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sábado, 14 de marzo de 2026

Las leyes de la caza - Pilar Fraile


 

Entre lo humano y lo animal. Sobre ‘Las leyes de la caza’ de Pilar Fraile. 


La relación del ser humano con la naturaleza parece, si observamos la Historia, pendular. Tras milenios durante los que los hombres se veían mecidos por sus inclemencias, el supuesto progreso que comenzó en épocas recientes y cuya velocidad aumentó a partir de la Revolución Industrial nos infundió el espejismo de poder controlar sus fuerzas. Sin embargo, las catástrofes de los últimos tiempos, la trágica DANA de Valencia de 2024, por ejemplo, nos recuerdan una y otra vez que no somos capaces de domeñar al 100% sus peligros. Este tipo de fenómenos y las epidemias que saltan de los animales a los hombres han hecho aumentar las voces que alertan de la necesidad de vivir en armonía con el medio ambiente y con el resto de especies. En la literatura se puede observar en las últimas épocas una serie de obras en las que se vuelve al campo o en el que el medio natural adquiere gran protagonismo. Dentro de esta tendencia se puede incluir ‘Las leyes de la caza’, la notable novela que acaba de publicar la salmantina Pilar Fraile y que nos ofrece varias actitudes frente a la naturaleza más salvaje. 

La primera de ellas la representan los miembros de La Comunidad, una congregación religiosa cuyo comportamiento se asemeja demasiado al de una secta, que viven en medio de un bosque a las afueras del pueblo de Valdehaza y que pretenden acercarse a la naturaleza y huir de la vida urbana por considerar que sus habitantes están “contaminados”. A este oscuro grupo, cuyo ideario se mueve entre el hippismo y las creencias holísticas, pertenece Jana, una mujer que tras un conflictivo divorcio decide dejar todas sus posesiones atrás y comenzar una nueva vida en La Comunidad junto a Oliver, su hijo de ocho años. 

Será la desaparición de este chaval sin dejar rastro el hecho que funcione como detonante de la trama y su búsqueda la que la vertebre. Jana reacciona a la misteriosa ausencia de su vástago movida por dos fuerzas contrarias: la primera, y más natural, es la culpa por haber desatendido a su hijo y por encontrarse bajo los efectos de una droga (como parte del ritual de iniciación) la noche en la que se produjo la desaparición. Sin embargo, la mujer también se moverá por el fuerte influjo que el grupo ejerce en ella, especialmente Estrella, Adler y Román, los líderes de La Comunidad, que controlan la información que Jana le da a la policía para no salir perjudicados y que infunden en ella la idea de que es la sociedad moderna y sus males las culpable de lo que le ha ocurrido a su hijo.

Frente al oscurantismo y los delirios de esta secta, el Manco representa una forma mucho más natural de relacionarse con los elementos del bosque. Se trata de un pescador furtivo, huraño y solitario, que se siente más cómodo en medio del río, elemento con el que alcanza una especie de simbiosis, que con sus vecinos de Valdehaza. Su amistad con el pequeño Oliver, al que enseña a pescar y en el que cree hallar una inocencia que los adultos han perdido, convierten al Manco en el principal sospechoso cuando el niño se esfuma. También los dos grupos que se enfrentan en el pueblo durante la búsqueda del menor, los animalistas y los cazadores, simbolizan dos posiciones antagónicas frente a la naturaleza y, en concreto, contra los lobos que parecen estar descontrolados en el monte que rodea el pueblo y al que algunos acusan de haber atacado a Oliver. 

Frente a estos habitantes de Valdehaza, también encontramos un grupo que podemos definir como urbanitas y para los que la naturaleza es un lugar inhóspito y al que solo acuden obligados. Entre estos personajes destacan dos parejas que participan en la búsqueda del niño. Por un lado están los policías al mando de la investigación: la comisaria (Carmen) y el inspector (Jonás). Ninguno de ellos entiende los comportamientos de los locales y sus supersticiones, basadas más en creencias atávicas que en hechos científicos. La comisaria es una mujer madura, cercana a la jubilación, que se enfrenta ante un caso complejo y en el que apenas encuentra hilos de los que tirar y más de un obstáculo puesto por sus superiores, por los miembros de La Comunidad o por el comportamiento esquivo de los habitantes de Valdehaza. La lentitud con la que avanza la indagación puede impacientar a algún lector (no esperen aquí constantes giros argumentales e inverosímiles descubrimientos) pero sirve perfectamente para ir aumentando la tensión en la que se sumen los familiares del niño y los policías. El otro de los investigadores protagonista es Jonás, un joven y brillante inspector que se siente incómodo por las malas formas de la comisaria y cohibido por su inexperiencia, por su origen (de clase social baja) y por su orientación sexual (siente que ser homosexual no está bien aceptado entre sus compañeros policías). 

La otra pareja de urbanitas es la formada por J, el padre de Oliver, y Celeste, su joven novia. El primero es un empresario de éxito cuyas aparentes seguridades se van desvaneciendo cuando se enfrenta a un ámbito que desconoce, el rural, y a la desaparición de su hijo, de la que responsabiliza a su ex mujer. Por su parte, Celeste es uno de los personajes más interesantes a pesar de ser uno de los secundarios por las agudezas de sus reflexiones sobre el desmoronamiento de J.

El libro va acompañando alternativamente en cada uno de los capítulos a varios de estos personajes, el Manco, Celeste, Jana, la Comisaria, Jonás, creando así una novela coral en la que la desaparición de Oliver se aborda desde perspectivas complementarias. Además, la autora incluye entre las distintas partes una serie de textos sobre la ordenación jurídica de la caza, disciplina que simboliza esa fricción entre lo humano y lo animal que está presente en toda la novela. 


Reseña publicada en La Verdad

sábado, 24 de enero de 2026

La sangre está cayendo al patio - Elvira Navarro



 Los espacios de lo siniestro. Sobre ‘La sangre está cayendo al patio’ de Elvira Navarro


Aunque no es lo más frecuente, son varias las grandes obras de la historia de la literatura cuyo protagonismo reside en sus espacios. Desde el Macondo de García Márquez y la Comala de Juan Rulfo hasta ejemplos más cercanos y también notables como la cárcel de ‘Los días de la peste’ (2017) de Edmundo Paz Soldán, son muchos los libros en los que los lugares en los que se desarrolla la trama adquieren casi o más protagonismo que los personajes principales. La propia Elvira Navarro ya había tomado una decisión parecida en su anterior obra, ‘Las voces de Adriana’ (2023), cuya parte central está dedicada a describir la casa de la familia de la protagonista de manera exhaustiva y portentosa. En el caso del libro que nos ocupa, los espacios adquieren también un papel relevante en casi todos los cuentos que componen ‘La sangre está cayendo al patio’ y se vinculan al género al que se adscribe la mayoría de ellos: lo fantástico. 

Y es que el libro se puede entender como un catálogo de lugares vinculados a lo siniestro, como una serie de historias en las que las viviendas de los protagonistas u otros rincones por los que transitan están en la base de los miedos que los atenazan. Esta vinculación entre las casas propias y el temor que ellas provocan en los personajes es la base de tres de los cuentos del conjunto. El primero de ellos, y también del libro al que una frase suya da título, es “La lavadora”, un inquietante relato fantástico en el que un hecho inverosímil, sale sangre del electrodoméstico en el que la protagonista lava la ropa, le sirve a Elvira Navarro para tratar un tema aún más inquietante: las relaciones de vecinos. El mismo espacio, un edificio de viviendas, aparece también en “El vigilante”, pero si en “La lavadora” la tensión venía desde las personas que compartían comunidad con los dueños del electrodoméstico maldito, aquí estas aún no han llegado. Se trata de un bloque sin habitar y ni siquiera sin terminar en el que el protagonista entra a vivir para vigilar la obra por las noches. Es este espacio tan proclive a provocar el miedo como es una urbanización vacía en una zona aún por desarrollarse el que irá poco a poco inoculando en el protagonista un temor cuyo origen es difícil de hallar. 

Esta terna que vincula lo fantástico y las viviendas, formada por los que considero los tres mejores relatos del conjunto, se completa con “El proyecto”. En este caso nos encontramos con una familia encerrada por la pandemia en un chalé a medio construir. La parte de arriba, la que aún no está terminada, se convierte en el refugio de la madre cuando no puede controlar al hijo pequeño, desquiciado por la falta de límites y el confinamiento. En estos tres cuentos Navarro demuestra una vez más la maestría que ya exhibía en las narraciones de ‘La isla de los conejos’ (2019) para ofrecer al lector relatos desasosegantes sobre personajes al límite. El cuento que quizás más recuerde a los de su anterior libro de relatos quizás sea “El recogedor de animales”, sobre un trabajador que debe limpiar las carreteras de la provincia de Guadalajara por las noches y que se obsesiona con intentar salvar a todos los animales que encuentra malheridos y moribundos en las cunetas.

Otra trilogía, esta aún más cohesionada que la anterior, la forman tres relatos ubicados, al contrario que el resto de textos que se desarrollan en España, en la ciudad de París. Además, el último de ellos, “La ciudad del miedo", tiene un carácter metaliterario, ya que cita la creación de los otros dos. Tanto “La ciudad del miedo” como “El miedo a la ciudad” forman una especie de díptico, como los dos títulos simétricos apuntan, con tramas bastante similares. En ambos relatos una estudiante española, Almudena, se adentra no se sabe muy bien por qué en una peligrosa ‘banlieu’ parisina. Se trata de textos basados en el deambular de la protagonista, que recuerdan a esas narraciones de Sergio Chejfec en el que la trama se vincula al paseo ciudadano del protagonista, y en el que el peligro reside en la propia degradación urbana del barrio y en la violencia latente que allí se respira. En ambos lo fantástico aparece casi al final y de manera diferente; en los dos desenlaces se descubrirá lo que parecía amenazar desde el principio a la chica en su paseo por el barrio. Esta trilogía parisina se completa con “Tela de araña”, quizás el texto menos brillante del conjunto, en el que Almudena debe aguantar en la residencia estudiantil en la que habita el acoso de un estudiante que se ha encaprichado con ella.

El temor que provoca la vivienda propia, que veíamos en la primera trilogía de relatos que hemos agrupado, vuelve a aparecer en “El ramito de violetas”. Sin embargo, aquí la inquietud en la protagonista no viene provocada en su casa por ningún elemento fantástico, sino por algo tan prosaico como es la pobreza. Mari debe reducir sus gastos a lo mínimo tras una mala racha económica y familiar y sobrevivir en su piso sin agua ni luz eléctrica. En este cuento el elemento fantástico aparece no allí, sino en un espacio también propicio para ello: el cementerio. A pesar de ello, el lector empatiza más con Mari por lo que ha sufrido a nivel familiar (la muerte del padre, la enfermedad mental de la madre, el distanciamiento con el hermano) que por los hechos sobrenaturales que parecen acaecer en el camposanto. El libro se completa con un relato bastante diferente al resto por varios motivos; “Los amores idiotas” es más largo, no hay elementos fantásticos y los espacios no tienen tanta importancia. El cuento nos relata la extraña relación que la narradora establece con Pep, un obeso vendedor de productos eróticos, y con el resto de pintorescos personajes con los que se encuentra cada noche en el ÑÑ, un cabaret que ofrece espectáculos de drag queens. 

Elvira Navarro nos muestra en ‘La sangre está cayendo al patio’ que nuestros temores pueden esconderse en cualquier lugar y que, a menudo, estos no tienen un origen real. 


Reseña publicada en La Verdad:




lunes, 12 de enero de 2026

Madelaine antes del alba - Sandrine Collette



 Entre la brutalidad y la ternura. Sobre ‘Madelaine antes del alba’ de Sandrine Collette. 


Ejerce la Edad Media una atracción un tanto inexplicable en nuestra época. Porque si bien se la asocia a una época oscurantista y de retroceso cultural, marcada por guerras interminables, hambrunas y pandemias y con una distribución social tremendamente desigual, sin embargo, son muchas las novelas y películas que se ubican en estos siglos. Un acercamiento menos prejuicioso al habitual puede matizar ese tópico según el cual Europa vivió entre tinieblas culturales en los siglos que van desde la caída de Roma hasta el Renacimiento. Ya obras de enorme éxito popular como ‘Los pilares de la tierra’ o ‘El nombre de la rosa’ mostraron lo atractivo que puede ser este mundo para los lectores de hoy en día, centrándose en ambos casos en ámbitos religiosos (la construcción de una catedral y la vida monacal respectivamente). Algo similar ocurre con ‘Madelaine antes del alba’ libro en el que la escritora francesa Sandrine Collette vuelve a poner el foco en la Edad Media aunque desde una perspectiva totalmente diferente a la de Ken Follet o Umberto Eco. 

En primer lugar, la autora francesa no ubica su libro ni en una fecha ni en una geografía concreta, aunque tanto por los nombres como por las costumbres podemos situar la trama en un punto indeterminado de la Francia medieval. Se trata de una zona, el pequeño pueblo de La Foye, marcado, como tantos otros en aquella época, por la pobreza que provocaba una economía de subsistencia, vinculada a las veleidades del tiempo, y por el despotismo de los señores feudales, dueños absolutos de toda la tierra que cultivan los campesinos y de sus destinos. Es una sociedad en la que la brutalidad de los señores, los Ambroisie (padre e hijo) son los dueños de la comarca en la que se ubica La Foye, solo es comparable a la de las inclementes heladas, a las enfermedades sin curas y al hambre secular. 

En este contexto, en medio de un pequeño caserío a las afueras del pueblo en el que viven dos familias y una anciana curandera, aparece una niña salvaje que despertará la ternura de las dos mujeres jóvenes del grupo de viviendas, las gemelas Ambre y Aelis, que por fin tendrán una niña que les haga compañía en las casas que comparten con sus hijos y maridos. Pero Madeleine guardará siempre ese carácter indomable que la hizo sobrevivir sola en el bosque y si bien se integrará perfectamente en la familia y compartirá vivencias con los tres hijos de Ambre, que se convierten en sus primos y vecinos, se negará a postrarse ante los señores como lo hacen sus padres adoptivos (Aelis y el borracho de León) y el resto de habitantes de La Foye. 

Sandrine Collette opta, además, por una perspectiva femenina poco habitual en los relatos medievales, en los que la mujer solía tener un lugar secundario cuando no directamente se les acusaba de todos los males de una sociedad predominantemente misógina. El colectivo femenino que forman Madeleine, Ambre, Aelis y la anciana Rose, se cimentará en la transmisión a la niña de los conocimientos sobre hierbas de la curandera, en los cuidados mutuos entre las cuatro y en el afloramiento de un cariño ante el cual los hombres se sienten incómodos. La niña, sin embargo, y por su carácter expansivo, también participará del mundo de sus primos, primero mediante juegos físicos que a veces estallan en pequeños conatos de pelea y después, cuando se hacen mayores, en un trabajo cada vez más serio que a pesar de su corta edad los hará hacerse responsables de unas pocas hectáreas de terreno cedidas por los Ambroisie a cambio de una parte de la impredecible (siempre marcada por la amenaza de las heladas) cosecha. También se ganará Madelaine el respeto de su tío Eugène, leñador y marido de Ambre, que pronto se dará cuenta de que la recién llegada al caserío no es una niña como las otras y que es capaz de afrontar sin pestañear los trabajos más duros. Además, lo religioso, que tanta relevancia tiene también en tantas novelas históricas sobre esta época, ocupa aquí un lugar secundario y más que consuelo solo sirve para hacer sentir a los personajes que sus males son culpa de sus pecados. 

Para desarrollar esta historia sobre la rebelión de Madelaine ante un mundo adverso y cruel, amparada siempre por su nueva familia (salvo por su padre adoptivo, el único personaje negativo de entre los habitantes del caserío), opta Collette por tomar varias decisiones sobre la estructuración del relato que me han llamado la atención. En primer lugar, la autora separa de manera bastante clara en varias secciones cada tramo de la historia; así, por ejemplo, la presentación de los personajes (justo hasta la llegada de la niña) ocupa la primera parte y el desenlace, la última. Además, añade un prólogo que, a modo de prolepsis, adelanta, aunque sin anunciar qué ha ocurrido, el clímax de la trama. Más extraño es el cambio de narrador a mitad del libro; mientras que en las primeras partes es Bran, uno de los habitantes del caserío, la voz en primera persona que relata la historia, esta desaparece (de manera justificada aunque sorprendente) y se pasa a un narrador en tercera persona para el resto de la obra. 

‘Madelaine antes del alba’ es una estupenda novela, en la que con el fondo de una sociedad tan desigual y feroz como la medieval, se nos cuenta la pequeña epopeya de uno de esos personajes que siempre quedaron en los márgenes de los grandes cantares de gesta: una niña valiente e indómita como es Madelaine.


Reseña publicada en La Verdad: