domingo, 25 de julio de 2021
La vida pequeña - El arte de la fuga, J. Á. González Sáinz
viernes, 9 de julio de 2021
Teatro fantasma - Ismael Orcero
domingo, 13 de junio de 2021
Videoclub - Aarön Sáez
Videoclub, Aarön Sáez, La Fea
Burguesía, 2021, 120 págs., 12€.
Un síntoma inequívoco de
que has dejado atrás la juventud es el hecho de que tu generación comience a
cultivar con fruición la nostalgia. Supone este ejercicio que épocas pasadas de
tu vida, la infancia y la primera juventud
normalmente, ya están a varias décadas de distancia y son percibidas con
esa óptica positiva que los recuerdos colectivos adquieren en los adultos. Es
lo que nos ha ocurrido en los últimos años a los nacidos en la primera mitad de
los 80, que comenzamos a idealizar aspectos de nuestra vida que a principios de
los 90, cuando éramos unos críos, nos parecían de lo más anodino: como los
videoclubes.
Es este espacio el que
elige Aarön Sáez como símbolo de su infancia por el claro componente
generacional que posee: en primer lugar, por la importancia que tenía para los
niños y adolescentes de aquella época como espacio donde abastecerse de
películas, videojuegos y chucherías. Y, en segundo lugar, por la práctica
desaparición de este tipo de tiendas, que quedarán para siempre, salvo
resurgimiento vintage en los próximos años, asociados a su época de
esplendor: las últimas décadas del siglo XX.
Y es que lo primero que
llama la atención de Videoclub es su reivindicación sin tapujos de esa
nostalgia reciente y poderosa por los primeros años 90. El autor llena el libro
de referentes de la cultura pop de su generación (programas de televisión,
competiciones futbolísticas, películas) y construye una historia con un pie en
el presente y con el otro en un idealizado pasado de meriendas y videojuegos
con gráficos poligonales. El espacio donde convergerán pasado y futuro será el
Teka, el videoclub noventero que el inefable David, el protagonista de la
novela, querrá reconstruir, más que como un negocio como un museo de un pasado
que echa de menos.
Este planteamiento
desenfadado del libro, que sigue las peripecias que vive el protagonista
ayudado por sus amigos y familiares para abrir el videoclub, esconde una
lectura mucho más seria. Y es que David es un treintañero sin oficio ni
beneficio, un nini, que parece querer volver al pasado porque el presente no le
satisface. Representa a esos jóvenes que no han alcanzado sus objetivos vitales
y que se ven anclados en casa de sus padres sin posibilidad de emanciparse.
Además, Sáez sorprende
con una variedad de registros asombrosa en una autor novel y en una novela tan
breve y, aparentemente, ligera. Algunos capítulos tienen un carácter casi oral,
otro refleja un grupo de Whatsapp de los amigos de David o reproduce minuto a
minuto la mañana del protagonista o se componen únicamente de diálogos de los
personajes o usan el formato epistolar. Además de las numerosas referencias a
los años noventa, el autor emplea el recurso de la hipertextualidad: imitar el
estilo del texto que toma como fuente. Es lo que hace, por ejemplo, en el
capítulo que reproduce un programa del concurso Un, dos, tres, responda otra
vez. También emplea algunos giros de la trama habituales en las comedias de
Hollywood de los ochenta y noventa, como descubrir que lo que se cree vivir se
está soñando, viajar al pasado o que un misterioso personaje aparezca en la
tienda.
En definitiva, Videoclub
es una interesante novela cuyo envoltorio pop no debe ocultarnos su variedad
compositiva y que retrata la infancia de esa generación a la que le parece una
gran idea visionar en bucle el Mundial de Fútbol de 1994.
Reseña publicada en El Noroeste:
sábado, 29 de mayo de 2021
El arte de mantenerse a flote - Eric Luna
El arte
de mantenerse a flote, Eric Luna, Boria, 2021,
125 págs. 14€.
El género del relato,
gracias a su versatilidad, ofrece la posibilidad al autor de ocuparse en un
mismo libro de muchos temas diferentes. Además, la brevedad de este tipo de
narraciones permite que en un volumen un escritor pueda ofrecer al lector
acercamientos desde varias perspectivas al mismo asunto, creando así series de
relatos sobre un mismo tema. Esta última opción es la que encontramos en El
arte de mantenerse a flote, el nuevo libro del murciano Eric Luna.
Un vistazo al índice de
la obra ya nos muestra cómo Luna ha optado por agrupar estos doce cuentos en
una serie de secciones que guardan bastante homogeneidad en su interior,
especialmente las dos primeras. Estamos, por lo tanto, ante temas que
preocupan, cuando no obsesionan, al autor que nos ofrece varias historias sobre
personajes en el filo que logran sobrevivir con trabajos precarios que odian
pero que no consiguen acabar completamente con sus ansias de libertad.
La primera de estas
secciones, que lleva por título “Días de Jägger y hierbabuena”, tiene como
protagonistas a tres camareros. Pero lo que puede parecer anecdótico y una
elección aleatoria del trabajo del personaje se convierte por la reiteración y
por la temática de las narraciones en un tríptico sobre las grandezas y, sobre
todo, las miserias de trabajar en un bar sirviendo al público. Este tríptico
comenzaría por la consecución del trabajo, episodio que acontece al final de
“Granada blues”; en este cuento Izan vuelve a la ciudad andaluza derrotado y,
como indica el narrador, con miedo a que las cosas hayan cambiado pero también
a que no lo hayan hecho. “El trabajo no estaba tan mal”, el más sarcástico de
los tres, nos cuenta una pequeña venganza de un camarero a esos clientes
maleducados que todo trabajador de la hostelería debe aguantar. El bloque se
cierra con “Nighthawks”, en el que estos trabajadores se convierten en
superhéroes.
El componente social de
“El trabajo no estaba tan mal”, las condiciones laborales de los camareros,
adquiere absoluto protagonismo en el siguiente bloque de cuentos:
“Apocapitalismo”. Como este neologismo adelanta, el lector se adentrará en las consecuencias
apocalípticas que el capitalismo más despiadado produce en los trabajadores.
Así, en “Moloch 3000” una inquietante máquina llega a un almacén a vigilar a
los empleados y en “Vacaciones creativas indefinidas” el sistema no permite el tiempo
sabático que el protagonista necesita. El componente distópico de estos relatos
continúa en los otros dos de la sección: “No me sirven en el electrobar”, sobre
un detective expulsado de la sociedad, y en el inquietantemente actual “El
síndrome cara de póquer”, en el que unas extrañas máscaras impiden a las
personas esbozar cualquier gesto.
Más heterogénea es la
última parte, “¿No vas a volar alto, pájaro libre?”, que, sin embargo, también
incluye dos cuentos similares. Se trata de “Tríptico chileno” y “Mecanografía”,
ambos escritos en primera persona y protagonizados por Isaac Velasco, un
español que ha emigrado a Chile huyendo de la crisis económica de principios de
la segunda década del siglo XXI. Estamos ante historias más realistas y
personales, posiblemente autobiográficas, en las que encontramos los mejores
pasajes del libro, como la relación que establece el narrador con Diego, otro
español expatriado. El notable libro de Luna se completa con otros dos relatos
sobre personajes que intentan mantenerse a flote, leitmotiv y título del
conjunto, y con una divertida sátira.
Reseña publicada en El Noroeste:
martes, 11 de mayo de 2021
Páradais - Fernanda Melchor
Páradais, Fernanda Melchor, Random House, 2021, 160 págs., 16€.
La adolescencia y sus
problemas han protagonizado en las últimas décadas numerosas novelas. Desde El
guardián entre el centeno (1951) de Salinger, referente en esta temática,
hasta obras más recientes como Las lealtades (2018) de Delphine de
Vigan, han sido muchos los autores que se han sentido atraídos por ese
maremágnum de emociones que asolan al ser humano en el (casi siempre)
traumático paso de la infancia a la juventud. Tras la genial Temporada de huracanes
(2017), una de las mejores obras escritas en español en los últimos años, la
mexicana Fernanda Melchor nos ofrece un nuevo y fascinante acercamiento a la
adolescencia en Paradáis, su última novela.
El libro está
protagonizado por dos adolescentes muy diferentes pero que están unidos por
sufrir una marginación que los lleva a formar una extraña pareja que encuentra
en la violencia la forma de canalizar la ira que van acumulando en su día a
día. Polo, el verdadero protagonista del libro, es un chico de clase social
baja que acude cada día a trabajar sin ganas a Páradais, la urbanización de
lujo que lo ha contratado como jardinero y chico para todo. A través de un
efectivo estilo indirecto libre, conocemos desde la óptica del chaval todas las
humillaciones que sufre a manos de Urquiza, su jefe, su madre, que lo acusa
cada mañana de ser un gandul, de los ricachones para los que trabaja o de su
prima Zorayda, que ha usurpado su cama al quedarse embarazada y lo ha
desterrado a un simple jergón.
Polo se siente un cero a
la izquierda, un volcán lleno de odio que pronto estallará y que tan sólo
encuentra el cariño en Milton, su primo mayor y mentor. Sin embargo, cuando
este se une a una banda criminal que se ha instalado en el pueblo, lo disuade
para que siga su camino delictivo. Lo que el primo considera como un consejo
para que evite sus errores, Polo lo toma como una traición que acentúa aún más
su orfandad vital. Conforme esa ira va fermentando en el interior del
protagonista, él sólo halla en el alcohol la única manera de mitigar ese
terrible dolor que lo. Es ahí donde conoce a Franco.
Al contrario que Polo,
este es un adolescente rico que vive en el paraíso (Páradais) de la
urbanización, nombre que contrasta con el irónico topónimo del cercano pueblo
donde habita la familia del protagonista: Progreso. Sin embargo, y a pesar de
que sus abuelos lo colman de regalos y del dinero con el que ambos jóvenes
compran el alcohol con el que entumecerse cada noche, Franco se siente también
un perdedor por su obesidad y por cómo su vecina lo ignora. Esta atracción
sexual hacia este personaje femenino, la madura e inaccesible Marián, se
transformará en una obsesión que arrastrará a Franco y también a Polo.
domingo, 18 de abril de 2021
Tierra fresca de su tumba - Giovanna Rivero
Tierra fresca de su tumba, Giovanna Rivero, Candaya, 2021, 174 págs., 16€.
En
uno de los seis relatos que componen este libro de Giovanna Rivero uno de los
personajes anuncia a sus sobrinos, casi como una maldición, que “ser boliviano
es una enfermedad mental”. Tal diagnóstico parece marcar el devenir de los
protagonistas de estas narraciones que tienen en común presentarnos a personas
que guardan una relación lateral, adjetivo que pronto explicaré, con Bolivia y
cierta tendencia a la locura en ellos o en familiares cercanos que determinan
el carácter sombrío de estos relatos.
La
nacionalidad boliviana de los protagonistas de estas historias los sitúa a
todos ellos en una posición de “alteridad” con respecto a este país. En primer
lugar, porque varios de ellos pertenecen a minorías dentro del país
sudamericano como los menonitas, en “La mansedumbre”, o los japoneses, en
“Cuando llueve parece humano”. En segundo lugar, porque los protagonistas del
resto de relatos han emigrado para establecerse en Canadá, Estados Unidos u
otro país sudamericano, desde donde tienen una relación ambivalente con Bolivia
en la que se mezclan la nostalgia con el odio al país de origen. La
protagonista de “Socorro” lo define así: “la extranjería se hacía real en el
regreso y no en el afuera”.
La
enfermedad sería el otro nexo que hallamos entre los personajes de este libro.
En “Hermano ciervo”, un joven estudiante de la Universidad de Cornell, en
Estados Unidos, tiene que participar en un peligroso ensayo clínico que le
provoca una extraña mancha en la espalda para poder subsistir en el país junto
a su pareja. En “Socorro” es la locura la que marca el carácter de la tía de la
narradora, que mediante un discurso que alterna las alucinaciones y la
clarividencia le habla del pasado de su familia. Por su parte, la dipsomanía de
la tía Annie es la dolencia que provoca la deriva de los protagonistas de “Piel
de asno”, dos hermanos huérfanos que perdieron a sus padres en Bolivia y que
hallan entre los indios que conocen al mudarse a Canadá la familia que su tía
no es capaz de crear para ellos.
Otro rasgo fundamental en el libro es la fuerza de los personajes femeninos, voz y protagonistas en todas las historias de Tierra fresca de su tumba. Elise, la joven menonita violada por un hombre de su comunidad en “La mansedumbre”, decide no callarse ni aceptar la explicación que el pastor intenta dar al ultraje que ha sufrido, un acto del diablo, provocando así la expulsión de su familia del grupo. Al igual que ocurre en “Piel de asno”, será con un indígena con el que Elise y su padre sellarán una alianza que les permitirá vengarse. En “Pez, tortuga, buitre” una madre necesita conocer todos los detalles de la muerte de su hijo en un naufragio de la boca de su compañero en el bote en el que deambularon durante semanas por el mar. Por su parte, la japonesa de “Cuando llueve parece un asno” mantiene una extraña relación con su hija y con la chica a la que ha alquilado una habitación, con la que tiene unos lazos familiares que provocarán el insólito final.
Seis magníficas historias de un marcado tono sombrío, cercanas a veces al realismo mágico o a la literatura fantástica, que nos muestran que a menudo la enfermedad mental no va intrínsecamente unida al hecho de ser boliviano, sino al ser humano.
martes, 30 de marzo de 2021
Canción - Eduardo Halfon
Canción, Eduardo Halfon, Libros del Asteroide, 2021,120 págs, 15€.
Algunos lectores se
quejan de que tal autor escribe siempre el mismo libro. Si bien es cierto que
el riesgo es un valor que se tiene muy en cuenta en la crítica literaria, creo
que también hay que elogiar a aquellos autores que tienen una voz propia y que
pivotando sobre temas similares ofrecen libros interesantes. Este último es el
caso del guatemalteco Eduardo Halfon, responsable de una obra en marcha en la
que libro tras libro indaga sobre temas como la identidad, la labor del
escritor o el pasado familiar. Canción es una pieza más de esa especie
de saga sobre la historia de su familia que este escritor está construyendo en
la mayoría de sus libros.
Y es que en esta nueva
entrega encontramos episodios fundamentales de esa saga que ya protagonizaba libros
como El boxeador polaco (2008), Monasterio (2014), Signor
Hoffman (2015) o Duelo (2017). En concreto, el narrador
centroamericano nos relata el secuestro que sufrió su abuelo por parte de la
guerrilla guatemalteca en los años sesenta, antes de que él naciera. Se trata,
como se puede imaginar, de un suceso que supuso una conmoción para toda la
familia y que si bien se solucionó de manera positiva pagando un cuantioso
rescate, volverá a aparecer durante las siguientes décadas como un recuerdo
doloroso. El autor, que no vivió el secuestro y que se lamenta de no haber
tenido una conversación sobre el asunto con el abuelo, que fallece mientras que
él está estudiando en Estados Unidos, intenta reconstruirlo años después
reuniéndose con una de las secuestradoras.
Este encuentro, o más
bien la espera a esta mujer en un bar de mala muerte, servirá como marco a la
narración del secuestro. Mientras el narrador bebe su cerveza, escena habitual
de la literatura de Halfon, vamos conociendo las circunstancias de la mañana en
la que, por motivaciones económicas, su abuelo fue raptado por un grupo de
guerrilleros entre los que destacaba uno apodado Canción, personaje poliédrico
que da título al libro. En esta reconstrucción del secuestro de su abuelo que
constituye el principal nivel narrativo de Canción, van apareciendo
personajes de lo más variado tanto de la historia de Guatemala, esa miss que se
hace guerrillera, como de su familia, un tío abuelo sefardí que recita en
ladino u otro familiar que adivina el futuro mirando los posos del café.
Estos continuos saltos temporales y la mezcla de la historia de su familia con la de su país, unidos por el suceso central del secuestro al abuelo, otorgan al libro cierta complejidad estructural, ya que Halfon opta por un recuerdo desordenado de hechos que, como suele ocurrir con la memoria, tienen una relación entre sí que no siempre es cronológica. Así, asistimos a reuniones familiares en la gran casa de Guatemala, a encuentros con la secuestradora del abuelo en un restaurante familiar o a episodios de la emigración de la familia desde Oriente hasta Centroamérica, pasando por Europa y Estados Unidos, en las primeras décadas del siglo XX.
A esta forma de narrar discontinua y variada se le une un segundo marco narrativo, a añadir al del bar en el que espera a la secuestradora, que sirve como desencadenante del recuerdo. Se trata de una divertida y confusa situación vivida por el autor, o su trasunto, en el que es invitado a un congreso de escritores libaneses en Japón gracias a que su abuelo, el que sufrió el rapto, procedía de Líbano.
sábado, 20 de marzo de 2021
Cuántas cosas hemos visto desaparecer - Miguel Serrano Larraz
Cuántas cosas hemos visto desaparecer, Miguel Serrano Larraz, Candaya, 2020, 285 págs., 17€.
Se valora mucho en nuestra sociedad, demasiado desde mi punto de vista, mantener en la edad adulta los mismos amigos que uno forjó en la infancia. Estas relaciones de largo recorrido parecen otorgar al detentor un marchamo de autenticidad, de alguien a quien la vida no ha cambiado y que posee unas raíces inamovibles. Sin embargo, creo que más bien se trata de un tipo de amistades contra natura, ya que, salvo casos muy concretos, el cambio que sufrimos durante la adolescencia y la juventud es de tal calibre que difícilmente nuestros intereses seguirán coincidiendo con aquellos que con los que el azar (una relación familiar, una vecindad) nos juntó en la niñez. Este sería, creo, uno de los temas principales de Cuántas cosas hemos visto desaparecer, la inteligentísima nueva novela de Miguel Serrano Larraz.
El relato se construye como un repaso no cronológico a la relación entre la protagonista, Sonia, y Berta, su amiga desde la infancia. La unión que los veranos en el ficticio pueblo aragonés de Ardés forjó durante sus primeros años, se mantuvo durante la adolescencia pero comenzó a resquebrajarse en la juventud. En el presente, con ambas frisando la cuarentena, Berta y Sonia apenas comparten nada más que un pasado juntas que actúa no como elemento de unión sino todo lo contrario: las momentos vividos juntas en el ayer destacan lo poco que tienen en común ahora. Por eso, la petición de Berta de encontrarse, tras años sin verse, provoca el recelo y el nerviosismo en su antigua mejor amiga.
Y es que a la separación en los caminos de ambas se une la extraña personalidad de Berta; lo que durante la adolescencia parecían rasgos atractivos para la joven Sonia, son vistos desde la madurez con un cansancio rayano en el hartazgo. Porque Berta es un personaje torrencial, que no oculta nunca sus sentimientos ni sus ideas, que parece no escuchar a los demás y que posee una rara obsesión por viajar en el tiempo. Lo que para Sonia fue una divertida broma durante la adolescencia, se ha convertido ahora, para ella, que es una cerebral y algo reprimida profesora de instituto, en un síntoma del desequilibrio de su amiga.
Durante toda la novela asistimos a los distintos episodios que forjaron la mitología privada del grupo en el que se integran las dos protagonistas junto a Magno, Herrero, el Francés y Ariadna; juegos infantiles, conversaciones entre lo trascendental y lo cómico, bromas internas, sesiones de ouija, borracheras, etc. La disgregación de la peña de amigos se confirma en el trigésimo aniversario de Magno, que celebran con una fiesta que acaba en una confusa discusión, y en un episodio que sucede el día posterior. En una escena en la que Serrano Larraz muestra su pericia narrativa, Ariadna y Sonia son testigos de cómo Berta, su amiga de toda la vida, se sienta en la cafetería del pueblo con otras dos mujeres casi desconocidas y les dirige unas palabras que, en su fuero interno, saben dirigidas a ellas.
Con esta novela sutil sin ser críptica, profunda sin ser densa, Miguel Serrano Larraz se confirma como uno de los narradores españoles más interesantes de su generación tratando con maestría temas tan complejos como los anhelos de la adolescencia y las frustraciones de la edad adulta.
Reseña publicada en El Noroeste:
lunes, 1 de marzo de 2021
Inviernos invisibles - Mireya Encinas
Inviernos invisibles, Mireya Encinas, Balduque, 123 págs. 14€.
Existe en la narrativa
una extensión intermedia entre el microrrelato y el cuento que considero muy
definitoria. Se trata de aquellos relatos breves que superan el impacto
instantáneo de la minificción, pero que no llegan a desarrollar esas tramas más
extensas de los cuentos largos. Suele tratarse de narraciones que se centran en
un escena concreta que, a modo de iceberg, representan una historia compleja
que no se cuenta pero que influye en el modo de comportarse de los personajes.
Este es el tipo de relatos que componen Inviernos invisibles, el primer
libro de la cartagenera Mireya Encinas.
Los veintidós textos
muestran un notable nivel medio y aunque existen algunos textos que no terminan
de funcionar, la mayoría poseen un gran interés para el lector y hacen del
conjunto un debut sugestivo. Se trata de cuentos que se mueven en torno a las
cinco páginas, salvo alguno más breve que se queda en dos y uno que se
desarrolla más y alcanza la decena de hojas, y que nos presentan historias
cotidianas y contemporáneas con un estilo cuidado, casi poético en muchos momentos.
En cuanto a los temas que
se desarrollan en los cuentos, destacan por encima de todos dos: el machismo y
los problemas con la identidad. En cuanto al primero, son varios los relatos en
los que encontramos hombres que agreden a mujeres, “Animal nocturno”, chicas
que sienten pánico al volver solas a casa, “Frío persecutorio”, o en el que,
desde una óptica costumbrista, se nos muestra cómo los roles de género siguen
estando muy asentados en algunas familias, “Cuñadas”. Frente a este machismo,
son varios los relatos en los que es la mujer la que ejerce la violencia, o más
bien la venganza, sobre el hombre; este es el punto de partida de cuentos como
“Cuestión de karma” y “Epidermis calientes”.
En el segundo bloque de
relatos, en los que los personajes tienen problemas con su identidad o con su
pasado, destaca “Ábreme el pecho y registra”, quizás el mejor texto del libro,
que se centra en los problemas con su cuerpo que asaltan a muchos adolescentes.
Tenemos también textos sobre la homofobia, “Lo viejo y lo nuevo”, sobre la
enfermedad mental “La isla de Alicia”, el desdoblamiento de personalidad, “Azul
y marrón”, o sobre la vuelta a nuestra infancia, “La calle de las vías del
tren”.
Esta agrupación temática de los cuentos, útil para repasar un libro como Inviernos invisibles con tantas historias entre sus páginas, nos permite ofrecer dos nuevas tendencias. La primera serían las relaciones familiares y de pareja, normalmente tóxicas; hallamos rupturas contadas al revés, “Caída hacia arriba”, la justificación de una infidelidad, “Arrepentimiento”, o la riña entre hermanos, “18 minutos”. Por último, el libro está atravesado de un homenaje implícito a la literatura leída por la autora, que se explicita en narraciones como “Carta de una amazona”, en el que identifica a las mujeres con cáncer de mama con estos personajes mitológicos, o “El mito de Perséfone”, un paralelismo entre esta historia y la del cuento. También hay espacio para elogios a la palabra oral, “Sinestesia de sabores”, o escrita, “Palabras 2.0”.
En resumen, estamos ante una meritoria ópera prima que se configura como un caleidoscopio de historias, los colores son muy importantes en el libro, en los que reconocemos muchos de nuestros problemas y emociones.
Reseña publicada en El Noroeste:
domingo, 14 de febrero de 2021
Panza de burro - Andrea Abreu
Panza de burro, Andrea Abreu, Barrett, 2020, 176 págs. 15€.
De manera bastante
sorprendente, los aficionados al rap hemos sido testigos de cómo algunos de los
raperos más interesantes de los últimos años provenían de las Islas Canarias.
Digo sorprendente porque en décadas anteriores apenan encontrábamos músicos de
hip-hop de esta comunidad, ya que eran ciudades como Barcelona, Madrid,
Zaragoza y Sevilla los principales núcleos del género en España. Sin embargo,
las canciones de artistas como Don Patricio, Bejo o Cruz Cafuné han llegado a
un gran número de oyentes gracias, en parte, a una querencia por los ritmos
latinos y al uso de un vocabulario exótico para los peninsulares. Este último rasgo
es compartido por Panza de burro, otro sorprendente éxito canario.
Porque lo primero que
llama la atención de esta novela de la también poeta Andrea Abreu es su léxico,
repleto de unos localismos que desde la Península se perciben como un lenguaje
fresco y con aires latinoamericanos. Así, las páginas del libro están repletas
de términos como “fisquito”, “trompadas”, “miniña” o “brumasera”, además de
referencias a productos autóctonos como el gofio o el clíper de fresa (un
refresco). La autora usa con frecuencia este léxico canario en fragmentos en
los que reproduce el discurso oral de los personajes o el pensamiento de la
narradora (en dos capítulos sin signos de puntuación) y que conviven con otros
pasajes más poéticos. Además, este original estilo se completa con los
anglicismos que usa Isora, (“shit”, “bitch”, etc.), una de las dos niñas, la
otra es la narradora, protagonistas de Panza de burro.
Isora es un personaje
redondo, una de las razones del éxito de un libro que gira en torno a ella y
uno de los caracteres más originales de la reciente narrativa española. Se
trata de una preadolescente que vive en un empinado pueblo tinerfeño junto a su
abuela y su tía, que regentan una tienda que se convierte en el centro social
de la localidad. La personalidad de Isora bascula entre su arrolladora relación
con los demás y su tendencia a la tristeza (motivada por el recuerdo de su
madre fallecida), entre su bulliciosa imaginación y su tendencia a la mentira y
a la manipulación de los demás.
Ella forma una pareja de
contrarios con la narradora, otra niña del pueblo que siente una atracción imparable
hacia Isora, que representa todo lo que ella quiere ser; Abreu define
perfectamente esta dependencia en un pasaje en el que la narradora reconoce que
“mi tristeza era la de ella dentro de mi cuerpo”. Como suele ocurrir en la
infancia, la amistad entre ambas sufre diversos vaivenes, provocados por el
complicado carácter de Isora y a una pelea a puñetazos le suceden, días
después, unos besos entre las dos.
Acompañamos a las dos niñas durante un verano de la primera década del siglo en el que, sin salir de su pequeño pueblo, viven numerosas aventuras. Junto a divertidos pasajes en los que se narran juegos y travesuras infantiles, en Panza de burro afloran fragmentos mucho más crudos que nos presentan temas tan serios como el abuso sexual, los desórdenes alimenticios, la enfermedad mental, la precariedad laboral o el maltrato infantil.
Andrea Abreu nos recuerda que la infancia es una etapa compleja en la que vivimos sucesos que tendrán una profunda huella en nuestra existencia y en la que los juegos y las amistades aparentemente inocentes a menudo esconden, como en el caso de Isora y la narradora, relaciones tormentosas.

















