jueves, 7 de abril de 2022

Flores eléctricas para Kisuri - Pedro Pujante


 Flores eléctricas para Kisuri, Pedro Pujante, Bunker Books, 2021, 187 págs., 16€. 

 

Uno de los estados mentales más desconocidos que puede sufrir el ser humano, al menos para los profanos en medicina, es el coma. Cuando alguien entra en esa situación tras un accidente o enfermedad se instala en una especie de limbo entre la vida y la muerte de muy difícil aceptación para su familia, que se suele mover entre la esperanza de que despierte, el miedo a que no lo haga y las dudas sobre qué grado de conciencia puede llegar a tener el enfermo. Esta última pregunta que muchos nos hacemos cuando pensamos en una persona en esta terrible situación, qué es capaz de captar el enfermo de lo que hay a su alrededor mientras está en la cama de un hospital, está en la base de Flores eléctricas para Kisuri, la última novela de Pedro Pujante.  

Porque el coma es el estado que sufren los tres protagonistas de la novela: los adolescentes Kisuri e Hiruki, que comparten habitación, y el hombre del que poco se conoce, que recibe el nombre de Ryuto y que duerme en otro lugar del mismo hospital japonés. El escritor murciano, que posee una larga trayectoria en la narrativa de ciencia ficción, imagina que mientras estos tres personajes sufren el estado vegetativo viven una existencia paralela en un lugar de difícil definición que en el libro es bautizado como La Residencia. Es este una especie de universo paralelo, un ámbito onírico en el que las cosas nunca son como parecen y en el Hiruki y Kisuri llevan una experiencia de la que nunca son conscientes del todo, como si fueran unos sujetos pasivos del sueño de otro, del terrible Ryuto.  

El libro está construido como una especie de puzle que sólo al final será completado y que somete a la atención del lector a no pocas pruebas, ya que le hace dudar constantemente sobre el carácter real o no de las situaciones descritas. Se busca así que empaticemos con las constantes epifanías que sufre la pareja protagonista, especialmente Hiruki, que será a quien sigamos en los primeros capítulos hasta que conoce la realidad sobre La Residencia, sobre Kokoro/Kisari y sobre sí mismo. En esta compleja trama no faltarán las intercalaciones de sucesos del mundo real, desde los hechos que llevaron a los tres personajes principales al estado en el que se encuentran hasta la inquietante llegada de una nube tóxica al hospital donde se encuentran.  

Pujante muestra en Flores eléctricas para Kisuri una imaginación desbordante, en un libro repleto de plásticas descripciones del surrealista universo donde se desarrolla la mayor parte de la historia. Además, incluye no pocas referencias intertextuales en la trama, entre las que destacan las alusiones a la Divina Comedia de Dante, La Residencia también posee siete círculos, al género del ciberpunk, del que la novela toma parte de su estética, o a personalidades como Scarlett Johanson, nombre que recibe uno de los personajes, o Hikari Oe, un compositor musical autista que guarda similitudes con el hermano de Kisuri, que en la novela recibe el nombre de su padre, el escritor Kenzaburo Oe.  

Estamos, en definitiva, ante un libro que hará las delicias de los amantes de la narrativa de ciencia ficción.

Reseña publicada en El Noroeste:



sábado, 2 de abril de 2022

Entre amigos - Antonio Parra Sanz


 


Entre amigos, Antonio Parra Sanz, Menoscuarto, 2022, 192 págs., 14€.

 

Los lectores aficionados a la novela negra suelen conocer bastante bien los entresijos de este tipo de narraciones, de tal forma que exigen algún tipo de novedad a los autores para sentirse atraídos por su libro. Estos deben conseguir un equilibrio bastante complicado: por un lado deben moverse dentro de los cánones del género (a saber, una investigación criminal llevada a cabo por un policía o un detective de magnética, normalmente por su desordenada vida, personalidad), pero, a la vez, deben ofrecer algo diferente. Este elemento distintivo viene determinado en esta ocasión por el proyecto de la serie Seis Doble, ideado por la editorial Menoscuarto. Como ocurre con otras sagas, esta está protagonizada por una misma investigadora, la detective Sonia Ruiz, pero tiene la peculiaridad de que cada entrega ha de ser escrita por un autor diferente. Así, tras novelas creadas por Lorenzo Silva y Noemí Trujillo, Andreu Martín o Claudio Cerdán, le llega el turno a Antonio Parra Sanz, que sale victorioso del encargo.

Y es que este autor ha demostrado ya su solvencia en el género en la serie de novelas protagonizadas por Sergio Gomes y su conocimiento de la novela negra desde su posición de crítico literario y de organizador del encuentro anual Cartagena Negra. En el caso de Entre amigos, Parra Sanz nos ofrece una trama que no da descanso al lector, con constantes giros argumentales que son asimilados de manera lógica en la historia pero que no ofrecen respiro desde el impactante inicio al violento final. La novela cuenta la investigación que debe llevar a cabo la detective Sonia Ruiz para descubrir quién está detrás del extraño comportamiento de su ayudante Pau, que ha atacado a unos policías estando muy drogado, y de su posterior desaparición. En las casi doscientas páginas del libro, que se leen con gran celeridad gracias a la amenidad del libro, acompañamos a la investigadora Ruiz por medio Madrid detrás de las pistas necesarias para ayudar a su compañero.

Este personaje es seguramente el principal polo de atracción del libro; Sonia Ruiz es una mujer que posee casi todos los rasgos que asociamos al buen detective y que tradicionalmente sólo aparecían en personajes masculinos. Ella, al igual que los mejores detectives privados del género, se muestra como un personaje ambiguo, que pretende resolver el caso con métodos poco ortodoxos que la llevarán a frecuentes choques con la policía. Ruiz es una mujer dura, amante de la velocidad, el gimnasio y el rock de Extremoduro, pero que muestra también su sensibilidad al sentirse afectada por los problemas de Pau. Mantiene con este chico una relación que oscila entre el compañerismo, la protección cuasi maternal y la atracción erótica, en un cóctel que convierte su investigación en una carrera contrarreloj por salvar a alguien tan querido.  

Aunque la novela está repleto de personajes interesantes, como el mafioso rumano que controla el futuro de Pau, o el cerebral inspector Corán, que dirige la investigación policial, son otros dos personajes femeninos los que más atraen la atención de esta novela que, definitivamente, rompe con los tópicos más rancios del género. Por un lado destaca Alba, la novia de Pau, que en un principio aparece como una víctima más de la mafia rumana pero que pronto desvelará su verdadera cara. Por otro, la subinspectora Lidia Goya, cuya similitud de carácter con Sonia las llevará a chocar pero también a colaborar por el bien de la investigación.

Reseña publicada en El Noroeste:



jueves, 10 de marzo de 2022

Salvatierra - Pedro Mairal


 Salvatierra, Pedro Mairal, Libros del Asteroide, 2021 (2008), 170 págs., 18€.  


Afronta este Salvatierra uno de los retos más difíciles que puede afrontar un texto narrativo: basar su trama en una pintura. Algunos textos parten de cuadros conocidos, alojados en la memoria del lector o fácilmente localizables con una búsqueda por internet. Sin embargo, en esta novela de Pedro Marial, publicada originalmente en 2008 y reeditada en 2021, el cuadro que se establece como eje de la historia posee dos dificultades: es inventado y es de un tamaño descomunal. El hábil narrador porteño solventa esta dificultad con una serie de minuciosas descripciones de la pintura que resultan fundamentales para entender la obra y a su autor.  

Porque en Salvatierra el cuadro y la vida del artista son inseparables por la peculiar naturaleza de la pintura. El lienzo es una especie de diario personal de Juan Salvatierra, un aparentemente anodino empleado de correos de una pequeña localidad argentina, en el que a lo largo de sesenta años y casi a diario va retratando sus vivencias, sus sueños y sus preocupaciones. Tras seis décadas de trabajo casi ininterrumpido el pintor deja un kilométrico fresco de su experiencia en la tierra en unos sesenta rollos, uno por año, que acumulan polvo en un almacén.  

Esta peculiar herencia es recibida por el narrador, el hijo menor del pintor, en una etapa en la que su vida parece carecer de motivaciones: la inmobiliaria que regenta en Buenos Aires cierra, su hijo se marcha a Europa y su matrimonio hace tiempo que fracasó. Por eso, el narrador, con el apoyo más pasivo de su hermano Luis, convierte la gestión de la original obra de su padre en una misión. Lo que al principio es un trabajo tedioso, tratar con políticos, pedir subvenciones, convencer a un museo que quiera exponer el larguísimo cuadro, se convertirá en una investigación detectivesca al darse cuenta de que falta uno de los rollos.   

Es aquí donde Mairal demuestra su pericia como narrador con una trama ligera y entretenida que adquirirá mucha mayor enjundia al final. En ese proceso de investigación, el narrador irá descubriendo algunos secretos de la vida de su padre que quedan al descubierto en el cuadro que obsesivamente recogió casi toda su existencia. Este final ejemplificará las peculiaridades de las relaciones paternofiliales y cómo los hijos solemos tener una visión parcial y desvirtuada de la vida de nuestros progenitores, mediatizada por su relación con nosotros.  

El otro tema principal del libro es el uso del arte como expresión autobiográfica. Al contrario de lo que ocurre con la mayoría de las novelas, en las que se emplea la escritura para reflejar la vida del autor o del narrador, Mairal opta por usar la pintura como el catalizador de este deseo de reflejar lo vivido. Salvatierra es un personaje que apenas puede comunicarse mediante la palabra, quedó mudo tras un accidente hípico siendo niño, y que, sin embargo, lo hace con fluidez en su cuadro. Este es una especie de pintura cinética en la que, como el cercano río Uruguay que tanta importancia tiene en la novela, nunca debe dejar de fluir.  

También es interesante el acercamiento al mundo del arte, un ámbito en el que las instituciones a menudo dejan de lado a pintores poco conocidos de los que posteriormente quieren aprovecharse cuando adquieren notoriedad.  

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domingo, 20 de febrero de 2022

Las niñas prodigio - Sabina Urraca


Las niñas prodigio, Sabina Urraca, Fulgencio Pimentel, 2021, 336 págs., 21€.


La novela es sin duda alguna el género más versátil de la literatura. Desde las formas más canónicas que se establecieron en el realismo decimonónico hasta las variantes más arriesgadas, el género que Cervantes llevó a la modernidad ha vivido innumerables variaciones que no han conseguido acabar con su vigencia sino, por el contrario, demostrar que acepta casi cualquier propuesta. Entre ellas podemos incluir la que propone Sabina Urraca en Las niñas prodigio, que si bien no se encuentra entre las más rupturistas, sí que apuesta por olvidar dos de los pilares de la novela más tradicional como son el orden temporal y la unidad argumental. 

Y es que el libro de Urraca se puede leer también como un conjunto de relatos en los que la autora va saltando cronológicamente desde su infancia hasta su presente, ofreciéndonos una novela fragmentaria o un volumen de cuentos de temática unitaria. Además del fragmentarismo, el ya citado componente autobiográfico es otro de los elementos definitorios del libro; aunque nunca se presenta como unas memorias y es difícil constatar la veracidad de las historias, sí que existen evidentes coincidencias entre la protagonista, una niña de origen vasca criada en Tenerife que se convierte en periodista, como la autora.  

Esta índole personal de las historias que se narran es uno de los aspectos que unifican los fragmentos del libro, que mezclan relatos de casi todas las épocas de la narradora, haciendo especial hincapié en la primera adolescencia. Los relatos centrados en esta época de la vida de la protagonista no evitan episodios escabrosos relacionados con el acoso de un pedófilo o el descubrimiento de la sexualidad junto a las amigas. La autora opta por relatar estas escenas desde la inocente y sorprendida perspectiva infantil en episodios que recuerdan los que desarrolla Andrea Abreu en Panza de burro, novela amadrinada por la propia Sabina Urraca y con la que esta posee ciertas concomitancias.  

Entre los personajes que reaparecen a lo largo de todo el libro destacan por su fuerza narrativa dos: Henri y Chori. El primero es un amigo de los padres de la protagonista que tendrá una turbia relación con las niñas del grupo de amigos, formado por vascos establecidos en Tenerife, y que reaparecerá más tarde en la vida de la narradora. Mucho más tierna aunque también algo perturbadora es la figura de Chori, un chaval de una aldea gallega con la que la protagonista mantiene una amistad epistolar. Tras unos extraños mensajes en los que Chori le asegura haber mantenido contactos con extraterrestres, ambos se conocerán en Madrid durante una etapa de la vida de la narradora marcada por cierto descontrol.

Esa niña inocente y soñadora que se limita a imitar el gesto final de Nadia Comaneci, porque es incapaz de realizar el resto del ejercicio, se convierte en una adulta que se retira durante un tiempo a la Alpujarra granadina a escribir este libro. Estamos ante un nuevo acercamiento al tema de las dificultades que debe afrontar una mujer al establecerse sola en el campo que también han tratado recientemente otras autoras como Sara Mesa en Un amor y Carlota Gurt en Sola. En el caso de la narradora de Las niñas prodigio también tendrá que enfrentarse a la soledad y a visitas inesperadas de la policía. Lo hará en un contexto bastante peculiar debido a la comunidad de hippies que habita el entorno de la casa donde se ha establecido.  


Reseña publicada en El Noroeste:



lunes, 7 de febrero de 2022

La hija única - Guadalupe Nettel

 


La hija única, Guadalupe Nettel, Anagrama, 2020, 235 págs., 18€. 


Uno de los conceptos que más han sufrido el cuestionamiento por parte del feminismo en las últimas décadas ha sido el de la maternidad. Tanto el embarazo como el parto van por motivos biológicos asociados a la mujer, pero la crianza también suele ser cosa de mujeres, a pesar de que en los últimos tiempos los padres han adquirido un papel mucho más activo en el cuidado de los bebés. Este nuevo paradigma de la relación entre una madre y su hijo está en el centro de las historias que confluyen en La hija única de Gudalupe Nettel, libro que se presenta como un verdadero catálogo de maternidades posibles.  

Paradójicamente la narradora parte del rechazo a ser madre; tras una reflexión profunda en la que tiene en cuenta lo que debería perder en su vida independiente e itinerante, Laura, la protagonista y voz relatora, decide realizarse una ligadura de trompas, ante la incomprensión de su pareja, que no tarda en sustituirla por otra mujer con la que ser padre. Sin embargo, y pese a ese frontal rechazo a cualquier tipo de relación con los niños, una serie de circunstancias la llevarán a cuestionarse si la idea que tenía de la maternidad, que fue la que la llevó a oponerse a ella, era la única. Laura descubrirá que hoy en día hay muchas formas de cuidar a los niños, sean estos no tus hijos, gracias a estas experiencias que vive.  

La primera y más importante en la trama es la decisión de su íntima amiga Alina, aliada hasta ese momento en la opción de no ser madre, de someterse a un tratamiento de fertilidad junto a su pareja. Su amor hacia Alina y, sobre todo, la malformación que los médicos diagnostican al bebé durante el embarazo, serán fundamentales para que Laura cambie de idea sobre los niños. La traumática experiencia de su mejor amiga durante la gestación, el parto y la crianza de la pequeña, que debe luchar casi día a día por sobrevivir debido a su enfermedad, impactarán decisivamente en la narradora.  

En el cuidado de Inés participará Marlene, una niñera que se convierte en un miembro más de la familia y que debido a su total devoción hacia la pequeña provocan los celos de Alina. Con la cuidadora tenemos una nueva forma de maternidad que podemos definir como solidaria: al no poder engendrar a sus propios vástagos, Marlene se vuelca en la educación de niños con problemas. Este tipo de maternidad también será vivida por Laura, que acaba ocupándose del niño de su vecina, Doris, por la difícil relación que poseen ambos debido a la violencia verbal del pequeño, heredada de su padre, y a la depresión de la mujer. Nettel introduce en la trama un caso similar al que viven Marlene y Laura, pero protagonizado por animales: dos palomas que anidan en la terraza de la protagonista empollan el huevo de un cuco y cuidan del polluelo como si fuera suyo. 

Un libro de una gran dureza, especialmente en su parte inicial, pero con un final abierto a la esperanza gracias a las posibilidades que la ayuda comunitaria puede aportar al difícil ejercicio de la maternidad. Esta idea está encarnada en La hija única en la madre de Laura, que tras años de reprocharle que no le diera un nieto, se cuestiona si hizo bien en tener descendencia al unirse a un colectivo feminista que propugna la sororidad en el violento México contemporáneo.


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domingo, 23 de enero de 2022

Quitamiedos - Trifón Abad



 Quitamiedos, Trifón Abad, Talentura, 2021, 148 págs. 13€. 


 Confirmar un buen debut nunca es fácil; en la música se suele comentar que existe algo parecido a una maldición del segundo disco. En el caso de la literatura, la benevolencia con la que se suelen recibir todas las óperas primas desaparece con el segundo libro, en el que lectores y críticos esperan un paso adelante de ese autor que nos llamó la atención con su primera referencia. Este sería el caso del escritor murciano Trifón Abad, que sorprendió a muchos con su debut: Que la ciudad se acabe de pronto (2018), que fue finalista del prestigioso premio Setenil. Afortunadamente para los seguidores de Abad, su segundo libro confirma su buen hacer como creador de relatos breves.  

Y es que si en algo destacan los once cuentos de Quitamiedos es en el buen oficio que muestra el autor al escribir narraciones que pasan de lo insólito a lo cotidiano, se adentran a veces en lo fantástico y siempre acaban ofreciendo a los lectores relatos de una gran solidez estructural. Trifón Abad maneja a la perfección el ritmo adecuado para cada relato, ofreciendo a veces finales sorprendentes y en otras conclusiones abiertas que tratan de interrogar al receptor sobre los derroteros que seguirá la historia que queda en suspenso.  

Entre estos cuentos destacan, desde mi punto de vista, dos que aparecen hacia el final del volumen y que, aunque de factura diferente, tienen varios puntos en común. Me estoy refiriendo a “Lezaky, 1942” y a “Touché”; el primero parte del arreglo de un viejo títere por parte de un restaurador aficionado, que se saca algo de dinero vendiendo trastos arreglados por él a la dueña argentina de una tienda de cachivaches. La historia, que transcurre de manera previsible durante casi toda la narración, nos ofrece al final un giro muy original. Una estructura inversa posee “Touché”, que sitúa el conflicto en las primeras líneas: el protagonista atropella a un hombre mientras conduce borracho y se da a la fuga. Durante el resto del relato se define con precisión esa presión que el personaje principal sufre por el miedo a ser descubierto.  

Esta cotidianeidad en la que, de repente, se introduce un hecho sorprendente que provocará un giro en la trama, está en la base de otros dos cuentos del libro. En “Quitamiedos” se producen una serie de accidentes que tienen en común un siniestro casco de motorista; en “Subterfugios”, ubicado durante la actual pandemia, un anodino padre de familia con problemas de dinero encuentra algo inesperado en el garaje de su edificio. De una índole más costumbrista son “El Suecia”, sobre el despertar del deseo sexual y las brutalidades de las amistades adolescentes, y “Réplica”, con un padre cuya obsesión por el coleccionismo le hará descuidar a su hijo. 

Muy distintos al resto desde el punto de vista discursivo son “Tapiyuka”, que se presenta como el diario de campo de una antropóloga que convive en la selva con una tribu matriarcal; “Marathôn”, narración en primera persona de una huida de origen y final impreciso; y “Andrija el Fenómeno”, en el que acompañamos en el descenso a la locura a un compositor en un relato cuyos capítulos siguen los distintos tempos de la música clásica. Quitamiedos completa su paleta de tonos y formas con “Beneficiencia”, una despiadada sátira contra la hipocresía de los ricos benefactores.


Reseña publicada en El Noroeste. 



martes, 28 de diciembre de 2021

Los nombres impares - Álex Chico



 Los nombres impares, Álex Chico, Candaya, 2021, 18€, 252 págs.

 

Pocos autores contemporáneos se han convertido en tan poco tiempo en verdaderos mitos como Roberto Bolaño. En su biografía hay, además, una etapa que adquirió gracias a Los detectives salvajes un aura cuasi mitológica: su juventud como poeta airado en el México de los años 70. El grupo de poetas iconoclastas, juerguistas y vanguardistas al que perteneció, los infrarrealistas, se convierten en protagonistas de la novela bajo el nombre de los real visceralistas. Álex Chico parte de la siguiente premisa en Los nombres impares: ¿es posible que un anciano que vive solo en la Barcelona contemporánea sea Darío Galicia, uno de los infrarrealistas desaparecido desde hace décadas?

El libro se nos presenta, en su primera parte, como la investigación que lleva a cabo el narrador para desentrañar el misterio que le ha presentado Ida, la chica que cuida del anciano: ¿fue este misterioso y esquivo personaje un importante escritor en el pasado? A través de los recuerdos que el hombre guarda en cajas en su casa, y a las que accede de manera furtiva con la complicidad de Ida, el narrador llega a la conclusión de que se trata de Darío Galicia. A la presencia en las cajas de fotografías del México de los setenta se le añade el nuevo nombre que ha adoptado el hombre: Damián Gallego, demasiado parecido al del poeta infrarrealista como para ser una coincidencia.

Tras el emocionante hallazgo, cree haber encontrado al escritor que Bolaño rebautizó en Los detectives salvajes como Ernesto San Epifanio, el narrador se enfrenta al dilema de cómo contar la historia. Por un lado decide realizar lo que en un momento dado define como “novela de ensayo ficción”, por ser el género que mejor se adapta a lo que desea narrar. Por otro, comienza a planear un documental con Tomás, el cineasta amigo suyo con el que ha descubierto la existencia de Damián y que lo ha acompañado en las incursiones en la casa de este. El libro plantea, además, la pregunta de quién tiene el derecho a narrar una vida. Los tres protagonistas (Ida, Tomás y el narrador) han comenzado el proyecto de rescatar del olvido a un poeta sin tener en cuenta al propia Damián. En la segunda parte del libro el anciano es por fin partícipe del documental y escuchamos su voz mientras Tomás y el narrador lo graban en su casa.

Además de estos temas relacionados con cómo contar una vida y la legitimidad para hacerlo, Los nombres impares propone otros dos asuntos que considero de gran interés. El primero sería el límite del compromiso del artista con su obra: a través de los manuscritos de Damián que el narrador consulta en las cajas de su armario y, después, de sus propias palabras, conocemos una biografía en la que la experiencia literaria fue vivida hasta sus últimas consecuencias y estas implicaron la enfermedad mental, la cárcel y la indigencia.

El otro tema está relacionado con esa mitificación de Bolaño y de los infrarrealistas que citábamos al principio. Damián le quita algo de prestigio a la figura del escritor chileno y a su grupo, que define como “ni detectives ni salvajes”. Además, el narrador se tiene que enfrentar, y esa será la clave del final de la novela, a la pregunta de si Damián Gallego es en realidad Darío Galicia o su obsesión por hallar a un autor maldito le ha llevado a fabular una historia por la necesidad de contarla. 


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lunes, 13 de diciembre de 2021

Los extraños - Jon Bilbao

 


Los extraños, Jon Bilbao, Impedimenta, 2021, 133 págs., 15€.

 

Que al comienzo de una novela los protagonistas sean testigos de la aparición de varios ovnis en el cielo, parece determinar bastante el horizonte de expectativas del lector. Todos pensaremos que estamos ante una obra de marcado carácter fantástico que versará sobre este fenómeno paranormal, sus explicaciones y su posible repetición. Sin embargo, Jon Bilbao emplea este suceso como lo que en el cine se llama “macgufin”, es decir, un hecho que sirve para que la trama avance pero que no tiene una importancia decisiva. De hecho, los ovnis sólo poseerán una relevancia secundaria en una historia mucho más realista de lo que en un principio podría parecer.

Y es que “los extraños” a los que el título hace referencia no son tanto los supuestos extraterrestres de las naves lumínicas que han surcado el cielo, sino Markel y Virginia, dos invitados inesperados que llegan a la casa familiar de Jon. Este es un escritor que sobrevive redactando textos técnicos y que ha ocupado la vivienda de sus padres aprovechando que ellos pasan los inviernos en Canarias. Le acompaña su pareja, Katharina, una alemana que trabaja como traductora mientras encuentra empleo en una productora audiovisual. Como vemos, las referencias a la biografía del autor (un escritor, nacido en Ribadesella, con formación como ingeniero) son bastantes claras y se configuran ya en una marca de su narrativa. De hecho, la casa donde se desarrolla la acción y que está situada en la localidad natal de Jon Bilbao ya aparecía en su anterior novela: Basilisco (2020).

La pareja vive una relación donde la tensión provocada por varios factores como la inapetencia sexual, el deseo de él de escribir ficción o de ella de volver a Alemania, amenazan con derivar en una crisis. En ese momento aparecen dos extraños que resultan ser Markel, un primo segundo afincado en Chile y del que apenas tiene recuerdos, y Virginia, una enigmática y fría mujer cuya relación con Markel bascula entre lo personal (como pareja) y lo profesional (su asistente). El hombre les cuenta a Katharina y Jon que están recorriendo Europa y que quería visitar la casa que su abuelo, hermano del de Jon, construyó en Ribadesella.

Los recién llegados se instalan en la casa, que queda repartida gracias a su peculiar estructura, con varias alturas y entradas para adaptarse a la ladera donde se encuentra, entre ambas parejas. Se establece entonces entre ellos una relación ambigua que va desde la complicidad de algunas cenas, la atracción sexual, los recelos y las discusiones. Es en este singular rompecabezas entre los problemas de Jon y Katharina, la peculiar relación de Virginia y Markel, el intento por parte del escritor de recordar el verano compartido con su primo y los verdaderos motivos de los visitantes para instalarse allí, que los dueños de la casa irán descubriendo poco a poco, configuran desde mi perspectiva lo mejor del libro.

En el otro lado de la balanza, en una novela interesante en su conjunto, está la falta de desarrollo de algunos temas o la precipitación del final, determinados por la brevedad de una novela a la que le hubieran venido bien algunas páginas más. Sin embargo, Bilbao opta por una narración más bien elusiva en el que algunas respuestas quedan en el aire.


Reseña publicada en El Noroeste:



lunes, 15 de noviembre de 2021

Isla Decepción - Paulina Flores



 Isla Decepción, Paulina Flores, Seix Barral, 2021, 360 págs., 19€. 


Un tema habitual en la literatura contemporánea es la incomunicación; parejas que a pesar de llevar años juntos no son capaces de conocerse, familias sobre las que sobrevuela algún ominoso secreto, grupos de amigos que evitan un asunto doloroso de su pasado, etc. La chilena Paulina Flores debuta en la novela con una historia protagonizada por dos personajes, Lee y Marcela, cuya capacidad de comunicación está cercenada, o muy limitada para ser más exactos, por la diferencia cultural y por el definitivo hecho de que no compartan ninguna lengua.  

Lee es un joven coreano que, al comienzo de Isla Decepción, encuentran flotando en el mar unos pescadores chilenos que faenan cerca de Punta Arenas, en el extremo sur del país. Al volver a puerto, es Miguel, un solitario electricista amigo del patrón de la embarcación y que los acompañó en esta salida a pescar, el que se hace cargo del náufrago, prometiéndole al capitán que lo dejaría en el hospital de la ciudad. Sin embargo, Miguel desarrolla hacia Lee un sentimiento de protección que lo lleva a cuidarlo y a esconderlo en casa para evitar que las autoridades lo devuelvan a su país o al barco pesquero donde, según ha leído, los marinos asiáticos viven en condiciones de semiesclavitud.  

Esta relación cuasi paternofilial se convierte en la de una extraña familia cuando Marcela, la hija de Emilio, llega a Punta Arenas para tratar de olvidar a Diego, la pareja con la que acaba de romper en Santiago. El cariño y el cuidado que el electricista muestra hacia Lee, el “chinito” como él lo llama, contrasta con la difícil relación que mantiene con su hija. Durante el tiempo que pasan juntos, en la ciudad austral y, después, en el campo donde compartirán el fin de año con otros familiares, irán surgiendo los reproches y las explicaciones sobre el divorcio de Miguel y la madre de Marcela tantos años postergadas. Marcela se dará cuenta de que la comunicación que por fin ha establecido con su padre no le ha traído la reconciliación con él, sino una amarga discusión; por ello, quizás, se siente cada vez más cerca de Lee, al que le cuenta sus problemas con Diego sin que él, que no habla español, pueda entender nada.  

El carácter hierático y silencioso del coreano, determinado por su imposibilidad para comunicarse y su carácter de prófugo del barco, en su relación con el padre y la hija que lo han acogido, contrastan con los fragmentos en los que mediante una analepsis conocemos la vida de Lee en el barco. En ellos escuchamos, por fin, su voz, y la aparente imperturbabilidad que muestra en tierra, se convierte ahora en una personalidad atormentada por cuestiones de su confuso pasado en Corea y de su duro presente en el barco. Paulina Flores denuncia las tremendas condiciones de los marinos asiáticos que pescan durante meses frente a las costas chilenas y que sufren todo tipo de abusos. En ese juego de espejos entre el mar y la tierra que hay durante todo el libro, esta situación encontrará su reflejo en las iniquidades que tienen que soportar los mapuches en Chile.   

Aunque algunos fragmentos, especialmente los que quieren mostrar momentos de enajenación de los protagonistas, son algo confuso, Flores construye una novela interesante que nos muestra que capacidad de empatía con el otro no siempre se acrecienta con una comunicación más fluida.  

Reseña publicada en El Noroeste. 



miércoles, 3 de noviembre de 2021

Signos herméticos de una nueva melancolía - Alfonso García-Villalba




Signos herméticos de una nueva melancolía, Alfonso García-Villalba, Franz, 2021, 265 págs., 18€. 
 

Al comienzo de la segunda parte de este libro, el autor incluye una serie de citas entre la que hallamos una que, desde mi punto de vista, ofrece una clave para analizar el libro. Se trata de una frase del psicólogo suizo Carl G. Jung: “Sólo tiene significado lo no comprensible”. Esta aparente paradoja entra en sintonía con el espíritu de Signos herméticos de una nueva melancolía, una novela cuyo significado final el lector debe tratar de hallar sin buscar, como ocurre normalmente con este género, la comprensión de su argumento, ya que este es enormemente críptico, sino por una serie de ideas, muchas de ellas simbólicas, que el autor nos ofrece.  

La dificultad para entender el argumento viene determinada, en primer lugar, por la ausencia de linealidad temporal. El autor propone una confusión entre los tiempos a los lectores que sufren también los propios protagonistas, que no saben muy bien si lo que están viviendo es una repetición del pasado o una proyección del futuro. El único momento en el que sí se establece una temporalidad clara es el recuerdo de la infancia del protagonista, N. 

El espacio sí que está mucho más definido: los protagonistas se mueven en una zona muy concreta de la Región de Murcia que queda definida por el Saladar de Lo Poyo, Calblanque, La Manga del Mar Menor o Los Beatos. Se trata de un lugar cercano a donde se desarrolla la anterior novela de García-Villalba, Homoconejo, a la que, por cierto, hay algunos guiños, trazando así una cartografía onírica de esta zona del Campo de Cartagena. A pesar de estas referencias tan concretas y reales, los espacios de Signos herméticos de una nueva melancolía se pueden definir como periféricos o no-lugares; los personajes se mueven por bosques, nudos de autovías u hoteles situados junto a estas últimas. 

Estos personajes principales forman un triángulo amoroso en el que N. parece ser el marido (de Zeta, con quien tiene un hijo pequeño, L.) y el amante (de Mau Mau), aunque en ningún momento se explicita la naturaleza de estas relaciones. La confusión viene determinada por la por la falibilidad de las fuentes de información: los sueños, los recuerdos, experiencias marcadas por el consumo de drogas, grabaciones de conversaciones, etc. A ello hemos de sumarles los saltos temporales y el fragmentarismo de la novela, que está formada por más de un centenar de capítulos breves.  

Frente a estas exigencias que la obra propone al lector y que pueden disuadir a aquellos que busquen narraciones convencionales, Signos herméticos de una nueva melancolía ofrece una serie de elementos, muchos de ellos simbólicos, que se repiten y que dan solidez al libro. En primer lugar, los animales que no son lo que parecen: así, las lechuzas acaban siendo el disfraz de una chica que pulula por el bosque; las arañas, drones que leen la mente y los escarabajos son, en realidad, una droga. Estas poseen gran importancia en la novela ya que distorsionan la percepción de una realidad ya poco fiable; los protagonistas consumen, además de escarabajos para evitar el espionaje de los drones, blip y, en el caso de la adivina Délfica, Logos. Otros elementos de gran simbolismo en la novela son las figuras geométricas: las esferas (como la azul que observan los protagonistas sobre el mar) y las cajas (como las habitaciones).  

Reseña publicada en El Noroeste: