domingo, 14 de febrero de 2021

Panza de burro - Andrea Abreu


 Panza de burro, Andrea Abreu, Barrett, 2020, 176 págs. 15€.


De manera bastante sorprendente, los aficionados al rap hemos sido testigos de cómo algunos de los raperos más interesantes de los últimos años provenían de las Islas Canarias. Digo sorprendente porque en décadas anteriores apenan encontrábamos músicos de hip-hop de esta comunidad, ya que eran ciudades como Barcelona, Madrid, Zaragoza y Sevilla los principales núcleos del género en España. Sin embargo, las canciones de artistas como Don Patricio, Bejo o Cruz Cafuné han llegado a un gran número de oyentes gracias, en parte, a una querencia por los ritmos latinos y al uso de un vocabulario exótico para los peninsulares. Este último rasgo es compartido por Panza de burro, otro sorprendente éxito canario.

Porque lo primero que llama la atención de esta novela de la también poeta Andrea Abreu es su léxico, repleto de unos localismos que desde la Península se perciben como un lenguaje fresco y con aires latinoamericanos. Así, las páginas del libro están repletas de términos como “fisquito”, “trompadas”, “miniña” o “brumasera”, además de referencias a productos autóctonos como el gofio o el clíper de fresa (un refresco). La autora usa con frecuencia este léxico canario en fragmentos en los que reproduce el discurso oral de los personajes o el pensamiento de la narradora (en dos capítulos sin signos de puntuación) y que conviven con otros pasajes más poéticos. Además, este original estilo se completa con los anglicismos que usa Isora, (“shit”, “bitch”, etc.), una de las dos niñas, la otra es la narradora, protagonistas de Panza de burro.

Isora es un personaje redondo, una de las razones del éxito de un libro que gira en torno a ella y uno de los caracteres más originales de la reciente narrativa española. Se trata de una preadolescente que vive en un empinado pueblo tinerfeño junto a su abuela y su tía, que regentan una tienda que se convierte en el centro social de la localidad. La personalidad de Isora bascula entre su arrolladora relación con los demás y su tendencia a la tristeza (motivada por el recuerdo de su madre fallecida), entre su bulliciosa imaginación y su tendencia a la mentira y a la manipulación de los demás.

Ella forma una pareja de contrarios con la narradora, otra niña del pueblo que siente una atracción imparable hacia Isora, que representa todo lo que ella quiere ser; Abreu define perfectamente esta dependencia en un pasaje en el que la narradora reconoce que “mi tristeza era la de ella dentro de mi cuerpo”. Como suele ocurrir en la infancia, la amistad entre ambas sufre diversos vaivenes, provocados por el complicado carácter de Isora y a una pelea a puñetazos le suceden, días después, unos besos entre las dos.    

Acompañamos a las dos niñas durante un verano de la primera década del siglo en el que, sin salir de su pequeño pueblo, viven numerosas aventuras. Junto a divertidos pasajes en los que se narran juegos y travesuras infantiles, en Panza de burro afloran fragmentos mucho más crudos que nos presentan temas tan serios como el abuso sexual, los desórdenes alimenticios, la enfermedad mental, la precariedad laboral o el maltrato infantil.

Andrea Abreu nos recuerda que la infancia es una etapa compleja en la que vivimos sucesos que tendrán una profunda huella en nuestra existencia y en la que los juegos y las amistades aparentemente inocentes a menudo esconden, como en el caso de Isora y la narradora, relaciones tormentosas.   



viernes, 29 de enero de 2021

Ronda de solos - José Luis Carrasco



 Ronda de solos, José Luis Carrasco, Boria, 2020, 112 págs., 14€.

La mayoría de las novelas hacen un uso abundante del resumen o de la elipsis para intentar abarcar en sus tramas el mayor tiempo posible. Parece que la trascendencia de un relato solo se puede lograr si relata una historia que se desarrolla en un lapso temporal amplio. Por ello, se agradecen textos como este Ronda de solos que, por usar una terminología musical que emparenta con su argumento, emplea un tempo muy lento para contar apenas dos días en la historia de su protagonista. Estamos, pues, ante una novela corta que avanza como un adagio, a un ritmo lento y en el que el narrador abunda en las pausas narrativas.

El texto comienza con una situación conflictiva que se relata en el primer capítulo, titulado significativamente “Exposición del tema”. Un músico de jazz que acaba de aterrizar en Asturias para dar un concierto al día siguiente, pierde (o más bien, sufre un robo) su saxofón mientras recoge el resto de su equipaje. Lo que en manos de otro escritor desembocaría en una trama trepidante en la que se sucederían las peripecias del saxofonista para encontrar su instrumento u otro que lo sustituya, es convertido por José Luis Carrasco en una historia de aceptación y de autoconocimiento. Y es que el narrador opta rápidamente por una actitud estoica ante el hurto y decide dejar pasar el tiempo y dedicarse a escribir sus pensamientos y reflexiones mientras llega la hora de reunirse con el resto de su banda.

Durante el siguiente día y medio, el protagonista recorre una y otra vez la ciudad en la que se aloja y donde tendrá lugar el concierto, Avilés, realizando una especie de cartografía (los nombres de las calles por las que pasa se van consignando en el libro) con un doble objetivo: conocer mejor la localidad y, sobre todo, dejar de pensar en su pérdida. El músico de jazz, ejecutor por naturaleza e improvisador por vocación, se convierte así en todo lo contrario: un flanneur sereno que acepta su destino y que elude tomar ninguna decisión para intentar cambiarlo.

Se suceden en las páginas de Ronda de solos las reflexiones del narrador, destiladas en ocasiones en frases sentenciosas cercanas al aforismo (“La música es la disciplina de los que se comunican en silencio”). José Luis Carrasco nos ofrece en estas páginas una prosa cargada de lirismo y de apuntes casi filosóficos en los que la trama ocupa un lugar secundario, salvo por los encuentros con Maruxa, la extravagante dueña de la fonda en la que se aloja, y con Deva, una camarera con la que intercambia canciones. Entre esos pensamientos del protagonista que son tan frecuentes en el libro destacan los relacionados con la música y, en concreto, con el jazz. Como profesional de este género, el narrador va desgranando referencias a músicos estadounidenses como Miles Davis, Sonny Rollins, Chet Baker o John Coltrane; mención aparte merece el homenaje que realiza al recientemente fallecido Pedro Iturralde, seguramente el saxofonista más importante de la historia del jazz en España. 

El ritmo de la narración se vuelve a acelerar en el último capítulo del libro, que funciona como contrapunto del inicial como anuncia su título: “Reexposición del tema”. En él, el narrador se reencuentra en el local donde deben dar el concierto con sus compañeros de banda y solucionan de una manera imaginativa y festiva la ausencia de saxofón. 


Reseña publicada en El Noroeste:



lunes, 18 de enero de 2021

Las voladoras - Mónica Ojeda

 


Las voladoras, Mónica Ojeda, Páginas de Espuma, 2020, 125 págs., 15€.

 

Con sus dos últimas novelas publicadas en España, Nefando (2016) y Mandíbula (2018), la ecuatoriana Mónica Ojeda se presentó como una de las autoras latinoamericanas más interesantes de la actualidad. Con esta colección de cuentos titulada Las voladoras (2020), Ojeda nos vuelve a presentar un libro repleto de historias inquietantes pertenecientes, en su mayoría, al género fantástico y la confirman como una narradora de primer nivel. Si bien el libro no alcanza las cotas literarias de sus novelas, especialmente de la sobresaliente Mandíbula, los lectores encontrarán un puñado de relatos de gran interés y con esos ambientes entre lo sórdido y lo abyecto que tan bien retrata la narradora ecuatoriana.

El volumen se inicia con un breve texto titulado como el libro y escrito en una primera persona con ecos de oralidad. Se trata de una especie de confesión de una chica o una niña que habla de unos personajes sobrenaturales llamados “las voladoras”.  Ya aparecen aquí dos de los elementos que estructurarán el volumen: el lenguaje poético (el cuento nos deja frases que más parecen versos, como “Dios es tan peligroso y profundo como un bosque” o “el misterio es un rezo que se impone”) y el aire a leyenda andina. Estos rasgos vuelven a aparecer en el segundo cuento, “Sangre coagulada”, donde, de nuevo, una niña cuenta cómo se va a vivir con su abuela, una especie de curandera que es considerada una bruja por sus vecinos. Ojeda aborda aquí desde la perspectiva de la niña, como hizo en Nefando, el doloroso tema del abuso a menores.

El componente fantástico se impone definitivamente en “Cabeza voladora”, que parte de un suceso macabro: una profesora universitaria ve como la cabeza de su joven vecina cae en su jardín desde la casa en la que vivía con su padre. Este hecho será el comienzo de una serie de acontecimientos sobrenaturales de los que la protagonista no podrá escapar. El tema de las relaciones perturbadoras dentro de la familia que era el punto de partida de “Cabeza voladora” protagoniza los dos siguientes cuentos. En “Canino” una joven debe cuidar de su padre, enfermo y dependiente, y manejar su extraña tendencia a comportarse como un perro. Por su parte, “Slasher” nos relata la obsesión de una chica por amputar la lengua de su hermana sordomuda e integrar la acción en la performance que ambas ejecutan sobre un escenario. Esta extraña relación fraternal se transforma en “Terremoto” en incestuosa, en un relato que de nuevo hace uso de la primera persona para crear un texto muy poético y onírico.

El volumen se cierra con otro acercamiento a las relaciones paterno-filiales más extrañas en “El mundo de arriba y el de abajo”. El relato nos presenta a un padre que transporta el cadáver de su hija hasta lo alto de un volcán en una peregrinación enloquecida en la que busca devolverla a la vida. De nuevo encontramos un lenguaje de gran lirismo y con abundantes términos relacionadas con lo telúrico.

Bastante diferente al resto del volumen es el cuento titulado “Soroche”, el más realista del conjunto y también uno de los más interesantes. Relata de manera polifónica un incidente que viven cuatro amigas de clase alta que realizan una excursión para animar a una de ellas, cuyo marido ha difundido un vídeo sexual en el que ella participa. A pesar de que propone temas más cotidianos como la venganza, la hipocresía social y los cánones estéticos que se les imponen a las mujeres, vuelve a tener un final con elementos sobrenaturales.

Reseña publicada en El Noroeste:




domingo, 6 de diciembre de 2020

Todos estábamos vivos - Enrique Llamas

 Todos estábamos vivos, Enrique Llamas, Alianza, 2020, 280 págs., 18€. 


 Pocas épocas de la historia reciente de España se han convertido en tan icónicas como la Movida, ese periodo en el que el país y, sobre todo, Madrid pasaron del blanco y negro al color. En los últimos años la reivindicación ha convivido con una crítica hacia una etapa que algunos observan como un movimiento poco trascendente en lo artístico pero muy bien publicitada. En cualquier caso, la Movida sigue siendo un polo de atracción para jóvenes que no la vivieron, como Enrique Llamas, autor zamorano afincado en la capital, que dedica Todos estábamos vivos a retratar su inicio.  

Llamas parte en su libro de la fecha que es considerada tradicionalmente como la mecha inicial de la Movida: el 9 de febrero de 1980, día en el que se celebró en Madrid el concierto homenaje a Canito. Utilizando como personajes secundarios a algunos de los artistas más representativos de la época (Ana Curra, Eduardo Benavente, Enrique Urquijo, las Costus, etc.), la novela refleja con brillantez el estado de efervescencia que vivía la noche madrileña y el ímpetu de una juventud que se lanzó al goce y a la creación con desenfreno.  

Todos estábamos vivos es un retrato generacional, algo que queda remarcado en el título y mediante unos fragmentos (en cursiva en el libro) escritos en primera persona del plural, con sus luces y sus sombras. Entre las primeras destaca la gran oferta cultural que existía en esos meses de inicio de década en Madrid, con multitud de grupos creándose y conciertos interesantes cada noche. Las sombras las crea la heroína, la epidemia que se larva en estos años y que durante toda la década irá mermando a una generación que, como se indica en el libro, compartirá tanatorios con sus abuelos. No es casual que la novela termine con otra noche que puede simbolizar el final de la Movida: el incendio de la discoteca Alcalá 20 que dejó ochenta y un muertos en diciembre de 1983.  

Enrique Llamas elige como protagonista de su novela a un personaje que simboliza perfectamente el espíritu de la época: Adela. La “señorita”, como también se la conoce, es una joven del barrio de Salamanca, hija de un marqués y una actriz famosa retirada, que quiere dejar atrás su cómoda vida de niña mimada y a su absorbente madre para vivir los placeres que la ciudad de Madrid le ofrece. Adelita se lanzará a recorrer las calles del centro, los conciertos y las fiestas que se suceden en la ciudad con Teo, su egocéntrico novio y aspirante a estrella del pop, la pareja formada por Ric y Aldo, que viven en una precariedad que ella desconocía pero también con una libertad que la ayuda a romper con la influencia materna, y con Siberia, un personaje enigmático que tendrá gran importancia en su vida. La antagonista de Adela será Diana, su antigua amiga íntima, otra niña bien que ha decidido vivir la vida al límite, sin importarle las consecuencias que su comportamiento tendrá para los que la rodean. El enfrentamiento entre la tímida Adela y la desinhibida Diana reproduce el que años atrás vivieron sus madres sobre las tablas de los teatros y en las páginas de los periódicos.  

Enrique Llamas ha escrito un libro excelente, con una estructura arriesgada (la novela avanza hacia el pasado) que es mucho más que un retrato de la Movida y que nos muestra a una generación que voló muy alto pero que, en muchos casos, acabó estrellándose demasiado pronto.  


Reseña publicada en El Noroeste:



lunes, 16 de noviembre de 2020

La ciudad que el diablo se llevó - David Toscana

La ciudad que el diablo se llevó, David Toscana, Candaya, 2020 (2012), 285 págs., 17€.


Cuando uno visita Varsovia y le cuentan la destrucción sistemática de la ciudad que llevaron a cabo los nazis, se da cuenta de que todo el centro es una gran reconstrucción de la ciudad de antes de 1939. Lo que el paseante observa es la copia inexacta de una capital que ya no existe, la ciudad que el diablo se llevó como David Toscana la define en el título de esta novela.

Y es que el escritor mexicano ubica este libro alrededor de 1945, con la capital polaca devastada por la destrucción nazi y sumida en ese breve pero intenso desgobierno que suelen vivir los países liberados tras una larga ocupación o una guerra cruenta. Así, la Varsovia de la novela recuerda la Viena de El tercer hombre de Graham Greene, un lugar lleno de escombros y de cementerios repletos donde el estraperlo es la mejor forma de enriquecerse.

En esta ciudad donde la dureza de la vida no permite a sus habitantes celebrar que han superado la guerra, es donde se reúnen cada noche los cuatro protagonistas del libro para emborracharse y brindar por una amistad que nació de un episodio que los unió para siempre. Unos años antes, los cuatro viajaban en un tranvía que fue detenido por los nazis, que les anunciaron que iban a morir cincuenta polacos como venganza tras el asesinato de un alemán. En ese momento, Feliks, un hombre con rostro de niño que ha tenido que mostrar su identificación para que lo consideren un adulto, le explica al oficial nazi que en el tranvía iban cincuenta y cuatro personas, por lo que cuatro debían ser eximidos del paredón. Fue así como salvaron la vida Feliks y los tres desconocidos que desde entonces se convertirían en sus grandes amigos.

Los cuatro protagonistas forman un grupo variopinto, alcohólico, irreverente y con una única bandera: la libertad, demasiado peligrosa en un país que comienza a regirse por un opresivo régimen comunista. A Feliks, quizás por su aspecto aniñado, la guerra le ha parecido un gran juego, que continúa en la nueva época con sus mensajes en morse y su tienda de segunda mano hasta que da con sus huesos en la cárcel. Ludwick es un sepulturero que, por unas monedas, cumple los deseos de las ancianas que quieren ser enterradas con sus novios de juventud en vez de con sus maridos. Eugeniusz es un sacerdote que busca congraciarse con la curia que le ha prohibido decir misa realizando un milagro. Kazimierz es un eterno aspirante a conserje que se enamora de la enfermera Marianka, de la foto de las hermanas judías cuya casa ha ocupado, o de la señora que Ludwik acaba de enterrar.

Toscana nos ofrece una novela de gran carga poética, con episodios memorables y un orden que no siempre es cronológico pero que nos lleva a acompañar a los cuatro protagonistas de una dictadura (la nazi) a otra (la comunista). La ciudad que el diablo se llevó es una especie de farsa, cercana a menudo al realismo mágico, donde asistimos al enterramiento de una novela que no pudo ser escrita, a la resurrección de Kazimerz tras pasar tres días encerrado en una tumba, a las caricias con la mano amputada de un antiguo amante o a una borrachera con el coñac en el que se conserva el corazón de Chopin.


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domingo, 1 de noviembre de 2020

Nuestra parte de noche - Mariana Enríquez

 


Nuestra parte de noche, Mariana Enríquez, Anagrama, 2019, 672 págs., 22€.


Existe una etiqueta que hace desconfiar a muchos lectores españoles y que los aleja de libros que podrían ser de su agrado si no se dejaran guiar tanto por prejuicios arraigados. Me estoy refiriendo a la de “literatura de género”, un sintagma que suele utilizarse para toda obra que no encaje en el realismo imperante entre las novelas más prestigiosas publicadas en nuestro país. Se incluyen en esta categoría obras tan diferentes como los relatos de terror, los de ciencia ficción o las novelas negras. La concesión de un premio tan prestigioso como el Herralde a un libro en el que lo sobrenatural posee tanta importancia como este Nuestra parte de la noche puede, por lo tanto, sorprender, pero son varias las razones que explican que la última novela de Enríquez haya escapado de esos prejuicios de los que hablábamos.

La primera, y seguramente la más importante, es la propia calidad de la obra. La autora argentina nos ofrece una novela enorme, con personajes de una enorme profundidad y que trata temas de gran calado como el poder de cierta oligarquía, la dictadura argentina, las relaciones familiares y los cambios sociales producidos en las últimas décadas. Lo hace sin renunciar a mezclar el realismo hegemónico, la base de una novela ubicada en escenarios reales de Argentina y Londres, con episodios fantásticos que, pese a su menor presencia, tienen una importancia central en la novela.

Es en estos pasajes donde encontramos uno de los pocos puntos débiles, a mi juicio, de Nuestra parte de noche. Como suele ocurrir en los relatos fantásticos, el mundo de los fantasmas o de los muertos en el que se introducen los personajes de la novela tiene sus propias reglas, que la narradora debe explicar al lector, ya que no son las del universo real. Se trata de un recurso necesario para que comprender qué está permitido y qué no en esta dimensión y cómo influye en la vida de los protagonistas, pero que a veces ralentiza el ritmo de la obra.

De todas formas, Enríquez integra perfectamente estos episodios fantásticos, y este es otro de los aciertos del libro, valiéndose de ambientes donde estos hechos se adecúan con facilidad como son la selva o las reuniones de una sociedad secreta y exclusiva, la Orden, formada por adoradores de un rito de tintes satánicos pero unidos también por su poder económico y político.

Otro de los aspectos destacados de Nuestra parte de la noche es el retrato que hace de las difíciles relaciones que se suelen establecer entre la familia. El texto cuenta cómo una rica familia argentina perteneciente a la Orden, adopta y un niño pobre y soluciona sus problemas cardiacos porque descubren que es un médium capaz de establecer comunicaciones con la Oscuridad, acto fundamental para este culto secreto. Este niño, Juan, acabará teniendo junto a Rosario, otro miembro de la familia, un hijo, Gaspar, que también es médium. La novela se centra en esa doble dinámica de protección de la nueva generación y oposición a la anterior que es habitual en las familias poderosas, ávidas de perpetuar su poder, pero que aquí adquiere una nueva dimensión por los poderes de Gaspar.

En definitiva, estamos ante una excelente novela que transita varias décadas de la historia familiar y de Argentina y que en cuya crudeza, los sacrificios y torturas de la Orden, encontramos ecos de los desmanes provocados por la dictadura militar con la connivencia, cuando no colaboración, de la oligarquía del país.  

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martes, 13 de octubre de 2020

La máscara humana - José Lorente


La máscara humana, José Lorente, Ediciones en Huida, 2020, 138 págs., 15€. 

La etiqueta de “literatura generacional” suele ser bastante engañosa, ya que se suele circunscribir a novelas o colecciones de relatos escritos por jóvenes que crean personajes que descubren la vida mediante hechos significativos y a veces traumáticos. En cualquier caso, es muy habitual que el autor ofrezca al lector tramas protagonizadas por alguien que atraviesa la misma etapa de la vida que él. Es lo que ocurre en La máscara humana, el excelente debut del murciano José Lorente, que nos ofrece un conjunto de cuentos protagonizados mayoritariamente por personas en la treintena.  

Los personajes de estos relatos han llegado a esos años en los que se cumple el verso de Gil de Biedma y la vida comienza a ir en serio. Los planes de la primera juventud, los sueños de la adolescencia y las fabulaciones de la infancia se han convertido para ellos en una realidad que no siempre es agradable y que parece que protagonizará el resto de sus existencias. Así, encontramos a prometedores escritores que se han tenido que conformar con el oscuro pero seguro trabajo de negro literario, “Punto y coma”, hombres que no son capaces de enfrentarse a una infidelidad, “Aurora boreal”, mujeres que no saben cómo deshacerse de sus ligues, “Vienen los amigos a cenar”, o padres que manejan mal la paternidad tras el divorcio, “En la oscuridad”. Son muchos de estos treintañeros personas varadas en un presente del que no saben cómo escapar aunque lo intenten con un embarazo, “Uróboros”, con una cita con el amor platónico de la época del instituto, “El hombre Omega”, o con una nueva relación, “Balconing”. La amargura y la desesperanza marcan todos estos relatos que ofrecen un retrato acre y afilado de la llegada a la madurez.  

Mucho mayor empuje vital parece existir en los personajes que aún transitan la adolescencia, una etapa en la que todavía se tiene toda la vida por delante y en la que un error o una experiencia negativa, como las que experimentan los protagonistas de estos cuentos, no son definitivos. Esta sección de La máscara humana estaría formada por “Toda la tarde comiendo pipas en el parque”, en el que el personaje principal se debate entre su grupo de amigos de siempre y sus nuevas aficiones, “Lesbianas de temporada”, sobre la dificultad para establecer relaciones para una chica lesbiana que, además, vive en una zona de veraneo, y “La vegetación de un planeta extraño”, sobre los suicidios de varios adolescentes.  

Aunque los relatos de Lorente son mayoritariamente realistas y ubicados en un entorno cercano y reconocible, el autor sabe romper la monotonía en la que podría caer un libro como este, repleto de historias cotidianas y reconocibles, con giros sorprendentes en algunos finales y con dos recursos de gran eficacia. El primero sería el uso de la alegoría, mecanismo sobre el que se construyen varios de los relatos; por ejemplo, dos amantes vistos desde una cámara térmica se convierten en una aurora boreal y los miembros de una pareja en caída libre (literal y metafórica) se asemejan a las piezas del Tetris. El segundo recurso es el tono fantástico de algunos de los relatos, en los que encontramos muertos revividos, textos con el poder de provocar el suicidio y el tema del doble. Este último es tratado de manera muy original en “Estrella de mar”, uno de los cuentos más redondos de un conjunto más que notable.


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miércoles, 7 de octubre de 2020

Centroeuropa - Vicente Luis Mora


 


Centroeuropa, Vicente Luis Mora, Galaxia Gutenberg, 2020, 181 págs., 18€.

              

Pocas zonas del mundo tienen un pasado tan convulso como Centroeuropa; quizás por tratarse de una encrucijada en la que han confluido numerosas tribus, imperios y estados, la gran llanura que se extiende entre los Alpes y el mar ha sido testigo de frecuentes modificaciones de sus fronteras y de numerosas guerras. Vicente Luis Mora imagina en su última novela que este territorio que ha servido en tantas ocasiones de campo de batalla, es en realidad un gran cementerio de soldados de distintos países y épocas.

Esta metáfora del pasado de la tierra centroeuropea, se convierte en palpable realidad en la finca de Redo; es este un vienés que en los años treinta del siglo XIX se establece en Szonden (Prusia) para comenzar una nueva vida y que al cavar una tumba donde enterrar a su esposa Odra, fallecida durante el viaje por una bala perdida de (precisamente) un militar francés, observa que el terreno está lleno de cadáveres de soldados. El hallazgo pasa de sorprendente a fantástico al encontrar en cada nueva prospección el doble de cuerpos, por pertenecer estos a distintos ejércitos del pasado y del futuro y por mantenerse congelados incluso cuando la primavera llega. El suceso atrae la atención de todo el pueblo, que discute con serenidad germánica qué hacer con los cadáveres, y determina la llegada de Redo al villorrio.

Sin embargo, este llamativo hecho inicial acaba adquiriendo un carácter secundario y la novela se centra en la aclimatación del protagonista al pueblo. A pesar del macabro hallazgo y del hecho de que Redo sea forastero y el primer campesino libre de la zona, el vienés es recibido cordialmente en Szonden. Allí encuentra vecinos colaboradores como Hans, jóvenes nobles atraídas por su frondosa barba como Johanna, e intelectuales con los que traba amistad como Jakob, que se convierte en su maestro. Con todos ellos Redo mantendrá una estrecha y prolongada relación marcada por el gran secreto que debe guardar. Es este, y no el descubrimiento de los cuerpos en su terreno, el leit motiv del libro; el protagonista había proyectado junto a Odra la vida que iban a llevar en Szonden y que les iba a permitir escapar de sus humildes orígenes y vivir juntos su amor. La muerte de la mujer no arredra al  protagonista, que continua con el plan establecido soportando él solo ese secreto que si bien no se explicita, el lector adivinará a lo largo del libro. Creo, por lo tanto, que el tema principal de la novela es la dificultad de llevar una vida en la que estés obligado a mantener una mentira y no poder mostrarte como realmente eres ni siquiera ante tus mejores amigos.

Además de este asunto de gran calado representado por la ambigua existencia de Redo en Szonden, Vicente Luis Mora dispone en Centroeuropa de otros temas de gran interés como la inoperancia de la burocracia, el sinsentido de la guerra y la necesidad de conocer el pasado para no repetir sus errores. La tierra fronteriza en la que Redo se establece, a orillas del río Oder, ofrece como una panoplia los estragos de las guerras del pasado en cuanto se raspa la productiva superficie de sus campos.

Otro dos aspectos que considero que ayudan a convertir a Centroeuropa en una gran novela que evita esa tendencia mayoritaria a retratar el presente que existe en la narrativa española actual, son su estilo y su estructura. El primero destaca por el uso de palabras cotidianas tanto en el siglo XXI como en el XIX, uno de los objetivos del autor como ha reconocido en una entrevista. En cuanto a la estructura, aunque se usa la primera persona y Redo es el narrador, existen varias notas de una supuesta traductora que comenta las incoherencias o errores de la historia en un juego de niveles narrativos que recuerda al Quijote

domingo, 27 de septiembre de 2020

Una amor - Sara Mesa

Un amor, Sara Mesa, Anagrama, 2020, 185 págs., 18€.  

En el ambiente rural, ser el forastero no suele resultar sencillo. En comunidades pequeñas en las que todo el mundo se conoce y que están entretejidas por una serie de relaciones familiares o de vecindad que a menudo se remontan a varias generaciones anteriores, es complicado integrarse y sólo se consigue, en el mejor de los casos, tras mucho tiempo y esfuerzo. La desconfianza hacia el que viene de fuera suele ser mayor si es una persona extranjera o una mujer sola, como Nat, la protagonista de esta estupenda y magnética novela de Sara Mesa, una de las narradoras más interesantes de la literatura española actual.  

Y es que Natalia es una mujer joven que abandona una ciudad, la ficticia Cárdenas, para instalarse en una destartalada casa de una aldea llamada La Escapa. Nat decide cambiar de aires tras una situación laboral violenta y también de profesión: de traductora técnica en una empresa a autónoma intentando abrirse paso en la mucho más artística pero también menos lucrativa traducción literaria. Su condición de forastera y de mujer independiente serán una losa para su estancia en un entorno que se le presenta más que agresivo, indescifrable; por mucho que lo intente, es incapaz de entender los códigos que rigen en La Escapa y que a menudo están motivados por situaciones del pasado que ella desconoce. La protagonista de Un amor se siente perdida y comienza a caer en un pozo de desesperación por su relación con la comunidad y, en concreto, con tres de los hombres que la forman.  

El más cercano a ella desde el principio será Píter, un vecino que le ofrece su amistad, pero que también parece obligarla a integrarse en la comunidad. Este hombre actúa con Natalia con ese paternalismo que ciertas personas usan para adultos en situaciones desfavorables y que si bien tratan de ayudar, no dejan de mostrar hacia ellos una superioridad moral que pone al ayudado en una situación subalterna.  

El casero es uno de los personajes más reconocibles del libro; Sara Mesa utiliza un estereotipo que desgraciadamente sigue siendo frecuente en nuestra sociedad. Representa el casero al misógino que desprecia en las mujeres cualquier atisbo de independencia y que siente hacia ellas un odio cerval. Su relación con Nat está marcada desde el principio por un desprecio machista mezclado con cierto interés libidinoso.  

El tercero de estos personajes masculinos de personalidad marcada sobre los que la estancia de Natalia en el pueblo gravitará es Andreas. Establece con él una relación sicalíptica y extraña, en la que el afecto parece estar desterrado y que acabará minando los nervios de Nat, incapaz de traspasar la coraza de un hombre ermitaño y callado con el que sólo parece capaz de comunicarse en la cama. La brusca manera en la que comienza esta historia entre ambos es sorprendente para ella, pero parece mostrarle que en aquel lugar se siguen aún ciertos códigos atávicos perdidos hace tiempo en la ciudad.     

Nat se sentirá impotente ante estos tres hombres y ante la cerrada e indescifrable sociedad de La Escapa y volcará su afecto en Sieso, el chucho indolente y arisco que le entrega el casero y que ella trata de educar de un modo que sabe que es incapaz de hacer con los seres humanos que la rodean.

Reseña publicada en El Noroeste:


lunes, 14 de septiembre de 2020

Basilisco - Jon Bilbao

 

Basilisco, Jon Bilbao, Impedimenta, 2020, 290 págs., 18€.

 

En España tienen una fama terrible, al menos entre la crítica, las novelas del oeste; creadas al calor del éxito del cine de vaqueros dentro de la llamada literatura popular o de kiosco, se trata de un subgénero que pronto devino en un mero entretenimiento de evasión que disponía de unos pocos tópicos y de unos personajes estereotipados en tramas repetitivas y efectistas. Sin embargo, el territorio del oeste americano ha demostrado en el cine sus múltiples posibilidades narrativas al enfrentar a sus protagonistas a situaciones extremas en territorios despiadados.

En España, quizás por esa consideración negativa que tienen las novelas populares del oeste, los narradores actuales apenas han visitado el subgénero, salvo con contadas y curiosas excepciones como Duelo en Marilyn City (2003), donde Eduardo Mendicutti hacía una revisión del western desde una perspectiva LGTBI. Por ello, puede sorprender que un narrador de la trayectoria de Jon Bilbao, con libros que tan buena acogida han tenido entre la crítica como Estrómboli (2017) o El silencio y los crujidos (2018), opte en Basilisco por la tan denostada y apolillada novela del oeste.

Esta aparente paradoja se rechaza rápidamente tras la lectura del libro, con la que descubrimos que, en primer lugar, Bilbao evita los tópicos del género y el efectismo de sus giros más tradicionales, y que, en realidad, la historia de vaqueros de Basilisco sólo ocupa una parte de la novela. En esta sección el narrador asturiano ubica la historia en territorios como Nevada, Utah o Idaho en la segunda mitad del siglo XIX y se vale de algunos de los estereotipos del género: el pistolero solitario y atormentado, John Dunbar, el joven intelectual que deja la ciudad para vivir la experiencia del Oeste, Patrick Clement, o la prostituta que busca protección, Úrsula. De manera intermitente, en los distintos capítulos de esta parte del libro vamos recorriendo la vida del magnético y poliédrico Dunbar, desde su aparición en la vida de su hermano pequeño años después de abandonar la casa familiar, a su trabajo como guía en una expedición científica, hasta su retiro en la montaña.

A pesar de que esta novela del oeste ocupa un lugar importante en el libro, se trata de una historia del nivel hipodiegético, es decir, que depende de otra trama principal. En esta tenemos a un escritor contemporáneo a quien, en una visita a un rancho de Nevada, le cuentan la historia de Dunbar, lejano antepasado de la anfitriona. A partir de ahí, Basilisco va alternando la narración de la historia del enigmático vaquero con la de la vida del escritor. Con el paso de las páginas vamos descubriendo coincidencias entre Dunbar y el narrador: la difícil relación con la familia, la insatisfacción vital, la necesidad de aceptar trabajos alimenticios, etc. El juego de espejos va más allá con la presencia de aspectos de la vida del autor que se asignan al narrador: su formación como ingeniero, la publicación de relatos o su infancia en Ribadesella. Creo que esta “matrioshka” de personalidades es bastante evidente, por lo que considero innecesario ese episodio, entre lo fantástico y lo onírico, en el que Dunbar aparece dentro de un cuerpo que a su vez está dentro de otro.

La estructura del libro suma a la complejidad ya reseñada un relato inserto, “La playa del naufragio”, escrito en tercera persona y adjudicado posteriormente al narrador. Se trata de un cuento excelente en el que Jon Bilbao confronta al protagonista con un dilema difícil de resolver y que termina de configurar a Basilisco como una obra notable.

Reseña publicada en El Noroeste: