domingo, 18 de abril de 2021

Tierra fresca de su tumba - Giovanna Rivero


 

Tierra fresca de su tumba, Giovanna Rivero, Candaya, 2021, 174 págs., 16€.

 

En uno de los seis relatos que componen este libro de Giovanna Rivero uno de los personajes anuncia a sus sobrinos, casi como una maldición, que “ser boliviano es una enfermedad mental”. Tal diagnóstico parece marcar el devenir de los protagonistas de estas narraciones que tienen en común presentarnos a personas que guardan una relación lateral, adjetivo que pronto explicaré, con Bolivia y cierta tendencia a la locura en ellos o en familiares cercanos que determinan el carácter sombrío de estos relatos.

La nacionalidad boliviana de los protagonistas de estas historias los sitúa a todos ellos en una posición de “alteridad” con respecto a este país. En primer lugar, porque varios de ellos pertenecen a minorías dentro del país sudamericano como los menonitas, en “La mansedumbre”, o los japoneses, en “Cuando llueve parece humano”. En segundo lugar, porque los protagonistas del resto de relatos han emigrado para establecerse en Canadá, Estados Unidos u otro país sudamericano, desde donde tienen una relación ambivalente con Bolivia en la que se mezclan la nostalgia con el odio al país de origen. La protagonista de “Socorro” lo define así: “la extranjería se hacía real en el regreso y no en el afuera”.

La enfermedad sería el otro nexo que hallamos entre los personajes de este libro. En “Hermano ciervo”, un joven estudiante de la Universidad de Cornell, en Estados Unidos, tiene que participar en un peligroso ensayo clínico que le provoca una extraña mancha en la espalda para poder subsistir en el país junto a su pareja. En “Socorro” es la locura la que marca el carácter de la tía de la narradora, que mediante un discurso que alterna las alucinaciones y la clarividencia le habla del pasado de su familia. Por su parte, la dipsomanía de la tía Annie es la dolencia que provoca la deriva de los protagonistas de “Piel de asno”, dos hermanos huérfanos que perdieron a sus padres en Bolivia y que hallan entre los indios que conocen al mudarse a Canadá la familia que su tía no es capaz de crear para ellos.

Otro rasgo fundamental en el libro es la fuerza de los personajes femeninos, voz y protagonistas en todas las historias de Tierra fresca de su tumba. Elise, la joven menonita violada por un hombre de su comunidad en “La mansedumbre”, decide no callarse ni aceptar la explicación que el pastor intenta dar al ultraje que ha sufrido, un acto del diablo, provocando así la expulsión de su familia del grupo. Al igual que ocurre en “Piel de asno”, será con un indígena con el que Elise y su padre sellarán una alianza que les permitirá vengarse. En “Pez, tortuga, buitre” una madre necesita conocer todos los detalles de la muerte de su hijo en un naufragio de la boca de su compañero en el bote en el que deambularon durante semanas por el mar. Por su parte, la japonesa de “Cuando llueve parece un asno” mantiene una extraña relación con su hija y con la chica a la que ha alquilado una habitación, con la que tiene unos lazos familiares que provocarán el insólito final.

Seis magníficas historias de un marcado tono sombrío, cercanas a veces al realismo mágico o a la literatura fantástica, que nos muestran que a menudo la enfermedad mental no va intrínsecamente unida al hecho de ser boliviano, sino al ser humano. 



martes, 30 de marzo de 2021

Canción - Eduardo Halfon




 Canción, Eduardo Halfon, Libros del Asteroide, 2021,120 págs, 15€.

 

Algunos lectores se quejan de que tal autor escribe siempre el mismo libro. Si bien es cierto que el riesgo es un valor que se tiene muy en cuenta en la crítica literaria, creo que también hay que elogiar a aquellos autores que tienen una voz propia y que pivotando sobre temas similares ofrecen libros interesantes. Este último es el caso del guatemalteco Eduardo Halfon, responsable de una obra en marcha en la que libro tras libro indaga sobre temas como la identidad, la labor del escritor o el pasado familiar. Canción es una pieza más de esa especie de saga sobre la historia de su familia que este escritor está construyendo en la mayoría de sus libros.

Y es que en esta nueva entrega encontramos episodios fundamentales de esa saga que ya protagonizaba libros como El boxeador polaco (2008), Monasterio (2014), Signor Hoffman (2015) o Duelo (2017). En concreto, el narrador centroamericano nos relata el secuestro que sufrió su abuelo por parte de la guerrilla guatemalteca en los años sesenta, antes de que él naciera. Se trata, como se puede imaginar, de un suceso que supuso una conmoción para toda la familia y que si bien se solucionó de manera positiva pagando un cuantioso rescate, volverá a aparecer durante las siguientes décadas como un recuerdo doloroso. El autor, que no vivió el secuestro y que se lamenta de no haber tenido una conversación sobre el asunto con el abuelo, que fallece mientras que él está estudiando en Estados Unidos, intenta reconstruirlo años después reuniéndose con una de las secuestradoras.

Este encuentro, o más bien la espera a esta mujer en un bar de mala muerte, servirá como marco a la narración del secuestro. Mientras el narrador bebe su cerveza, escena habitual de la literatura de Halfon, vamos conociendo las circunstancias de la mañana en la que, por motivaciones económicas, su abuelo fue raptado por un grupo de guerrilleros entre los que destacaba uno apodado Canción, personaje poliédrico que da título al libro. En esta reconstrucción del secuestro de su abuelo que constituye el principal nivel narrativo de Canción, van apareciendo personajes de lo más variado tanto de la historia de Guatemala, esa miss que se hace guerrillera, como de su familia, un tío abuelo sefardí que recita en ladino u otro familiar que adivina el futuro mirando los posos del café.

Estos continuos saltos temporales y la mezcla de la historia de su familia con la de su país, unidos por el suceso central del secuestro al abuelo, otorgan al libro cierta complejidad estructural, ya que Halfon opta por un recuerdo desordenado de hechos que, como suele ocurrir con la memoria, tienen una relación entre sí que no siempre es cronológica. Así, asistimos a reuniones familiares en la gran casa de Guatemala, a encuentros con la secuestradora del abuelo en un restaurante familiar o a episodios de la emigración de la familia desde Oriente hasta Centroamérica, pasando por Europa y Estados Unidos, en las primeras décadas del siglo XX.

A esta forma de narrar discontinua y variada se le une un segundo marco narrativo, a añadir al del bar en el que espera a la secuestradora, que sirve como desencadenante del recuerdo. Se trata de una divertida y confusa situación vivida por el autor, o su trasunto, en el que es invitado a un congreso de escritores libaneses en Japón gracias a que su abuelo, el que sufrió el rapto, procedía de Líbano.  



sábado, 20 de marzo de 2021

Cuántas cosas hemos visto desaparecer - Miguel Serrano Larraz



Cuántas cosas hemos visto desaparecer, Miguel Serrano Larraz, Candaya, 2020, 285 págs., 17€. 


         Se valora mucho en nuestra sociedad, demasiado desde mi punto de vista, mantener en la edad adulta los mismos amigos que uno forjó en la infancia. Estas relaciones de largo recorrido parecen otorgar al detentor un marchamo de autenticidad, de alguien a quien la vida no ha cambiado y que posee unas raíces inamovibles. Sin embargo, creo que más bien se trata de un tipo de amistades contra natura, ya que, salvo casos muy concretos, el cambio que sufrimos durante la adolescencia y la juventud es de tal calibre que difícilmente nuestros intereses seguirán coincidiendo con aquellos que con los que el azar (una relación familiar, una vecindad) nos juntó en la niñez. Este sería, creo, uno de los temas principales de Cuántas cosas hemos visto desaparecer, la inteligentísima nueva novela de Miguel Serrano Larraz.  

         El relato se construye como un repaso no cronológico a la relación entre la protagonista, Sonia, y Berta, su amiga desde la infancia. La unión que los veranos en el ficticio pueblo aragonés de Ardés forjó durante sus primeros años, se mantuvo durante la adolescencia pero comenzó a resquebrajarse en la juventud. En el presente, con ambas frisando la cuarentena, Berta y Sonia apenas comparten nada más que un pasado juntas que actúa no como elemento de unión sino todo lo contrario: las momentos vividos juntas en el ayer destacan lo poco que tienen en común ahora. Por eso, la petición de Berta de encontrarse, tras años sin verse, provoca el recelo y el nerviosismo en su antigua mejor amiga.  

         Y es que a la separación en los caminos de ambas se une la extraña personalidad de Berta; lo que durante la adolescencia parecían rasgos atractivos para la joven Sonia, son vistos desde la madurez con un cansancio rayano en el hartazgo. Porque Berta es un personaje torrencial, que no oculta nunca sus sentimientos ni sus ideas, que parece no escuchar a los demás y que posee una rara obsesión por viajar en el tiempo. Lo que para Sonia fue una divertida broma durante la adolescencia, se ha convertido ahora, para ella, que es una cerebral y algo reprimida profesora de instituto, en un síntoma del desequilibrio de su amiga.  

         Durante toda la novela asistimos a los distintos episodios que forjaron la mitología privada del grupo en el que se integran las dos protagonistas junto a Magno, Herrero, el Francés y Ariadna; juegos infantiles, conversaciones entre lo trascendental y lo cómico, bromas internas, sesiones de ouija, borracheras, etc. La disgregación de la peña de amigos se confirma en el trigésimo aniversario de Magno, que celebran con una fiesta que acaba en una confusa discusión, y en un episodio que sucede el día posterior. En una escena en la que Serrano Larraz muestra su pericia narrativa, Ariadna y Sonia son testigos de cómo Berta, su amiga de toda la vida, se sienta en la cafetería del pueblo con otras dos mujeres casi desconocidas y les dirige unas palabras que, en su fuero interno, saben dirigidas a ellas.  

    Con esta novela sutil sin ser críptica, profunda sin ser densa, Miguel Serrano Larraz se confirma como uno de los narradores españoles más interesantes de su generación tratando con maestría temas tan complejos como los anhelos de la adolescencia y las frustraciones de la edad adulta.

Reseña publicada en El Noroeste:



lunes, 1 de marzo de 2021

Inviernos invisibles - Mireya Encinas




 Inviernos invisibles, Mireya Encinas, Balduque, 123 págs. 14€.

 

Existe en la narrativa una extensión intermedia entre el microrrelato y el cuento que considero muy definitoria. Se trata de aquellos relatos breves que superan el impacto instantáneo de la minificción, pero que no llegan a desarrollar esas tramas más extensas de los cuentos largos. Suele tratarse de narraciones que se centran en un escena concreta que, a modo de iceberg, representan una historia compleja que no se cuenta pero que influye en el modo de comportarse de los personajes. Este es el tipo de relatos que componen Inviernos invisibles, el primer libro de la cartagenera Mireya Encinas.

Los veintidós textos muestran un notable nivel medio y aunque existen algunos textos que no terminan de funcionar, la mayoría poseen un gran interés para el lector y hacen del conjunto un debut sugestivo. Se trata de cuentos que se mueven en torno a las cinco páginas, salvo alguno más breve que se queda en dos y uno que se desarrolla más y alcanza la decena de hojas, y que nos presentan historias cotidianas y contemporáneas con un estilo cuidado, casi poético en muchos momentos.

En cuanto a los temas que se desarrollan en los cuentos, destacan por encima de todos dos: el machismo y los problemas con la identidad. En cuanto al primero, son varios los relatos en los que encontramos hombres que agreden a mujeres, “Animal nocturno”, chicas que sienten pánico al volver solas a casa, “Frío persecutorio”, o en el que, desde una óptica costumbrista, se nos muestra cómo los roles de género siguen estando muy asentados en algunas familias, “Cuñadas”. Frente a este machismo, son varios los relatos en los que es la mujer la que ejerce la violencia, o más bien la venganza, sobre el hombre; este es el punto de partida de cuentos como “Cuestión de karma” y “Epidermis calientes”.

En el segundo bloque de relatos, en los que los personajes tienen problemas con su identidad o con su pasado, destaca “Ábreme el pecho y registra”, quizás el mejor texto del libro, que se centra en los problemas con su cuerpo que asaltan a muchos adolescentes. Tenemos también textos sobre la homofobia, “Lo viejo y lo nuevo”, sobre la enfermedad mental “La isla de Alicia”, el desdoblamiento de personalidad, “Azul y marrón”, o sobre la vuelta a nuestra infancia, “La calle de las vías del tren”.

 Esta agrupación temática de los cuentos, útil para repasar un libro como Inviernos invisibles con tantas historias entre sus páginas, nos permite ofrecer dos nuevas tendencias. La primera serían las relaciones familiares y de pareja, normalmente tóxicas; hallamos rupturas contadas al revés, “Caída hacia arriba”, la justificación de una infidelidad, “Arrepentimiento”, o la riña entre hermanos, “18 minutos”. Por último, el libro está atravesado de un homenaje implícito a la literatura leída por la autora, que se explicita en narraciones como “Carta de una amazona”, en el que identifica a las mujeres con cáncer de mama con estos personajes mitológicos, o “El mito de Perséfone”, un paralelismo entre esta historia y la del cuento. También hay espacio para elogios a la palabra oral, “Sinestesia de sabores”, o escrita, “Palabras 2.0”.

En resumen, estamos ante una meritoria ópera prima que se configura como un caleidoscopio de historias, los colores son muy importantes en el libro, en los que reconocemos muchos de nuestros problemas y emociones.


Reseña publicada en El Noroeste:



domingo, 14 de febrero de 2021

Panza de burro - Andrea Abreu


 Panza de burro, Andrea Abreu, Barrett, 2020, 176 págs. 15€.


De manera bastante sorprendente, los aficionados al rap hemos sido testigos de cómo algunos de los raperos más interesantes de los últimos años provenían de las Islas Canarias. Digo sorprendente porque en décadas anteriores apenan encontrábamos músicos de hip-hop de esta comunidad, ya que eran ciudades como Barcelona, Madrid, Zaragoza y Sevilla los principales núcleos del género en España. Sin embargo, las canciones de artistas como Don Patricio, Bejo o Cruz Cafuné han llegado a un gran número de oyentes gracias, en parte, a una querencia por los ritmos latinos y al uso de un vocabulario exótico para los peninsulares. Este último rasgo es compartido por Panza de burro, otro sorprendente éxito canario.

Porque lo primero que llama la atención de esta novela de la también poeta Andrea Abreu es su léxico, repleto de unos localismos que desde la Península se perciben como un lenguaje fresco y con aires latinoamericanos. Así, las páginas del libro están repletas de términos como “fisquito”, “trompadas”, “miniña” o “brumasera”, además de referencias a productos autóctonos como el gofio o el clíper de fresa (un refresco). La autora usa con frecuencia este léxico canario en fragmentos en los que reproduce el discurso oral de los personajes o el pensamiento de la narradora (en dos capítulos sin signos de puntuación) y que conviven con otros pasajes más poéticos. Además, este original estilo se completa con los anglicismos que usa Isora, (“shit”, “bitch”, etc.), una de las dos niñas, la otra es la narradora, protagonistas de Panza de burro.

Isora es un personaje redondo, una de las razones del éxito de un libro que gira en torno a ella y uno de los caracteres más originales de la reciente narrativa española. Se trata de una preadolescente que vive en un empinado pueblo tinerfeño junto a su abuela y su tía, que regentan una tienda que se convierte en el centro social de la localidad. La personalidad de Isora bascula entre su arrolladora relación con los demás y su tendencia a la tristeza (motivada por el recuerdo de su madre fallecida), entre su bulliciosa imaginación y su tendencia a la mentira y a la manipulación de los demás.

Ella forma una pareja de contrarios con la narradora, otra niña del pueblo que siente una atracción imparable hacia Isora, que representa todo lo que ella quiere ser; Abreu define perfectamente esta dependencia en un pasaje en el que la narradora reconoce que “mi tristeza era la de ella dentro de mi cuerpo”. Como suele ocurrir en la infancia, la amistad entre ambas sufre diversos vaivenes, provocados por el complicado carácter de Isora y a una pelea a puñetazos le suceden, días después, unos besos entre las dos.    

Acompañamos a las dos niñas durante un verano de la primera década del siglo en el que, sin salir de su pequeño pueblo, viven numerosas aventuras. Junto a divertidos pasajes en los que se narran juegos y travesuras infantiles, en Panza de burro afloran fragmentos mucho más crudos que nos presentan temas tan serios como el abuso sexual, los desórdenes alimenticios, la enfermedad mental, la precariedad laboral o el maltrato infantil.

Andrea Abreu nos recuerda que la infancia es una etapa compleja en la que vivimos sucesos que tendrán una profunda huella en nuestra existencia y en la que los juegos y las amistades aparentemente inocentes a menudo esconden, como en el caso de Isora y la narradora, relaciones tormentosas.   



viernes, 29 de enero de 2021

Ronda de solos - José Luis Carrasco



 Ronda de solos, José Luis Carrasco, Boria, 2020, 112 págs., 14€.

La mayoría de las novelas hacen un uso abundante del resumen o de la elipsis para intentar abarcar en sus tramas el mayor tiempo posible. Parece que la trascendencia de un relato solo se puede lograr si relata una historia que se desarrolla en un lapso temporal amplio. Por ello, se agradecen textos como este Ronda de solos que, por usar una terminología musical que emparenta con su argumento, emplea un tempo muy lento para contar apenas dos días en la historia de su protagonista. Estamos, pues, ante una novela corta que avanza como un adagio, a un ritmo lento y en el que el narrador abunda en las pausas narrativas.

El texto comienza con una situación conflictiva que se relata en el primer capítulo, titulado significativamente “Exposición del tema”. Un músico de jazz que acaba de aterrizar en Asturias para dar un concierto al día siguiente, pierde (o más bien, sufre un robo) su saxofón mientras recoge el resto de su equipaje. Lo que en manos de otro escritor desembocaría en una trama trepidante en la que se sucederían las peripecias del saxofonista para encontrar su instrumento u otro que lo sustituya, es convertido por José Luis Carrasco en una historia de aceptación y de autoconocimiento. Y es que el narrador opta rápidamente por una actitud estoica ante el hurto y decide dejar pasar el tiempo y dedicarse a escribir sus pensamientos y reflexiones mientras llega la hora de reunirse con el resto de su banda.

Durante el siguiente día y medio, el protagonista recorre una y otra vez la ciudad en la que se aloja y donde tendrá lugar el concierto, Avilés, realizando una especie de cartografía (los nombres de las calles por las que pasa se van consignando en el libro) con un doble objetivo: conocer mejor la localidad y, sobre todo, dejar de pensar en su pérdida. El músico de jazz, ejecutor por naturaleza e improvisador por vocación, se convierte así en todo lo contrario: un flanneur sereno que acepta su destino y que elude tomar ninguna decisión para intentar cambiarlo.

Se suceden en las páginas de Ronda de solos las reflexiones del narrador, destiladas en ocasiones en frases sentenciosas cercanas al aforismo (“La música es la disciplina de los que se comunican en silencio”). José Luis Carrasco nos ofrece en estas páginas una prosa cargada de lirismo y de apuntes casi filosóficos en los que la trama ocupa un lugar secundario, salvo por los encuentros con Maruxa, la extravagante dueña de la fonda en la que se aloja, y con Deva, una camarera con la que intercambia canciones. Entre esos pensamientos del protagonista que son tan frecuentes en el libro destacan los relacionados con la música y, en concreto, con el jazz. Como profesional de este género, el narrador va desgranando referencias a músicos estadounidenses como Miles Davis, Sonny Rollins, Chet Baker o John Coltrane; mención aparte merece el homenaje que realiza al recientemente fallecido Pedro Iturralde, seguramente el saxofonista más importante de la historia del jazz en España. 

El ritmo de la narración se vuelve a acelerar en el último capítulo del libro, que funciona como contrapunto del inicial como anuncia su título: “Reexposición del tema”. En él, el narrador se reencuentra en el local donde deben dar el concierto con sus compañeros de banda y solucionan de una manera imaginativa y festiva la ausencia de saxofón. 


Reseña publicada en El Noroeste:



lunes, 18 de enero de 2021

Las voladoras - Mónica Ojeda

 


Las voladoras, Mónica Ojeda, Páginas de Espuma, 2020, 125 págs., 15€.

 

Con sus dos últimas novelas publicadas en España, Nefando (2016) y Mandíbula (2018), la ecuatoriana Mónica Ojeda se presentó como una de las autoras latinoamericanas más interesantes de la actualidad. Con esta colección de cuentos titulada Las voladoras (2020), Ojeda nos vuelve a presentar un libro repleto de historias inquietantes pertenecientes, en su mayoría, al género fantástico y la confirman como una narradora de primer nivel. Si bien el libro no alcanza las cotas literarias de sus novelas, especialmente de la sobresaliente Mandíbula, los lectores encontrarán un puñado de relatos de gran interés y con esos ambientes entre lo sórdido y lo abyecto que tan bien retrata la narradora ecuatoriana.

El volumen se inicia con un breve texto titulado como el libro y escrito en una primera persona con ecos de oralidad. Se trata de una especie de confesión de una chica o una niña que habla de unos personajes sobrenaturales llamados “las voladoras”.  Ya aparecen aquí dos de los elementos que estructurarán el volumen: el lenguaje poético (el cuento nos deja frases que más parecen versos, como “Dios es tan peligroso y profundo como un bosque” o “el misterio es un rezo que se impone”) y el aire a leyenda andina. Estos rasgos vuelven a aparecer en el segundo cuento, “Sangre coagulada”, donde, de nuevo, una niña cuenta cómo se va a vivir con su abuela, una especie de curandera que es considerada una bruja por sus vecinos. Ojeda aborda aquí desde la perspectiva de la niña, como hizo en Nefando, el doloroso tema del abuso a menores.

El componente fantástico se impone definitivamente en “Cabeza voladora”, que parte de un suceso macabro: una profesora universitaria ve como la cabeza de su joven vecina cae en su jardín desde la casa en la que vivía con su padre. Este hecho será el comienzo de una serie de acontecimientos sobrenaturales de los que la protagonista no podrá escapar. El tema de las relaciones perturbadoras dentro de la familia que era el punto de partida de “Cabeza voladora” protagoniza los dos siguientes cuentos. En “Canino” una joven debe cuidar de su padre, enfermo y dependiente, y manejar su extraña tendencia a comportarse como un perro. Por su parte, “Slasher” nos relata la obsesión de una chica por amputar la lengua de su hermana sordomuda e integrar la acción en la performance que ambas ejecutan sobre un escenario. Esta extraña relación fraternal se transforma en “Terremoto” en incestuosa, en un relato que de nuevo hace uso de la primera persona para crear un texto muy poético y onírico.

El volumen se cierra con otro acercamiento a las relaciones paterno-filiales más extrañas en “El mundo de arriba y el de abajo”. El relato nos presenta a un padre que transporta el cadáver de su hija hasta lo alto de un volcán en una peregrinación enloquecida en la que busca devolverla a la vida. De nuevo encontramos un lenguaje de gran lirismo y con abundantes términos relacionadas con lo telúrico.

Bastante diferente al resto del volumen es el cuento titulado “Soroche”, el más realista del conjunto y también uno de los más interesantes. Relata de manera polifónica un incidente que viven cuatro amigas de clase alta que realizan una excursión para animar a una de ellas, cuyo marido ha difundido un vídeo sexual en el que ella participa. A pesar de que propone temas más cotidianos como la venganza, la hipocresía social y los cánones estéticos que se les imponen a las mujeres, vuelve a tener un final con elementos sobrenaturales.

Reseña publicada en El Noroeste:




domingo, 6 de diciembre de 2020

Todos estábamos vivos - Enrique Llamas

 Todos estábamos vivos, Enrique Llamas, Alianza, 2020, 280 págs., 18€. 


 Pocas épocas de la historia reciente de España se han convertido en tan icónicas como la Movida, ese periodo en el que el país y, sobre todo, Madrid pasaron del blanco y negro al color. En los últimos años la reivindicación ha convivido con una crítica hacia una etapa que algunos observan como un movimiento poco trascendente en lo artístico pero muy bien publicitada. En cualquier caso, la Movida sigue siendo un polo de atracción para jóvenes que no la vivieron, como Enrique Llamas, autor zamorano afincado en la capital, que dedica Todos estábamos vivos a retratar su inicio.  

Llamas parte en su libro de la fecha que es considerada tradicionalmente como la mecha inicial de la Movida: el 9 de febrero de 1980, día en el que se celebró en Madrid el concierto homenaje a Canito. Utilizando como personajes secundarios a algunos de los artistas más representativos de la época (Ana Curra, Eduardo Benavente, Enrique Urquijo, las Costus, etc.), la novela refleja con brillantez el estado de efervescencia que vivía la noche madrileña y el ímpetu de una juventud que se lanzó al goce y a la creación con desenfreno.  

Todos estábamos vivos es un retrato generacional, algo que queda remarcado en el título y mediante unos fragmentos (en cursiva en el libro) escritos en primera persona del plural, con sus luces y sus sombras. Entre las primeras destaca la gran oferta cultural que existía en esos meses de inicio de década en Madrid, con multitud de grupos creándose y conciertos interesantes cada noche. Las sombras las crea la heroína, la epidemia que se larva en estos años y que durante toda la década irá mermando a una generación que, como se indica en el libro, compartirá tanatorios con sus abuelos. No es casual que la novela termine con otra noche que puede simbolizar el final de la Movida: el incendio de la discoteca Alcalá 20 que dejó ochenta y un muertos en diciembre de 1983.  

Enrique Llamas elige como protagonista de su novela a un personaje que simboliza perfectamente el espíritu de la época: Adela. La “señorita”, como también se la conoce, es una joven del barrio de Salamanca, hija de un marqués y una actriz famosa retirada, que quiere dejar atrás su cómoda vida de niña mimada y a su absorbente madre para vivir los placeres que la ciudad de Madrid le ofrece. Adelita se lanzará a recorrer las calles del centro, los conciertos y las fiestas que se suceden en la ciudad con Teo, su egocéntrico novio y aspirante a estrella del pop, la pareja formada por Ric y Aldo, que viven en una precariedad que ella desconocía pero también con una libertad que la ayuda a romper con la influencia materna, y con Siberia, un personaje enigmático que tendrá gran importancia en su vida. La antagonista de Adela será Diana, su antigua amiga íntima, otra niña bien que ha decidido vivir la vida al límite, sin importarle las consecuencias que su comportamiento tendrá para los que la rodean. El enfrentamiento entre la tímida Adela y la desinhibida Diana reproduce el que años atrás vivieron sus madres sobre las tablas de los teatros y en las páginas de los periódicos.  

Enrique Llamas ha escrito un libro excelente, con una estructura arriesgada (la novela avanza hacia el pasado) que es mucho más que un retrato de la Movida y que nos muestra a una generación que voló muy alto pero que, en muchos casos, acabó estrellándose demasiado pronto.  


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lunes, 16 de noviembre de 2020

La ciudad que el diablo se llevó - David Toscana

La ciudad que el diablo se llevó, David Toscana, Candaya, 2020 (2012), 285 págs., 17€.


Cuando uno visita Varsovia y le cuentan la destrucción sistemática de la ciudad que llevaron a cabo los nazis, se da cuenta de que todo el centro es una gran reconstrucción de la ciudad de antes de 1939. Lo que el paseante observa es la copia inexacta de una capital que ya no existe, la ciudad que el diablo se llevó como David Toscana la define en el título de esta novela.

Y es que el escritor mexicano ubica este libro alrededor de 1945, con la capital polaca devastada por la destrucción nazi y sumida en ese breve pero intenso desgobierno que suelen vivir los países liberados tras una larga ocupación o una guerra cruenta. Así, la Varsovia de la novela recuerda la Viena de El tercer hombre de Graham Greene, un lugar lleno de escombros y de cementerios repletos donde el estraperlo es la mejor forma de enriquecerse.

En esta ciudad donde la dureza de la vida no permite a sus habitantes celebrar que han superado la guerra, es donde se reúnen cada noche los cuatro protagonistas del libro para emborracharse y brindar por una amistad que nació de un episodio que los unió para siempre. Unos años antes, los cuatro viajaban en un tranvía que fue detenido por los nazis, que les anunciaron que iban a morir cincuenta polacos como venganza tras el asesinato de un alemán. En ese momento, Feliks, un hombre con rostro de niño que ha tenido que mostrar su identificación para que lo consideren un adulto, le explica al oficial nazi que en el tranvía iban cincuenta y cuatro personas, por lo que cuatro debían ser eximidos del paredón. Fue así como salvaron la vida Feliks y los tres desconocidos que desde entonces se convertirían en sus grandes amigos.

Los cuatro protagonistas forman un grupo variopinto, alcohólico, irreverente y con una única bandera: la libertad, demasiado peligrosa en un país que comienza a regirse por un opresivo régimen comunista. A Feliks, quizás por su aspecto aniñado, la guerra le ha parecido un gran juego, que continúa en la nueva época con sus mensajes en morse y su tienda de segunda mano hasta que da con sus huesos en la cárcel. Ludwick es un sepulturero que, por unas monedas, cumple los deseos de las ancianas que quieren ser enterradas con sus novios de juventud en vez de con sus maridos. Eugeniusz es un sacerdote que busca congraciarse con la curia que le ha prohibido decir misa realizando un milagro. Kazimierz es un eterno aspirante a conserje que se enamora de la enfermera Marianka, de la foto de las hermanas judías cuya casa ha ocupado, o de la señora que Ludwik acaba de enterrar.

Toscana nos ofrece una novela de gran carga poética, con episodios memorables y un orden que no siempre es cronológico pero que nos lleva a acompañar a los cuatro protagonistas de una dictadura (la nazi) a otra (la comunista). La ciudad que el diablo se llevó es una especie de farsa, cercana a menudo al realismo mágico, donde asistimos al enterramiento de una novela que no pudo ser escrita, a la resurrección de Kazimerz tras pasar tres días encerrado en una tumba, a las caricias con la mano amputada de un antiguo amante o a una borrachera con el coñac en el que se conserva el corazón de Chopin.


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domingo, 1 de noviembre de 2020

Nuestra parte de noche - Mariana Enríquez

 


Nuestra parte de noche, Mariana Enríquez, Anagrama, 2019, 672 págs., 22€.


Existe una etiqueta que hace desconfiar a muchos lectores españoles y que los aleja de libros que podrían ser de su agrado si no se dejaran guiar tanto por prejuicios arraigados. Me estoy refiriendo a la de “literatura de género”, un sintagma que suele utilizarse para toda obra que no encaje en el realismo imperante entre las novelas más prestigiosas publicadas en nuestro país. Se incluyen en esta categoría obras tan diferentes como los relatos de terror, los de ciencia ficción o las novelas negras. La concesión de un premio tan prestigioso como el Herralde a un libro en el que lo sobrenatural posee tanta importancia como este Nuestra parte de la noche puede, por lo tanto, sorprender, pero son varias las razones que explican que la última novela de Enríquez haya escapado de esos prejuicios de los que hablábamos.

La primera, y seguramente la más importante, es la propia calidad de la obra. La autora argentina nos ofrece una novela enorme, con personajes de una enorme profundidad y que trata temas de gran calado como el poder de cierta oligarquía, la dictadura argentina, las relaciones familiares y los cambios sociales producidos en las últimas décadas. Lo hace sin renunciar a mezclar el realismo hegemónico, la base de una novela ubicada en escenarios reales de Argentina y Londres, con episodios fantásticos que, pese a su menor presencia, tienen una importancia central en la novela.

Es en estos pasajes donde encontramos uno de los pocos puntos débiles, a mi juicio, de Nuestra parte de noche. Como suele ocurrir en los relatos fantásticos, el mundo de los fantasmas o de los muertos en el que se introducen los personajes de la novela tiene sus propias reglas, que la narradora debe explicar al lector, ya que no son las del universo real. Se trata de un recurso necesario para que comprender qué está permitido y qué no en esta dimensión y cómo influye en la vida de los protagonistas, pero que a veces ralentiza el ritmo de la obra.

De todas formas, Enríquez integra perfectamente estos episodios fantásticos, y este es otro de los aciertos del libro, valiéndose de ambientes donde estos hechos se adecúan con facilidad como son la selva o las reuniones de una sociedad secreta y exclusiva, la Orden, formada por adoradores de un rito de tintes satánicos pero unidos también por su poder económico y político.

Otro de los aspectos destacados de Nuestra parte de la noche es el retrato que hace de las difíciles relaciones que se suelen establecer entre la familia. El texto cuenta cómo una rica familia argentina perteneciente a la Orden, adopta y un niño pobre y soluciona sus problemas cardiacos porque descubren que es un médium capaz de establecer comunicaciones con la Oscuridad, acto fundamental para este culto secreto. Este niño, Juan, acabará teniendo junto a Rosario, otro miembro de la familia, un hijo, Gaspar, que también es médium. La novela se centra en esa doble dinámica de protección de la nueva generación y oposición a la anterior que es habitual en las familias poderosas, ávidas de perpetuar su poder, pero que aquí adquiere una nueva dimensión por los poderes de Gaspar.

En definitiva, estamos ante una excelente novela que transita varias décadas de la historia familiar y de Argentina y que en cuya crudeza, los sacrificios y torturas de la Orden, encontramos ecos de los desmanes provocados por la dictadura militar con la connivencia, cuando no colaboración, de la oligarquía del país.  

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