sábado, 29 de agosto de 2026

¡Adelante, Cronófobos! - Diego Garrido


 Las tribulaciones de un veinteañero


Escribir un buen libro es una tarea de una gran complejidad. Esta afirmación es tan obvia que no creo que halle contrarios a ella, aunque en tiempos de inteligencias (más o menos) artificiales se comienzan a ofrecer oportunistas que te prometen consejos eficaces para conseguir un gran éxito editorial. Por supuesto, este tipo de mercachifles de lo cibernético se orientan a la literatura de consumo, aquella que repite técnicas que han probado ya previamente su eficacia comercial y que apuestan por historias reconocibles para el lector. En las antípodas de este tipo de obras narrativas (normalmente son novelas) con ansia de éxito mayoritario se encuentra Diego Garrido, autor madrileño que aún no ha entrado en la treintena y que con ‘¡Adelante, Cronófobos!’ apuesta fuerte por una literatura exigente y minoritaria pero, a su vez, llamativa y vibrante. 

Ya en su anterior obra, ‘Libro de los días de Stanislaus Joyce’ (2024), que comenté en estas mismas páginas hace casi dos años, Garrido aparecía como un autor con una voz firme y original que asombraba al lector con su primera y joyceana novela, el Stanislaus del título no es otro que el hermano del escritor James Joyce. Aquí sube la apuesta y nos ofrece una obra difícil de clasificar, llena de reflexiones de una gran agudeza y con una trama que apenas aflora entre materiales de distinto tipo entre los que están los filosóficos, los memorialísticos, la crítica literaria y lo diarístico. Porque si bien el libro tiene como subtítulo “Novela contra el Tiempo (1997-”, estamos ante un volumen de naturaleza miscelánea que tiene la estructura de un diario, escrito entre Madrid y el pueblo de Garganta de los Montes, situado cerca de la capital, durante el verano de 2023. 

Entre los diversos temas que trata el narrador, destacan las frecuentes reflexiones sobre el paso del tiempo. Se califica, como el título adelanta, como un “cronófobo”, una manera de pensar que define así: “El miedo al correr del Tiempo no es más que el miedo a la muerte, ajena y propia y sobre todo propia”. (86). El avance de la veintena en el narrador parece abocarlo hacia esa angustia al darse cuenta de que la vida va en serio y que cuando sale por la noche se empieza a encontrar en las calles de Madrid a chicos bastante más jóvenes que él. Frente a esta inquietud que comienza a acosarlo, la infancia se erige como asidero emocional y como paraíso perdido. Asistimos a una sublimación de su niñez a comienzos del siglo XXI, que sorprende ya que se construye una nostalgia mediante elementos aún recientes (cuando lo escribe tiene 26 años) como los dibujos animados de Cartoon Network o la Game Boy. Estas vivencias y sensaciones de los primeros años causan una impresión imperecedera en el ser humano y no se pueden igualar a las de adulto porque “de la religión infantil e involuntaria no se abjura” (109). Se trata pues de una nostalgia como recién hecha, vívida, que brota en el veinteañero cuando aún es joven pero, él al menos lo siente así, ya no tanto.  

Este poso de amargura que observamos en la mayoría de las reflexiones del libro sobre el paso del tiempo y sobre experiencias que le marcaron, especialmente las relacionadas con una chica que lo dejó, tienen un antídoto que nunca es suficiente: la literatura. Aunque central, su importancia es siempre menor y queda determinada por las experiencias vitales, frente a las cuales “la literatura no deja de ser una medalla de plata” (50). Ambas realidades, la vivida y la leída, se van entrelazando a lo largo de todo el libro y su oposición queda definida con este quiasmo: “la vida es una presencia ausente, la literatura una ausencia presente” (107). 

Los libros poseen dos dimensiones complementarias en ‘¡Adelante, Cronófobos!’ que confirman el lugar central que adquiere este tema, como ya lo hacía en la anterior novela de Garrido a la que hemos aludido. En primer lugar, la obra tiene un claro componente metaliterario, ya que son muchas las alusiones a la creación literaria que leemos en ella. Además, al principio se reproduce un supuesto índice de capítulos del libro, escrito a mano, que después no se sigue pero al que sí se alude de manera desordenada. Son también numerosas las referencias a escritores como el ya citado Joyce y, especialmente, a ese poeta maldito, solitario y eterno pesimista que fue Giacomo Leopardi, presente en todo el libro. El autor muestra una obsesión por el ‘Zibaldone’, el extensísimo diario y cuaderno de notas del autor italiano que se convierte en modelo del libro de Garrido y que este define como “el mejor de todos para mí, el acto de resistencia contra la realidad más admirable, grotesco y conmovedor que he visto” (222).

El tercer elemento estructurador del libro, junto al tiempo y la literatura, sería la familia del autor. Aunque estamos ante una obra con algunos elementos que pueden parecer autobiográficos, la fecha de nacimiento y sus estudios cinematográficos coinciden en narrador y autor, no debemos olvidar que se presenta como una novela y que por lo tanto la lectura ficcional debe imponerse. Son varios los miembros de la su excéntrica familia que se convierten en personajes de la parte más narrativa del libro. En primer lugar, destaca su hermana mayor, Amanda, modelo y guía del narrador en su infancia; ella se ha convertido en una curiosa escultura obsesionada con la taxidermia. Su sobrino Oswald, por su parte, le sirve, al observar cómo se desarrolla su infancia, para el análisis de la suya propia. Por su parte, Lucky, su gato fallecido, le vale para reflexionar sobre su muerte y su tío Gabriel, muerto en el ejército con solo 21 años y autor de una obra malísima y heterogénea que homenajea, para hacer lo propio con la literatura. También son importantes y no menos extravagantes su abuelo Antonio, diletante y dueño de una editorial, El Domo, con un solo éxito: un libro erótico de un autor iraquí, y su bisabuelo Salvador, hombre hecho a sí mismo que se hace rico con un matadero de aves.


Reseña publicada en La Verdad:

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