sábado, 29 de mayo de 2021

El arte de mantenerse a flote - Eric Luna

 


El arte de mantenerse a flote, Eric Luna, Boria, 2021, 125 págs. 14€.

 

El género del relato, gracias a su versatilidad, ofrece la posibilidad al autor de ocuparse en un mismo libro de muchos temas diferentes. Además, la brevedad de este tipo de narraciones permite que en un volumen un escritor pueda ofrecer al lector acercamientos desde varias perspectivas al mismo asunto, creando así series de relatos sobre un mismo tema. Esta última opción es la que encontramos en El arte de mantenerse a flote, el nuevo libro del murciano Eric Luna.

Un vistazo al índice de la obra ya nos muestra cómo Luna ha optado por agrupar estos doce cuentos en una serie de secciones que guardan bastante homogeneidad en su interior, especialmente las dos primeras. Estamos, por lo tanto, ante temas que preocupan, cuando no obsesionan, al autor que nos ofrece varias historias sobre personajes en el filo que logran sobrevivir con trabajos precarios que odian pero que no consiguen acabar completamente con sus ansias de libertad.

La primera de estas secciones, que lleva por título “Días de Jägger y hierbabuena”, tiene como protagonistas a tres camareros. Pero lo que puede parecer anecdótico y una elección aleatoria del trabajo del personaje se convierte por la reiteración y por la temática de las narraciones en un tríptico sobre las grandezas y, sobre todo, las miserias de trabajar en un bar sirviendo al público. Este tríptico comenzaría por la consecución del trabajo, episodio que acontece al final de “Granada blues”; en este cuento Izan vuelve a la ciudad andaluza derrotado y, como indica el narrador, con miedo a que las cosas hayan cambiado pero también a que no lo hayan hecho. “El trabajo no estaba tan mal”, el más sarcástico de los tres, nos cuenta una pequeña venganza de un camarero a esos clientes maleducados que todo trabajador de la hostelería debe aguantar. El bloque se cierra con “Nighthawks”, en el que estos trabajadores se convierten en superhéroes.

El componente social de “El trabajo no estaba tan mal”, las condiciones laborales de los camareros, adquiere absoluto protagonismo en el siguiente bloque de cuentos: “Apocapitalismo”. Como este neologismo adelanta, el lector se adentrará en las consecuencias apocalípticas que el capitalismo más despiadado produce en los trabajadores. Así, en “Moloch 3000” una inquietante máquina llega a un almacén a vigilar a los empleados y en “Vacaciones creativas indefinidas” el sistema no permite el tiempo sabático que el protagonista necesita. El componente distópico de estos relatos continúa en los otros dos de la sección: “No me sirven en el electrobar”, sobre un detective expulsado de la sociedad, y en el inquietantemente actual “El síndrome cara de póquer”, en el que unas extrañas máscaras impiden a las personas esbozar cualquier gesto.

Más heterogénea es la última parte, “¿No vas a volar alto, pájaro libre?”, que, sin embargo, también incluye dos cuentos similares. Se trata de “Tríptico chileno” y “Mecanografía”, ambos escritos en primera persona y protagonizados por Isaac Velasco, un español que ha emigrado a Chile huyendo de la crisis económica de principios de la segunda década del siglo XXI. Estamos ante historias más realistas y personales, posiblemente autobiográficas, en las que encontramos los mejores pasajes del libro, como la relación que establece el narrador con Diego, otro español expatriado. El notable libro de Luna se completa con otros dos relatos sobre personajes que intentan mantenerse a flote, leitmotiv y título del conjunto, y con una divertida sátira.


Reseña publicada en El Noroeste:



martes, 11 de mayo de 2021

Páradais - Fernanda Melchor


 Páradais, Fernanda Melchor, Random House, 2021, 160 págs., 16€.

 

La adolescencia y sus problemas han protagonizado en las últimas décadas numerosas novelas. Desde El guardián entre el centeno (1951) de Salinger, referente en esta temática, hasta obras más recientes como Las lealtades (2018) de Delphine de Vigan, han sido muchos los autores que se han sentido atraídos por ese maremágnum de emociones que asolan al ser humano en el (casi siempre) traumático paso de la infancia a la juventud. Tras la genial Temporada de huracanes (2017), una de las mejores obras escritas en español en los últimos años, la mexicana Fernanda Melchor nos ofrece un nuevo y fascinante acercamiento a la adolescencia en Paradáis, su última novela.

El libro está protagonizado por dos adolescentes muy diferentes pero que están unidos por sufrir una marginación que los lleva a formar una extraña pareja que encuentra en la violencia la forma de canalizar la ira que van acumulando en su día a día. Polo, el verdadero protagonista del libro, es un chico de clase social baja que acude cada día a trabajar sin ganas a Páradais, la urbanización de lujo que lo ha contratado como jardinero y chico para todo. A través de un efectivo estilo indirecto libre, conocemos desde la óptica del chaval todas las humillaciones que sufre a manos de Urquiza, su jefe, su madre, que lo acusa cada mañana de ser un gandul, de los ricachones para los que trabaja o de su prima Zorayda, que ha usurpado su cama al quedarse embarazada y lo ha desterrado a un simple jergón.

Polo se siente un cero a la izquierda, un volcán lleno de odio que pronto estallará y que tan sólo encuentra el cariño en Milton, su primo mayor y mentor. Sin embargo, cuando este se une a una banda criminal que se ha instalado en el pueblo, lo disuade para que siga su camino delictivo. Lo que el primo considera como un consejo para que evite sus errores, Polo lo toma como una traición que acentúa aún más su orfandad vital. Conforme esa ira va fermentando en el interior del protagonista, él sólo halla en el alcohol la única manera de mitigar ese terrible dolor que lo. Es ahí donde conoce a Franco.

Al contrario que Polo, este es un adolescente rico que vive en el paraíso (Páradais) de la urbanización, nombre que contrasta con el irónico topónimo del cercano pueblo donde habita la familia del protagonista: Progreso. Sin embargo, y a pesar de que sus abuelos lo colman de regalos y del dinero con el que ambos jóvenes compran el alcohol con el que entumecerse cada noche, Franco se siente también un perdedor por su obesidad y por cómo su vecina lo ignora. Esta atracción sexual hacia este personaje femenino, la madura e inaccesible Marián, se transformará en una obsesión que arrastrará a Franco y también a Polo.

Con un estilo cargado de mexicanismos y de expresiones obscenas que reproduce con fidelidad la manera de hablar de Polo, Fernanda Melchor construye una breve e intensa novela en la que la violencia, la lujuria, la pobreza y el desarraigo vuelven a ser ingredientes fundamentales en una nueva entrega de una de las autoras más interesantes de la narrativa hispánica contemporánea. 

Reseña publicada en El Noroeste:



domingo, 18 de abril de 2021

Tierra fresca de su tumba - Giovanna Rivero


 

Tierra fresca de su tumba, Giovanna Rivero, Candaya, 2021, 174 págs., 16€.

 

En uno de los seis relatos que componen este libro de Giovanna Rivero uno de los personajes anuncia a sus sobrinos, casi como una maldición, que “ser boliviano es una enfermedad mental”. Tal diagnóstico parece marcar el devenir de los protagonistas de estas narraciones que tienen en común presentarnos a personas que guardan una relación lateral, adjetivo que pronto explicaré, con Bolivia y cierta tendencia a la locura en ellos o en familiares cercanos que determinan el carácter sombrío de estos relatos.

La nacionalidad boliviana de los protagonistas de estas historias los sitúa a todos ellos en una posición de “alteridad” con respecto a este país. En primer lugar, porque varios de ellos pertenecen a minorías dentro del país sudamericano como los menonitas, en “La mansedumbre”, o los japoneses, en “Cuando llueve parece humano”. En segundo lugar, porque los protagonistas del resto de relatos han emigrado para establecerse en Canadá, Estados Unidos u otro país sudamericano, desde donde tienen una relación ambivalente con Bolivia en la que se mezclan la nostalgia con el odio al país de origen. La protagonista de “Socorro” lo define así: “la extranjería se hacía real en el regreso y no en el afuera”.

La enfermedad sería el otro nexo que hallamos entre los personajes de este libro. En “Hermano ciervo”, un joven estudiante de la Universidad de Cornell, en Estados Unidos, tiene que participar en un peligroso ensayo clínico que le provoca una extraña mancha en la espalda para poder subsistir en el país junto a su pareja. En “Socorro” es la locura la que marca el carácter de la tía de la narradora, que mediante un discurso que alterna las alucinaciones y la clarividencia le habla del pasado de su familia. Por su parte, la dipsomanía de la tía Annie es la dolencia que provoca la deriva de los protagonistas de “Piel de asno”, dos hermanos huérfanos que perdieron a sus padres en Bolivia y que hallan entre los indios que conocen al mudarse a Canadá la familia que su tía no es capaz de crear para ellos.

Otro rasgo fundamental en el libro es la fuerza de los personajes femeninos, voz y protagonistas en todas las historias de Tierra fresca de su tumba. Elise, la joven menonita violada por un hombre de su comunidad en “La mansedumbre”, decide no callarse ni aceptar la explicación que el pastor intenta dar al ultraje que ha sufrido, un acto del diablo, provocando así la expulsión de su familia del grupo. Al igual que ocurre en “Piel de asno”, será con un indígena con el que Elise y su padre sellarán una alianza que les permitirá vengarse. En “Pez, tortuga, buitre” una madre necesita conocer todos los detalles de la muerte de su hijo en un naufragio de la boca de su compañero en el bote en el que deambularon durante semanas por el mar. Por su parte, la japonesa de “Cuando llueve parece un asno” mantiene una extraña relación con su hija y con la chica a la que ha alquilado una habitación, con la que tiene unos lazos familiares que provocarán el insólito final.

Seis magníficas historias de un marcado tono sombrío, cercanas a veces al realismo mágico o a la literatura fantástica, que nos muestran que a menudo la enfermedad mental no va intrínsecamente unida al hecho de ser boliviano, sino al ser humano. 



martes, 30 de marzo de 2021

Canción - Eduardo Halfon




 Canción, Eduardo Halfon, Libros del Asteroide, 2021,120 págs, 15€.

 

Algunos lectores se quejan de que tal autor escribe siempre el mismo libro. Si bien es cierto que el riesgo es un valor que se tiene muy en cuenta en la crítica literaria, creo que también hay que elogiar a aquellos autores que tienen una voz propia y que pivotando sobre temas similares ofrecen libros interesantes. Este último es el caso del guatemalteco Eduardo Halfon, responsable de una obra en marcha en la que libro tras libro indaga sobre temas como la identidad, la labor del escritor o el pasado familiar. Canción es una pieza más de esa especie de saga sobre la historia de su familia que este escritor está construyendo en la mayoría de sus libros.

Y es que en esta nueva entrega encontramos episodios fundamentales de esa saga que ya protagonizaba libros como El boxeador polaco (2008), Monasterio (2014), Signor Hoffman (2015) o Duelo (2017). En concreto, el narrador centroamericano nos relata el secuestro que sufrió su abuelo por parte de la guerrilla guatemalteca en los años sesenta, antes de que él naciera. Se trata, como se puede imaginar, de un suceso que supuso una conmoción para toda la familia y que si bien se solucionó de manera positiva pagando un cuantioso rescate, volverá a aparecer durante las siguientes décadas como un recuerdo doloroso. El autor, que no vivió el secuestro y que se lamenta de no haber tenido una conversación sobre el asunto con el abuelo, que fallece mientras que él está estudiando en Estados Unidos, intenta reconstruirlo años después reuniéndose con una de las secuestradoras.

Este encuentro, o más bien la espera a esta mujer en un bar de mala muerte, servirá como marco a la narración del secuestro. Mientras el narrador bebe su cerveza, escena habitual de la literatura de Halfon, vamos conociendo las circunstancias de la mañana en la que, por motivaciones económicas, su abuelo fue raptado por un grupo de guerrilleros entre los que destacaba uno apodado Canción, personaje poliédrico que da título al libro. En esta reconstrucción del secuestro de su abuelo que constituye el principal nivel narrativo de Canción, van apareciendo personajes de lo más variado tanto de la historia de Guatemala, esa miss que se hace guerrillera, como de su familia, un tío abuelo sefardí que recita en ladino u otro familiar que adivina el futuro mirando los posos del café.

Estos continuos saltos temporales y la mezcla de la historia de su familia con la de su país, unidos por el suceso central del secuestro al abuelo, otorgan al libro cierta complejidad estructural, ya que Halfon opta por un recuerdo desordenado de hechos que, como suele ocurrir con la memoria, tienen una relación entre sí que no siempre es cronológica. Así, asistimos a reuniones familiares en la gran casa de Guatemala, a encuentros con la secuestradora del abuelo en un restaurante familiar o a episodios de la emigración de la familia desde Oriente hasta Centroamérica, pasando por Europa y Estados Unidos, en las primeras décadas del siglo XX.

A esta forma de narrar discontinua y variada se le une un segundo marco narrativo, a añadir al del bar en el que espera a la secuestradora, que sirve como desencadenante del recuerdo. Se trata de una divertida y confusa situación vivida por el autor, o su trasunto, en el que es invitado a un congreso de escritores libaneses en Japón gracias a que su abuelo, el que sufrió el rapto, procedía de Líbano.  



sábado, 20 de marzo de 2021

Cuántas cosas hemos visto desaparecer - Miguel Serrano Larraz



Cuántas cosas hemos visto desaparecer, Miguel Serrano Larraz, Candaya, 2020, 285 págs., 17€. 


         Se valora mucho en nuestra sociedad, demasiado desde mi punto de vista, mantener en la edad adulta los mismos amigos que uno forjó en la infancia. Estas relaciones de largo recorrido parecen otorgar al detentor un marchamo de autenticidad, de alguien a quien la vida no ha cambiado y que posee unas raíces inamovibles. Sin embargo, creo que más bien se trata de un tipo de amistades contra natura, ya que, salvo casos muy concretos, el cambio que sufrimos durante la adolescencia y la juventud es de tal calibre que difícilmente nuestros intereses seguirán coincidiendo con aquellos que con los que el azar (una relación familiar, una vecindad) nos juntó en la niñez. Este sería, creo, uno de los temas principales de Cuántas cosas hemos visto desaparecer, la inteligentísima nueva novela de Miguel Serrano Larraz.  

         El relato se construye como un repaso no cronológico a la relación entre la protagonista, Sonia, y Berta, su amiga desde la infancia. La unión que los veranos en el ficticio pueblo aragonés de Ardés forjó durante sus primeros años, se mantuvo durante la adolescencia pero comenzó a resquebrajarse en la juventud. En el presente, con ambas frisando la cuarentena, Berta y Sonia apenas comparten nada más que un pasado juntas que actúa no como elemento de unión sino todo lo contrario: las momentos vividos juntas en el ayer destacan lo poco que tienen en común ahora. Por eso, la petición de Berta de encontrarse, tras años sin verse, provoca el recelo y el nerviosismo en su antigua mejor amiga.  

         Y es que a la separación en los caminos de ambas se une la extraña personalidad de Berta; lo que durante la adolescencia parecían rasgos atractivos para la joven Sonia, son vistos desde la madurez con un cansancio rayano en el hartazgo. Porque Berta es un personaje torrencial, que no oculta nunca sus sentimientos ni sus ideas, que parece no escuchar a los demás y que posee una rara obsesión por viajar en el tiempo. Lo que para Sonia fue una divertida broma durante la adolescencia, se ha convertido ahora, para ella, que es una cerebral y algo reprimida profesora de instituto, en un síntoma del desequilibrio de su amiga.  

         Durante toda la novela asistimos a los distintos episodios que forjaron la mitología privada del grupo en el que se integran las dos protagonistas junto a Magno, Herrero, el Francés y Ariadna; juegos infantiles, conversaciones entre lo trascendental y lo cómico, bromas internas, sesiones de ouija, borracheras, etc. La disgregación de la peña de amigos se confirma en el trigésimo aniversario de Magno, que celebran con una fiesta que acaba en una confusa discusión, y en un episodio que sucede el día posterior. En una escena en la que Serrano Larraz muestra su pericia narrativa, Ariadna y Sonia son testigos de cómo Berta, su amiga de toda la vida, se sienta en la cafetería del pueblo con otras dos mujeres casi desconocidas y les dirige unas palabras que, en su fuero interno, saben dirigidas a ellas.  

    Con esta novela sutil sin ser críptica, profunda sin ser densa, Miguel Serrano Larraz se confirma como uno de los narradores españoles más interesantes de su generación tratando con maestría temas tan complejos como los anhelos de la adolescencia y las frustraciones de la edad adulta.

Reseña publicada en El Noroeste:



lunes, 1 de marzo de 2021

Inviernos invisibles - Mireya Encinas




 Inviernos invisibles, Mireya Encinas, Balduque, 123 págs. 14€.

 

Existe en la narrativa una extensión intermedia entre el microrrelato y el cuento que considero muy definitoria. Se trata de aquellos relatos breves que superan el impacto instantáneo de la minificción, pero que no llegan a desarrollar esas tramas más extensas de los cuentos largos. Suele tratarse de narraciones que se centran en un escena concreta que, a modo de iceberg, representan una historia compleja que no se cuenta pero que influye en el modo de comportarse de los personajes. Este es el tipo de relatos que componen Inviernos invisibles, el primer libro de la cartagenera Mireya Encinas.

Los veintidós textos muestran un notable nivel medio y aunque existen algunos textos que no terminan de funcionar, la mayoría poseen un gran interés para el lector y hacen del conjunto un debut sugestivo. Se trata de cuentos que se mueven en torno a las cinco páginas, salvo alguno más breve que se queda en dos y uno que se desarrolla más y alcanza la decena de hojas, y que nos presentan historias cotidianas y contemporáneas con un estilo cuidado, casi poético en muchos momentos.

En cuanto a los temas que se desarrollan en los cuentos, destacan por encima de todos dos: el machismo y los problemas con la identidad. En cuanto al primero, son varios los relatos en los que encontramos hombres que agreden a mujeres, “Animal nocturno”, chicas que sienten pánico al volver solas a casa, “Frío persecutorio”, o en el que, desde una óptica costumbrista, se nos muestra cómo los roles de género siguen estando muy asentados en algunas familias, “Cuñadas”. Frente a este machismo, son varios los relatos en los que es la mujer la que ejerce la violencia, o más bien la venganza, sobre el hombre; este es el punto de partida de cuentos como “Cuestión de karma” y “Epidermis calientes”.

En el segundo bloque de relatos, en los que los personajes tienen problemas con su identidad o con su pasado, destaca “Ábreme el pecho y registra”, quizás el mejor texto del libro, que se centra en los problemas con su cuerpo que asaltan a muchos adolescentes. Tenemos también textos sobre la homofobia, “Lo viejo y lo nuevo”, sobre la enfermedad mental “La isla de Alicia”, el desdoblamiento de personalidad, “Azul y marrón”, o sobre la vuelta a nuestra infancia, “La calle de las vías del tren”.

 Esta agrupación temática de los cuentos, útil para repasar un libro como Inviernos invisibles con tantas historias entre sus páginas, nos permite ofrecer dos nuevas tendencias. La primera serían las relaciones familiares y de pareja, normalmente tóxicas; hallamos rupturas contadas al revés, “Caída hacia arriba”, la justificación de una infidelidad, “Arrepentimiento”, o la riña entre hermanos, “18 minutos”. Por último, el libro está atravesado de un homenaje implícito a la literatura leída por la autora, que se explicita en narraciones como “Carta de una amazona”, en el que identifica a las mujeres con cáncer de mama con estos personajes mitológicos, o “El mito de Perséfone”, un paralelismo entre esta historia y la del cuento. También hay espacio para elogios a la palabra oral, “Sinestesia de sabores”, o escrita, “Palabras 2.0”.

En resumen, estamos ante una meritoria ópera prima que se configura como un caleidoscopio de historias, los colores son muy importantes en el libro, en los que reconocemos muchos de nuestros problemas y emociones.


Reseña publicada en El Noroeste:



domingo, 14 de febrero de 2021

Panza de burro - Andrea Abreu


 Panza de burro, Andrea Abreu, Barrett, 2020, 176 págs. 15€.


De manera bastante sorprendente, los aficionados al rap hemos sido testigos de cómo algunos de los raperos más interesantes de los últimos años provenían de las Islas Canarias. Digo sorprendente porque en décadas anteriores apenan encontrábamos músicos de hip-hop de esta comunidad, ya que eran ciudades como Barcelona, Madrid, Zaragoza y Sevilla los principales núcleos del género en España. Sin embargo, las canciones de artistas como Don Patricio, Bejo o Cruz Cafuné han llegado a un gran número de oyentes gracias, en parte, a una querencia por los ritmos latinos y al uso de un vocabulario exótico para los peninsulares. Este último rasgo es compartido por Panza de burro, otro sorprendente éxito canario.

Porque lo primero que llama la atención de esta novela de la también poeta Andrea Abreu es su léxico, repleto de unos localismos que desde la Península se perciben como un lenguaje fresco y con aires latinoamericanos. Así, las páginas del libro están repletas de términos como “fisquito”, “trompadas”, “miniña” o “brumasera”, además de referencias a productos autóctonos como el gofio o el clíper de fresa (un refresco). La autora usa con frecuencia este léxico canario en fragmentos en los que reproduce el discurso oral de los personajes o el pensamiento de la narradora (en dos capítulos sin signos de puntuación) y que conviven con otros pasajes más poéticos. Además, este original estilo se completa con los anglicismos que usa Isora, (“shit”, “bitch”, etc.), una de las dos niñas, la otra es la narradora, protagonistas de Panza de burro.

Isora es un personaje redondo, una de las razones del éxito de un libro que gira en torno a ella y uno de los caracteres más originales de la reciente narrativa española. Se trata de una preadolescente que vive en un empinado pueblo tinerfeño junto a su abuela y su tía, que regentan una tienda que se convierte en el centro social de la localidad. La personalidad de Isora bascula entre su arrolladora relación con los demás y su tendencia a la tristeza (motivada por el recuerdo de su madre fallecida), entre su bulliciosa imaginación y su tendencia a la mentira y a la manipulación de los demás.

Ella forma una pareja de contrarios con la narradora, otra niña del pueblo que siente una atracción imparable hacia Isora, que representa todo lo que ella quiere ser; Abreu define perfectamente esta dependencia en un pasaje en el que la narradora reconoce que “mi tristeza era la de ella dentro de mi cuerpo”. Como suele ocurrir en la infancia, la amistad entre ambas sufre diversos vaivenes, provocados por el complicado carácter de Isora y a una pelea a puñetazos le suceden, días después, unos besos entre las dos.    

Acompañamos a las dos niñas durante un verano de la primera década del siglo en el que, sin salir de su pequeño pueblo, viven numerosas aventuras. Junto a divertidos pasajes en los que se narran juegos y travesuras infantiles, en Panza de burro afloran fragmentos mucho más crudos que nos presentan temas tan serios como el abuso sexual, los desórdenes alimenticios, la enfermedad mental, la precariedad laboral o el maltrato infantil.

Andrea Abreu nos recuerda que la infancia es una etapa compleja en la que vivimos sucesos que tendrán una profunda huella en nuestra existencia y en la que los juegos y las amistades aparentemente inocentes a menudo esconden, como en el caso de Isora y la narradora, relaciones tormentosas.   



viernes, 29 de enero de 2021

Ronda de solos - José Luis Carrasco



 Ronda de solos, José Luis Carrasco, Boria, 2020, 112 págs., 14€.

La mayoría de las novelas hacen un uso abundante del resumen o de la elipsis para intentar abarcar en sus tramas el mayor tiempo posible. Parece que la trascendencia de un relato solo se puede lograr si relata una historia que se desarrolla en un lapso temporal amplio. Por ello, se agradecen textos como este Ronda de solos que, por usar una terminología musical que emparenta con su argumento, emplea un tempo muy lento para contar apenas dos días en la historia de su protagonista. Estamos, pues, ante una novela corta que avanza como un adagio, a un ritmo lento y en el que el narrador abunda en las pausas narrativas.

El texto comienza con una situación conflictiva que se relata en el primer capítulo, titulado significativamente “Exposición del tema”. Un músico de jazz que acaba de aterrizar en Asturias para dar un concierto al día siguiente, pierde (o más bien, sufre un robo) su saxofón mientras recoge el resto de su equipaje. Lo que en manos de otro escritor desembocaría en una trama trepidante en la que se sucederían las peripecias del saxofonista para encontrar su instrumento u otro que lo sustituya, es convertido por José Luis Carrasco en una historia de aceptación y de autoconocimiento. Y es que el narrador opta rápidamente por una actitud estoica ante el hurto y decide dejar pasar el tiempo y dedicarse a escribir sus pensamientos y reflexiones mientras llega la hora de reunirse con el resto de su banda.

Durante el siguiente día y medio, el protagonista recorre una y otra vez la ciudad en la que se aloja y donde tendrá lugar el concierto, Avilés, realizando una especie de cartografía (los nombres de las calles por las que pasa se van consignando en el libro) con un doble objetivo: conocer mejor la localidad y, sobre todo, dejar de pensar en su pérdida. El músico de jazz, ejecutor por naturaleza e improvisador por vocación, se convierte así en todo lo contrario: un flanneur sereno que acepta su destino y que elude tomar ninguna decisión para intentar cambiarlo.

Se suceden en las páginas de Ronda de solos las reflexiones del narrador, destiladas en ocasiones en frases sentenciosas cercanas al aforismo (“La música es la disciplina de los que se comunican en silencio”). José Luis Carrasco nos ofrece en estas páginas una prosa cargada de lirismo y de apuntes casi filosóficos en los que la trama ocupa un lugar secundario, salvo por los encuentros con Maruxa, la extravagante dueña de la fonda en la que se aloja, y con Deva, una camarera con la que intercambia canciones. Entre esos pensamientos del protagonista que son tan frecuentes en el libro destacan los relacionados con la música y, en concreto, con el jazz. Como profesional de este género, el narrador va desgranando referencias a músicos estadounidenses como Miles Davis, Sonny Rollins, Chet Baker o John Coltrane; mención aparte merece el homenaje que realiza al recientemente fallecido Pedro Iturralde, seguramente el saxofonista más importante de la historia del jazz en España. 

El ritmo de la narración se vuelve a acelerar en el último capítulo del libro, que funciona como contrapunto del inicial como anuncia su título: “Reexposición del tema”. En él, el narrador se reencuentra en el local donde deben dar el concierto con sus compañeros de banda y solucionan de una manera imaginativa y festiva la ausencia de saxofón. 


Reseña publicada en El Noroeste:



lunes, 18 de enero de 2021

Las voladoras - Mónica Ojeda

 


Las voladoras, Mónica Ojeda, Páginas de Espuma, 2020, 125 págs., 15€.

 

Con sus dos últimas novelas publicadas en España, Nefando (2016) y Mandíbula (2018), la ecuatoriana Mónica Ojeda se presentó como una de las autoras latinoamericanas más interesantes de la actualidad. Con esta colección de cuentos titulada Las voladoras (2020), Ojeda nos vuelve a presentar un libro repleto de historias inquietantes pertenecientes, en su mayoría, al género fantástico y la confirman como una narradora de primer nivel. Si bien el libro no alcanza las cotas literarias de sus novelas, especialmente de la sobresaliente Mandíbula, los lectores encontrarán un puñado de relatos de gran interés y con esos ambientes entre lo sórdido y lo abyecto que tan bien retrata la narradora ecuatoriana.

El volumen se inicia con un breve texto titulado como el libro y escrito en una primera persona con ecos de oralidad. Se trata de una especie de confesión de una chica o una niña que habla de unos personajes sobrenaturales llamados “las voladoras”.  Ya aparecen aquí dos de los elementos que estructurarán el volumen: el lenguaje poético (el cuento nos deja frases que más parecen versos, como “Dios es tan peligroso y profundo como un bosque” o “el misterio es un rezo que se impone”) y el aire a leyenda andina. Estos rasgos vuelven a aparecer en el segundo cuento, “Sangre coagulada”, donde, de nuevo, una niña cuenta cómo se va a vivir con su abuela, una especie de curandera que es considerada una bruja por sus vecinos. Ojeda aborda aquí desde la perspectiva de la niña, como hizo en Nefando, el doloroso tema del abuso a menores.

El componente fantástico se impone definitivamente en “Cabeza voladora”, que parte de un suceso macabro: una profesora universitaria ve como la cabeza de su joven vecina cae en su jardín desde la casa en la que vivía con su padre. Este hecho será el comienzo de una serie de acontecimientos sobrenaturales de los que la protagonista no podrá escapar. El tema de las relaciones perturbadoras dentro de la familia que era el punto de partida de “Cabeza voladora” protagoniza los dos siguientes cuentos. En “Canino” una joven debe cuidar de su padre, enfermo y dependiente, y manejar su extraña tendencia a comportarse como un perro. Por su parte, “Slasher” nos relata la obsesión de una chica por amputar la lengua de su hermana sordomuda e integrar la acción en la performance que ambas ejecutan sobre un escenario. Esta extraña relación fraternal se transforma en “Terremoto” en incestuosa, en un relato que de nuevo hace uso de la primera persona para crear un texto muy poético y onírico.

El volumen se cierra con otro acercamiento a las relaciones paterno-filiales más extrañas en “El mundo de arriba y el de abajo”. El relato nos presenta a un padre que transporta el cadáver de su hija hasta lo alto de un volcán en una peregrinación enloquecida en la que busca devolverla a la vida. De nuevo encontramos un lenguaje de gran lirismo y con abundantes términos relacionadas con lo telúrico.

Bastante diferente al resto del volumen es el cuento titulado “Soroche”, el más realista del conjunto y también uno de los más interesantes. Relata de manera polifónica un incidente que viven cuatro amigas de clase alta que realizan una excursión para animar a una de ellas, cuyo marido ha difundido un vídeo sexual en el que ella participa. A pesar de que propone temas más cotidianos como la venganza, la hipocresía social y los cánones estéticos que se les imponen a las mujeres, vuelve a tener un final con elementos sobrenaturales.

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domingo, 6 de diciembre de 2020

Todos estábamos vivos - Enrique Llamas

 Todos estábamos vivos, Enrique Llamas, Alianza, 2020, 280 págs., 18€. 


 Pocas épocas de la historia reciente de España se han convertido en tan icónicas como la Movida, ese periodo en el que el país y, sobre todo, Madrid pasaron del blanco y negro al color. En los últimos años la reivindicación ha convivido con una crítica hacia una etapa que algunos observan como un movimiento poco trascendente en lo artístico pero muy bien publicitada. En cualquier caso, la Movida sigue siendo un polo de atracción para jóvenes que no la vivieron, como Enrique Llamas, autor zamorano afincado en la capital, que dedica Todos estábamos vivos a retratar su inicio.  

Llamas parte en su libro de la fecha que es considerada tradicionalmente como la mecha inicial de la Movida: el 9 de febrero de 1980, día en el que se celebró en Madrid el concierto homenaje a Canito. Utilizando como personajes secundarios a algunos de los artistas más representativos de la época (Ana Curra, Eduardo Benavente, Enrique Urquijo, las Costus, etc.), la novela refleja con brillantez el estado de efervescencia que vivía la noche madrileña y el ímpetu de una juventud que se lanzó al goce y a la creación con desenfreno.  

Todos estábamos vivos es un retrato generacional, algo que queda remarcado en el título y mediante unos fragmentos (en cursiva en el libro) escritos en primera persona del plural, con sus luces y sus sombras. Entre las primeras destaca la gran oferta cultural que existía en esos meses de inicio de década en Madrid, con multitud de grupos creándose y conciertos interesantes cada noche. Las sombras las crea la heroína, la epidemia que se larva en estos años y que durante toda la década irá mermando a una generación que, como se indica en el libro, compartirá tanatorios con sus abuelos. No es casual que la novela termine con otra noche que puede simbolizar el final de la Movida: el incendio de la discoteca Alcalá 20 que dejó ochenta y un muertos en diciembre de 1983.  

Enrique Llamas elige como protagonista de su novela a un personaje que simboliza perfectamente el espíritu de la época: Adela. La “señorita”, como también se la conoce, es una joven del barrio de Salamanca, hija de un marqués y una actriz famosa retirada, que quiere dejar atrás su cómoda vida de niña mimada y a su absorbente madre para vivir los placeres que la ciudad de Madrid le ofrece. Adelita se lanzará a recorrer las calles del centro, los conciertos y las fiestas que se suceden en la ciudad con Teo, su egocéntrico novio y aspirante a estrella del pop, la pareja formada por Ric y Aldo, que viven en una precariedad que ella desconocía pero también con una libertad que la ayuda a romper con la influencia materna, y con Siberia, un personaje enigmático que tendrá gran importancia en su vida. La antagonista de Adela será Diana, su antigua amiga íntima, otra niña bien que ha decidido vivir la vida al límite, sin importarle las consecuencias que su comportamiento tendrá para los que la rodean. El enfrentamiento entre la tímida Adela y la desinhibida Diana reproduce el que años atrás vivieron sus madres sobre las tablas de los teatros y en las páginas de los periódicos.  

Enrique Llamas ha escrito un libro excelente, con una estructura arriesgada (la novela avanza hacia el pasado) que es mucho más que un retrato de la Movida y que nos muestra a una generación que voló muy alto pero que, en muchos casos, acabó estrellándose demasiado pronto.  


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