lunes, 7 de febrero de 2022

La hija única - Guadalupe Nettel

 


La hija única, Guadalupe Nettel, Anagrama, 2020, 235 págs., 18€. 


Uno de los conceptos que más han sufrido el cuestionamiento por parte del feminismo en las últimas décadas ha sido el de la maternidad. Tanto el embarazo como el parto van por motivos biológicos asociados a la mujer, pero la crianza también suele ser cosa de mujeres, a pesar de que en los últimos tiempos los padres han adquirido un papel mucho más activo en el cuidado de los bebés. Este nuevo paradigma de la relación entre una madre y su hijo está en el centro de las historias que confluyen en La hija única de Gudalupe Nettel, libro que se presenta como un verdadero catálogo de maternidades posibles.  

Paradójicamente la narradora parte del rechazo a ser madre; tras una reflexión profunda en la que tiene en cuenta lo que debería perder en su vida independiente e itinerante, Laura, la protagonista y voz relatora, decide realizarse una ligadura de trompas, ante la incomprensión de su pareja, que no tarda en sustituirla por otra mujer con la que ser padre. Sin embargo, y pese a ese frontal rechazo a cualquier tipo de relación con los niños, una serie de circunstancias la llevarán a cuestionarse si la idea que tenía de la maternidad, que fue la que la llevó a oponerse a ella, era la única. Laura descubrirá que hoy en día hay muchas formas de cuidar a los niños, sean estos no tus hijos, gracias a estas experiencias que vive.  

La primera y más importante en la trama es la decisión de su íntima amiga Alina, aliada hasta ese momento en la opción de no ser madre, de someterse a un tratamiento de fertilidad junto a su pareja. Su amor hacia Alina y, sobre todo, la malformación que los médicos diagnostican al bebé durante el embarazo, serán fundamentales para que Laura cambie de idea sobre los niños. La traumática experiencia de su mejor amiga durante la gestación, el parto y la crianza de la pequeña, que debe luchar casi día a día por sobrevivir debido a su enfermedad, impactarán decisivamente en la narradora.  

En el cuidado de Inés participará Marlene, una niñera que se convierte en un miembro más de la familia y que debido a su total devoción hacia la pequeña provocan los celos de Alina. Con la cuidadora tenemos una nueva forma de maternidad que podemos definir como solidaria: al no poder engendrar a sus propios vástagos, Marlene se vuelca en la educación de niños con problemas. Este tipo de maternidad también será vivida por Laura, que acaba ocupándose del niño de su vecina, Doris, por la difícil relación que poseen ambos debido a la violencia verbal del pequeño, heredada de su padre, y a la depresión de la mujer. Nettel introduce en la trama un caso similar al que viven Marlene y Laura, pero protagonizado por animales: dos palomas que anidan en la terraza de la protagonista empollan el huevo de un cuco y cuidan del polluelo como si fuera suyo. 

Un libro de una gran dureza, especialmente en su parte inicial, pero con un final abierto a la esperanza gracias a las posibilidades que la ayuda comunitaria puede aportar al difícil ejercicio de la maternidad. Esta idea está encarnada en La hija única en la madre de Laura, que tras años de reprocharle que no le diera un nieto, se cuestiona si hizo bien en tener descendencia al unirse a un colectivo feminista que propugna la sororidad en el violento México contemporáneo.


Reseña publicada en El Noroeste:



domingo, 23 de enero de 2022

Quitamiedos - Trifón Abad



 Quitamiedos, Trifón Abad, Talentura, 2021, 148 págs. 13€. 


 Confirmar un buen debut nunca es fácil; en la música se suele comentar que existe algo parecido a una maldición del segundo disco. En el caso de la literatura, la benevolencia con la que se suelen recibir todas las óperas primas desaparece con el segundo libro, en el que lectores y críticos esperan un paso adelante de ese autor que nos llamó la atención con su primera referencia. Este sería el caso del escritor murciano Trifón Abad, que sorprendió a muchos con su debut: Que la ciudad se acabe de pronto (2018), que fue finalista del prestigioso premio Setenil. Afortunadamente para los seguidores de Abad, su segundo libro confirma su buen hacer como creador de relatos breves.  

Y es que si en algo destacan los once cuentos de Quitamiedos es en el buen oficio que muestra el autor al escribir narraciones que pasan de lo insólito a lo cotidiano, se adentran a veces en lo fantástico y siempre acaban ofreciendo a los lectores relatos de una gran solidez estructural. Trifón Abad maneja a la perfección el ritmo adecuado para cada relato, ofreciendo a veces finales sorprendentes y en otras conclusiones abiertas que tratan de interrogar al receptor sobre los derroteros que seguirá la historia que queda en suspenso.  

Entre estos cuentos destacan, desde mi punto de vista, dos que aparecen hacia el final del volumen y que, aunque de factura diferente, tienen varios puntos en común. Me estoy refiriendo a “Lezaky, 1942” y a “Touché”; el primero parte del arreglo de un viejo títere por parte de un restaurador aficionado, que se saca algo de dinero vendiendo trastos arreglados por él a la dueña argentina de una tienda de cachivaches. La historia, que transcurre de manera previsible durante casi toda la narración, nos ofrece al final un giro muy original. Una estructura inversa posee “Touché”, que sitúa el conflicto en las primeras líneas: el protagonista atropella a un hombre mientras conduce borracho y se da a la fuga. Durante el resto del relato se define con precisión esa presión que el personaje principal sufre por el miedo a ser descubierto.  

Esta cotidianeidad en la que, de repente, se introduce un hecho sorprendente que provocará un giro en la trama, está en la base de otros dos cuentos del libro. En “Quitamiedos” se producen una serie de accidentes que tienen en común un siniestro casco de motorista; en “Subterfugios”, ubicado durante la actual pandemia, un anodino padre de familia con problemas de dinero encuentra algo inesperado en el garaje de su edificio. De una índole más costumbrista son “El Suecia”, sobre el despertar del deseo sexual y las brutalidades de las amistades adolescentes, y “Réplica”, con un padre cuya obsesión por el coleccionismo le hará descuidar a su hijo. 

Muy distintos al resto desde el punto de vista discursivo son “Tapiyuka”, que se presenta como el diario de campo de una antropóloga que convive en la selva con una tribu matriarcal; “Marathôn”, narración en primera persona de una huida de origen y final impreciso; y “Andrija el Fenómeno”, en el que acompañamos en el descenso a la locura a un compositor en un relato cuyos capítulos siguen los distintos tempos de la música clásica. Quitamiedos completa su paleta de tonos y formas con “Beneficiencia”, una despiadada sátira contra la hipocresía de los ricos benefactores.


Reseña publicada en El Noroeste. 



martes, 28 de diciembre de 2021

Los nombres impares - Álex Chico



 Los nombres impares, Álex Chico, Candaya, 2021, 18€, 252 págs.

 

Pocos autores contemporáneos se han convertido en tan poco tiempo en verdaderos mitos como Roberto Bolaño. En su biografía hay, además, una etapa que adquirió gracias a Los detectives salvajes un aura cuasi mitológica: su juventud como poeta airado en el México de los años 70. El grupo de poetas iconoclastas, juerguistas y vanguardistas al que perteneció, los infrarrealistas, se convierten en protagonistas de la novela bajo el nombre de los real visceralistas. Álex Chico parte de la siguiente premisa en Los nombres impares: ¿es posible que un anciano que vive solo en la Barcelona contemporánea sea Darío Galicia, uno de los infrarrealistas desaparecido desde hace décadas?

El libro se nos presenta, en su primera parte, como la investigación que lleva a cabo el narrador para desentrañar el misterio que le ha presentado Ida, la chica que cuida del anciano: ¿fue este misterioso y esquivo personaje un importante escritor en el pasado? A través de los recuerdos que el hombre guarda en cajas en su casa, y a las que accede de manera furtiva con la complicidad de Ida, el narrador llega a la conclusión de que se trata de Darío Galicia. A la presencia en las cajas de fotografías del México de los setenta se le añade el nuevo nombre que ha adoptado el hombre: Damián Gallego, demasiado parecido al del poeta infrarrealista como para ser una coincidencia.

Tras el emocionante hallazgo, cree haber encontrado al escritor que Bolaño rebautizó en Los detectives salvajes como Ernesto San Epifanio, el narrador se enfrenta al dilema de cómo contar la historia. Por un lado decide realizar lo que en un momento dado define como “novela de ensayo ficción”, por ser el género que mejor se adapta a lo que desea narrar. Por otro, comienza a planear un documental con Tomás, el cineasta amigo suyo con el que ha descubierto la existencia de Damián y que lo ha acompañado en las incursiones en la casa de este. El libro plantea, además, la pregunta de quién tiene el derecho a narrar una vida. Los tres protagonistas (Ida, Tomás y el narrador) han comenzado el proyecto de rescatar del olvido a un poeta sin tener en cuenta al propia Damián. En la segunda parte del libro el anciano es por fin partícipe del documental y escuchamos su voz mientras Tomás y el narrador lo graban en su casa.

Además de estos temas relacionados con cómo contar una vida y la legitimidad para hacerlo, Los nombres impares propone otros dos asuntos que considero de gran interés. El primero sería el límite del compromiso del artista con su obra: a través de los manuscritos de Damián que el narrador consulta en las cajas de su armario y, después, de sus propias palabras, conocemos una biografía en la que la experiencia literaria fue vivida hasta sus últimas consecuencias y estas implicaron la enfermedad mental, la cárcel y la indigencia.

El otro tema está relacionado con esa mitificación de Bolaño y de los infrarrealistas que citábamos al principio. Damián le quita algo de prestigio a la figura del escritor chileno y a su grupo, que define como “ni detectives ni salvajes”. Además, el narrador se tiene que enfrentar, y esa será la clave del final de la novela, a la pregunta de si Damián Gallego es en realidad Darío Galicia o su obsesión por hallar a un autor maldito le ha llevado a fabular una historia por la necesidad de contarla. 


Reseña publicada en El Noroeste:



lunes, 13 de diciembre de 2021

Los extraños - Jon Bilbao

 


Los extraños, Jon Bilbao, Impedimenta, 2021, 133 págs., 15€.

 

Que al comienzo de una novela los protagonistas sean testigos de la aparición de varios ovnis en el cielo, parece determinar bastante el horizonte de expectativas del lector. Todos pensaremos que estamos ante una obra de marcado carácter fantástico que versará sobre este fenómeno paranormal, sus explicaciones y su posible repetición. Sin embargo, Jon Bilbao emplea este suceso como lo que en el cine se llama “macgufin”, es decir, un hecho que sirve para que la trama avance pero que no tiene una importancia decisiva. De hecho, los ovnis sólo poseerán una relevancia secundaria en una historia mucho más realista de lo que en un principio podría parecer.

Y es que “los extraños” a los que el título hace referencia no son tanto los supuestos extraterrestres de las naves lumínicas que han surcado el cielo, sino Markel y Virginia, dos invitados inesperados que llegan a la casa familiar de Jon. Este es un escritor que sobrevive redactando textos técnicos y que ha ocupado la vivienda de sus padres aprovechando que ellos pasan los inviernos en Canarias. Le acompaña su pareja, Katharina, una alemana que trabaja como traductora mientras encuentra empleo en una productora audiovisual. Como vemos, las referencias a la biografía del autor (un escritor, nacido en Ribadesella, con formación como ingeniero) son bastantes claras y se configuran ya en una marca de su narrativa. De hecho, la casa donde se desarrolla la acción y que está situada en la localidad natal de Jon Bilbao ya aparecía en su anterior novela: Basilisco (2020).

La pareja vive una relación donde la tensión provocada por varios factores como la inapetencia sexual, el deseo de él de escribir ficción o de ella de volver a Alemania, amenazan con derivar en una crisis. En ese momento aparecen dos extraños que resultan ser Markel, un primo segundo afincado en Chile y del que apenas tiene recuerdos, y Virginia, una enigmática y fría mujer cuya relación con Markel bascula entre lo personal (como pareja) y lo profesional (su asistente). El hombre les cuenta a Katharina y Jon que están recorriendo Europa y que quería visitar la casa que su abuelo, hermano del de Jon, construyó en Ribadesella.

Los recién llegados se instalan en la casa, que queda repartida gracias a su peculiar estructura, con varias alturas y entradas para adaptarse a la ladera donde se encuentra, entre ambas parejas. Se establece entonces entre ellos una relación ambigua que va desde la complicidad de algunas cenas, la atracción sexual, los recelos y las discusiones. Es en este singular rompecabezas entre los problemas de Jon y Katharina, la peculiar relación de Virginia y Markel, el intento por parte del escritor de recordar el verano compartido con su primo y los verdaderos motivos de los visitantes para instalarse allí, que los dueños de la casa irán descubriendo poco a poco, configuran desde mi perspectiva lo mejor del libro.

En el otro lado de la balanza, en una novela interesante en su conjunto, está la falta de desarrollo de algunos temas o la precipitación del final, determinados por la brevedad de una novela a la que le hubieran venido bien algunas páginas más. Sin embargo, Bilbao opta por una narración más bien elusiva en el que algunas respuestas quedan en el aire.


Reseña publicada en El Noroeste:



lunes, 15 de noviembre de 2021

Isla Decepción - Paulina Flores



 Isla Decepción, Paulina Flores, Seix Barral, 2021, 360 págs., 19€. 


Un tema habitual en la literatura contemporánea es la incomunicación; parejas que a pesar de llevar años juntos no son capaces de conocerse, familias sobre las que sobrevuela algún ominoso secreto, grupos de amigos que evitan un asunto doloroso de su pasado, etc. La chilena Paulina Flores debuta en la novela con una historia protagonizada por dos personajes, Lee y Marcela, cuya capacidad de comunicación está cercenada, o muy limitada para ser más exactos, por la diferencia cultural y por el definitivo hecho de que no compartan ninguna lengua.  

Lee es un joven coreano que, al comienzo de Isla Decepción, encuentran flotando en el mar unos pescadores chilenos que faenan cerca de Punta Arenas, en el extremo sur del país. Al volver a puerto, es Miguel, un solitario electricista amigo del patrón de la embarcación y que los acompañó en esta salida a pescar, el que se hace cargo del náufrago, prometiéndole al capitán que lo dejaría en el hospital de la ciudad. Sin embargo, Miguel desarrolla hacia Lee un sentimiento de protección que lo lleva a cuidarlo y a esconderlo en casa para evitar que las autoridades lo devuelvan a su país o al barco pesquero donde, según ha leído, los marinos asiáticos viven en condiciones de semiesclavitud.  

Esta relación cuasi paternofilial se convierte en la de una extraña familia cuando Marcela, la hija de Emilio, llega a Punta Arenas para tratar de olvidar a Diego, la pareja con la que acaba de romper en Santiago. El cariño y el cuidado que el electricista muestra hacia Lee, el “chinito” como él lo llama, contrasta con la difícil relación que mantiene con su hija. Durante el tiempo que pasan juntos, en la ciudad austral y, después, en el campo donde compartirán el fin de año con otros familiares, irán surgiendo los reproches y las explicaciones sobre el divorcio de Miguel y la madre de Marcela tantos años postergadas. Marcela se dará cuenta de que la comunicación que por fin ha establecido con su padre no le ha traído la reconciliación con él, sino una amarga discusión; por ello, quizás, se siente cada vez más cerca de Lee, al que le cuenta sus problemas con Diego sin que él, que no habla español, pueda entender nada.  

El carácter hierático y silencioso del coreano, determinado por su imposibilidad para comunicarse y su carácter de prófugo del barco, en su relación con el padre y la hija que lo han acogido, contrastan con los fragmentos en los que mediante una analepsis conocemos la vida de Lee en el barco. En ellos escuchamos, por fin, su voz, y la aparente imperturbabilidad que muestra en tierra, se convierte ahora en una personalidad atormentada por cuestiones de su confuso pasado en Corea y de su duro presente en el barco. Paulina Flores denuncia las tremendas condiciones de los marinos asiáticos que pescan durante meses frente a las costas chilenas y que sufren todo tipo de abusos. En ese juego de espejos entre el mar y la tierra que hay durante todo el libro, esta situación encontrará su reflejo en las iniquidades que tienen que soportar los mapuches en Chile.   

Aunque algunos fragmentos, especialmente los que quieren mostrar momentos de enajenación de los protagonistas, son algo confuso, Flores construye una novela interesante que nos muestra que capacidad de empatía con el otro no siempre se acrecienta con una comunicación más fluida.  

Reseña publicada en El Noroeste. 



miércoles, 3 de noviembre de 2021

Signos herméticos de una nueva melancolía - Alfonso García-Villalba




Signos herméticos de una nueva melancolía, Alfonso García-Villalba, Franz, 2021, 265 págs., 18€. 
 

Al comienzo de la segunda parte de este libro, el autor incluye una serie de citas entre la que hallamos una que, desde mi punto de vista, ofrece una clave para analizar el libro. Se trata de una frase del psicólogo suizo Carl G. Jung: “Sólo tiene significado lo no comprensible”. Esta aparente paradoja entra en sintonía con el espíritu de Signos herméticos de una nueva melancolía, una novela cuyo significado final el lector debe tratar de hallar sin buscar, como ocurre normalmente con este género, la comprensión de su argumento, ya que este es enormemente críptico, sino por una serie de ideas, muchas de ellas simbólicas, que el autor nos ofrece.  

La dificultad para entender el argumento viene determinada, en primer lugar, por la ausencia de linealidad temporal. El autor propone una confusión entre los tiempos a los lectores que sufren también los propios protagonistas, que no saben muy bien si lo que están viviendo es una repetición del pasado o una proyección del futuro. El único momento en el que sí se establece una temporalidad clara es el recuerdo de la infancia del protagonista, N. 

El espacio sí que está mucho más definido: los protagonistas se mueven en una zona muy concreta de la Región de Murcia que queda definida por el Saladar de Lo Poyo, Calblanque, La Manga del Mar Menor o Los Beatos. Se trata de un lugar cercano a donde se desarrolla la anterior novela de García-Villalba, Homoconejo, a la que, por cierto, hay algunos guiños, trazando así una cartografía onírica de esta zona del Campo de Cartagena. A pesar de estas referencias tan concretas y reales, los espacios de Signos herméticos de una nueva melancolía se pueden definir como periféricos o no-lugares; los personajes se mueven por bosques, nudos de autovías u hoteles situados junto a estas últimas. 

Estos personajes principales forman un triángulo amoroso en el que N. parece ser el marido (de Zeta, con quien tiene un hijo pequeño, L.) y el amante (de Mau Mau), aunque en ningún momento se explicita la naturaleza de estas relaciones. La confusión viene determinada por la por la falibilidad de las fuentes de información: los sueños, los recuerdos, experiencias marcadas por el consumo de drogas, grabaciones de conversaciones, etc. A ello hemos de sumarles los saltos temporales y el fragmentarismo de la novela, que está formada por más de un centenar de capítulos breves.  

Frente a estas exigencias que la obra propone al lector y que pueden disuadir a aquellos que busquen narraciones convencionales, Signos herméticos de una nueva melancolía ofrece una serie de elementos, muchos de ellos simbólicos, que se repiten y que dan solidez al libro. En primer lugar, los animales que no son lo que parecen: así, las lechuzas acaban siendo el disfraz de una chica que pulula por el bosque; las arañas, drones que leen la mente y los escarabajos son, en realidad, una droga. Estas poseen gran importancia en la novela ya que distorsionan la percepción de una realidad ya poco fiable; los protagonistas consumen, además de escarabajos para evitar el espionaje de los drones, blip y, en el caso de la adivina Délfica, Logos. Otros elementos de gran simbolismo en la novela son las figuras geométricas: las esferas (como la azul que observan los protagonistas sobre el mar) y las cajas (como las habitaciones).  

Reseña publicada en El Noroeste:



lunes, 18 de octubre de 2021

Sola - Carlota Gurt

 


Sola, Carlota Gurt, Libros del Asteroide, 2021, 370 págs., 18€.

 

Posee este Sola de Carlota Gurt un planteamiento inicial bastante similar a una novela reciente con la que tiene no pocas coincidencias: Un amor (2020) de Sara Mesa. En ambas obras tenemos a una protagonista que escapa de la ciudad para establecerse sola en una casa de campo. En los dos casos las mujeres se enfrentan a los cotilleos de los vecinos y a un propietario de la vivienda que han arrendado brutal y amenazante. Ambos problemas se conjugan en el caso de Sola con otros que vienen determinados también por su edad y por su condición de mujer.

En primer lugar, Remei (o Mei) siente el peso que las personas que no han podido tener hijos habiéndolo deseado deben soportar; ella acaba de rebasar los cuarenta y se aferra a las últimas posibilidades que su cuerpo le ofrece de ser madre. En el plano laboral, debe afrontar las consecuencias de haber dejado su trabajo en una editorial para escribir, por fin, la novela que tanto deseaba crear. El paro que en unos meses se le acabará actuará como una espada de Damocles, al igual que la cuenta atrás que marca cada capítulo y que nos va acercando a un día cuyo verdadero significado sólo conoceremos al final.

Otro campo en el que Mei carga problemas es el conyugal; su vida junto a Guim parece haber entrado en un momento de inflexión que la separación temporal, él en Barcelona, ella en una casa en el monte que ha alquilado para escribir, terminará de definir como definitiva o no. Por último, la tóxica relación con una madre a la que odia y el recuerdo idealizado de su padre fallecido, que se hace más presente en la masía ya que perteneció a su familia durante su infancia, terminan de configurar el agobio de la protagonista.

Frente a esta conjunción de dificultades que afronta Mei, la trama irá poniendo una serie de alicientes que la ayuden a sobrellevar sus problemas. El bosque en el que se encuentra la masía en la que se ha instalado y alguno de sus habitantes, una raposa con la que alcanza una especie de simbiosis, la protegerán de sus propios miedos; el color verde de la naturaleza, de gran simbolismo en la primera parte del libro, representará un refugio para la escritora. La literatura será otro bálsamo, ya que la soledad la ayudará a ir escribiendo su novela, con la que la propia Sola crea un juego de espejos. Más ambivalente será la relación que establecerá con Mercè, la tendera del pueblo más cercano de aspecto bonachón pero con tendencia al chisme, y con Flavio, otro ermitaño en el bosque y amante de la literatura como Mei de enigmático pasado y ambiguas intenciones.

Todos estos ingredientes temáticos, su ritmo vertiginoso y un lenguaje que combina lo poético con la aspereza de algunos pensamientos de la narradora, se conjugan en una novela excepcional en la que Gurt nos sumerge en lo más profundo de ese enmarañado bosque que es la personalidad de Mei, su protagonista. 

Reseña publicada en eldiario.es 

domingo, 17 de octubre de 2021

La mujer poco probable - Tatiana Goransky

 La mujer poco probable, Tatiana Goransky, Tres Hermanas, 2021, 140 págs., 15€.

 Sucede en algunas ediciones de grandes novelas que el editor o el autor incluye un apéndice con los nombres de los personajes o un árbol genealógico para que el lector pueda consultarlo y no perderse entre las decenas de antropónimos que pueblan sus páginas. Ocurre, por ejemplo, con Cien años de soledad, una novela larga en la que se suceden las generaciones de Buendía provocando cierta confusión en los lectores que agradecen la inclusión de esa ayuda. Sin embargo, puede parecer extraño a priori que en una novela como esta, de apenas 140 páginas, aparezca un árbol genealógico de los personajes como paratexto aclaratorio. Creo que este añadido, tanto o más necesario que en la novela de García Márquez, define bien uno de los rasgos definitorios de La mujer poco probable: la influencia de la familia.

El libro tiene como eje central el peculiar triángulo amoroso formado por Leo, Martina y Dana. Los dos primeros forman un matrimonio que tras un par de décadas juntos salpicadas de crisis provocadas por las infidelidades y los altibajos emocionales, han viajado a Rusia para conocer los orígenes de sus respectivas familias. El avión en el que regresan a Buenos Aires comienza a tener problemas cuando se acercan a la ciudad argentina y la inminencia de un peligroso aterrizaje y la amenaza de un probable accidente mortal lleva a Leo y a Martina a repasar mentalmente sus vidas. Mientras, en tierra, Dana es testigo por las noticias de la situación del avión de sus amigos y realiza un ejercicio similar. Esta mujer ha sido desde siempre un vértice, o un satélite más bien, del matrimonio, ya que siendo amiga de ambos se arrepiente de haber sido la que formó la pareja al incitar a Martina a ir a terapia con Leo, de quien estaba enamorado.

Mediante constantes analepsis, vamos conociendo, mientras el avión sufre terribles turbulencias, las también turbulentas vidas de los tres protagonistas. Goransky construye tres personajes, cuatro si contamos a Shmuly, el amante de Martina, atormentados y pasionales, que se mueven entre la enfermedad y el amor, entre el sexo animal y la depresión. Acierta la autora argentina en completar estos caracteres poliédricos y cambiantes con las biografías de sus padres y abuelos, que a menudo ayudan a explicar sus comportamientos. Se construye así ese árbol genealógico del que antes hablábamos y que convierte a La mujer poco probable en una especie de saga en abismo, lo que otorga mayor profundidad al relato pero también puede provocar cierta confusión en el lector por la acumulación de personajes.

Esta saga familiar se completa con Emma y Pedro, los hijos adolescentes de Martina y Leo, que protagonizan junto a Shmuly la segunda parte del libro. En ella se observa que los dos jóvenes tienden a repetir los errores y aciertos de sus padres y abuelos, especialmente en lo relativo a enamorarse de la persona equivocada. Shmuly, por su parte, se convierte en nexo entre ambas generaciones; se trata de un personaje torrencial, marcado por su fuerza física y por su comportamiento casi animal, que lo lleva a dejarse arrastrar por Martina con una fuerza que no puede controlar y que reaparecerá más adelante de la manera más insospechada.

Mención aparte merece el manejo de la prosa de Goransky; la autora porteña usa un ritmo ágil y un lenguaje con abundantes metáforas que ayudan a definir a los personajes y que los asocian, por ejemplo como ocurre con Shmuly y Pedro con el agua, con un elemento. Estamos, en definitiva ante una interesante y compleja novela, a pesar de su brevedad, que no elude temas difíciles como el incesto, la ninfomanía o la infidelidad.

Reseña publicada en El Noroeste:


miércoles, 22 de septiembre de 2021

Arde Torrevieja - J. M. Sala


 Arde Torrevieja, J. M. Sala, Antipersona, 2021, 234 págs.,14 €.

 

Justo a la mitad de este libro, una enfermera pronuncia unas palabras que creo que definen muy bien lo que sienten los tres protagonistas de la historia: “Estamos en Torrevieja. Tarde o temprano nos va a pasar algo. La pregunta es cuándo” (114). Esta manera de entender la vida en la ciudad alicantina como una condena que antes o después habrá que cumplir es la que comparten Sonia, Juan y el Rojo, pero la diferencia es que cada uno la afronta de una forma muy distinta.

Sonia, quizás por su juventud, apenas tiene dieciséis años, aún no ha perdido la ilusión aunque es consciente de la mediocridad en la que viven la mayoría de los habitantes de Torrevieja y de la escasez de oportunidades que una ciudad volcada en atraer a un turismo de borrachera ofrece a sus jóvenes. Gracias a la inocencia que aún conserva y a su interés por los estudios (sueña con una carrera como astronauta), la chica confía en que podrá labrarse un futuro. Además, parece encontrar en un foro de internet, bajo el alias de Ghost16, a una especie de alma gemela con la que comparte unos gustos musicales que nadie parece tener en su instituto.

Juan, el hermano de Sonia, representa aquello de Torrevieja de lo que la chica quiere huir. Con sólo un par de años más que ella, y aunque ha conseguido independizarse y vivir en un apartamento inmundo junto al Tocao, un amigo que actúa como su conciencia, el chico se siente maltratado por todos. Cree que sus jefes en las obras en las que trabaja tratando de adecentar la ciudad para los visitantes no lo respetan y siente que los turistas ingleses y alemanes (los chanes, en terminología local) se burlan de los jóvenes torrevejenses como él impunemente. Ante esta marginación, la respuesta de Juan es una creciente ira que el Tocao irá alentando.

Por su parte, el Rojo parece el mejor situado de los tres aparentemente. A sus veintipocos años es capataz en las obras en las que Juan es peón y tiene una casa en una de las nuevas urbanizaciones de la ciudad donde convive con su pareja. Sin embargo, Arturo, su verdadero nombre, vive atenazado por un dolor de espalda que no quiere reconocer para no perder su posición en el engranaje de la construcción y, sobre todo, por los remordimientos. El Rojo es consciente de las penosas condiciones laborales de sus subordinados y debe luchar contra sí mismo para no denunciarlo, como le piden su padre y un sindicalista que acude a la obra.

Las vidas de estos tres personajes tan distintos en su manera de enfrentar las adversidades se entrecruzan en una historia que se desarrolla en un solo día: el 16 de junio de 2002. Si interesante es la manera mediante la que J. M. Sala va centrando la focalización alternativamente en Sonia, Juan y el Rojo, lo más destacado del libro es la cartografía física, moral e histórica que hace de Torrevieja, verdadera protagonista del libro. Estamos ante una ciudad muy peculiar, con poca historia y que hipotecó su futuro al turismo que buscaba su clima benigno, sus playas (alguna de ellas artificial, como la que construyen el Rojo y Juan) y sus bares con alcohol barato.

El autor nos muestra la época dorada de la burbuja inmobiliaria en una sátira despiadada contra los desmanes de los gobiernos municipales y de las grandes constructoras en un día que, poco a poco, irá encaminándose a una noche apocalíptica en la que la naturaleza parecerá querer vengarse de la acción del hombre y en la que, finalmente, los tres protagonistas conocerán su condena.  

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domingo, 5 de septiembre de 2021

El diablo tras el jardín - Ginés S. Cutillas

 

El diablo tras el jardín, Ginés S. Cutillas, Pre-textos, 2021, 255 págs., 18€.          

Son muchos y muy profundos los cambios que sufrimos entre los doce y los catorce años. Se trata de una etapa de grandes transformaciones que hacen que dejemos de ser el niño que ha ido aprendiendo poco a poco a vivir a convertirnos en el adolescente que tomará su propio camino. Estos dos años, que antes se vivían al final del colegio y ahora al comienzo del instituto, son los que retrata Ginés S. Cutillas en su última novela en el personaje de Tito.

El protagonista de la obra queda perfectamente definido por el autor y sufre a lo largo de las páginas de El diablo tras el jardín una gran evolución que es narrada con precisión y ternura no exenta de crudeza. Se trata, al comienzo de la historia, de un niño que vive en el barrio del Cabañal de Valencia a principios de los años 80. Tras la muerte de su abuelo, decide explorar la casa que este les ha dejado a él y a su hermano en herencia, y a la que acceden sin que sus padres lo sepan. Allí descubren que el recientemente fallecido les ha legado una especie de reto en su enorme biblioteca: ir leyendo una serie de libros iniciáticos, especialmente seleccionados para jóvenes, en los que ha escondido unos billetes a modo de recompensa. Tito y su hermano Ximo deciden realizar esta lectura junto a sus amigos y compartir con ellos el dinero.

Como ocurre en todo grupo de personas, y especialmente cuando se trata de adolescentes, enseguida surgen entre los amigos las complicidades, las risas, los piques, el amor y los celos. Lo que durante los primeros meses serán emocionadas lecturas colectivas de clásicos como Robinson Crusoe o los cuentos de Poe, con el paso del tiempo, y tras el siempre difícil periodo estival en el que el grupo se separará, se tornará pronto en una sucesión de desavenencias que llevarán a Tito a verse arrastrado, por primera vez en su vida, por la pasión y el deseo erótico.

En paralelo a las fluctuaciones de sus relaciones con sus amigos, el protagonista irá descubriendo una serie de secretos familiares que lo harán despertar, como Lazarillo tras el golpe en la estatua con forma de toro, de la inocencia infantil. Las fotografías de su abuelo dispersas por la casa y las conversaciones con el fantasma del hermano de este le mostrarán las sombras de su querido antepasado. Por otro lado, se verá involucrado en la crisis que vive el matrimonio de sus padres y será el depositario de los secretos de cada uno de sus progenitores, que tendrá que mantener obligado por su alto sentido del honor.

Construye esta emotiva historia Ginés S. Cutillas con una estructura un tanto peculiar relacionada con su tendencia a escribir microrrelatos, género en el que es un consumado experto. El diablo tras el jardín está organizada en sesenta y seis breves capítulos, de unas tres o cuatro páginas de media de extensión, que funcionan también de manera aislada ya que se centran en distintas escenas de la acción. Además, el libro posee un importante componente intertextual ya que los libros que el grupo de amigos lee suelen tener su paralelismo en lo que viven; así, Romeo y Julieta se relacionará con el amor de Tito por Inma, las historias de Sherlock Holmes con su indagación sobre los secretos familiares y las relaciones entre la pandilla con El señor de las moscas


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