domingo, 25 de julio de 2021

La vida pequeña - El arte de la fuga, J. Á. González Sáinz


La vida pequeña. El arte de la fuga, J. A. González Sainz, Anagrama, 2021, 208, págs., 18€. 
 

Entre las novedades editoriales actuales la novela suele monopolizar las mesas de las librerías o los recursos publicitarios de los sellos que dispongan de un presupuesto para estos menesteres comerciales. En algunos casos, especialmente cuando el autor es un mediático columnista, los ensayos también llaman la atención al lector medio buscando que gaste su dinero en ellos. En estos casos, suele ocurrir que se trata de obras polemistas o de carácter divulgativo, ya que parece que sólo ambos tipos de libros pueden conseguir el éxito de ventas. Por eso es insólito y reconfortante que una editorial de la importancia de Anagrama apueste por un libro como este, alejado de ese tipo de escritura, breve y rabiosa, que se ha desarrollado en las redes sociales y que ha contaminado algunas obras literarias.  

Y es que este libro de J. Á. González Sáinz parece, en algunos aspectos, un anacronismo que no encaja con ese ruido mediático y con esa obsesión por lo último que observamos en internet cada día. Se trata una obra reposada, de un autor maduro que destila sin prisa unas reflexiones que no versan sobre la última polémica o la siguiente moda, sino que tiene un objetivo mucho más amplio y ambicioso. El escritor soriano nos ofrece a los lectores en estas páginas una serie de enseñanzas que ha aprendido de tres fuente inagotables pero que muchos olvidan hoy en día: la experiencia, el lenguaje y la literatura.  

Aunque no es un dietario, ni unas memorias ni conocemos detalles íntimos ni grandes eventos de la vida del autor, esta se deja traslucir en muchos de los sesenta fragmentos que componen El arte de la fuga. Cuando el autor nos relata algunas anécdotas de su infancia o de sucesos más recientes, como ese baño en una recóndita y paradisíaca cala mediterránea que acaba con un escatológico encuentro o esa tarde en la ribera de un río en la que sufre la estridente música de dos jóvenes bebedores de cerveza, lo hace para reflexionar sobre las vilezas y también las virtudes del ser humano. A lo largo del libro González Sainz va desgranando una filosofía de vida basada en la búsqueda de la tranquilidad moral, huyendo de las redes sociales y de la televisión, y física, reelaborando el tópico del beatus ille.  

Precisamente en el elogio de la naturaleza y del campo aparece uno de los muchos escritores que cita el autor en el libro y que se convierten en referentes culturales y morales. Se trata, como el lector puede suponer, de Henry David Thoreau y su famoso ensayo Walden, que se une a otros literatos como Albert Camus, Baltasar Gracián, Paul Celan o Simone Weil, cuyas palabras reproduce con frecuencia formando una especie de guía espiritual laica.  

El tercer aspecto que refulge en El arte de la fuga es el propio lenguaje. Lo hace tanto por cómo está escrito el libro, ofreciendo una variedad poco habitual en la literatura actual, como por las cavilaciones en torno a la propia lengua. Por ejemplo, son varias las referencias a las expresiones habituales cuando era niño, una manera de sintetizar cómo se entendía en aquella época la vida, o a la etimología de las palabras, labor para la que suele echar mano del Tesoro del lexicógrafo del siglo XVI Sebastián de Covarrubias.

Reseña publicada en El Noroeste:



viernes, 9 de julio de 2021

Teatro fantasma - Ismael Orcero





Teatro fantasma, Ismael Orcero Marín, Boria, 2021, 130 págs., 15€. 

 

Posee este Teatro fantasma una cualidad poco habitual en la literatura de nuestro tiempo: la sutileza. En una época de escritores hiperconscientes de su propia obra, que no dejan ningún cabo suelto y buscan sorprender al lector en cada página, se agradecen libros como este que aportan una frescura no reñida con la calidad de su prosa. Los textos de Orcero parecen reflexiones espontáneas del autor pero revestidas con lo que tiene que tener toda obra literaria testimonial: una autenticidad en la expresión de los sentimientos. Por lo tanto, no esperen los lectores sesudas indagaciones sobre el alma humana (la propia y la ajena), porque encontrarán textos mucho más ligeros pero no por eso menos interesantes.  

Y es que la treintena de prosas que integran el volumen, con una extensión que va de la media página a las cinco, nos abren una ventana a los pensamientos del autor que ofrece textos en los que mezcla anécdotas propias y ajenas con pensamientos más o menos hondos, según sea el tema tratado. Lo hace con un estilo sencillo pero no exento de acertadas metáforas que logran profundizar en la cotidianeidad de estas estampas. No estamos ante cuentos, ni ante poemas en prosa ni siquiera ante páginas de un diario, pero una mezcla de estos tres géneros podría definir bastante acertadamente estos textos.  

En cuanto a los temas que Orcero trata en el libro destacan tres: la familia, el hogar y el trabajo. Se trata de tres temas habituales en este tipo de libros autobiográficos, pero que el autor trata con originalidad, con una mezcla de ironía y cierta nostalgia, y que mezcla en muchos de sus textos. Así, uno de los fragmentos puede empezar por una anécdota de la infancia, continuar con una reflexión sobre su cotidianeidad y terminar con una vuelta a ese pasado que le sirvió como arranque al texto.  

La niñez del autor ocupa una parte importante del libro, con ese recuerdo entrañable de los juegos infantiles, la pesca con el padre o las promesas de regalos de la madre. Sin caer en la idealización, asistimos a reconocibles escenas familiares en un pequeño piso de la Cartagena de los años ochenta. Uno de estas situaciones del pasado, el aborto que sufrió su madre antes de que el autor y su hermano nacieran, sirve como enlace con el presente cuando son él y su pareja los que pierden un hijo durante el embarazo. Asistimos entonces a la recuperación del trauma en el hogar que comparte con la esposa, Diana, y que ocupa un lugar importante en el libro como sitio donde escribir, observar a los demás mediante un catalejo o escuchando por el patio de vecinos, y que finalmente deben abandonar. Muchas de estas intimidades van acompañadas por fotografías del álbum del propio autor que define como “teatro fantasma”, en expresión que da título al volumen.    

El tratamiento del tercero de los temas del libro, el trabajo, muestra la variedad de registros que el autor emplea en el libro. Somos testigos de episodios duros mientras que el autor está en el paro y debe asistir, sin éxito, a diversas entrevistas; se narra también la monotonía del trabajo en jornadas que empiezan antes del amanecer; pero, en otras ocasiones, los personajes que pululan por la oficina son descritos desde una óptica más desenfadada. Esta vertiente humorística del libro alcanza su culmen en las irónicas transcripciones de las frases de hombres con los que coincide el autor y que responden al estereotipo de “cuñado”.

Reseña publicada en El Noroeste. 



domingo, 13 de junio de 2021

Videoclub - Aarön Sáez

 



Videoclub, Aarön Sáez, La Fea Burguesía, 2021, 120 págs., 12€.

 

Un síntoma inequívoco de que has dejado atrás la juventud es el hecho de que tu generación comience a cultivar con fruición la nostalgia. Supone este ejercicio que épocas pasadas de tu vida, la infancia y la primera juventud  normalmente, ya están a varias décadas de distancia y son percibidas con esa óptica positiva que los recuerdos colectivos adquieren en los adultos. Es lo que nos ha ocurrido en los últimos años a los nacidos en la primera mitad de los 80, que comenzamos a idealizar aspectos de nuestra vida que a principios de los 90, cuando éramos unos críos, nos parecían de lo más anodino: como los videoclubes.

Es este espacio el que elige Aarön Sáez como símbolo de su infancia por el claro componente generacional que posee: en primer lugar, por la importancia que tenía para los niños y adolescentes de aquella época como espacio donde abastecerse de películas, videojuegos y chucherías. Y, en segundo lugar, por la práctica desaparición de este tipo de tiendas, que quedarán para siempre, salvo resurgimiento vintage en los próximos años, asociados a su época de esplendor: las últimas décadas del siglo XX.

Y es que lo primero que llama la atención de Videoclub es su reivindicación sin tapujos de esa nostalgia reciente y poderosa por los primeros años 90. El autor llena el libro de referentes de la cultura pop de su generación (programas de televisión, competiciones futbolísticas, películas) y construye una historia con un pie en el presente y con el otro en un idealizado pasado de meriendas y videojuegos con gráficos poligonales. El espacio donde convergerán pasado y futuro será el Teka, el videoclub noventero que el inefable David, el protagonista de la novela, querrá reconstruir, más que como un negocio como un museo de un pasado que echa de menos.

Este planteamiento desenfadado del libro, que sigue las peripecias que vive el protagonista ayudado por sus amigos y familiares para abrir el videoclub, esconde una lectura mucho más seria. Y es que David es un treintañero sin oficio ni beneficio, un nini, que parece querer volver al pasado porque el presente no le satisface. Representa a esos jóvenes que no han alcanzado sus objetivos vitales y que se ven anclados en casa de sus padres sin posibilidad de emanciparse.

Además, Sáez sorprende con una variedad de registros asombrosa en una autor novel y en una novela tan breve y, aparentemente, ligera. Algunos capítulos tienen un carácter casi oral, otro refleja un grupo de Whatsapp de los amigos de David o reproduce minuto a minuto la mañana del protagonista o se componen únicamente de diálogos de los personajes o usan el formato epistolar. Además de las numerosas referencias a los años noventa, el autor emplea el recurso de la hipertextualidad: imitar el estilo del texto que toma como fuente. Es lo que hace, por ejemplo, en el capítulo que reproduce un programa del concurso Un, dos, tres, responda otra vez. También emplea algunos giros de la trama habituales en las comedias de Hollywood de los ochenta y noventa, como descubrir que lo que se cree vivir se está soñando, viajar al pasado o que un misterioso personaje aparezca en la tienda.

En definitiva, Videoclub es una interesante novela cuyo envoltorio pop no debe ocultarnos su variedad compositiva y que retrata la infancia de esa generación a la que le parece una gran idea visionar en bucle el Mundial de Fútbol de 1994.


Reseña publicada en El Noroeste:



sábado, 29 de mayo de 2021

El arte de mantenerse a flote - Eric Luna

 


El arte de mantenerse a flote, Eric Luna, Boria, 2021, 125 págs. 14€.

 

El género del relato, gracias a su versatilidad, ofrece la posibilidad al autor de ocuparse en un mismo libro de muchos temas diferentes. Además, la brevedad de este tipo de narraciones permite que en un volumen un escritor pueda ofrecer al lector acercamientos desde varias perspectivas al mismo asunto, creando así series de relatos sobre un mismo tema. Esta última opción es la que encontramos en El arte de mantenerse a flote, el nuevo libro del murciano Eric Luna.

Un vistazo al índice de la obra ya nos muestra cómo Luna ha optado por agrupar estos doce cuentos en una serie de secciones que guardan bastante homogeneidad en su interior, especialmente las dos primeras. Estamos, por lo tanto, ante temas que preocupan, cuando no obsesionan, al autor que nos ofrece varias historias sobre personajes en el filo que logran sobrevivir con trabajos precarios que odian pero que no consiguen acabar completamente con sus ansias de libertad.

La primera de estas secciones, que lleva por título “Días de Jägger y hierbabuena”, tiene como protagonistas a tres camareros. Pero lo que puede parecer anecdótico y una elección aleatoria del trabajo del personaje se convierte por la reiteración y por la temática de las narraciones en un tríptico sobre las grandezas y, sobre todo, las miserias de trabajar en un bar sirviendo al público. Este tríptico comenzaría por la consecución del trabajo, episodio que acontece al final de “Granada blues”; en este cuento Izan vuelve a la ciudad andaluza derrotado y, como indica el narrador, con miedo a que las cosas hayan cambiado pero también a que no lo hayan hecho. “El trabajo no estaba tan mal”, el más sarcástico de los tres, nos cuenta una pequeña venganza de un camarero a esos clientes maleducados que todo trabajador de la hostelería debe aguantar. El bloque se cierra con “Nighthawks”, en el que estos trabajadores se convierten en superhéroes.

El componente social de “El trabajo no estaba tan mal”, las condiciones laborales de los camareros, adquiere absoluto protagonismo en el siguiente bloque de cuentos: “Apocapitalismo”. Como este neologismo adelanta, el lector se adentrará en las consecuencias apocalípticas que el capitalismo más despiadado produce en los trabajadores. Así, en “Moloch 3000” una inquietante máquina llega a un almacén a vigilar a los empleados y en “Vacaciones creativas indefinidas” el sistema no permite el tiempo sabático que el protagonista necesita. El componente distópico de estos relatos continúa en los otros dos de la sección: “No me sirven en el electrobar”, sobre un detective expulsado de la sociedad, y en el inquietantemente actual “El síndrome cara de póquer”, en el que unas extrañas máscaras impiden a las personas esbozar cualquier gesto.

Más heterogénea es la última parte, “¿No vas a volar alto, pájaro libre?”, que, sin embargo, también incluye dos cuentos similares. Se trata de “Tríptico chileno” y “Mecanografía”, ambos escritos en primera persona y protagonizados por Isaac Velasco, un español que ha emigrado a Chile huyendo de la crisis económica de principios de la segunda década del siglo XXI. Estamos ante historias más realistas y personales, posiblemente autobiográficas, en las que encontramos los mejores pasajes del libro, como la relación que establece el narrador con Diego, otro español expatriado. El notable libro de Luna se completa con otros dos relatos sobre personajes que intentan mantenerse a flote, leitmotiv y título del conjunto, y con una divertida sátira.


Reseña publicada en El Noroeste:



martes, 11 de mayo de 2021

Páradais - Fernanda Melchor


 Páradais, Fernanda Melchor, Random House, 2021, 160 págs., 16€.

 

La adolescencia y sus problemas han protagonizado en las últimas décadas numerosas novelas. Desde El guardián entre el centeno (1951) de Salinger, referente en esta temática, hasta obras más recientes como Las lealtades (2018) de Delphine de Vigan, han sido muchos los autores que se han sentido atraídos por ese maremágnum de emociones que asolan al ser humano en el (casi siempre) traumático paso de la infancia a la juventud. Tras la genial Temporada de huracanes (2017), una de las mejores obras escritas en español en los últimos años, la mexicana Fernanda Melchor nos ofrece un nuevo y fascinante acercamiento a la adolescencia en Paradáis, su última novela.

El libro está protagonizado por dos adolescentes muy diferentes pero que están unidos por sufrir una marginación que los lleva a formar una extraña pareja que encuentra en la violencia la forma de canalizar la ira que van acumulando en su día a día. Polo, el verdadero protagonista del libro, es un chico de clase social baja que acude cada día a trabajar sin ganas a Páradais, la urbanización de lujo que lo ha contratado como jardinero y chico para todo. A través de un efectivo estilo indirecto libre, conocemos desde la óptica del chaval todas las humillaciones que sufre a manos de Urquiza, su jefe, su madre, que lo acusa cada mañana de ser un gandul, de los ricachones para los que trabaja o de su prima Zorayda, que ha usurpado su cama al quedarse embarazada y lo ha desterrado a un simple jergón.

Polo se siente un cero a la izquierda, un volcán lleno de odio que pronto estallará y que tan sólo encuentra el cariño en Milton, su primo mayor y mentor. Sin embargo, cuando este se une a una banda criminal que se ha instalado en el pueblo, lo disuade para que siga su camino delictivo. Lo que el primo considera como un consejo para que evite sus errores, Polo lo toma como una traición que acentúa aún más su orfandad vital. Conforme esa ira va fermentando en el interior del protagonista, él sólo halla en el alcohol la única manera de mitigar ese terrible dolor que lo. Es ahí donde conoce a Franco.

Al contrario que Polo, este es un adolescente rico que vive en el paraíso (Páradais) de la urbanización, nombre que contrasta con el irónico topónimo del cercano pueblo donde habita la familia del protagonista: Progreso. Sin embargo, y a pesar de que sus abuelos lo colman de regalos y del dinero con el que ambos jóvenes compran el alcohol con el que entumecerse cada noche, Franco se siente también un perdedor por su obesidad y por cómo su vecina lo ignora. Esta atracción sexual hacia este personaje femenino, la madura e inaccesible Marián, se transformará en una obsesión que arrastrará a Franco y también a Polo.

Con un estilo cargado de mexicanismos y de expresiones obscenas que reproduce con fidelidad la manera de hablar de Polo, Fernanda Melchor construye una breve e intensa novela en la que la violencia, la lujuria, la pobreza y el desarraigo vuelven a ser ingredientes fundamentales en una nueva entrega de una de las autoras más interesantes de la narrativa hispánica contemporánea. 

Reseña publicada en El Noroeste:



domingo, 18 de abril de 2021

Tierra fresca de su tumba - Giovanna Rivero


 

Tierra fresca de su tumba, Giovanna Rivero, Candaya, 2021, 174 págs., 16€.

 

En uno de los seis relatos que componen este libro de Giovanna Rivero uno de los personajes anuncia a sus sobrinos, casi como una maldición, que “ser boliviano es una enfermedad mental”. Tal diagnóstico parece marcar el devenir de los protagonistas de estas narraciones que tienen en común presentarnos a personas que guardan una relación lateral, adjetivo que pronto explicaré, con Bolivia y cierta tendencia a la locura en ellos o en familiares cercanos que determinan el carácter sombrío de estos relatos.

La nacionalidad boliviana de los protagonistas de estas historias los sitúa a todos ellos en una posición de “alteridad” con respecto a este país. En primer lugar, porque varios de ellos pertenecen a minorías dentro del país sudamericano como los menonitas, en “La mansedumbre”, o los japoneses, en “Cuando llueve parece humano”. En segundo lugar, porque los protagonistas del resto de relatos han emigrado para establecerse en Canadá, Estados Unidos u otro país sudamericano, desde donde tienen una relación ambivalente con Bolivia en la que se mezclan la nostalgia con el odio al país de origen. La protagonista de “Socorro” lo define así: “la extranjería se hacía real en el regreso y no en el afuera”.

La enfermedad sería el otro nexo que hallamos entre los personajes de este libro. En “Hermano ciervo”, un joven estudiante de la Universidad de Cornell, en Estados Unidos, tiene que participar en un peligroso ensayo clínico que le provoca una extraña mancha en la espalda para poder subsistir en el país junto a su pareja. En “Socorro” es la locura la que marca el carácter de la tía de la narradora, que mediante un discurso que alterna las alucinaciones y la clarividencia le habla del pasado de su familia. Por su parte, la dipsomanía de la tía Annie es la dolencia que provoca la deriva de los protagonistas de “Piel de asno”, dos hermanos huérfanos que perdieron a sus padres en Bolivia y que hallan entre los indios que conocen al mudarse a Canadá la familia que su tía no es capaz de crear para ellos.

Otro rasgo fundamental en el libro es la fuerza de los personajes femeninos, voz y protagonistas en todas las historias de Tierra fresca de su tumba. Elise, la joven menonita violada por un hombre de su comunidad en “La mansedumbre”, decide no callarse ni aceptar la explicación que el pastor intenta dar al ultraje que ha sufrido, un acto del diablo, provocando así la expulsión de su familia del grupo. Al igual que ocurre en “Piel de asno”, será con un indígena con el que Elise y su padre sellarán una alianza que les permitirá vengarse. En “Pez, tortuga, buitre” una madre necesita conocer todos los detalles de la muerte de su hijo en un naufragio de la boca de su compañero en el bote en el que deambularon durante semanas por el mar. Por su parte, la japonesa de “Cuando llueve parece un asno” mantiene una extraña relación con su hija y con la chica a la que ha alquilado una habitación, con la que tiene unos lazos familiares que provocarán el insólito final.

Seis magníficas historias de un marcado tono sombrío, cercanas a veces al realismo mágico o a la literatura fantástica, que nos muestran que a menudo la enfermedad mental no va intrínsecamente unida al hecho de ser boliviano, sino al ser humano. 



martes, 30 de marzo de 2021

Canción - Eduardo Halfon




 Canción, Eduardo Halfon, Libros del Asteroide, 2021,120 págs, 15€.

 

Algunos lectores se quejan de que tal autor escribe siempre el mismo libro. Si bien es cierto que el riesgo es un valor que se tiene muy en cuenta en la crítica literaria, creo que también hay que elogiar a aquellos autores que tienen una voz propia y que pivotando sobre temas similares ofrecen libros interesantes. Este último es el caso del guatemalteco Eduardo Halfon, responsable de una obra en marcha en la que libro tras libro indaga sobre temas como la identidad, la labor del escritor o el pasado familiar. Canción es una pieza más de esa especie de saga sobre la historia de su familia que este escritor está construyendo en la mayoría de sus libros.

Y es que en esta nueva entrega encontramos episodios fundamentales de esa saga que ya protagonizaba libros como El boxeador polaco (2008), Monasterio (2014), Signor Hoffman (2015) o Duelo (2017). En concreto, el narrador centroamericano nos relata el secuestro que sufrió su abuelo por parte de la guerrilla guatemalteca en los años sesenta, antes de que él naciera. Se trata, como se puede imaginar, de un suceso que supuso una conmoción para toda la familia y que si bien se solucionó de manera positiva pagando un cuantioso rescate, volverá a aparecer durante las siguientes décadas como un recuerdo doloroso. El autor, que no vivió el secuestro y que se lamenta de no haber tenido una conversación sobre el asunto con el abuelo, que fallece mientras que él está estudiando en Estados Unidos, intenta reconstruirlo años después reuniéndose con una de las secuestradoras.

Este encuentro, o más bien la espera a esta mujer en un bar de mala muerte, servirá como marco a la narración del secuestro. Mientras el narrador bebe su cerveza, escena habitual de la literatura de Halfon, vamos conociendo las circunstancias de la mañana en la que, por motivaciones económicas, su abuelo fue raptado por un grupo de guerrilleros entre los que destacaba uno apodado Canción, personaje poliédrico que da título al libro. En esta reconstrucción del secuestro de su abuelo que constituye el principal nivel narrativo de Canción, van apareciendo personajes de lo más variado tanto de la historia de Guatemala, esa miss que se hace guerrillera, como de su familia, un tío abuelo sefardí que recita en ladino u otro familiar que adivina el futuro mirando los posos del café.

Estos continuos saltos temporales y la mezcla de la historia de su familia con la de su país, unidos por el suceso central del secuestro al abuelo, otorgan al libro cierta complejidad estructural, ya que Halfon opta por un recuerdo desordenado de hechos que, como suele ocurrir con la memoria, tienen una relación entre sí que no siempre es cronológica. Así, asistimos a reuniones familiares en la gran casa de Guatemala, a encuentros con la secuestradora del abuelo en un restaurante familiar o a episodios de la emigración de la familia desde Oriente hasta Centroamérica, pasando por Europa y Estados Unidos, en las primeras décadas del siglo XX.

A esta forma de narrar discontinua y variada se le une un segundo marco narrativo, a añadir al del bar en el que espera a la secuestradora, que sirve como desencadenante del recuerdo. Se trata de una divertida y confusa situación vivida por el autor, o su trasunto, en el que es invitado a un congreso de escritores libaneses en Japón gracias a que su abuelo, el que sufrió el rapto, procedía de Líbano.  



sábado, 20 de marzo de 2021

Cuántas cosas hemos visto desaparecer - Miguel Serrano Larraz



Cuántas cosas hemos visto desaparecer, Miguel Serrano Larraz, Candaya, 2020, 285 págs., 17€. 


         Se valora mucho en nuestra sociedad, demasiado desde mi punto de vista, mantener en la edad adulta los mismos amigos que uno forjó en la infancia. Estas relaciones de largo recorrido parecen otorgar al detentor un marchamo de autenticidad, de alguien a quien la vida no ha cambiado y que posee unas raíces inamovibles. Sin embargo, creo que más bien se trata de un tipo de amistades contra natura, ya que, salvo casos muy concretos, el cambio que sufrimos durante la adolescencia y la juventud es de tal calibre que difícilmente nuestros intereses seguirán coincidiendo con aquellos que con los que el azar (una relación familiar, una vecindad) nos juntó en la niñez. Este sería, creo, uno de los temas principales de Cuántas cosas hemos visto desaparecer, la inteligentísima nueva novela de Miguel Serrano Larraz.  

         El relato se construye como un repaso no cronológico a la relación entre la protagonista, Sonia, y Berta, su amiga desde la infancia. La unión que los veranos en el ficticio pueblo aragonés de Ardés forjó durante sus primeros años, se mantuvo durante la adolescencia pero comenzó a resquebrajarse en la juventud. En el presente, con ambas frisando la cuarentena, Berta y Sonia apenas comparten nada más que un pasado juntas que actúa no como elemento de unión sino todo lo contrario: las momentos vividos juntas en el ayer destacan lo poco que tienen en común ahora. Por eso, la petición de Berta de encontrarse, tras años sin verse, provoca el recelo y el nerviosismo en su antigua mejor amiga.  

         Y es que a la separación en los caminos de ambas se une la extraña personalidad de Berta; lo que durante la adolescencia parecían rasgos atractivos para la joven Sonia, son vistos desde la madurez con un cansancio rayano en el hartazgo. Porque Berta es un personaje torrencial, que no oculta nunca sus sentimientos ni sus ideas, que parece no escuchar a los demás y que posee una rara obsesión por viajar en el tiempo. Lo que para Sonia fue una divertida broma durante la adolescencia, se ha convertido ahora, para ella, que es una cerebral y algo reprimida profesora de instituto, en un síntoma del desequilibrio de su amiga.  

         Durante toda la novela asistimos a los distintos episodios que forjaron la mitología privada del grupo en el que se integran las dos protagonistas junto a Magno, Herrero, el Francés y Ariadna; juegos infantiles, conversaciones entre lo trascendental y lo cómico, bromas internas, sesiones de ouija, borracheras, etc. La disgregación de la peña de amigos se confirma en el trigésimo aniversario de Magno, que celebran con una fiesta que acaba en una confusa discusión, y en un episodio que sucede el día posterior. En una escena en la que Serrano Larraz muestra su pericia narrativa, Ariadna y Sonia son testigos de cómo Berta, su amiga de toda la vida, se sienta en la cafetería del pueblo con otras dos mujeres casi desconocidas y les dirige unas palabras que, en su fuero interno, saben dirigidas a ellas.  

    Con esta novela sutil sin ser críptica, profunda sin ser densa, Miguel Serrano Larraz se confirma como uno de los narradores españoles más interesantes de su generación tratando con maestría temas tan complejos como los anhelos de la adolescencia y las frustraciones de la edad adulta.

Reseña publicada en El Noroeste:



lunes, 1 de marzo de 2021

Inviernos invisibles - Mireya Encinas




 Inviernos invisibles, Mireya Encinas, Balduque, 123 págs. 14€.

 

Existe en la narrativa una extensión intermedia entre el microrrelato y el cuento que considero muy definitoria. Se trata de aquellos relatos breves que superan el impacto instantáneo de la minificción, pero que no llegan a desarrollar esas tramas más extensas de los cuentos largos. Suele tratarse de narraciones que se centran en un escena concreta que, a modo de iceberg, representan una historia compleja que no se cuenta pero que influye en el modo de comportarse de los personajes. Este es el tipo de relatos que componen Inviernos invisibles, el primer libro de la cartagenera Mireya Encinas.

Los veintidós textos muestran un notable nivel medio y aunque existen algunos textos que no terminan de funcionar, la mayoría poseen un gran interés para el lector y hacen del conjunto un debut sugestivo. Se trata de cuentos que se mueven en torno a las cinco páginas, salvo alguno más breve que se queda en dos y uno que se desarrolla más y alcanza la decena de hojas, y que nos presentan historias cotidianas y contemporáneas con un estilo cuidado, casi poético en muchos momentos.

En cuanto a los temas que se desarrollan en los cuentos, destacan por encima de todos dos: el machismo y los problemas con la identidad. En cuanto al primero, son varios los relatos en los que encontramos hombres que agreden a mujeres, “Animal nocturno”, chicas que sienten pánico al volver solas a casa, “Frío persecutorio”, o en el que, desde una óptica costumbrista, se nos muestra cómo los roles de género siguen estando muy asentados en algunas familias, “Cuñadas”. Frente a este machismo, son varios los relatos en los que es la mujer la que ejerce la violencia, o más bien la venganza, sobre el hombre; este es el punto de partida de cuentos como “Cuestión de karma” y “Epidermis calientes”.

En el segundo bloque de relatos, en los que los personajes tienen problemas con su identidad o con su pasado, destaca “Ábreme el pecho y registra”, quizás el mejor texto del libro, que se centra en los problemas con su cuerpo que asaltan a muchos adolescentes. Tenemos también textos sobre la homofobia, “Lo viejo y lo nuevo”, sobre la enfermedad mental “La isla de Alicia”, el desdoblamiento de personalidad, “Azul y marrón”, o sobre la vuelta a nuestra infancia, “La calle de las vías del tren”.

 Esta agrupación temática de los cuentos, útil para repasar un libro como Inviernos invisibles con tantas historias entre sus páginas, nos permite ofrecer dos nuevas tendencias. La primera serían las relaciones familiares y de pareja, normalmente tóxicas; hallamos rupturas contadas al revés, “Caída hacia arriba”, la justificación de una infidelidad, “Arrepentimiento”, o la riña entre hermanos, “18 minutos”. Por último, el libro está atravesado de un homenaje implícito a la literatura leída por la autora, que se explicita en narraciones como “Carta de una amazona”, en el que identifica a las mujeres con cáncer de mama con estos personajes mitológicos, o “El mito de Perséfone”, un paralelismo entre esta historia y la del cuento. También hay espacio para elogios a la palabra oral, “Sinestesia de sabores”, o escrita, “Palabras 2.0”.

En resumen, estamos ante una meritoria ópera prima que se configura como un caleidoscopio de historias, los colores son muy importantes en el libro, en los que reconocemos muchos de nuestros problemas y emociones.


Reseña publicada en El Noroeste:



domingo, 14 de febrero de 2021

Panza de burro - Andrea Abreu


 Panza de burro, Andrea Abreu, Barrett, 2020, 176 págs. 15€.


De manera bastante sorprendente, los aficionados al rap hemos sido testigos de cómo algunos de los raperos más interesantes de los últimos años provenían de las Islas Canarias. Digo sorprendente porque en décadas anteriores apenan encontrábamos músicos de hip-hop de esta comunidad, ya que eran ciudades como Barcelona, Madrid, Zaragoza y Sevilla los principales núcleos del género en España. Sin embargo, las canciones de artistas como Don Patricio, Bejo o Cruz Cafuné han llegado a un gran número de oyentes gracias, en parte, a una querencia por los ritmos latinos y al uso de un vocabulario exótico para los peninsulares. Este último rasgo es compartido por Panza de burro, otro sorprendente éxito canario.

Porque lo primero que llama la atención de esta novela de la también poeta Andrea Abreu es su léxico, repleto de unos localismos que desde la Península se perciben como un lenguaje fresco y con aires latinoamericanos. Así, las páginas del libro están repletas de términos como “fisquito”, “trompadas”, “miniña” o “brumasera”, además de referencias a productos autóctonos como el gofio o el clíper de fresa (un refresco). La autora usa con frecuencia este léxico canario en fragmentos en los que reproduce el discurso oral de los personajes o el pensamiento de la narradora (en dos capítulos sin signos de puntuación) y que conviven con otros pasajes más poéticos. Además, este original estilo se completa con los anglicismos que usa Isora, (“shit”, “bitch”, etc.), una de las dos niñas, la otra es la narradora, protagonistas de Panza de burro.

Isora es un personaje redondo, una de las razones del éxito de un libro que gira en torno a ella y uno de los caracteres más originales de la reciente narrativa española. Se trata de una preadolescente que vive en un empinado pueblo tinerfeño junto a su abuela y su tía, que regentan una tienda que se convierte en el centro social de la localidad. La personalidad de Isora bascula entre su arrolladora relación con los demás y su tendencia a la tristeza (motivada por el recuerdo de su madre fallecida), entre su bulliciosa imaginación y su tendencia a la mentira y a la manipulación de los demás.

Ella forma una pareja de contrarios con la narradora, otra niña del pueblo que siente una atracción imparable hacia Isora, que representa todo lo que ella quiere ser; Abreu define perfectamente esta dependencia en un pasaje en el que la narradora reconoce que “mi tristeza era la de ella dentro de mi cuerpo”. Como suele ocurrir en la infancia, la amistad entre ambas sufre diversos vaivenes, provocados por el complicado carácter de Isora y a una pelea a puñetazos le suceden, días después, unos besos entre las dos.    

Acompañamos a las dos niñas durante un verano de la primera década del siglo en el que, sin salir de su pequeño pueblo, viven numerosas aventuras. Junto a divertidos pasajes en los que se narran juegos y travesuras infantiles, en Panza de burro afloran fragmentos mucho más crudos que nos presentan temas tan serios como el abuso sexual, los desórdenes alimenticios, la enfermedad mental, la precariedad laboral o el maltrato infantil.

Andrea Abreu nos recuerda que la infancia es una etapa compleja en la que vivimos sucesos que tendrán una profunda huella en nuestra existencia y en la que los juegos y las amistades aparentemente inocentes a menudo esconden, como en el caso de Isora y la narradora, relaciones tormentosas.