si se piensa bien, el de la fábula. Poner a hablar a animales que acaban comportándose como seres humanos es un ejercicio literario al que nos hemos habituado a pesar de su rareza, que lleva haciéndose desde hace siglos y que todavía hoy demuestra su vigencia. Y es que con este género el autor puede ofrecer una perspectiva distinta a la habitual de la novela realista de las sociedades humanas empleando para ello a personajes que si bien parecen animales terminan siendo, en esencia, personas. Andrés Barba vuelve a emplear este añejo recurso en ‘Auge y caída del conejo Bam’ y nos muestra que toda fábula, aunque esté protagonizada por conejos como es el caso, acaba tratando sobre todos nosotros. 

Barba nos ofrece una historia enormemente contemporánea, como más adelante defenderé, pero que posee referentes claros en la literatura de centurias pasadas. La editorial alude, en su sinopsis del libro, a ‘Rebelión en la granja’ de George Orwell y a las fábulas de Esopo; si bien veo acertada esta genealogía, quiero apuntar otros dos referentes quizás menos obvios. El primero es el mito de la caverna de Platón; al igual que en esta alegoría, Bam, el conejo protagonista lucha para ofrecerles al resto de conejos una visión diferente de su vida y de sí mismos. Además, la Gran Madriguera en la que viven estos mamíferos y sus salidas a la superficie también recuerdan al espacio donde se desarrolla el mito platónico. El segundo precedente estaría en el Evangelio, con el que, creo, comparte incluso más coincidencias esta novela que con las obras previamente citadas. Bam se erige en una especie de Mesías, aunque luego evolucionará hacia otro tipo de líder, que ha venido a liberar a su pueblo (los conejos en este caso). También, su historia es narrada por uno de sus discípulos, Copito, y con el paso del tiempo el recuerdo de sus acciones y de sus palabras se van convirtiendo en material legendario en el que es difícil discernir la verdad de la invención. 

Otro aspecto que emparenta ‘Auge y caída del conejo Bam’ con los relatos bíblicos es su estilo.  Además de concomitancias en aspectos temáticos como la conciencia de pueblo elegido de los conejos y la figura de Bam como mesías, la manera de narrar de Copito tiene ecos de cosmogonías como la judeocristiana en, por ejemplo, sus alusiones a espacios prohibidos, como “el río que no se debe cruzar y la montaña que no se debe subir”, que recuerdan el Árbol del Bien y del Mal del Génesis, y a ese lugar paradisíaco junto a un arroyo que hallan los conejos y que se convierte en su tierra prometida. A todo ello debemos añadir la manera de expresarse del líder de la manada; si Jesús enseñaba a través de parábolas, Bam lo hace mediante aforismos o sentencias breves que dejan admirados pero también algo confusos a los demás conejos. Copito recuerda en su narración frases como “mejor inventar un gesto nuevo que insistir en uno falso” (74) o “la violencia, igual que el miedo, es comprometedora” (60), el uso de expresiones como “esto es nuevísimo” o incluso de una única y poderosa palabra, “más”; esta personal forma de expresarse es fundamental para la creación del mito de Bam. 

Además de mediante la palabra, el líder se va creando a través de una serie de acciones que sorprenden al resto de conejos y que van creando en él un aura de ser superior que acaba llevándolo de ser un mesías a convertirse en un caudillo. Son hechos cotidianos pero tremendamente importantes en el ecosistema de estos pequeños mamíferos, aunque hablen como humanos no dejan de ser conejos. Por ejemplo, Bam es el primero que se atreve a comer junto a las patas de los poderosos ciervos o a quien se le ocurre pedirle a un compañero que le describa su rostro para poder imaginarse a sí mismo o incluso el que resignifica un acto tan común como el de la cópula. Quizás la más significativa de estas epifanías, y en la que de nuevo entra en juego el poder de la palabra, sea el hecho de dar nombre a todos los conejos de la madriguera. Cuenta para ello con la ayuda de Copito, el único de entre sus congéneres que poseía un apelativo al haber sido, antes de llegar a la pradera donde reside la manada, un animal doméstico. 

Pero si bien estas acciones propias y exclusivas de los conejos son importantes en la trama del libro, creo que las más decisivas son aquellas en las que nos volvemos a encontrar a nosotros mismos y donde el libro nos pone sobre ese espejo deformado que es la fábula y retrata algunos comportamientos de la sociedad actual. En este ámbito destacan la relevancia dada a algunos conceptos, como el de libertad, la manera de afrontar una epidemia, que recuerda nuestra reciente pandemia, los privilegios de la aristocracia, representada aquí por unos conejos más grandes y fuertes llamados “los mejores de entre nosotros” y, especialmente, la guerra contra los topos. En ella es donde la sátira es más potente y hallamos los habituales eufemismos (el ejército de la paz), la creación de un enemigo (los topos se eligen casi por azar y por razones estúpidas), el nacionalismo (los conejos como la raza elegida), el caudillo (Bam) y la aquiescencia del pueblo, como en Israel, Alemania o tantos otros sitios (“la guerra no exigía de nosotros más que la connivencia” (130).

Andrés Barba, con su maestría habitual en la narración, ya sea para la biografía, como hizo en ‘Vida de Guastavino y Guastavino’ (2020) o para el retrato de la infancia, en su genial ‘República luminosa’ (2017), sorprende con esta fábula con la que actualiza un género que demuestra una vez más su utilidad para retratar las sociedades humanas.


Reseña publicada en La Verdad:


jueves, 30 de octubre de 2025

Días de sol y piedra - Pepe Pérez-Muelas


Días de sol y piedra. De los Alpes a Roma, Pepe Pérez-Muelas, Siruela, 2025, 245 págs. 


Los (buenos) libros de viajes suelen mezclar con naturalidad el relato del periplo del autor con datos relacionados con los lugares visitados. El interés de la obra dependerá mucho de la capacidad narrativa del escritor y de la amplitud de su conocimiento sobre la historia o la cultura de las zonas visitadas. Sin embargo, para que un buen libro de viajes deje un poso mayor en el lector debe ofrecer algo más, un tercer elemento que complemente a los anteriores. Pepe Pérez-Muelas opta por añadir a lo narrativo y a lo enciclopédico un componente sentimental que hacen de este Días de sol y piedra un gran libro de viajes.

El autor describe sin pudor a lo largo de las páginas de este viaje por la Vía Francígena italiana varios problemas personales que añaden una profundidad a un libro que va más allá de contar un recorrido geográfico. Desde el reencuentro con el hermano del que el autor lleva unos años alejado, hasta la búsqueda de la fe a través de un itinerario de origen religioso o las referencias a los ataques de ansiedad que lleva un tiempo sufriendo, son frecuentes las partes en las que la introspección gana espacio a la narración, humanizando así al autor. 

Por supuesto, el relato del viaje en bicicleta desde el paso alpino de San Bernardo hasta Roma es el eje narrativo de la obra y la que ocupa la mayor parte de las páginas. Asistimos a una lucha del viajero/peregrino contra el frío, el calor, el polvo y, sobre todo, las pendientes de las carreteras del norte y el centro de Italia que tiene como recompensa final la llegada a la capital del Tíber. Como alicientes están los negroni y las cervezas en algún alto en el camino y especialmente los encuentros con las distintas personas que, por motivos muy diferentes, realizan el mismo viaje o asisten a los caminantes y ciclistas. Los paisajes del Valle de Aosta, de la Toscana o del Lazio comparten protagonismo en el libro con los distintos monumentos, especialmente iglesias, catedrales y monasterios donde a veces lo acogen para pasar la noche. 

El último aspecto que integra un libro notable y que lo emparenta con los mejores ejemplos del género, como el clásico Corazón de Ulises (1999) de Javier Reverte, es la referencia literaria o histórica que aparece en cada capítulo. Aunque en algunos casos la inclusión parece un tanto fortuita, la casualidad quiere que el autor se encuentre con una Penélope y con una Nausícaa que le hacen recordar a los personajes homéricos del mismo nombre, en otros casos el referente es más original y estrechamente relacionado con el viaje, como el libro de Dino Buzzati sobre el Giro de Italia. 

domingo, 19 de octubre de 2025

Fosca - Inma Pelegrín


 

El culpable sin rostro. Sobre ‘Fosca’ de Inma Pelegrín. 


Uno de los objetivos de todo autor es la verosimilitud; es decir, lograr que la historia que se narra se mueva siempre dentro de lo lógico dentro del género que se encuadra, sea este el realismo o lo fantástico. Sin embargo, muchos narradores optan en los diálogos de sus personajes por emplear un lenguaje culto incluso cuando se trata de personas con pocos estudios o analfabetos. Inma Pelegrín, sin embargo, no ha tenido miedo a que los protagonistas de su novela ‘Fosca’ hablen como lo que son: unos campesinos de mediados del siglo XX. Este es solo uno de los aciertos de una novela sobresaliente, con el que la poeta lorquina, con una sólida y larga trayectoria en la lírica, debuta en la narrativa con un libro que la ha hecho acreedora del Premio Lumen de novela. 

El lenguaje de ‘Fosca’ posee una enorme riqueza léxica y su mayor logro está en recuperar palabras del dialecto murciano a través de sus personajes. Así, encontramos vocablos autóctonos de nuestra Región como “bajocas”, “lebrillo”, “poyete”, “cansera”, “calistros”, “leja”, “regomello” o “zagales”. Además, los protagonistas se expresan con coloquialismos o vulgarismos y en los diálogos se imita la pronunciación murciana: “pasás”, “entresudao”, “entodavía”, “naide”, etc. Este lenguaje y el paisaje donde se desarrolla la acción, una casa en mitad del campo lorquino, con sus ramblas y su fosca acuciante en el verano, enmarcan el libro en ese resurgimiento de la literatura rural que se ha producido en los últimos años. 

Si bien ha habido otros libros que se han centrado en estos últimos años en los pueblos murcianos, ‘La noche de arena’ (2024) de Trifón Abad o ‘Ropasuelta’ (2024) de Santos Martínez, en las pedanías de la capital, ‘El dolor de los demás’ (2018) de Miguel Ángel Hernandez, e incluso en la sierra entre Águilas y Lorca, ‘Almenara’ (2024) de Miguel Ángel Ruiz, la más cercana geográficamente al libro de Pelegrín, todos lo hacían desde el presente. Por ello, veo más concomitancias con otros libros que se desarrollaban en otras partes de España pero en la misma época que ‘Fosca’. En este sentido podemos recordar el clásico ‘Los santos inocentes’ (1981) de Miguel Delibes y el más reciente ‘Intemperie’ (2013) de Jesús Carrasco, con el que encuentro bastantes similitudes. 

En este duro contexto, el campo lorquino hacia la mitad del siglo XX, es donde viven la familia formada por el Padre, la Madre y sus cuatro hijos adolescentes. Si los tres mayores se rigen por la brutalidad, el desinterés por la escuela y el sometimiento al Padre, el pequeño, Gabi, es, por el contrario, el más sensible y el preferido de la Madre. Esto no le evita que tenga que ayudar en las tareas agrícolas a las que se dedica la familia y lo convierten en el blanco de las burlas y los abusos de sus tres hermanos: el violento Miguel, el taciturno Rafa y el epiléptico Serafín. Un papel importante en la trama también juegan la vecina Marcela, que vive sola en la casa más cercana a la familia, y la perra Sombra, la mejor amiga y confidente de Gabi.  

El eje de la trama de la novela es una investigación: la que debe hacer Gabi, el narrador, para descubrir cuál de sus hermanos ha sido el culpable de un ataque (indirecto) contra él. Aunque el chico ha estado presente, su incapacidad para identificar las caras de las personas le impide descubrir cuál de sus tres hermanos ha sido el autor del hecho. Por ello debe comenzar a investigar si el “Hermano alimaña”, como él lo define, es Serafín, Miguel o Rafa. Este misterio, ya de por sí intrigante, consigue enganchar enormemente al lector gracias a dos mecanismos narrativos que considero de una gran inteligencia por parte de la autora: el uso del narrador en primera persona y el relato en presente. Ambos consiguen que acompañemos a Gabi en su desasosiego y en su venganza y nos impliquemos mucho más con sus sentimientos. 

Durante esta investigación el narrador se centra en tres aspectos que van estructurando la parte central del libro: en primer lugar, en tratar de acordarse, ya que no puede hacerlo del rostro del ejecutor, de todos los detalles de la noche de autos. En segundo lugar, realiza una retrospectiva de su relación con cada uno de sus hermanos para hallar posibles motivos que pudieran haber llevado a uno de ellos a atacarlo de aquella manera. En estas analepsis también recuerda algunos buenos momentos (un baño en la playa, la defensa frente a un matón en el colegio, las risas tras una tarde de trabajo) pero tiene que espigarlos entre un catálogo de iniquidades sufridas a manos de los tres mayores. Mientras tanto, Gabi debe aparentar que no fue testigo del acto para que el “Hermano alimaña” no sospeche que está intentando descubrirlo y así deje alguna pista que ayude al protagonista a desvelar el rostro del culpable y su identidad. 

Otro aspecto que destaca en la novela de Inma Pelegrín tiene que ver con el retrato de la época. Además de mediante el léxico, que llama la atención por su verosimilitud como ya he indicado, la autora reconstruye con precisión el ambiente de la Lorca rural de hace tres cuartos de siglo con la reproducción en el texto de muchas de sus costumbres. En las recetas que prepara la Madre, en los remedios caseros que conoce Marcela para casi todas las enfermedades, como para las verrugas que llenan las manos de Gabi, en los castigos corporales en el colegio o en los rituales del cortejo y de la muerte hallamos un mundo no tan lejano que parece haber desaparecido para siempre. 

Logra con ‘Fosca’ Inma Pelegrín un debut extraordinario en la novela. Nos ofrece una historia dura e intensa sobre la violencia, la amistad y la venganza. Además, logra captar perfectamente un ambiente concreto, el del campo lorquino de mitad del siglo XX, pero que representa a toda una época en nuestro país.


Reseña publicada en La Verdad. 





sábado, 4 de octubre de 2025

Comerás flores - Lucía Solla Sobral


 
Comerás flores, Lucía Solla Sobral, Libros del Asteroide, 2025, 242 págs. 


Algunos casos de maltrato físico y, especialmente, psicológico son difíciles de entender por algunas personas ajenas a la pareja. A menudo se identifica solamente a las  víctimas con aquellas que poseen una situación económica vulnerable y una falta de independencia. Sin embargo, la realidad es mucho más dura y son muchas las mujeres en situaciones aparentemente buenas que sufren violencia de género. Para entender mejor a este tipo de víctimas Lucía Solla Sobral ha escrito este Comerás flores, su interesante ópera prima. 

Marina, la protagonista y narradora del libro, es una veinteañera como tantas otras: tiene un trabajo mal pagado pero estimulante, una familia cercana en la que falta su padre, un grupo de gente con los que sale a menudo y una amiga íntima con la que comparte piso junto a su perra. Es una mujer moderna, urbanita y con estudios que parece alejarse del perfil más habitual en las víctimas. Sin embargo, el libro nos recuerda que hay que poner el foco en el maltratador, único responsable de la violencia (psicológica en este caso) que ejerce sobre la víctima. Y es ahí donde aparece Jaime, un narcisista que se aprovecha de su diferencia de edad, más de veinte años, su halo de artista y de su sofisticación para primero encandilar y después controlar hasta la asfixia a Marina, su pareja. 

El libro posee varios aciertos pero también algún que otro fallo desde mi punto de vista. Entre estos está cierta tendencia a abusar de metáforas como “se me pusieron ojos de mar” (219), “llenarme la boca de entrañas” (190), “como si tuviese un cielo azul en la boca” (149) o “un nidito de palabras (104). También  que el personaje de Jaime reúna todos los clichés del hombre maduro y con ínfulas de creador que quiere obnubilar a una joven con regalos y experiencias epatantes; quizás la autora nos quiere mostrar con lo que a algunos lectores nos parecen hipérboles comportamientos reales de este tipo de abusadores. 

Entre los aciertos, que son más que lo negativo en un libro notable, quiero destacar en primer lugar la excelente narración de la caída de Marina desde el éxtasis inicial de la relación hasta los pozos más oscuros del maltrato psicológico. También es preciso el retrato generacional de esa parte de la juventud, que se da normalmente avanzada la veintena, en la que vamos adquiriendo más responsabilidades (laborales, familiares, de pareja) y comenzamos a despegarnos de nuestros amigos y también de nuestros intereses. En este sentido destaca la descripción que de esta situación se ofrece en la página 118 desde la perspectiva de Marina que se da cuenta de que no ha cumplido sus objetivos y que no está tan al tanto de la música como antes y siente que “me quedaba atrás y no sabía ni en qué”. 

Comerás flores se nos presenta como una historia cruda de un maltrato basado en la diferencia de edad y en un afilado retrato de los problemas que afrontan los jóvenes cuando están dejando de serlo.

sábado, 23 de agosto de 2025

La víctima perfecta - Trifón Abad


 
La víctima perfecta, Trifón Abad, Grijalbo, 2025, 348 págs. 


Las novelas negras suelen basar gran parte de su interés en el magnetismo del detective protagonista. Desde aquellos que responden a los tópicos de este tipo de caracteres (un hombre solitario, con problemas de adicciones y relaciones personales insatisfactorias) hasta los que en los últimos años han dado una vuelta de tuerca (personajes más metódicos o mujeres, tanto tiempo olvidadas en este tipo de novelas), todos se sitúan habitualmente en el foco del libro. Trifón Abad, sin ir más lejos, creó en su primera obra de este género, La noche de arena (2024), a un investigador de un enorme carisma que se convirtió en uno de los principales alicientes de su estupendo debut novelístico: Robles. Sin embargo, creo que en La víctima perfecta es precisamente el niño al que alude el título, Gonzalo, el personaje mejor logrado del libro. 

A menudo las víctimas, en este caso de un secuestro, se convierten en este tipo de tramas en medios para que el detective o el policía de turno se luzca en su investigación. Abad, por su parte, le otorga un gran protagonismo al chaval y lo convierte en un personaje muy interesante. Gonzalo es un preadolescente caracterizado por su enorme inteligencia, pero también por sus problemas para relacionarse con los demás, especialmente con sus compañeros de colegio o del equipo de hockey en el que es portero. Su sagacidad, entrenada por su padre, profesor de matemáticas, en el ajedrez le servirá para analizar con una frialdad impropia de su edad su situación durante su cautiverio y las posibilidades de escape. Son las páginas en las que acompañamos a Gonzalo durante su encierro por parte de sus desconocidos secuestradores las mejores del libro en mi opinión.

Como en toda novela negra aquí también se lleva a cabo una pesquisa para encontrar a la víctima; en este caso son dos los investigadores que siguen las pocas pistas que ha dejado la desaparición del niño. En primer lugar tenemos al irónico y algo desastrado Suances, eterno fumador y en proceso de separación, y junto a él a la metódica e hiperprofesional inspectora Alarcón; entre ambos y sus respectivas formas de entender el oficio policial se lleva a cabo la investigación. Este reparto de protagonismo no permite, desde mi punto de vista, identificarnos con ninguno de ellos tanto como lo hacíamos en la anterior  novela con Robles, que precisamente aparece aquí como personaje secundario. Entre ellos y el resto de profesionales tratarán de hallar a Gonzalo y a sus secuestradores entre los muchos sospechosos que van apareciendo en la historia. 

Si en La víctima perfecta Abad optaba por situar la acción en los bajos fondos de un pueblo de la Región de Murcia, aquí cambia de ambiente. La madre de Gonzalo es una rica empresaria y el padre, separado de la progenitora, un profesor universitario. La trama se desarrolla principalmente en la capital murciana y en sus alrededores y los investigadores visitan los elitistas ambientes en los que se mueve la familia. En cualquier caso la novela, que posee un ritmo ágil y una estructura precisa, demuestra que en todas las clases sociales se pueden hallar desalmados que pongan en riesgo la integridad de un niño para conseguir sus objetivos personales.

miércoles, 30 de julio de 2025

El órgano - Diego Sánchez Aguilar

Nuevas melodías en este viejo pueblo. Sobre El órgano de Diego Sánchez Aguilar. 


Tras dos novelas brillantes y bastante largas, Diego Sánchez Aguilar cambia el paso en cuanto a la extensión pero no baja, más bien lo contrario, la calidad literaria. Si la extensión de ‘Factbook. El libro de los hechos’ (2018), más de trescientas cincuenta páginas, y de ‘Los que escuchan’ (2023), que se iba más allá de las quinientas, podía disuadir a algún lector, con ‘Los órganos’ estamos ante una novela corta más asequible para el público algo perezoso que podrá conocer a uno de los narradores actuales más interesantes. 


A la brevedad de la novela debemos añadir otros tres aspectos que alejan ‘El órgano’ de las dos anteriores obras del autor: el tono, la época y el espacio. En aquellos libros las tramas se desarrollaban, mayoritariamente, en ciudades y en contextos contemporáneos o de un futuro cercano y acababan adentrándose en la distopía, lo que hacía que las novelas poseyeran una clara tendencia política. Eran obras en las que Sánchez Aguilar se posicionaba claramente contra las grandes corporaciones y los gobiernos neoliberales y advertía de algunos de los males de nuestra época como el ecolavado de las empresas, la ansiedad que provoca en el trabajador el capitalismo o la inutilidad de las redes sociales actuales para canalizar el descontento ciudadano. En esta novela corta el autor cambia totalmente de dirección ofreciéndonos una obra rural, menos política que las anteriores y que se desarrolla en el pasado. 


Si bien no hay ninguna referencia concreta en el libro, ni temporal ni topográfica ni siquiera antroponímica, podemos situarlo en un pueblo de montaña español en alguna de las primeras décadas del siglo XX. El hecho de que durante la narración se hable de una guerra podría llevarnos a pensar que estamos en los años treinta y cuarenta en España, justo antes y después de la Guerra Civil; esta cronología estaría acorde a algunas costumbres de los protagonistas y a los oficios que se desarrollan en la pequeña localidad de la historia. De todas formas, más allá de ese ambiente pueblerino y de esa época pretérita, la historia que desarolla va más allá de su contexto y nos presenta como tema principal la culturización de un entorno rural y atrasado. Estamos ante una reinterpretación del mito de la caverna platónico en la que un organista, el protagonista del libro, trata de llevar a la pequeña localidad de la montaña a la que ha sido destinado, el lenguaje de Dios a través de la música. Este ambicioso objetivo posee una gran tradición, citada en el libro, que entronca con las teorías de Pitágoras y tiene como referente la ‘Oda a Francisco Salinas’ de Fray Luis de León, uno de cuyos fragmentos aparece significativamente como cita inicial. 


Tanto el organista como su mujer son acogidos amablemente por los habitantes del pueblo, que se agolpan en la iglesia parroquial para escuchar cada domingo al virtuoso músico. Consigue ser bienvenido en un entorno tan cerrado gracias a que trae con él lo que uno de los personajes define como “nuevas melodías para este viejo pueblo” (pág. 48). Todo cambiará tras la guerra para el pueblo pero, sobre todo, para el organista, que, sin embargo, ahondará en su obsesión por traducir esa armonía de las esferas al pentagrama y ofrecérselo a los rudos pueblerinos mediante un concierto en el templo. La historia del organista deberá ser reconstruida posteriormente por un hombre que llega al pueblo representando a las autoridades para esclarecer lo ocurrido en aquel rincón alejado de la civilización. Este hombre se convierte en el narratario del relato que sobre la estancia del organista y de su mujer en la localidad realizarán varios habitantes del pueblo que lo conocieron. Adquiere, por lo tanto, un componente oral la historia ya que no tenemos nunca un narrador sino que son estas personas a las que escuchamos en todo momento y que se convierten, por su carácter de relatores, en personajes de gran importancia en la historia del músico. 


El primero al que escucha (y nosotros leemos) es un herrero. El fuego adquiere un gran simbolismo en la obra, especialmente en el final, e incluso se hace un paralelismo entre el organista y Prometeo, que le robó el fuego a los dioses para dárselo a los hombres, pero el papel de este personaje es, como el del tabernero, representar al colectivo de los habitantes de la localidad. Mucho más interesantes son tanto el Padre (el sacerdote de la parroquia) como el Maestro; arrojan ambos una perspectiva diferente a la historia del organista aunque sus relatos, como el de todos los personajes, están mediatizados por su participación en la historia. El Maestro se presenta ante el hombre que realiza el informe como el único amigo del organista y su mujer, la única persona, con el sacerdote, que pudo entablar con ellos conversaciones filosóficas en un pueblo marcado por la ignorancia y el atavismo. 


Mención aparte merecen el Idiota y las Tres Hermanas, los otros dos personajes (este último colectivo) cuya voz escuchamos. El primero es un deficiente mental, despreciado por su padre (el Herrero), pero que se convierte en el confidente del organista. En un libro en el que cada frase, cada palabra casi, parece elegida tras una ardua meditación por parte del autor para dotarla de una gran carga simbólica, la forma de expresarse del Idiota (con frases breves y sencillas y transcritas sin puntuación) lo distinguen del resto y recuerdan al protagonista de ‘El ruido y la furia’ de Faulkner. Por su parte, las Tres Hermanas funcionan como una especie de coro de tragedia griega y si bien representan tres picos nevados cercanos a la localidad, actúan como contrapunto, acusándolos de mentir, de los personajes que van relatando la historia. 


Con un giro con respecto a sus anteriores obras, aunque vinculada estrechamente con ‘Los que escuchan’ por varios elementos que la configurarían como un hipertexto del anterior, ‘El órgano’ es una sobresaliente novela corta que confirma el lugar preponderante de Diego Sánchez Aguilar en la narrativa española contemporánea.


Reseña publicada en La Verdad: