domingo, 31 de mayo de 2020

Microrrelatos - José Moreno Villa



Microrrelatos, José Moreno Villa, edición de Darío Hernández, Málaga, Azimut, 2019, 72 págs., 15€.
El proceso de conformación del canon del microrrelato en España se ha enfrentado a dos etapas totalmente opuestas; en un primer lugar, los especialistas se topan con una gran escasez en el corpus del género en las décadas de su formación hasta su consolidación. Tras una etapa en la que esta forma narrativa es cultivada por un número cada vez mayor de autores, en los años anteriores y posteriores al cambio de milenio, entraríamos en una segunda etapa totalmente diferente a la primera. A partir de la “democratización” de la publicación que trae aparejada el desarrollo de Internet, nos encontramos con un proceso de atomización. En estos últimos años el género es cultivado por una cantidad numerosísima de autores y el corpus se convierte en inabarcable.
Este libro editado por el especialista en minificción Darío Hernández viene a ayudar con el primero de los problemas expuestos: nos ayuda a conocer los microrrelatos de un autor que, por derecho propio, debe figurar en el canon de la primera época del minicuento español: José Moreno Villa. Hernández es autor de una tesis doctoral y de una antología, Un centímetro de seda (2016), centradas en los orígenes del género en España, es decir: las Vanguardias y el Modernismo. Por lo tanto, se trata de un teórico con un profundo conocimiento de esta etapa de la minificción en nuestro país y que detectó la necesidad de que, al igual que ha ocurrido con otros autores como Federico García Lorca o Juan Ramón Jiménez, los microrrelatos más breves del autor malagueño se agruparan en un volumen.
Esta labor filológica de rescate y puesta en contexto es la primera virtud del libro; Darío Hernández rescata los textos narrativos brevísimos de un escritor con el que se enfrenta a una doble dificultad que no hallaban, por ejemplo, las editoras de la minificción de García Lorca y Juan Ramón: la menor relevancia en el canon literario de la época de José Moreno Villa y los pocos microrrelatos que publicó. La primera traba quedó solventada por el interés de la editorial Azimut, malagueña como el autor de estos textos. A la segunda se enfrenta el antólogo actuando con rigor y evitando la tendencia de algunos críticos a dar gato (cualquier texto breve) por liebre (minicuento). Así, Microrrelatos hace honor a su sucinto y definitorio nombre y nos presenta tan sólo diecinueve minicuentos que son completados con otras tantas ilustraciones de Daniela Miazzo y con una interesante y necesaria introducción crítica de Darío Hernández.
En cuanto a los textos de Moreno Villa, todos procedentes del misceláneo volumen Evoluciones. Cuentos, Caprichos, Bestiario, Epitafios y Obras paralelas (1918), se agrupan en tres secciones y un anexo. En la primera podemos incluir los dos microrrelatos que, bajo el epígrafe de “caprichos”, reducen a la extensión de la página impresa dos leyendas medievales. A continuación leemos una serie titulada “Sabandijas humanas” en la que hallamos siete retratos de otros tantos personajes de Las meninas de Velázquez. El narrador los describe con una gracia y una cercanía que provoca la sensación de que está en la misma habitación del cuadro.
Este mismo desenfado, tan habitual en la literatura de la época, está en los nueve textos del breve “Bestiario”. Además de dos textos finales sobre este género, nos encontramos con breves descripciones de animales como el perro, la rana o el asno en el que la prosa vuelve a destacar por la frescura, rayana a veces en la oralidad, que lleva al narrador a incluir frecuentes onomatopeyas o sus propias palabras hacia los animales o las reflexiones de estos. Este libro tan necesario para reivindicar la figura de Moreno Villa se cierra con “Juicio”, texto en el que el alma de un hombre debe responder a una pregunta de Dios.

Reseña publicada en la revista Quimera:

domingo, 24 de mayo de 2020

Nevada - Claire Vaye Watkins


Nevada, Claire Vaye Watkins, Malastierras, 2019, 267 págs., 19€.


Posee el estado de Nevada un aura extraña, como de un lugar que no parece existir más allá de un decorado. Por supuesto, se trata sólo de una sensación provocada por los enormes casinos y por la cantidad de turistas que visitan sus ciudades, especialmente Las Vegas, una localidad única en todo el mundo y que parpadea cada noche en mitad de un desierto inhóspito. Sin embargo, los que pasamos un fin de semana en este territorio no somos conscientes de que es una ciudad como cualquier otra, con sus rutinas, sus familias y sus sombras más allá de las luces brillantes del Strip. La escritora norteamericana Claire Vaye Watkins dedica la mayoría de los relatos de su volumen a este peculiar estado que ha sido su hogar durante gran parte de su vida.

Con un estilo crudo y directo que recuerda a los relatos de Raymond Carver, Vaye Watkins nos presenta a unos personajes que se sienten desvalidos tras haber sufrido algún hecho traumático en sus vidas. Este suceso es a veces cotidiano, un embarazo de un hombre que no te quiere o el difícil equilibrio sentimental entre tres amigos, pero, a menudo, nos ofrece tintes más trágicos como la violación a una amiga de la que la protagonista se siente cómplice o el oscuro pasado de un padre. Los personajes de Nevada, como los de Carver, tratan de soportar el peso que acarrean con las drogas, el alcohol o una radical soledad que los aleje de las nocivas presencias de otras personas.

En un territorio árido como son las desérticas planicies del interior de California y Nevada, la vida de sus habitantes contrasta con el oropel de los cercanos casinos de Las Vegas. En la mayoría de los relatos nos encontramos con mujeres jóvenes que no saben qué itinerario seguirán sus vidas y cómo soportar las dificultades que sufren. Vaye Watkins comienza en “Fantasmas, cowboys” contándonos su traumática historia familiar: su padre fue miembro de la secta de Charles Manson. En “Rondine al nido” una mujer recuerda un duro episodio de su pasado, marcado por el sentimiento de culpa que su acción provocó en una amiga. La protagonista de “Ojalá estuvieras aquí”, por su parte, vive una crisis en su matrimonio, durante la visita a un antiguo novio, mientras que en “La archivista” es la tentación de volver a abortar la que acecha a la narradora.

Los agrestes paisajes del Oeste americano se configuran como un personaje más del volumen y adquieren especial relevancia en relatos como “Carabela portuguesa”, donde un solitario minero encuentra a una adolescente desmayada en el desierto, “Lo que menos falta nos hace”, cuento en el que el pueblo fantasma de Rhyolite une a dos desconocidos, o “Pasado perfecto, pasado continuo, pasado simple”, relato de cómo un turista italiano se refugia en un burdel tras la desaparición de su amigo. Incluso en el relato más diferente del conjunto, “Las excavaciones”, ambientado en la Fiebre del Oro de mitad del siglo XIX, el espacio físico sigue siendo el mismo. En este cuento tan diferente, que se presenta casi como un relato de aventuras, la desgracia vuelve a amenazar a los protagonistas, en forma de locura en este caso.

 Estamos, en definitiva, ante un libro excelente, con una narradora que logra algo tan difícil como es construir personajes que dejan huella en el lector.

Reseña publicada en El Noroeste:


miércoles, 13 de mayo de 2020

No entres dócilmente en esa noche quieta - Ricardo Menéndez Salmón



No entres dócilmente en esa noche quieta, Ricardo Menéndez Salmón, Seix Barral, 2020, 190 págs., 18€.


La relación entre un padre y un hijo es un tema recurrente en la literatura por su fuerte carga simbólica. Desde las amargas Cartas al padre de Kafka al abnegado progenitor de La carretera de Cormac McCarthy, son muchas las relaciones paterno-filiales que encontramos en libros tanto autobiográficos como de ficción. Dentro del primer grupo se integra este No entres dócilmente en esa noche quieta, el nuevo libro del novelista Ricardo Menéndez Salmón, que ofrece un retrato de los últimos treinta años de la vida de su padre, marcados por la enfermedad.

El autor asturiano se enfrenta, tras el fallecimiento del enfermo crónico que fue durante sus últimas décadas su progenitor, a los entresijos de la relación que ambos mantuvieron desde que en 1982 sufrió un grave problema cardiaco. Menéndez Salmón echa la vista atrás y se da cuenta de que su memoria ha borrado la época en la que su padre era un hombre sano, reduciéndolo para siempre a ese doliente en el que se convirtió y cuya enfermedad, o “su solemne interregno” (23), marcó para siempre a su familia. El libro es, ante todo, el retrato de un matrimonio y de su hijo único abrasados para siempre por el golpe indeleble de la dolencia.

El padre es, en principio, el protagonista del libro; sin embargo, es un sujeto paciente de los sentimientos que provoca su relación con la enfermedad y con la familia en su hijo. El autor utiliza la literatura para llenar los huecos de todas esas conversaciones no mantenidas, algo habitual en todas las familias, e intentar conocer mejor cómo afrontó sus últimos treinta años su padre. Este se presenta como un hombre inescrutable, disminuido física y moralmente por las operaciones y el alcoholismo que sufre durante una etapa de su vida y que sólo logra mitigar su sufrimiento con su meticuloso coleccionismo. El final de su vida, tras el avance de la enfermedad que va demediando su cuerpo y su resistencia, se presenta como un descanso a tanto sufrimiento.

La madre es un personaje que tiene una presencia escasa en el libro, pero un peso sustancial en el débil equilibrio familiar. Presentada como la esposa abnegada que supedita la mitad de su vida al cuidado del marido enfermo, el autor no profundiza demasiado en su figura, quizás para que la atención del lector se centre en el padre. Sin embargo, su estoicismo y su recuerdo emocionado en la despedida del cónyuge y su incredulidad ante su propia enfermedad final, aparecen como hitos esenciales en la historia.

El triángulo se cierra con el hijo, que indaga en la historia de su padre para comprenderse mejor y analizar con la perspectiva del tiempo y el de una historia ya finalizada, tras la muerte del padre, el peso de la enfermedad y del opresivo ambiente que vivió durante su adolescencia en su existencia posterior. Evita Menéndez Salmón realizar un juicio moral al padre y prefiere trazar su historia aprovechando su oficio de escritor. El autor reflexiona sobre la imposibilidad ontológica de la literatura para poner negro sobre blanco todos los objetivos que el autor tiene en su mente. El libro se construye, además, como una constelación de citas literarias, como si el narrador asturiano necesitara de las palabras de otros, comenzando por el verso de Dylan Thomas que da título al volumen, para hablar de un tema tan íntimo.

No entres dócilmente en esa noche quieta es un libro de una gran belleza que trata de manera cruda un asunto tan doloroso y con el que Menéndez Salmón trata de arrojar algo de luz sobre los rincones más oscuros de su historia familiar.

Reseña publicada en El Noroeste:



miércoles, 29 de abril de 2020

El infinito en un junco - Irene Vallejo




El infinito en un junco, Irene Vallejo, Siruela, 2019, 472 págs., 24€.


Todo autor de una obra literaria tiene como finalidad conseguir una respuesta positiva por parte de los lectores. Sea buscando una recepción mayoritaria, lo que se conoce como “éxito de público”, o minoritaria pero escogida, fenómeno para el que se emplea un sintagma mucho más ambiguo: “éxito de crítica”, todo autor piensa en el lector. Más conflictiva puede ser la relación con los receptores en el género del ensayo. En muchos casos estamos ante obras especializadas que favorecen la lectura de unos pocos expertos y que incluso menosprecian la del público en general, lo de la miel y la boca del asno, ya saben. Por eso llama la atención que un libro de divulgación se convierta en un fenómeno editorial sin perder la seriedad e incluso la erudición. Este difícil equilibrio lo ha conseguido El infinito en un junco de la aragonesa Irene Vallejo.

El poético título va acompañado por un subtítulo mucho más definitorio de lo que nos encontraremos en esta obra: “La invención de los libros en el mundo antiguo”. Filóloga clásica de formación, Vallejo mezcla rigor histórico en las referencias al origen de la lectura, las biografías de escritores y escritoras (estas últimas se reivindican para compensar, en parte, su marginación a lo largo de la Historia) y los episodios fundamentales en la evolución de las distintas tecnologías relacionadas con el libro, con pasajes más literarios e incluso autobiográficos. El infinito en un junco no es un texto para especialistas, sino un apasionante recorrido histórico por cómo hombres y mujeres de todas las épocas han colaborado en el desarrollo de la lectura y de la creación literaria. 

El libro se divide en dos partes dedicadas, respectivamente, a Grecia y a Roma. En la primera, titulada “Grecia imagina el futuro”, se pone de manifiesto la importancia que ha tenido la cultura helena, su lengua, su manera de entender el mundo, su relación con los libros, para la formación de Europa. En esta sección adquiere especial protagonismo la ciudad de Alejandría; fundada por Alejandro Magno en el norte de Egipto, se ha convertido en un símbolo de la cultura gracias al empeño de sus monarcas, desde Ptolomeo I, por recopilar todos los libros de la época.

En la parte dedicada a Roma, algo más breve que la anterior, Irene Vallejo confirma esa idea de que los romanos fueron, principalmente, imitadores de los griegos. Sin embargo, la autora no le quita mérito a los avances que esta cultura aportó al mundo del libro y al hecho de que fuera el único imperio de la Historia que aceptara la superioridad de la cultura de un territorio conquistado.

A pesar de que esta división del libro puede hacer creer que sigue una ordenación estricta, no es así. De hecho, salvo por esas dos partes, la obra se caracteriza por ir saltando de época en época y por mezclar historias, anécdotas (a veces ficcionalizadas) y biografías de escritores y lectores de diferentes lugares del mundo. Esta mezcolanza provoca que el libro a veces caiga en repeticiones: la historia de la biblioteca de Alejandría se cuenta varias veces, por ejemplo.

En cualquier caso, El infinito en un junco es una obra de una lectura absorbente y que mezcla con agilidad lo narrativo y lo expositivo en un emocionante homenaje a los libros.

Reseña publicada en El Noroeste:


jueves, 16 de abril de 2020

Las lealtades - Delphine de Vigan



Las lealtades, Delphine de Vigan, Anagrama, 2019, 200 págs., 18€.

Si me pidieran elegir un adjetivo para definir esta novela de la francesa Delphine de Vigan elegiría sin dudar “sutil”. Tanto el estilo, sobrio y tendente a la frase breve y precisa, como el acercamiento a un tema tan difícil como el que aquí se narra destacan por una sutilidad muy difícil de lograr en la literatura sin caer en lo abstruso. Las lealtades es un estupendo libro sobre asuntos tan cercanos como dolorosos y con una narradora que dosifica perfectamente la información que el lector debe tener sobre unos personajes que se van hundiendo sin remedio.

El libro está protagonizado por dos adultas y por dos adolescentes, formando entre ellos un cuadrado de protagonistas cuyos vértices se unen por distintas razones. Los dos chicos, compañeros de clase entre doce y trece años, se conocen en esa edad en la que el mundo comienza a mostrar unas aristas que a veces hieren, otras proporcionan placer, pero que en ocasiones, y eso es lo que les sucederá con el alcohol,  proporcionan ambas sensaciones. Mathis es un chaval algo apocado que suele obedecer a su madre pero que encuentra en Théo ese guía hacia lo desconocido que muchos tímidos necesitan. Pronto establece con él una estrecha relación que lo hace fugarse clases, engañar a su madre o guardar con celo algunos de los secretos que su amigo posee gracias a esa lealtad a la que el título alude.

Y es que Théo, verdadero epicentro de la novela, suma a las dificultades propias de su edad una situación familiar terrible: su padre, divorciado de su madre, ha caído en una profunda depresión que le impide salir de la casa. El chico, que alterna una semana en la vivienda de cada uno de sus progenitores, cuida del padre y esconde su ominoso secreto delante de su madre y de sus profesores. Esta otra lealtad irá minando poco a poco los ánimos de Théo, que encontrará en el alcohol el refugio donde olvidar sus problemas.

De Vigan utiliza la tercera persona en los capítulos protagonizados por los dos chicos, otorgando así una perspectiva adulta de sus vivencias, mientras que reserva la primera persona para las dos mujeres protagonistas. Al contrario de lo que pudiera parecer, ambas están tan perdidas como los chicos y arrastran pesadas cargas que su madurez no sabe asimilar. Cécile, la madre de Mathis, es una ama de casa cohibida por su origen humilde que descubre que su marido tiene una doble vida y por las noches actúa de “trol” en Internet con ácidas e insultantes comentarios que contrastan con esa educación que muestra en público y que ella siempre ha admirado. Hélène es la profesora de los dos adolescentes y encuentra en el errático comportamiento de Théo indicios de que el chico puede estar sufriendo algo parecido al maltrato que ella sintió por parte de su padre. Sin embargo, actúa con torpeza y no sabe ayudar al chico sin levantar las suspicacias de su madre o del resto de profesores, que creen que su preocupación por él no está justificada.

La historia de Las lealtades acaba siendo tan asfixiante como ese estrecho hueco tras un armario del colegio en el que Théo y Mathis se esconden para beber y al que sus cuerpos no les van a dejar entrar en cuanto crezcan un poco más, al igual que ya no pueden volver a una  infancia tan cercana como perdida para siempre.

Reseña publicada en El Noroeste:



lunes, 23 de marzo de 2020

Dadas las circunstancias - Paco Inclán



Dadas las circunstancias, Paco Inclán, Jekyll & Jill, 2020, 160 págs., 18€.

Aunque partiendo del paraguas genérico de la literatura de viajes, Dadas las circunstancias, el nuevo libro del artista y escritor Paco Inclán, se aleja de las convenciones de este tipo de obras y nos ofrece un recorrido donde lo temático es tanto o más importante que lo geográfico. Y es que aunque estos ocho relatos están ubicados en lugares variados de Europa y América, lo verdaderamente importante, salvo en algunos casos como el cubano, no es el espacio donde acontece el hecho relatado, sino lo que allí ocurre. Inclán no suele detenerse en las descripciones de monumentos, edificios, calles o plazas ni en el retrato de la gente, ya que muchas de estas historias podían haber sucedido en otro sitio sin que el fondo de la cuestión cambiara demasiado.
Como hemos advertido antes, quizás el único ejemplo de lo contrario sería el episodio desarrollado en La Habana; la idiosincrasia de este país comunista y tropical impregna el texto en el que acompañamos la investigación del narrador sobre el chiste que provocó la muerte del poeta decimonónico Julián del Casal, debido al ataque que sufrió mientras se reía. Lo extravagante del tema sobre el que versa la indagación del autor, a mitad de camino entre el morbo y el humor negro, impregna la estancia en Cuba del autor, que vive situaciones tanto o más surrealistas como su investigación al encontrarse con un doble del Che Guevara o al conocer la historia de un militar al que le negaron que estuviera vivo porque alguien con su mismo nombre había fallecido. La breve relación con una chica de su misma tierra, Valencia, marca el contrapunto personal a esta estancia cubana en la que el autor es mero y asombrado espectador.
Uno de los temas que recorre Dadas las circunstancias es el de los idiomas. Inclán parece sentir interés por las lenguas extrañas o en peligro de extinción. Entre las primeras destaca el esperanto, cuya historia se nos detalla a la par que el autor relata una visita a un encuentro de esperantistas en un pueblo del sur de Francia. Allí descubre cómo el sueño de crear una lengua universal ha fracasado y su número de hablantes está menguando. Algo que también ha sucedido hasta casi su total desaparición con el erromintxela, mezcla entre calé y euskera. El autor emprende una búsqueda del esquivo último hablante de esta lengua. El lenguaje también tiene mucha importancia en la última escena de “Plutón, planeta enano”, donde el narrador se siente excluido de la conversación que comparte en Praga con un escritor enano y una traductora tanto por desconocer el idioma que comparten, el checo, como por el flirteo entre ambos.
La paradoja sería el tema que, desde mi punto de vista, comparten los últimos dos relatos de Dadas las circunstancias; en “Exaltación de las ausencias” Inclán asiste en la ciudad mexicana de Veracruz a un documental sobre la relación de Pancho Villa con la localidad y que aporta la conclusión de que nunca estuvo allí. En el último, “El hombre del tiempo”, se nos relata las dificultades y contradicciones que implica el banco del tiempo que se lleva a cabo en un pueblo gallego.
 Este interesante aunque algo irregular volumen se completa con “Escatología en la obra de Arnau de Vilanova”, la historia menos inspirada desde mi punto de vista, y con la breve y brutal “El postre sirio”, en el que a un grupo de periodistas se les indigesta la comida a la que unos refugiados de Siria en Berlín les invitan por las imágenes sobre la guerra en el país que visionan simultáneamente.

Reseña publicada en El Noroeste:


martes, 3 de marzo de 2020

Mañana me largo de aquí - Santini Rose



Mañana me largo de aquí, Santini Rose, La Marca Negra, 2017, 120 págs.,  10€.

Puede cometer algún lector, especialmente aquel con un gusto literario más clásico, a desdeñar este libro por el uso frecuente que hace su autor de un registro coloquial, vulgar en algunos casos. Se equivocará si cree que tras términos como “zurullo”, “gargajo” o “follar” se esconde una obra insustancial, en la que tan sólo se cuentan cuatro anécdotas de jóvenes obsesionados con el sexo, el alcohol y la música. Porque tras ese rostro desenfadado en forma de lenguaje directo y anécdotas divertidas, Mañana me largo de aquí esconde una enorme profundidad existencial que el lector hallará en muy pocos libros y que no es otra cosa que el grito de toda una generación.

Santos Martínez, pseudónimo del periodista murciano Santos Martínez, nos ofrece en estos diez relatos un retrato discontinuo y ficcionalizado de un joven con los mismos problemas y las mismas frustraciones de todos aquellos nacidos con una meta: salirse del rebaño a través de la cultura. Y es que el innonimado protagonista de los cuentos de Mañana me largo de aquí tiene un único agujero por el que sacar la cabeza de esa realidad que lo ahoga: la ficción. Funcionan las canciones de los Housemartins o los libros de Irvine Welsh como salvavidas a los que agarrarse para no hundirse definitivamente en la desesperación. Sus héroes musicales y literarios, aquellos que escucha y lee encerrado en su mugrienta habitación, son los únicos que parecen no fallarle cuando ni el trabajo, ni la familia, ni el amor ni siquiera la amistad están ahí para ayudarle.

Además de tres relatos que se salen de la norma y que están ubicados respectivamente en la infancia, “Es porque no son mis amigos”, la adolescencia, “Es lo de menos”, y la primera juventud, el romántico “¡Oh, Alice!”, los textos nos presentan a su protagonista en esa encrucijada vital que los universitarios encuentran a mitad de la veintena. Con gran formación gracias a una licenciatura en Periodismo y un máster y con una vasta cultura, el protagonista se da de bruces con la precariedad laboral, con la imposibilidad de encontrar una habitación decente, con la incomprensión cuando vuelve al pueblo en Navidad o con que algunos de sus amigos han decidido aburguesarse. Ante tales amargos golpes de realidad, nuestro héroe sólo puede refugiarse en el alcohol, en la ficción o, finalmente, largarse.

A pesar de esta amargura que subyace en la mayoría de relatos del libro, Mañana me largo de aquí es un libro muy divertido en el que pululan personajes caricaturescos y tan estrafalarios como la compañera del taller de escritura con tendencia a la verborrea, el encargado de la FNAC que acaba perdiendo su rectitud o el vecino del pueblo dueño de una forma imposible de bailar. Ellos y muchos otros se mueven en las calles y en los bares del pueblo de origen, Fuente Librilla, la gran ciudad en la que se prueba suerte, Barcelona, o la capital provincial que parece ser el lugar asignado para alguien como el narrador, Murcia.

Toda esta desesperanza, mezclada con mucho humor, escatología, referencias culturales y futbolísticas y un lenguaje entre lo descarnado y lo metafórico (ese compañero que pasó por la juventud “como un turista” o la comparación de la vida del narrador con el devenir de un equipo de la parte baja de la tabla) hacen de Mañana me largo de aquí un gran debut literario.

Reseña publicada en El Noroeste. 


domingo, 16 de febrero de 2020

El corazón de la fiesta - Gonzalo Torné



El corazón de la fiesta, Gonzalo Torné, Anagrama, 2020, 255 págs., 18€.

En una escena que considero definitoria de El corazón de la fiesta por su fuerza simbólica, se nos presenta a la amante del presidente de Cataluña alarmada porque han mantenido una relación sexual en el despacho del gobernante sin cerrar la puerta. El Rey, apelativo que como veremos define perfectamente el perfil de este político, le responde tranquilizándola y  asegurándole que no han corrido ningún riesgo por la sencilla razón de que nadie se atrevería a entrar en su despacho sin llamar. Esa suficiencia en un asunto que podría ser escabroso es sólo una pequeña muestra del poder omnímodo que Pere Masclans llega acumular en la Cataluña de esta ácida novela de Gonzalo Torné, tan parecida a la real.

Y es que las actuaciones del Rey de Cataluña en el territori, sus corruptelas, el poder que acumula su familia y la caída final convierten a Masclans en una figura que podríamos confundir con Jordi Pujol, el  “honorable” presidente que gobernó esta comunidad autónoma durante más de dos décadas y cuya trama familiar ha provocado su desprestigio. Torné, además, utiliza algunas referencias al pasado político de Pujol (ese “catalán en la intimidad” que afirma practicar un presidente madrileño o la rima con la que se le conmina a hablar castellano) que parecen llamar a la identificación entre personaje y persona real. Sin embargo, la figura del Rey de Cataluña va más allá y se configura como un epítome de todos los políticos corruptos que han gobernado como pequeños sátrapas nuestros ayuntamientos o comunidades. Incluso hay un guiño a Juan Carlos I cuando el protagonista del libro pide perdón a la prensa contrito y devastado, caído por fin de su trono.

Tanta o más importancia que Pere Masclans en El corazón de la fiesta tienen algunos de los miembros de la “familia real”. Junto a la amante, la nórdica Astrid, la esposa, la catalanísima Montse, y el benjamín Pere, Yúnior, destaca el hijo que el Rey tuvo con Astrid y que es apodado, siguiendo la terminología de la realeza, como el Bastardo. Se trata de un personaje que marcado por su origen se mueve entre la fidelidad a su padre y a sus hermanastros y la venganza por ser considerado un mero subalterno. Este resquemor latente se ve azuzado por su pareja: la volcánica Violeta. Es este el personaje más magnético de la novela, el verdadero centro de la trama y la desencadenante de la pelea entre Yúnior y el Bastardo. Su origen humilde y castellano, le llega a gritar a su padre (el desconfiado Juan Mancebo) que ella también es catalana, hace que sea vista por la “Primera Familia” como una mera advenediza, una “charnega”. Al principio queda obnubilada por el dinero que sin freno gasta el Bastardo pero poco a poco su ambición la lleva a provocar que los pilares de los Masclans tiemblen.

Torné opta por una perspectiva que podríamos llamar lateral; los narradores, Clara Montsalvatges y Joan-Marc, son una pareja intermitente que descubre que los gritos que vienen del otro lado de la pared son los del Bastardo del Rey y de su mujer. A través de los testimonios de Violeta y de otros miembros de la familia reconstruirán los sucesos principales de la historia.

Con un ritmo rapidísimo, una ironía acerada y un estilo de gran riqueza en el que se intercalan algunas frases de canciones de Astrud, Torné nos ofrece una novela notable, en la que con una enorme agudeza retrata las miserias de la corrupción política.

Reseña publicada en El Noroeste.


martes, 4 de febrero de 2020

Sintaxis - José Luis Martínez Valero



Sintaxis, José Luis Martínez Valero, La Fea Burguesía, 2019, 160 págs., 10€.

¿Influye la edad del autor en la naturaleza de un libro? Normalmente podríamos responder negativamente a esta cuestión, pero existen algunas obras que sólo se imaginan escritas por autores de una u otra edad. Por citar dos casos significativos, podemos pensar que la inocencia que destila el terrible Diario de Ana Frank no hubiera sido posible sin que la autora no hubiera sido una adolescente; el Quijote, por su parte, fue escrito por un hombre en el tramo final de su vida, aunque Cervantes tenía cincuenta y ocho años cuando se publicó  la primera parte, esta era ya una edad respetable para la época, que volcaba en su novela una experiencia vital larga y tortuosa. A este grupo de obras marcadas, de manera positiva, por la edad de su autor podemos añadir Sintaxis, el último libro del escritor murciano José Luis Martínez Valero.

Y es que si algo destaca en las páginas de esta obra es la sabiduría que rezuman las palabras de un antiguo profesor que cerca de cumplir los ochenta años ofrece una mirada reposada y lúcida sobre temas muy diversos. Dueño de una extensa obra lírica, el literato aguileño opta aquí por la prosa para ofrecernos más que su opinión, su manera de ver asuntos tan dispares como la enseñanza, la literatura, la pintura o la amistad. En las páginas de Sintaxis Martínez Valero imprime a su estilo una cadencia poética que a menudo se acerca al poema en prosa sin llegar nunca a serlo. Estamos ante un libro difícil de definir genéricamente; aunque no es narrativo, algunos fragmentos se pueden leer como cuentos o incluso como microrrelatos, “Caperucita”. Si bien no es un ejercicio de crítica literaria, son varios los textos que se ocupan de la obra de sus escritores predilectos, entre los que se encuentran Gabriel Miró, Antonio Machado o Santa Teresa, e incluso se citan fragmentos significativos de los mismos, “La correspondencia”. Aunque no estamos ante unas memorias, el recuerdo de la infancia protagoniza capítulos de nombres tan significativos como “Cuando era niño”.

En estas estampas, algo más de medio centenar cuya extensión oscila entre las pocas líneas y las pocas páginas, adquieren a menudo protagonismo un pueblo y una ciudad. La localidad más pequeña va unida a las vivencias infantiles y se puede identificar con la Águilas natal del autor, espacio de aventuras que quedaron impresas en la memoria. La ciudad, que no es otra que Murcia, se asocia, por el contrario, con la madurez; se trata de un espacio para recorrer con calma y en el que el autor se convierte en flaneur por el Malecón o en una especie de arqueólogo que descubre el origen de un fragmento de pared de la calle Sociedad, “El palimpsesto urbano”.

A pesar de que estamos ante un libro con un fuerte componente autobiográfico, o quizás por ello, el autor se inventa un álter ego que protagoniza varios de los fragmentos. Se trata de Amancio, un poeta cuyas anécdotas y reflexiones escuchamos y que se va a encontrando a amigos con los que entabla conversaciones que parecen accidentales pero que no tienen nada de banal.

Reseña publicada en El Noroeste.



lunes, 20 de enero de 2020

Jugar con fuego - Sandra Bruce


Jugar con fuego, Sandra Bruce, Boria, 2019, 295 págs., 16€.

A los temas relacionados con la mujer que desde hace un tiempo se están reivindicando en la literatura española, Sandra Bruce añade en Jugar con fuego el de la liberación del ama de casa. Este rol que muchas mujeres desempeñan en sus familias no protagoniza de manera muy frecuente las obras literarias, enfocadas en aspectos diferentes que parecen poseer más interés para los autores. Por ello se agradece que Bruce opte por poner el foco en los sentimientos que sufre una mujer que ha abandonado su trabajo para cuidar de su hija recién nacida y ocuparse de su casa.

El libro se presenta como una historia de empoderamiento protagonizada por una mujer que se niega a resignarse a una vida enclaustrada en casa y a un marido que parece ignorarla cuando no despreciarla. Stella es una joven inglesa que vive en Valencia junto a su pequeña Ana y a su esposo Paco, un abogado centrado más en su trabajo y en lo que piensan su madre y su hermana que en su hija y su mujer. Esta ponzoñosa influencia que la familia política del marido tiene sobre el matrimonio es uno de los temas fundamentales de Jugar con fuego. Stella, personaje central y a quien el narrador acompaña durante todo el libro, tiene que enfrentarse a un matriarcado que la excluye de todas las decisiones importantes de la familia pero que acuden a ella cuando necesitan que cuide a uno de sus miembros enfermo.

Bruce da voz a todas esas mujeres que son convertidas por sus maridos en meras subalternas cuya jerarquía en la familia es secundaria tan sólo por trabajar dentro de casa y no fuera. Stella comienza la novela en un punto cercano al colapso por sentirse incapaz de cuidar adecuadamente de su hija y de su casa y por no tener más incentivos en su vida que las comidas mensuales con un excéntrico grupo de mujeres extranjeras como ella. Y es que el origen inglés de Stella es un elemento fundamental en la trama, ya que provoca que sienta a sus padres demasiado lejos para apoyarla y que no termine de comprender la idiosincrasia de la familia de su marido. Este rasgo de Sara, el ser extranjera en España, que comparte con la autora, permite que tengamos una perspectiva original de los comportamientos propios de las familias españolas.

Esa situación tan negativa de la que parte Stella va poco a poco cambiando gracias a una serie de cambios en su vida que desencadena Judith, una doctora que le ofrece un trabajo como traductora al inglés de los artículos científicos de un grupo de médicos de un hospital de la ciudad. Stella se decide a ocultarle a Paco su nueva ocupación, por miedo a que él la rechace, y entra en una espiral de mentiras y ocultaciones que, sin embargo, provocan una emoción que reactiva la aletargada existencia de la protagonista. Comienza entonces a “jugar con fuego”, tal y como alude el título de la novela, en una doble vida que llevará su matrimonio a una encrucijada en la que ella tomará por primera vez las riendas.

Sandra Bruce nos ofrece una novela con un ritmo muy ágil y cuya lectura absorbe el interés del lector, que acompaña a Stella en su proceso de emancipación.

Reseña publicada en El Noroeste: