domingo, 20 de agosto de 2023

Las vidas que no viví - Patricia Almarcegui

 


Las vidas que no viví, Patricia Almarcegui, Candaya, 2023, 140 págs.

Existe una tentación en la que los críticos literarios solemos caer con demasiada frecuencia: analizar una novela a la luz de la biografía de su autor o autora. Creo que, en su justa medida y justificando el vínculo, puede ser esclarecedor para la lectura de la obra. Obviamente no me refiero a ciertos intentos de psicoanalizar la mente del escritor deduciendo de los problemas de sus personajes supuestos traumas personales del creador. Este tipo de elucubraciones deben quedar fuera de una crítica literaria seria, pero algunos datos de la biografía de la autora pueden arrojar luz a la hora de estudiar su obra. En el caso que nos ocupa, Las vidas que no viví, creo que resulta obvia la importancia que han tenido dos lugares que son centrales en la novela, Menorca e Irán, en la vida de la escritora. Patricia Almarcegui reside en la isla balear y es una profunda conocedora del país asiático, al que ha dedicado su libro Conocer Irán (2018).  

Ambas coordenadas vitales explican la relación que se establece en el libro entre dos territorios que, aparentemente, nos pueden estar más alejados (geográfica y culturalmente). De un lado tenemos una apacible y pequeña isla mediterránea que solo en las últimas décadas ha visto su idiosincrasia amenazada por un turismo que poco a poco la va tomando como ya hizo con sus vecinas Mallorca, Formentera e Ibiza. De otro lado, está la magnética Persia, nación con una rica cultura pero con un presente político convulso y vista desde ojos europeos con demasiados prejuicios basados, en su mayor parte, en el desconocimiento de su realidad. Almarcegui otorga el protagonismo a estos dos lugares para ir mostrándonos en fragmentos que va intercalando a lo largo de la novela episodios de la historia de Irán (un terrible atentado, pero también el gusto de uno de sus gobernantes del pasado por la fotografía o la filmación de la primera de sus películas que ganó un premio en el festival de Cannes) y de Menorca (naufragios, el asedio por una imponente flota turca o el asentamiento en la isla de unos guerreros fenicios).  

Esta dicotomía que en toda la novela se establece entre Irán y Menorca queda personificada por las dos protagonistas del libro: la iraní Pari y la española Anna. Se trata de dos mujeres fuertes, con un pasado complicado y que, tras encontrarse en un hotel abandonado de la isla que ha sido ocupado por un grupo de ciudadanos hartos de la especulación, se hacen amigas. La amistad entre Anna y Pari echa raíces, y nunca mejor dicho, en el huerto del hotel ocupado que ambas cuidan incluso cuando son conscientes de que pronto serán desahuciadas. La iraní fue la primera en trabajar el bancal abandonado, arriesgándose a penetrar en una propiedad que no era suya a pesar de ser una mujer inmigrante. Para Anna, bióloga especializada en paisajismo y jardines, el lugar es una forma de reencontrarse con el hortal familiar en el que pasó lo mejor de su infancia y del que sus padres se tuvieron que deshacer. Las referencias a las plantas son frecuentes en todo el libre; Almarcegui las incluye en la narración con una prosa cuidada y poética en la que destacan las alusiones cromáticas. Por ejemplo, deslumbra la maestría con la que la autora describe las distintas tonalidades del mismo color que se pueden encontrar en las distintas zonas de Menorca: verde pistacho, verde esmeralda, verde jade, verde menta… 

En esta reivindicación de la naturaleza laten dos tendencias que se van abriendo paso en la literatura contemporánea cada vez con mayor frecuencia. Por un lado, el ecologismo que, ejemplificado especialmente en Anna, alerta de las consecuencias del cambio climático y de la necesidad de adaptar nuestros jardines a climas cada vez más áridos. Por otro lado, la lucha vecinal por dotar de vida al hotel abandonado, antes de que se convierta en un establecimiento de lujo, está determinada por los estragos que el turismo desbocado está causando en Menorca y en tantos otros rincones del Mediterráneo. Almarcegui resume perfectamente lo que sufren islas como esta (que van poco a poco expulsando a sus propios habitantes) en la siguiente frase: “Ese deseo que no cesa de vivir en el paraíso” (pág. 39). 

Estos problemas que la sobreexplotación turística ha traído a la isla balear contrastan con la acogida a migrantes que el hotel ocupado ofrece. Entre ellos destacan los de la pequeña comunidad iraní en Menorca, que a menudo usan este enclave como punto de paso hacia otros países. El libro nos muestra las dificultades de la emigración narrando el largo periplo (de aeropuerto en aeropuerto, de un control fronterizo a otro) que lleva a Mana, el nieto de Pari desde su Irán natal hasta la localidad en la que se ha establecido su abuela. Allí llega el joven en plena transición a mujer, uniéndose así a una especie de comunidad femenina creada por las dos protagonistas, su amiga Laia y la pequeña hija de Anna. La sororidad que se establece entre todas contrasta con las dificultades que han tenido que sufrir a lo largo de su vida Pari y Anna por su condición de mujeres independientes: marginación, incomprensión familiar, maternidad en solitario, relaciones tóxicas, etc.  

A pesar de que el encuentro entre ambas mujeres en torno al hotel menorquín ocupado es el punto culminante de la novela, en realidad, esta se centra más en la trayectoria previa de las dos antes de llegar a este momento que a lo sucedido allí. Almarcegui opta por otorgar mayor relevancia al pasado, creando una novela que, si le sumamos los episodios ya citados de la historia de Irán y Menorca, acaba poseyendo una estructura fragmentaria y en la que son frecuentes los saltos temporales. En cualquier caso, estas características convierten a Las vidas que no viví en una novela sugerente en la que pese a su brevedad (apenas ciento cuarenta páginas) la autora trata numerosos e interesantes temas en torno a dos mujeres, Anna y Pari, y dos lugares, Menorca e Irán, que se hermanan en la obra.   


Reseña publicada en La Verdad