miércoles, 30 de julio de 2025

El órgano - Diego Sánchez Aguilar

Nuevas melodías en este viejo pueblo. Sobre El órgano de Diego Sánchez Aguilar. 


Tras dos novelas brillantes y bastante largas, Diego Sánchez Aguilar cambia el paso en cuanto a la extensión pero no baja, más bien lo contrario, la calidad literaria. Si la extensión de ‘Factbook. El libro de los hechos’ (2018), más de trescientas cincuenta páginas, y de ‘Los que escuchan’ (2023), que se iba más allá de las quinientas, podía disuadir a algún lector, con ‘Los órganos’ estamos ante una novela corta más asequible para el público algo perezoso que podrá conocer a uno de los narradores actuales más interesantes. 


A la brevedad de la novela debemos añadir otros tres aspectos que alejan ‘El órgano’ de las dos anteriores obras del autor: el tono, la época y el espacio. En aquellos libros las tramas se desarrollaban, mayoritariamente, en ciudades y en contextos contemporáneos o de un futuro cercano y acababan adentrándose en la distopía, lo que hacía que las novelas poseyeran una clara tendencia política. Eran obras en las que Sánchez Aguilar se posicionaba claramente contra las grandes corporaciones y los gobiernos neoliberales y advertía de algunos de los males de nuestra época como el ecolavado de las empresas, la ansiedad que provoca en el trabajador el capitalismo o la inutilidad de las redes sociales actuales para canalizar el descontento ciudadano. En esta novela corta el autor cambia totalmente de dirección ofreciéndonos una obra rural, menos política que las anteriores y que se desarrolla en el pasado. 


Si bien no hay ninguna referencia concreta en el libro, ni temporal ni topográfica ni siquiera antroponímica, podemos situarlo en un pueblo de montaña español en alguna de las primeras décadas del siglo XX. El hecho de que durante la narración se hable de una guerra podría llevarnos a pensar que estamos en los años treinta y cuarenta en España, justo antes y después de la Guerra Civil; esta cronología estaría acorde a algunas costumbres de los protagonistas y a los oficios que se desarrollan en la pequeña localidad de la historia. De todas formas, más allá de ese ambiente pueblerino y de esa época pretérita, la historia que desarolla va más allá de su contexto y nos presenta como tema principal la culturización de un entorno rural y atrasado. Estamos ante una reinterpretación del mito de la caverna platónico en la que un organista, el protagonista del libro, trata de llevar a la pequeña localidad de la montaña a la que ha sido destinado, el lenguaje de Dios a través de la música. Este ambicioso objetivo posee una gran tradición, citada en el libro, que entronca con las teorías de Pitágoras y tiene como referente la ‘Oda a Francisco Salinas’ de Fray Luis de León, uno de cuyos fragmentos aparece significativamente como cita inicial. 


Tanto el organista como su mujer son acogidos amablemente por los habitantes del pueblo, que se agolpan en la iglesia parroquial para escuchar cada domingo al virtuoso músico. Consigue ser bienvenido en un entorno tan cerrado gracias a que trae con él lo que uno de los personajes define como “nuevas melodías para este viejo pueblo” (pág. 48). Todo cambiará tras la guerra para el pueblo pero, sobre todo, para el organista, que, sin embargo, ahondará en su obsesión por traducir esa armonía de las esferas al pentagrama y ofrecérselo a los rudos pueblerinos mediante un concierto en el templo. La historia del organista deberá ser reconstruida posteriormente por un hombre que llega al pueblo representando a las autoridades para esclarecer lo ocurrido en aquel rincón alejado de la civilización. Este hombre se convierte en el narratario del relato que sobre la estancia del organista y de su mujer en la localidad realizarán varios habitantes del pueblo que lo conocieron. Adquiere, por lo tanto, un componente oral la historia ya que no tenemos nunca un narrador sino que son estas personas a las que escuchamos en todo momento y que se convierten, por su carácter de relatores, en personajes de gran importancia en la historia del músico. 


El primero al que escucha (y nosotros leemos) es un herrero. El fuego adquiere un gran simbolismo en la obra, especialmente en el final, e incluso se hace un paralelismo entre el organista y Prometeo, que le robó el fuego a los dioses para dárselo a los hombres, pero el papel de este personaje es, como el del tabernero, representar al colectivo de los habitantes de la localidad. Mucho más interesantes son tanto el Padre (el sacerdote de la parroquia) como el Maestro; arrojan ambos una perspectiva diferente a la historia del organista aunque sus relatos, como el de todos los personajes, están mediatizados por su participación en la historia. El Maestro se presenta ante el hombre que realiza el informe como el único amigo del organista y su mujer, la única persona, con el sacerdote, que pudo entablar con ellos conversaciones filosóficas en un pueblo marcado por la ignorancia y el atavismo. 


Mención aparte merecen el Idiota y las Tres Hermanas, los otros dos personajes (este último colectivo) cuya voz escuchamos. El primero es un deficiente mental, despreciado por su padre (el Herrero), pero que se convierte en el confidente del organista. En un libro en el que cada frase, cada palabra casi, parece elegida tras una ardua meditación por parte del autor para dotarla de una gran carga simbólica, la forma de expresarse del Idiota (con frases breves y sencillas y transcritas sin puntuación) lo distinguen del resto y recuerdan al protagonista de ‘El ruido y la furia’ de Faulkner. Por su parte, las Tres Hermanas funcionan como una especie de coro de tragedia griega y si bien representan tres picos nevados cercanos a la localidad, actúan como contrapunto, acusándolos de mentir, de los personajes que van relatando la historia. 


Con un giro con respecto a sus anteriores obras, aunque vinculada estrechamente con ‘Los que escuchan’ por varios elementos que la configurarían como un hipertexto del anterior, ‘El órgano’ es una sobresaliente novela corta que confirma el lugar preponderante de Diego Sánchez Aguilar en la narrativa española contemporánea.


Reseña publicada en La Verdad:



miércoles, 9 de julio de 2025

La lengua herida - David Aliaga



Dibujar lo desconocido. Sobre La lengua herida de David Aliaga


Coinciden en no pocos aspectos la literatura y el cómic, el llamado noveno arte desde su (merecida) revalorización de las últimas décadas; de hecho, el término “novela gráfica” lo demuestra bien a las claras. Si bien son abundantes los libros de cómics protagonizados por escritores o que trasladan a este lenguaje novelas u obras de teatro conocidas, la ilustradora murciana, con su fantástico ‘Federico’ (2021) o su posterior ‘Trilogía rural’ (2022), es un ejemplo de ello, es bastante inusual la situación opuesta. Al menos en la literatura contemporánea española no son habituales novelas como ‘Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay’ de Michael Chabon protagonizadas por dibujantes de cómics. Si alguien podía ocupar este vacío, y hacerlo de la forma tan estupenda como lo hace en ‘La lengua herida’, es David Aliaga, a la sazón escritor y especialista en cómics.

La novela está protagonizada por un dibujante, Daniel P. Coen, que vuelve a tomar los lápices tras años centrado en su labor como profesor e investigador de la novela gráfica. Lo hace para llevar a cabo el proyecto por el cual ha sido becado por una fundación de Trieste y que consiste en contar en este formato la vida de su abuelo: Giuseppe Coen. Además de por su relación familiar, el interés que el nonno Bepo despierte en el protagonista viene determinado por una vida errante, marcada por su condición de judío que lo hizo tener que exiliarse desde su Trieste natal a Barcelona tras pasar por varias ciudades mexicanas. Será precisamente en una de las urbes norteamericanas en las que habitaron sus abuelos, la fronteriza Mexicali, adonde llega Daniel en busca de las pocas huellas que el nonno dejó allí. 

Además, P. Coen tiene un interés personal en la ciudad norteña, ya que allí pasó una temporada de joven realizando un curso con un peculiar dibujante norteamericano cuando aún soñaba con dedicarse profesionalmente al cómic. De aquella estancia, repleta de borracheras con amigos, conversaciones sobre literatura y algún fugaz noviazgo, quedaron dos sucesos que vuelven a aparecer en Mexicali cuando el Daniel adulto regresa tantos años después. El primero es el cómic, fanzine más bien, que publicó entonces y que ahora encuentra en una librería de segunda mano. El segundo es la chica a la que dedicó el ejemplar ahora recobrado, Lucía, una misteriosa curandera con la que solo coincidió tres veces pero cuyo recuerdo aún lo emociona; la búsqueda, tanto de esta mujer como de las huellas del abuelo en la ciudad, se convertirá en el leit motiv de todo el libro. 

En la narración de los hechos destaca la maestría de Aliaga en el uso del tiempo. La historia no sigue un orden cronológico, ni siquiera en el relato de las dos semanas que P. Coen pasa en Mexicali para documentarse, y son habituales las analepsis, a sucesos de la propia vida del protagonista o de su abuelo, pero también las prolepsis. Estos saltos se hacen hacia el futuro, narrándose por ejemplo episodios de cuando la hija del protagonista (una niña en la época del viaje a Mexicali) es ya una adulta. Una muestra de la maestría del autor catalán en este aspecto es el capítulo III, en el que durante un viaje en taxi hasta su hotel mexicano se van mezclando con habilidad diversos planos temporales. 

Si el tiempo adquiere, por su importancia en la ordenación de la trama y en las distintas épocas de la familia del protagonista, una destacada relevancia en el libro, el espacio también sobresale en un libro muy viajero. Además de Mexicali, la ciudad a la que vuelve P. Coen tras los pasos de su abuelo y de su propia experiencia previa, Barcelona es la otra urbe central en el libro. Representa la ciudad condal el espacio familiar: allí se establecieron finalmente sus abuelos, allí vivió momentos felices con su ex mujer y ahora con su nueva pareja y allí crece su hija Leah. Otro lugar fundamental, aunque desde un punto de vista más lateral, es Trieste, el puerto adriático del que huyó el nonno y al que Daniel regresó también, casi sin querer, indagando sobre los primeros años de su abuelo en una visita que se convirtió en el germen de la beca que lo ha llevado a embarcarse en la elaboración de la novela gráfica que ahora ha comenzado. Todos estos lugares, junto con otros de menor relevancia como el Cabo de Gata o Salónica, están directamente relacionados con dos temas de gran relevancia en el libro: el judaísmo y las lenguas. 

Al igual que hace Eduardo Halfon, un autor con el que encuentro numerosas similitudes en ‘La lengua herida’, David Aliaga pone en un lugar preponderante su identidad cultural: un judío (con momentos más cercanos y otros más lejanos a la religión) que ha vivido toda su vida en un país “gentil” y que indaga en la historia de sus antepasados, marcados por el Holocausto, para conocerse mejor. Si bien el protagonista no lleva su nombre, como sí ocurre en los libros de Halfon, el elemento autobiográfico es obvio, como deja claro que P. Coen llame al personaje principal de su novela gráfica David Aliaga. 

En relación a la itinerante vida familiar, marcada por la persecución sufrida en Europa por el hecho de ser judíos, la lengua es el otro tema central del libro. En la familia se habla castellano, catalán, mexicano, italiano, hebreo, yiddish y ladino. Estos últimos idiomas han estado marcados por la emigración y el antisemitismo sufrido por la familia y a cualquiera de ellos se les puede poner el calificativo del título, son “lenguas heridas”, que de manera literal se refiere al corte que se hizo P. Coen cuando huía de una manifestación en su primera estancia en Mexicali y que le permitió conocer a Lucía, que lo curó. 

Con estos mimbres Aliaga escribe una novela breve pero con una gran complejidad estructural y una enorme hondura en el tratamiento de temas como la herencia judía o la posibilidad de que la ficción, una novela gráfica en este caso, arroje luz sobre la historia familiar.


Reseña publicada en La Verdad.