El trampantojo rural de Israel Merino
Funciona, en cierta forma, ‘Epifanía’ de Israel Merino como un trampantojo; al igual que estos dibujos que parecen algo que en realidad no son (una columna donde solo hay una pintura, por ejemplo) la novela del autor toledano adquiere en ocasiones una apariencia que no es la real. En primer lugar, el lector podría pensar que estamos ante una novela de intriga ya que comienza con un breve e impactante capítulo en el que se narra con detalle el atropello de dos chavales. En ese momento inicial no sabemos quiénes son las víctimas ni quién el conductor que circulaba de madrugada por una solitaria carretera a las afueras de un pueblo. Sin embargo, y aunque este accidente va a tener bastante peso en la trama, las siguientes páginas no se centran ni en la investigación ni siquiera en la pareja atropellada, secundarios que apenas aparecerán. A pesar de ello, esa noche, que coincide con la festividad de San Epifanio, patrón de la cercana localidad que se vislumbra desde la carretera comarcal, va a estar en el centro de la historia y casi todos los sucesos que se narran se van a desarrollar en los días previos y posteriores al atropello.
El otro aspecto engañoso es el protagonismo de ‘Epifanía’; descartadas las dos víctimas y desconocido hasta muchas páginas más adelante el responsable de sus muertes, dudaremos durante la lectura sobre quién es el personaje principal de la obra. En cada capítulo el narrador omnisciente irá acompañando a distintos habitantes del pueblo que están relacionados de una forma u otra (de nuevo esa indefinición a la que aludía) con el accidente. Así, el primer capítulo está dedicado a una “vieja”, que no lo es tanto, y a su montaraz y peligroso marido. Ambos son odiados y temidos por todo el pueblo y ella se refugia en su casa y en el extraño altar que allí mantiene. La siguiente sección se ocupa de Víctor Manuel, un veinteañero que ejerce de concejal, entrado en carnes y con serios problemas para relacionarse con las mujeres, que odia a su madre y a su abuela y venera a su rústico y deslenguado abuelo fallecido. Esta especie de incel rural recorre el pueblo detrás de alguna chica a la que declararse. Tras él, el foco se ocupa de Morito, un chaval que recibe este apodo por vivir en el barrio donde habitan en infraviviendas los inmigrantes. Junto a sus amigos Gordo y Rumano intentarán progresar como pequeños delincuentes en un pueblo que no los quiere.
Al otro lado de la ley está (o, de nuevo, parece estarlo) Ramón, el sargento que dirige la comandancia del lugar. Marcado por una homosexualidad que no puede mostrar abiertamente en el pueblo, el guardia civil cree que hay algo mucho más importante que la ley: su pueblo. Es a él y no a normas estúpidas dictadas a muchos kilómetros de allí al que se debe y tratará por todos los medios de que se mantengan las tradiciones y proteger a los habitantes “de toda la vida” frente a los recién llegados de otras latitudes. De ambas formas se puede definir al último de los personajes a los que acompañamos: Marcos. Si bien es autóctono y vive con su padre, acaba de regresar derrotado de Madrid donde intentó triunfar en el mundo del cine y alejarse de su odiado pueblo y de su abyecto progenitor. Ahora, Marcos, que todavía es joven, sobrevive trabajando en la gasolinera de uno de los caciques del pueblo y se plantea el suicidio para huir, como hizo su madre muchos años antes, del alcohólico y drogadicto, aunque carismático, de su padre.
Todos estos personajes, que se irán cruzando a lo largo de toda la novela, tienen un peso similar en la trama, lo que nos podría hacer pensar en una historia coral. Pero, ya lo he advertido, no hay que fiarse de las apariencias en esta espléndida y poliédrica obra que es ‘Epifanía’ y si nos fijamos bien encontraremos al verdadero y único protagonista: el pueblo. Y es que todos y cada uno de los personajes que van apareciendo están marcados por un lugar situado en medio de la llanura castellana, que un día quiso ser ciudad (ahí están los esqueletos de los edificios que quiso construir un vecino que acabó suicidándose) pero que nunca dejará de ser aldea. Sus habitantes, los de “toda la vida”, están marcados por siglos de desavenencias entre vecinos, por habladurías que mezclan medias verdades e hirientes exageraciones y por la violencia y las adicciones. Allí, las buenas familias, como se dice en el capítulo dedicado a Marcos, “fingen que todo está bien y hablan siempre lo menos posible; es la omertá del desierto mesetario” (207). Los que acaban de aterrizar no lo tienen mucho mejor y a la falta de oportunidades deben añadir la desconfianza; cuando acompañamos a Morito el narrador señala que “aquel no era su pueblo, ellos pertenecían a otro, a uno muy diferente, aunque estuviera dentro de ese” (95).
Este preciso y descarnado retrato de un pueblo castellano cuyo nombre no se dice pero que, en realidad, podría ser cualquiera, se hace más eficaz con un lenguaje lleno de vocablos propios del dialecto manchego y con múltiples referencias a las tradiciones de esta tierra. Además, Merino le otorga un color muy especial a su prosa con metáforas socarronas como que los jugadores del equipo rival tiemblen “al igual que una caja de botellines de cerveza en un camión” (57) o que los tangas de las prostitutas sean “como asas de tazas” (62).
Reseña publicada en La Verdad:

