domingo, 22 de mayo de 2016

Rayos - Miqui Otero



Rayos, Miqui Otero, Blackie Books, 2016, 320 págs., 21€
 El humor en la Literatura está infravolarado. En ocasiones parece como si todo libro tuviera que ser un destilado de las tristezas, deseos y pensamientos más profundos del autor, ofrecidos con un acompañamiento de lenguaje pomposo y erudito. La seriedad, que tan bien le viene a algunos autores, resulta una rémora en otras historias que ganarían con el desenfado y la hilaridad. Este camino transita Miqui Otero en su última novela: Rayos.
El autor ofrece, tras un envoltorio humorístico, un punzante retrato generacional y una vindicación de la amistad como pilar fundamental en la juventud. Rayos es una novela de la primera nostalgia, esa que se siente al entrar en la treintena y comenzar a tener distancia de épocas de nuestra vida adulta. El paso de los años contribuye a que se ponderen en su justa medida las relaciones y las experiencias que vivimos años atrás.
Rayos comienza con la accidentada emancipación del protagonista, Fidel Centella, un veinteañero que abandona la casa de sus padres (de manera literal, porque se deja las llaves dentro) para establecerse en un piso del barcelonés barrio del Raval junto a sus tres amigos de toda la vida. Con ellos forma un grupo de lo más estrafalario y divertido que ha compartido todos los ritos de iniciación desde el colegio y que afrontan juntos el último: la independencia. En su desvencijado piso, los rayos, nombre que recibe la pandilla por las luces de Montjuic, compartirán alegrías, tristezas, ligues, precariedad y una serie de bromas privadas con las que Otero refleja perfectamente la camaradería que comparten los jóvenes.
La novela destaca también por la creación de unos personajes exagerados, cercanos a veces a la caricatura, en los que suelen aflorar comportamientos hilarantes. Cada uno de los cuatro rayos poseen caracteres muy definidos y contrapuestos: Fidel es el despistado, Brais, el lúbrico, Iu, el ambicioso y Justo, el taciturno. Además de con sus amigos, el protagonista se va relacionando con otros personajes secundarios entre los que destacan Tinet, un afilador que le enseña a Fidel la jerga de la profesión; Bárbara, la excesiva amiga y compañera de trabajo con la que tiene una relación ambivalente; o Diana, una vecina perteneciente a una familia de la burguesía catalana.
Aunque la amistad entre Fidel y sus amigos es el eje del libro, la novela va más allá de ser un retrato de los rayos e introduce temas de gran calado. Por un lado encontramos una sátira contra la especulación urbanística en una época, 2007, en la que el centro de Barcelona comenzaba su proceso de gentrificación. Gracias a su puesto de becario en un periódico, a su amistad con Tinet y a su relación con Diana, Fidel intenta denunciar la trama urbanística que quiere echar al viejo afilador de su piso para enriquecerse con la finca en la que vive.  Las dificultades del protagonista para acompañar a su padre al hospital donde se trata de una enfermedad y los recuerdos de su infancia en el colegio y en la aldea gallega de sus abuelos también se encuentran entre lo más destacado del libro.
Todos estos personajes, temas e historias son tratados por Miqui Otero con un desenfado que no está reñido con la enorme sagacidad que muestra al abordar temas como la amistad, la incomunicación o el amor.
Reseña publicada en El Noroeste

sábado, 30 de abril de 2016

Mala Letra - Sara Mesa


Mala letra, Sara Mesa, Anagrama, 2016, 190 págs., 16€.
 Existía hace años un prejuicio en el mundillo literario según el cual los narradores que publicaban, entre novela y novela, un libro de cuentos, lo hacían con la única intención de ganar tiempo y de mantener su nombre en las mesas de novedades de las librerías. Afortunadamente esta forma de pensar está hoy desfasada y Mala letra, colección de cuentos de Sara Mesa, no debe entenderse como un impasse entre su exitosa Cicatriz (2015) y una próxima novela que la mantenga entre los narradores más solventes de su generación (la de los 70).
En este libro se agrupan once relatos de variada extensión y temática, e incluso de calidad, pero que poseen elementos comunes. En primer lugar, el estilo sobrio y preciso de Mesa, que detenta una manera de narrar contenida que favorece que los relatos fluyan. En segundo lugar, el realismo, en algunas ocasiones crudo, de los relatos; la narradora sevillana (nacida en Madrid aunque afincada desde niña en la capital andaluza) nos presenta escenarios cercanos que, incluso en la inventada ciudad de Cárdenas que aparece en varios de los cuentos, podemos identificar con cualquier localidad española. Es en esos territorios próximos donde algo se quiebra para unos personajes que sufren tragedias de muy distinta intensidad  y naturaleza.
Se podrían agrupar los relatos de Mala letra entre los que se desarrollan en la ciudad y los que se ubican en el campo o en pueblos. Entre estos últimos, menos frecuentes en la narrativa española contemporánea, podemos destacar a la joven madre de “El cárabo” que se pierde, tras un insulso día en el campo con su familia, en un bosque; retrata bien la narradora una desolación que va mucho más allá de la situación puntual y que hunde sus raíces en un pasado que no se narra. Este cuento guarda ciertas similitudes con “Picabueyes”, el más breve de la colección; la referencia ornitológica del título, la peligrosidad del campo, la vergüenza de la protagonista y la tirante relación con sus tías se repiten en ambos relatos. Cierra lo que podríamos considerar una trilogía sobre los problemas de unas jóvenes huérfanas con sus tías “Palabras-piedra”, que destaca por el brillante uso del tiempo narrativo.
Ese binomio campo/ciudad presente en el libro adquiere especial protagonismo en “Nosotros, los blancos”, el relato del viaje iniciático de una joven de pueblo a la capital, donde acude para ayudar a su hermana. También se encuentran entre los mejores cuentos del libro “Mármol”, una especie de fábula sobre la muerte en la infancia; “Papá es de goma”, protagonizado por unos hermanos que tienen que crecer de golpe; y “Nada nuevo”, que posee una original estructura narrativa en la cual el narrador dialoga con otro personaje sobre la autenticidad de la historia.
Aunque no mantienen el alto nivel del resto de relatos, se leen con interés textos como “Creamy milk and crunchy chocolate”, sobre el sentimiento de culpa; “Mustélidos”, acerca de la variable relación de dos compañeros de trabajo, y “¿Qué nos está pasando”, que relata como a una empleada se le va de las manos una comida de trabajo con su libidinoso jefe. El último de los cuentos, “Apenas unos milímetros”, posee un final fallido, adoptando una visión moral que no le beneficia, tras el prometedor comienzo sobre un adolescente tetrapléjico postrado en su cama.
Reseña publicada en El Noroeste. 

martes, 19 de abril de 2016

Acontecimiento - Javier Moreno



Acontecimiento, Javier Moreno, Salto de Pagina, 2015, 178 págs., 15€.
 Existen algunos autores que, al ser definidos, reciben con frecuencia la etiqueta “escritor para escritores”. Se suele usar este sintagma para narradores que, por la dificultad de su obra, atraen a lectores que no se dejan amedrentar por la complejidad de un libro o a otros escritores que los toman como modelos a seguir. Nombres como los de James Joyce, Jorge Luis Borges o Thomas Pynchon suelen incluirse en esta selecta nómina, a la que podemos añadir, salvando las distancias, el de Javier Moreno.
Este autor murciano afincado en Madrid nunca ha estado entre los narradores más leídos, pero suele aparecer entre los preferidos por críticos o por autores contemporáneos, gracias a la profundidad y a la  inteligencia que destilan obras como Alma (2011) o 2020 (2013). Su última novela, Acontecimiento (2015), sigue la estela de las anteriores y opta por otorgar protagonismo a las reflexiones del narrador mientras que adelgaza la trama, que queda esquemática en comparación con otras novelas de extensión similar. Por ello, el lector que guste de las obras en las que prima la acción quizás quede un tanto desencantado tras leerAcontecimiento, pero el que tolera la densidad casi ensayística en la narrativa no debe soslayar esta novela.
El libro narra veinticuatro horas en la vida de un publicista de éxito cuya existencia sufre un doble shock: su mujer le sugiere que debe tener una amante y su jefe le propone trabajar para un terrorista. Estas dos noticias marcarán su día en los dos ámbitos, el personal y el laboral, hasta socavar los cimientos más sólidos de sus creencias. Aunque asistimos a episodios importantes para el devenir de la trama, especialmente en la fiesta final en el que la tensión acumulada durante toda la jornada con sus compañeros de agencia acabará explotando, Moreno otorga mayor relevancia a las reflexiones del protagonista que a las acciones.
La mayor parte del libro es el monólogo del narrador, definido a través de sus propias palabras como un descreído y un tanto cínico triunfador, que teoriza sobre diversos temas a lo largo de la novela. Su visión del mundo está determinada por aspectos como su edad, apenas ha entrado en la cuarentena, su trabajo como creativo publicitario y su posición social. Crea Moreno un personaje que resume el arquetipo de publicista moderno y con éxito que viste bien, acude a fiestas exclusivas, pero al que se le permite exhibir un perfil canalla en sus anuncios.
Entre los temas que el narrador murciano trata, con una enorme perspicacia y profundidad analítica, destacan la familia, el amor, el sexo, la política y las redes sociales. Logra retratar con naturalidad la importancia que han adquirido aplicaciones informáticas como Facebook, Youtube o Whatsapp en nuestras relaciones. El caso del protagonista es paradigmático de los cambios que introducen en nuestras vidas y en nuestros trabajos, ya que, por un lado, los anuncios que crea, pensados para televisión, están comenzando a ser reemplazados por otro tipo de publicidad, pero, por otro, le permiten nuevas expresiones de su creatividad, como los estados de Facebook que crea para Urdazi, el terrorista que ha demandado sus servicios.
 Acontecimiento es un libro para leer con detenimiento y perfecto para aquellos que lo hacen con un lápiz en la mano, ya que encontrarán una obra pródiga en frases de hondo calado.
Reseña publicada en El Noroeste:

domingo, 3 de abril de 2016

La edad media - Leonardo Cano


La edad media, Leonardo Cano, Candaya, 2016, 318 págs, 18€
 Los críticos solemos ser condescendientes con las óperas primas. En la Literatura, y especialmente en la narrativa, la experiencia del autor suele ser un atributo al que se le otorga demasiada importancia, por lo que se espera poco de los escritores primerizos y se les disculpa con benevolencia sus errores. Sin embargo, de vez en cuando leemos debuts como este de Leonardo Cano que demuestran que una novela puede resultar sólida aun siendo la primera que su autor ofrece a la imprenta.
Porque La edad media es una obra cuya ambición estructural, se trata de tres historias entrelazadas que cuentan tres épocas distintas del trío protagonista, queda sustentada por una trama de gran interés, con un clímax final en el que las tres historias se unen, y con una originalidad discursiva que se encuentra entre lo más destacado del libro.
La primera de las historias, desde el punto de vista cronológico, narra mediante un narrador colectivo con un tono cercano a la oralidad la adolescencia de un grupo de alumnos de un colegio privado, el Bosco. Cano retrata con precisión el lenguaje, los gustos estéticos y las relaciones sociales, cargadas de una brutalidad que tratarán de olvidar años después, de estos chicos de clase alta de los años noventa. Aunque asistamos a los diversos ritos de iniciación que todos ellos han de pasar, esta parte del libro se centra en Gómez, el hijodelRana, que tratará de escapar durante los años de instituto de su condición de marginado que su obesidad, sus aficiones culturales y su clase social inferior al resto le han conferido en el colegio.
Uno de sus pocos amigos en la época escolar, Fauró, será el protagonista junto a su novia Julia de la segunda sección, ubicada en torno al año 2010. Leemos en ella el chat en el que desde el inicio mismo de la relación ambos conversan con mayor frecuencia de la que se ven, debido a que viven en ciudades distintas. Desde un punto de vista narrativo esta subtrama puede parecer la más insustancial, ya que en ella tan sólo asistimos a charlas banales sobre los proyectos profesionales de la pareja, sus celos, sus intimidades y sus resquemores. Sin embargo, el autor logra ofrecer un alto grado de verosimilitud a este chat, respetando incluso las incorrecciones ortográficas habituales en este formato, para realizar un retrato íntimo de una pareja de jóvenes de clase media-alta en la que ella parece más preocupada por ascender laboralmente que en volver a la ciudad de origen, tal y como él demanda constantemente.
Otro de los ex alumnos del Bosco, Moya, es el protagonista de la tercera historia, relatada por un narrador en tercera persona más convencional. Mientras que el resto de compañeros de promoción han ido ocupando esos trabajos bien remunerados de los que ya disfrutaban sus padres, Moya es un abogado que languidece como administrativo en un juzgado. Azuzado por el éxito de sus antiguos compañeros y por la frustración por desempeñar un puesto para el que está sobrecualificado, caerá en la corrupción para poder ocupar en la sociedad ese lugar que cree merecer. Su destino acabará mezclándose con el de sus antiguos compañeros, Gómez y Fauró, de manera sorprendente.
La confluencia de estas tres historias al final del libro terminará por completar esta magnífica radiografía generacional que es La edad media.
Reseña publicada en El Noroeste.

lunes, 28 de marzo de 2016

Los idiotas prefieren la montaña - Aloma Rodríguez




Los idiotas prefieren la montaña, Aloma Rodríguez, Xordica, 2016, 112 págs., 12€.

Sergio Algora fue uno de los letristas más singulares del pop español del cambio de siglo. En los años noventa destacó en la primera explosión del indie por las letras personalísimas, entre el absurdo y la poesía, que creó para El Niño Gusano, el grupo zaragozano del que fue cantante hasta el año 1999. En la nueva década siguió ideando pequeñas joyas pop en el fugaz Muy Poca Gente y en su último proyecto: La Costa Brava. Esta sólida carrera musical quedó truncada por su fallecimiento en 2008, pocos meses antes de cumplir cuarenta años.
La relevancia de la figura de Algora es el principal punto de atracción de este libro en el que la narradora Aloma Rodríguez, íntima amiga del cantante maño, le dedica una especie de elegía. Rodríguez actualiza este género clásico en una obra fragmentaria en la que mezcla anécdotas de Algora, textos del cantante zaragozano y de amigos suyos sobre su figura y reflexiones de tipo personal. Gracias quizás a los años que han pasado o al propio carácter desenfadado del amigo fallecido, la autora es capaz de despojar de tristeza el relato de la muerte, producida por un infarto que le sobrevino mientras dormía, y del funeral de Algora. Esto no impide que la crónica de la amistad compartida ofrezca un retrato algo idealizado del cantante, normal en este tipo de libros, y tiña de nostalgia las noches compartidas en el bar zaragozano del que él era dueño y en el que Rodríguez trabajaba. A este carácter íntimo del libro, pródigo en anécdotas sobre el finado, contribuye el eficaz uso de la segunda persona, mediante la que se convierte al amigo muerto en destinatario de unas meditaciones que nunca escuchará.
Uno de los aciertos del libro consiste en la reivindicación de la faceta literaria de Sergio Algora, mucho menos conocida fuera del ámbito aragonés que sus canciones. No debemos olvidar que Rodríguez es, además de escritora, filóloga y que gracias a su padre, el periodista cultural Antón Castro, ha conocido desde muy joven el ambiente literario de Zaragoza. De hecho, la autora reconoce que pensó en escribir un trabajo de investigación, una tesina, sobre la obra literaria de Algora, y aunque desistió de ello, se percibe cierta cercanía a la crítica en algunos de los fragmentos que componen Los idiotas prefieren la montaña. A lo largo del libro encontramos versos de sus poemas, referencias o fragmentos de sus relatos y entradas de su ya desaparecido blog y, por supuesto, letras de canciones; esto convierte el libro en una especie de antología desordenada y mínima de la producción literaria (incluyendo sus letras) de Sergio Algora. Si bien la autora resalta algunas coincidencias entre textos de distinto origen o pone en contexto otros con episodios de su vida (su enfermedad o sus relaciones amorosas), el objetivo es siempre entender mejor la personalidad del amigo fallecido y encontrar cierto consuelo en su obra artística al vacío dejado tras su muerte.

Los idiotas prefieren la montaña es un libro singular en el panorama literario español por su propia génesis y que consigue, superando algún altibajo debido a ese carácter fragmentario al que aludíamos, el objetivo de reivindicar a ese creador distinto y con una sensibilidad muy personal que fue Sergio Algora.

jueves, 17 de marzo de 2016

La agenda negra - Manuel Moyano



La agenda negra, Manuel Moyano, Pez de Plata, 2016, 154 págs., 16€.
Manuel Moyano es uno de los autores españoles actuales con una producción literaria más proteica. Siempre dentro de la prosa, este escritor nacido en Córdoba pero afincado desde hace veinticinco años en la Región de Murcia ha publicado libros pertenecientes a diversos géneros. Desde el microrrelato, con Teatro de ceniza (2011), a la novela de corte distópico, El imperio de Yegorov (2014), pasando por los relatos,El experimento Wolberg (2008), o el diario de viaje, Travesía americana (2013), Moyano es uno de nuestros autores más heterogéneos y prolíficos.  Ahora se adentra en la novela policiaca con la entretenida La agenda negra.
El libro relata  el violento encuentro del narrador y protagonista, Ulises Roma, con una extraña sociedad secreta encargada de matar a aquellos asesinos que no han sido castigados por la justicia. En el momento en el que, al encontrar de manera fortuita la agenda de uno de sus miembros, Roma conoce a este grupo de vengadores, él es un ser antisocial y alcohólico desde la muerte de su esposa en un accidente provocado por un conductor que se despistó al volante. Su misantropía y el hecho de que el responsable del fallecimiento de su mujer no pisara la cárcel lo convierten en un candidato ideal para unirse al grupo que dirige el sádico doctor Gilabert. Durante gran parte del libro iremos conociendo más sobre esta particular asociación, sobre sus ideales y sobre las acciones con los que intentarán convencer a Roma para ser el nuevo miembro.
Moyano, como hábil narrador que es, maneja con soltura los códigos habituales de la novela negra. La historia parte del misterio sobre los objetivos concretos que tiene el grupo que dirige Gilabert y que poco a poco van aclarándose. También encontramos al habitual protagonista que tiene problemas personales, en la relación con sus hijos y con la bebida, pero cuyos actos se mueven, a pesar de su aparente desencanto, por sólidos principios morales. Además, aparecen arquetipos frecuentes en el género como el del matón, Mature, el cerebro sin escrúpulos, Gilabert, o el policía perspicaz y que se mantiene al margen de la corrupción que afecta a otros compañeros, la agente joven. La historia, además, discurre de manera ágil y atractiva para el lector, al que no se le da tregua en una novela llena de acción y con continuos giros en la trama que la hacen original dentro de los cánones del género.
Pero esta es algo más que una novela negra, porque Moyano nos ofrece una pregunta de una profundidad moral no tan habitual en este tipo de obras: ¿hasta qué punto se hace justicia con los asesinos en nuestra sociedad? El grupo organizado en torno al mesiánico doctor Gilabert defiende la antigua Ley del Talión, la del diente por diente. Él y sus esbirros han sufrido casos similares a los de Roma, lo que les ha llevado a no cuestionar la coherencia de ajusticiar a aquellos con quienes los tribunales fueron benévolos, independientemente de las circunstancias que rodearon sus actos delictivos. Sin embargo, la teoría de Gilabert y su propia sociedad, se vendrá abajo cuando su particular manera de entender la justicia afecte a uno de sus miembros.
En definitiva, una obra interesante, menor en comparación con El imperio de Yegorov, la anterior novela de Moyano, pero que gustará a los lectores habituales del género negro.
Reseña publicada en El Noroeste

domingo, 28 de febrero de 2016

Cada noche, cada noche - Lola López Mondéjar



Cada noche, cada noche, Lola López Mondéjar, Siruela, 2016, 191 págs., 15€.
Pocos fenómenos literarios gustaron más a los lectores del Renacimiento que las continuaciones de novelas de éxito. Obras cumbres de nuestra Literatura como el Quijote tuvieron secuelas escritas por autores diferentes a los originales, que buscaban, normalmente, el rédito económico o, como en el caso de Avellaneda, un ataque personal. Lola López Mondéjar continúa con Cada noche, cada noche esta tradición, adaptándola a los nuevos tiempos,  creando una secuela de Lolita de Nabokov.
No es este el único rasgo cervantino que encontramos en la novela; en la obra se dialoga constantemente con la obra del autor ruso, como hace Cervantes, por primera vez en la Historia de la Literatura, en la segunda parte del Quijote. Además, López Mondéjar usa el artificio del manuscrito encontrado, pero aquí el editor, la propia autora, no encuentra el original en el Alcaná de Toledo, sino en la mucho más actual bandeja de correo electrónico.  Además, y por terminar con las coincidencias con Cervantes, en la novela encontramos varias voces: la de la autora, responsable tan sólo del epílogo, la de Dolores Haze, la Lolita de Nabokov cuya voz escuchamos a través de su diario, y la de Dolores Schiller, hija de la anterior y narrador en la mayor parte del libro.
Cada noche, cada noche se nos presenta como la confesión de una mujer con una enfermedad terminal que decide dejar una especie de testamento con el que vindicar la figura de su madre: Lolita. Schiller se empeña durante todo el libro en persuadir al lector de que la imagen que de su madre se tenía, el de una adolescente lúbrica, es una abominación alejada de la real: la de una niña huérfana víctima del secuestro y de la violación. Para ello, usa los testimonios de su madre, sus diarios, de Humbert Humbert, al que entrevista en Suiza, y del propio Nabokov, que reprobaba la interpretación más habitual de su novela.
López Mondéjar mezcla con habilidad realidad y ficción, proponiendo una historia  metaliteraria con la que homenajea al autor ruso, pero, a la vez, ofrece una visión de la historia radicalmente distinta a la habitual. Lo hace utilizando dos tonos totalmente diferentes; por un lado, uno mucho más personal  y emocional: el de los diarios de Lolita y de la joven Dolores Schiller, su hija. Por otro, la frialdad de la Dolores Schiller madura, cuya defensa de su interpretación del libro de Nabokov se acerca en ocasiones a la crítica literaria.
Pero, Cada noche, cada noche no es sólo un homenaje a la novela del autor ruso, sino una obra independiente en la que destacan otros dos temas. La defensa de la figura de Lolita como víctima parte del sentimiento de injusticia que siente la narradora cuando descubre que su madre, muerta en el parto, había inspirado el libro. La orfandad marca al personaje de Dolores Schiller que, además y como contrapunto a la imagen erotizada de su madre, es incapaz de sentir deseo sexual. Además, el libro pertenece, especialmente en sus últimas páginas, al subgénero de las confesiones del moribundo. Una vez resuelto el objetivo primario de su texto, recuperar la verdadera historia de su madre, éste nos ofrece reflexiones sobre la enfermedad, la soledad y la muerte.

López Mondéjar nos ofrece una novela de altura, inteligente en su juego metaliterario y profunda como descripción del carácter humano.

Reseña publicada en El Noroeste.


lunes, 15 de febrero de 2016

Sin pedir permiso - Conchi Moya



Sin pedir permiso, Conchi Moya, Libros.com, 2016, 230 págs., 16€.
 Hay algunas noticias que no salen en los grandes medios de comunicación ni, con el paso del tiempo, ocupan los libros de Historia. Sucesos importantes para un número pequeño de personas, pero que son fundamentales para la biografía colectiva de toda ciudad. Conchi Moya ha contado en su primera novela una de esas historias aparentemente menores que marcaron la vida de mucha gente hace unas décadas: la de las radios libres.
Por supuesto, Sin pedir permiso está lejos de ser un ensayo profundo y amplio sobre este fenómeno, pero retrata perfectamente un medio de comunicación importantísimo en los barrios españoles de los años noventa. En aquella época en la que Internet andaba aún dando sus primeros pasos, todo aquel que quisiera informarse sin acudir a las fuentes viciadas de los grandes medios de comunicación, tenía en las radios libres un forma directa de escuchar una voz cercana y alternativa a las cadenas generalistas. En la novela de Conchi Moya, un entusiasta grupo de jóvenes saca adelante, con poco dinero pero mucha ilusión, Radio Akra, una emisora que da voz a los movimientos culturales y políticos alternativos, las asociaciones vecinales y los grupos musicales menos comerciales.
La sede de esta radio está situada en el barrio madrileño de Ventilla, que, en aquella segunda mitad de los noventa, sufría una acelerada metamorfosis de zona popular a residencial bajo la sombra de las Torres Kio. La novela sigue a los jóvenes locutores de Radio Akra por casas okupas, manifestaciones, salas de conciertos y otras emisoras alternativas situadas a lo largo y ancho de Madrid. Somos testigos de las dificultades a las que se enfrentan estos veinteañeros en una época en la que la precariedad laboral, apoyada por la amenaza del paro, se parecía más a la de nuestra época que a aquel espejismo que vivió España durante los años de la burbuja inmobiliaria.
Sin embargo, Sin pedir permiso relata, además de esos sucesos colectivos y esa vindicación de las radios libres de los noventa, una historia de amor: la de Marina y Marcos. Ambos son miembros activos de Radio Akra y, en cuanto se conocen, ella cae enamorada del chico gracias a su mezcla de chulería y desparpajo. Marina sigue a Marcos en todos sus proyectos, la radio, el grupo que forma junto a su amigo Germán, y no es capaz de aceptar que él no sienta lo mismo por ella. Es esta historia de amor imposible la que sirve como eje del libro, ya que asistimos a todas sus fases a lo largo de las páginas de Sin pedir permiso: la amistad, el amor, la pasión, el rechazo…
Otro elemento importante en las páginas de la novela es la música. Además de los conciertos a los que asisten los protagonistas (Anni DiFranco, Jorge Pardo, Def con Dos), de los encuentros y desencuentros del grupo de Marcos y Germán y de los pequeños festivales organizados por Radio Akra, la autora integra en el texto citas relacionadas con la trama. Crea así una banda sonora en la que leemos fragmentos de canciones de Hank Williams, 091, Los Marañones y de grupos inventados.
Una novela honesta, con un estilo sencillo y directo, que nos ayuda a conocer una parte importante del Madrid de los años noventa.
Reseña publicada en El Noroeste.

sábado, 30 de enero de 2016

Familias de cereal - Tomás Sánchez Bellocchio


Familias de cereal, Tomás Sánchez Bellocchio, Candaya, 2015, 190 págs., 15€.
Si algo caracteriza a la narrativa de nuestro tiempo es la posibilidad de encontrar grandes historias en contextos de lo más cotidiano. Existen en nuestros días numerosos cuentistas que arman relatos de gran calado sin traspasar las paredes de una casa. En ese ámbito doméstico se mueven los doce relatos que componen Familias de cereal, el primer libro del argentino Tomás Sánchez Bellocchio.
Como el propio título adelanta, el microcosmos familiar va a ser el contexto en el que se desarrollen todas las tramas. El autor sigue al pie de la letra la conocida sentencia con la que León Tolstoi comenzó Ana Karenina: “Todas las familias dichosas se parecen, pero las infelices lo son cada una su manera”. Las que van apareciendo a lo largo del libro conforman una especie de catálogo de infelicidades: divorcios, violencia, enfermedad, muerte… Se podría decidir que Sánchez Bellocchio pone el foco en familias disfuncionales, si no fuera porque, realmente, la rareza la constituyen las familias completamente felices que sonríen a todas horas y que sólo existen en los anuncios o en la irónica portada del libro. A partir de este nexo, los relatos se van bifurcando hacia terrenos más escabrosos en algunos casos o hacia problemas graves tratados con cierta ternura, en otros textos.
Esa ternura la encontramos, por ejemplo, en dos relatos que comparten el leit motiv: el surgimiento de Internet como herramienta que permite unir a dos generaciones. En el caso de “Disco rígido”, acompañamos a un padre que, con la ayuda de un informático muy joven, trata de conocer mejor a su hijo fallecido a través de su ordenador. En el último y más extenso relato del libro, “La nube y las muertas”, una adolescente con problemas tutoriza a su abuela y sus amigas en el aprendizaje de Internet.
En otros relatos, la familia necesita de un elemento ajeno para afianzarse y estrechar sus relaciones. En “Ciudad de cartón”, un chico que recoge basura se convierte en el inesperado cicerone de un padre y su taciturno y extraño hijo; mientras que en “Cuatro lunas” es el preparador físico que contrata una familia de obesos el que acaba uniéndolos de la manera más insospechada. Sánchez Bellocchio también se pregunta por los límites del concepto de familia; así, en “Interrupción del servicio”, una madre y su hijo descubren lo poco que conocen a la criada con la que han convivido durante años. La distancia de edad entre el narrador de “Mitad de un hermano” y el hijo de su padre y su nueva esposa y el carácter consentido del niño lo ponen en una situación extrema que tiene poco de fraternal.
 El contexto familiar provoca cierta mitigación de las rarezas de algunos de sus miembros que poseen comportamientos insólitos, como escribir un extraño bestiario, “Animales del imperio”, o cambiar las peleas por una especie de actuación cuando el hijo graba con su videocámara, “Familias de cereal”. En otros relatos, el opresivo espacio de la casa familiar se contrae aún más hasta confinar a uno de los personajes en su dormitorio, el anciano que agoniza en “Hacedor de dinero”, o en el cuarto de baño, el chico de “Historia de la caca”.
Las familias de estos estupendos relatos de Tomás Sánchez Bellocchio nos muestran las infinitas posibilidades narrativas que ofrecen esos lugares aparentemente anodinos que son nuestros hogares.
Reseña publicada en El Noroeste:

martes, 26 de enero de 2016

Sin presente - Lionel Tran


Sin presente, Lionel Tran, Periférica, 2015, 147 págs., 16€.
Toda generación se define por oposición a los valores que encarnó la de sus padres. Los jóvenes occidentales siempre han ido un paso más allá en la conquista de libertades y en la emancipación con respecto a lo conseguido por sus progenitores. Pero, ¿qué ocurre cuando tus padres pertenecieron a la generación más liberada de la Historia?; si ellos enarbolaron todas las banderas que la juventud hace suyas en el parisino mayo del 68. La respuesta a esta paradoja está en la raíz de Sin presente, la última novela del francés Lionel Tran.
El libro comienza en el simbólico año 1989; mientras Francia conmemora el segundo centenario de la Revolución, otro hito en la conquista de las libertades, los hijos de aquellos jóvenes que protagonizaron las revueltas de 1968 están acabando el instituto. Chong, el protagonista y narrador, es un epítome de su generación: criado por una madre soltera en un ambiente intelectual y de izquierdas que lo incita a ser libre. Sin embargo, ¿cómo serlo y rebelarse ante unos padres que hicieron lo mismo? Ante esta situación, Chong y sus amigos deciden abandonar los estudios y crear un colectivo, Tabula Rasa, desde el que ofrecerán un arte desprejuiciado y en el que volcarán el nihilismo de su época, la Generación X. Pronto, el consumo de drogas, el trapicheo con ellas y la inacción dejarán en un segundo plano los ambiciosos proyectos artísticos del grupo.
Sobre esta historia, Tran, ofrece un texto bastante libre en lo estilístico y en lo temporal, que huye de la narración lineal para ofrecer mediante fragmentos discursivos de breve extensión un retrato de la generación. Asistimos a la espiral que llevará a Chong al abuso de las drogas y a la pobreza, de la que emergerá, paradójicamente, convertido en un obrero más parecido a sus abuelos que a sus padres. Pero, también, van desfilando una pléyade de personajes que se mueven entre el arte y el lumpen y que son descritos siempre con la crudeza propia del estilo del autor.
Además del choque generacional, tema que sirve de motor de arranque del libro, la creación artística es el otro gran eje de Sin presente. Observamos las dificultades que encuentra Chong para llevar a cabo su vocación de convertirse en escritor; el narrador se obliga de una manera casi obsesiva y masoquista a plasmar sobre el papel unas ideas que parecen no aflorar. La toxicomanía o la falta de organización del resto de componentes de Tabula Rasa también dificultan el desarrollo del grupo como plataforma artística, ofreciendo una imagen de artistas rebeldes y malditos que no logran salir de su inmadurez.
El libro de Lionel Tran ofrece gracias a su carácter autobiográfico una narración cargada de autenticidad de lo sufrido por una parte de su generación. Sin embargo, la novela, publicada originalmente en Francia en 2012, parece llegar un poco tarde, al ocuparse de unos problemas que el país galo parece haber dejado atrás. Los problemas económicos y la violencia callejera que sacudieron ese Lyon de los noventa que sirve de escenario al libro, quedan un poco lejos tal y como las noticias nos muestran a diario. De todas formas, se pueden encontrar no pocas similitudes con nuestra época en esta interesante novela de Tran.